jueves, 9 de junio de 2016

Lolei. Memorias de lo inconfesable (37)


CAPITULO
37

El doctor Mario Browne me atendió al día siguiente. Logré comunicarme desde un teléfono público a la salida de una clase en la facultad. Me presenté y expliqué los motivos de la llamada. Cuando nombré a Lolei pareció gratamente sorprendido. “Hace mucho no tengo novedades de él”, dijo. Solicité una entrevista personal. Aclaré que el viejo me había pasado una dirección de su oficina en la calle 8 y que justo en ese momento estaba a unas pocas cuadras.
Accedió sin reparos, “estaré aquí un rato más”, dijo.
Al cabo de diez minutos llegué frente al edificio. No me hizo pasar a su oficina, sino que me atendió en la puerta de calle, entre el bullicio de la peatonal. Browne aparentaba menos edad que Lolei, aunque era calvo, estaba vestido elegantemente y parecía serio y mesurado.
-He estado pensando en él-, me adelantó tras un formal saludo-¿Qué es de su vida?-, preguntó.
Expuse brevemente las vicisitudes más relevantes, haciendo hincapié en su estado de salud y las condiciones en que vivía. Mencioné la imperiosa necesidad de conocer el estado de su trámite jubilatorio.
Noté un creciente gesto de asombro y de incredulidad ante cada descripción que yo aportaba.
-Hay un problema: yo ya no tengo a mi cargo el expediente-, advirtió-. Después de ese inconveniente que tuvimos decidimos que lo más conveniente era pasarla a manos de un colega. Es raro que no te lo haya dicho.
Le manifesté que mi desconocimiento sobre el tema era casi absoluto; incluso le aclaré que recién el día anterior me había hablado de él por ese asunto y por ciertas trabas en el trámite.
-Y lo hizo porque yo se lo pedí, porque había mencionado algo como al pasar, meses atrás, y luego nunca más tocó el tema.
Me animé a preguntarle qué clase de problemas habían tenido y dijo que no importaba, “es un asunto del pasado, no tiene razón volver sobre eso”.
Al percibir que nuestra conversación ya se agotaba, le pedí datos del nuevo abogado. Hurgó en los bolsillos del pantalón, sacó una billetera y la revisó. Extrajo una tarjeta de presentación. No me la dio, sino que me hizo anotar un nombre, una dirección y un número de teléfono.
-Es la única que tengo-, se disculpó-. Andá a verlo cuando quieras a ver qué te dice. Lo único que puedo adelantarte es que la gestión está complicada, hay asuntos que no cierran; no quiero desmoralizarlos, pero veo difícil que le otorguen la jubilación, al menos en un corto plazo-, se sinceró.
No dije nada, ni siquiera atiné a preguntar las razones de su pesimismo.
Ya despidiéndome, reiteré el pedido hecho por Lolei: le dije que deseaba verlo, si no era mayor molestia, que pasara por su casa a visitarlo, más no sea como amigo. Dubitativo, Browne prometió que en algún momento lo haría.
-Me gustaría que viera usted mismo las condiciones en que está viviendo-, fue lo último que le dije.
Anoté mi número de teléfono por si deseaba llamar antes. Lo guardó en la misma billetera y nos despedimos con un apretón de manos.
-Nos vemos pronto-, agregué en el saludo.


Después de la entrevista con Browne me demoré en llegar a mi casa. Visité a una amiga, que vivía a pocas cuadras de la oficina del abogado. Charlamos un rato, entre mate y mate, sobre temas de la facultad. Como siempre me costó ventilar mis asuntos personales, preferí obviar la entrevista mantenida un rato antes.
Ya por esos días, cuando me preguntaban alguna novedad sobre el viejo, trataba de mostrarme optimista y sereno, a contar anécdotas de la vida conyugal –algunos amigos observaban en broma que Lolei era como mi pareja, y en parte algo de razón llevaban- o directamente a esquivar con elegancia la situación. Nunca me gustó cargar a mi gente cercana con angustias o preocupaciones íntimas. Pero en este caso, y después de batallar duro a solas, con el tiempo fui abriéndome en busca de compañía, de comprensión, de ayuda, de distensión. Y siempre, siempre recibí incondicionales respuestas y apoyo, sobre todo del minúsculo grupo de compañeros con quienes conviví en el trajinar diario durante aquellos meses.
Una visita sigue a la otra y, tal vez porque inconscientemente no deseaba volver a mi casa con malas noticias, pasé por una pensión de calle 50 a buscar otro de mis compañeros.
Era un hospedaje plagado de estudiantes y en la habitación de mi amigo no se acostumbraba a tomar mate. Las reuniones, sobre todo si eran de noche y más aún si hacía calor, se amenizaban con cerveza. Birra, faso, libros, música, inmejorables condimentos para solazarse después de un día intenso en actividad y abrumador en noticias. La reunión se extendió hasta casi la medianoche.
Volví demasiado tarde y, como era de esperar, Lolei estaba a los gritos. Alaridos estentóreos que oí desde la calle, desde el preciso instante en que coloqué la llave en la cerradura. Estaba agitado cuando entré a su casa.
Había estado llamándome durante las anteriores cuatro horas, según corroboré luego con el parte informativo de mis vecinas.
-Tranquilo, acá estoy-, dije con voz calma.
-Estas no son horas de llegar, hace como dos horas que te estoy llamando y no venís, ¿dónde estabas?-, inquirió con actitud policial. Y con un toque de mentira en sus dichos.
Yo, medio boleado como estaba, evité cualquier tipo de altercado y me tragué con soda la provocación. Eso de “estas no son horas de llegar” jamás me resultó simpático. Mi falta de libertad también tiene un límite.
Le avisé que esa noche la cena sería austera. “Tampoco yo voy a comer, así que guardá hambre para mañana”. Fui hasta mi departamento y al cabo de unos minutos bajé con un paquete de galletitas, una lata de paté y un vaso de leche fría.
Mientras untaba y repartía la limitada comida, le conté sobre mi encuentro con Browne y sobre el nuevo abogado. Cuando le comuniqué el nombre aseguró no conocerlo.
-¿Vendrá a verme?-, se interesó enseguida.
-Prometió venir-, respondí, contrariado por su repentino cuidado a la visita de su amigo antes que la marcha de su jubilación.
Cuando le narré sin mucho detalles el encuentro de la tarde, me resultó llamativo que no hubiese acotado ni preguntado nada al respecto. Decidí dar por terminada la jornada y anuncié mi partida.
-¿Estás borracho y un poquitín fumado, o me parece a mí?-, atacó de repente.
-¿Estás envidioso?-, combatí desde mi débil trinchera. Me miró sin decir nada-. ¿Estás envidioso porque no te traje nada?.
Adiviné en su cara que sí, estaba celoso. Me reí con ganas.
-Hasta mañana-, saludé aparatosamente.
-No te lo digo ahora porque estás cansado y seguramente no querés pelear, pero mañana tengo que contarte algo que se me había pasado por alto-, se cubrió con su típica pericia de viejo embustero.
Ni quise pensar de qué podría tratarse, le dije que “bueno, mañana me decís, ahora descansá”.
-Hasta mañana-, gritó cuando yo ya estaba entrando a mi casa.


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(XXXVII)

Para: Hugo Cavalcanti Palacios
Jujuy 1261
7600 Mar del Plata
Argentina

De: Alan Rogerson
Chez M Hugues Danic
2 Rue Malbec Ap.E10
Bordeaux
France

20 Octobre 1985
Querido Hugo:
Muchísimo tiempo sin recibir noticias tuyas. ¿Qué pasa contigo? Espero que vaya bien y que no te aburras demasiado. Te escribí hace dos meses y sigo esperando respuesta. Tal vez me has escrito y no me entregaron tu carta.
Las clases se reanudaron hace un mes y acabo de cobrar mi sueldo. Debo bastante dinero, así que no me queda mucho. Recibo más pasta en las próximas semanas.
Mi vida tiene algunas complicaciones. Hace un mes me asaltaron en mi casa. Eran cuatro golfos, entraron, me pegaron una hostia, me amenazaron de muerte, me amordazaron, me ataron las manos. Después intentaron asomarme al balcón. Fingí un desmayo. Me salvé de puta casualidad. Me llevaron el chequero y gastaron bastante dinero. Ahora tengo miedo de que vuelvan.
Recibí una carta de Kate. Acaba de pasar dos semanas en Madrid. Menos mal que no estuvimos, ¡nos habríamos cogido un pedo fenomenal! Conocí a una chica en la borrachera que tienen en Bayona. Me dijo que me escribiría y que vendría a verme. No tuve más noticias, no creo que quiera salir conmigo.
Doy clases en la escuela de Turismo. Van unas chicas guapísimas, ¡joder! Tienen 20, 22 años y son muy majas.
Ya no bebo tanto, pero de vez en cuando me apetece y me cojo un pedo y ya está. Hay un refrán en francés que dice “Qui a bu boira”, es decir, “quien bebió, beberá”. No dice mentira.
Hace mucho calor aquí. Dentro de dos días estoy de vacaciones. Ya que no estás en Madrid, no iré. Sabes que si no puedo verte, no me apetece esa ciudad. A veces pienso en el banco donde bebíamos coñac juntos. Nos volveremos a ver, estoy seguro. Vuelve a Europa de prisa. Pienso muchísimo en ti. Todos los días miro el buzón y no encuentro cartas tuyas, me digo ‘¿qué pasa con este tío?’
Para ir a la escuela de Turismo debo pasar por los muelles. Hay varias tiendas. En una hay sostenes grandes. Entonces pienso en Josefina. También hay bragas sexys y me imagino a Mme. Chardy, me gustaría mandárselos y ver su reacción.
Volveré a Inglaterra en Navidad. Veré a mi familia, pues la echo de menos.
Te mando un abrazo muy fuerte. Escríbeme pronto. Siempre pienso en ti, pues te quiero un mogollón. Tu amigo

Alan

lunes, 6 de junio de 2016

Lolei. Memorias de lo inconfesable (36)


CAPITULO
36

-Con esta actitud, nos vamos a quedar acá hasta que nos muramos, algo se nos va a ocurrir-, le dije imperativo, cuando regresé, a la hora de la cena.
El viejo seguía cabizbajo, aunque en realidad parecía dormido. Cuando olió la comida de la bandeja abrió los ojos gradualmente, de a uno por vez, como para que la realidad no le pegara tan fuerte. Amagó con sentarse.
-¿Qué me trajiste?-, inquirió semidormido.
-Arroz con queso, no te imaginás lo rico que está el queso-, conté mientras me acercaba para ayudarlo a sentarse.
Se acomodó a la espera de su ración. Serví dos abundantes cucharadas en el plato y se lo alcancé. Le entró duro y parejo, como siempre.
“Es como el ego, que es fácil de alimentar porque come cualquier cosa”, me dije.
-Está pendiente un tema del que poco hablaste-, comencé a decir mientras el viejo seguía masticando-. Todavía queda el tema de tu jubilación, de los trámites que estabas haciendo, ¿cómo avanza eso? ¿Quién está a cargo del expediente?-, pregunté.
-Un abogado amigo, Marito Browne, él tiene todo-, respondió después de tragar.
-Marito Browne… me suena ese nombre. ¡Tu viejo amigo de la juventud! ¿Y hace mucho que no lo vés, que no tenés alguna novedad?-, dije. Su silencio y su cara de yo no fui fueron respuesta suficiente para entender cuánto tiempo haría que se había desligado totalmente del asunto. “¿Cuánto hace que no lo vés: seis meses, un año, dos años…?”
Siguió sin responder.
-Debe hacer como un año-, dijo al rato, después de meditar largamente.
“Si dijo un año deben ser por lo menos dos”, adiviné.
Me atraganté con varios cuestionamientos: ¿cuánto más dejaría pasar para averiguar por el estado de la jubilación? ¿Por qué esperó tanto tiempo en avisarme quién estaba detrás del caso? ¿No sabe que si no estás encima de ellos los abogados, por más amigos que sean, no mueven un dedo para acelerar ningún trámite?
Resultó que el tipo se pasó años esperando sentado desde la casa que su amigo cayera un buen día con la noticia: “Lolei, ya estás jubilado”, nos damos las manos, “gracias por los servicios prestados”, “ahora sí que estoy salvado”. ¿No hubiese sido mejor idea tratar de contactar a su abogado antes que mendigar por los asilos con la escritura de un departamento plagado de quilombos? Pero elegí callar.
Terminó de comer y me pidió algo para beber: “¿podrá ser un vaso de vino?”
-Por supuesto que no-, dije categórico-, no tengo una bodega en mi casa y además hoy es miércoles; los días se semana no se toma alcohol.
Se rió, buscando el remate de un chiste que no existió. “El vino cuesta dinero, y como dinero para vino no tengo, con agua de la canilla te sostengo”, poeticé.
-Te salió un versito-, descubrió gracioso.
-Anotalo para tu libro, te van a llenar de elogios-, grité desde el baño, donde cargaba una copa con agua.
-Decime adónde puedo encontrar a Marito-, sondeé.
-Debo tener anotado su dirección y su teléfono por algún lado, no sé adónde, dejame pensar, dejame pensar-, repitió con cara de estar pensando.
Me pidió que le alcanzara una agenda vieja apilada entre los libros de la cómoda. Espanté una cucaracha aventurera del lomo, le saqué un poco de tierra y se la di. Buscó un rato largo, mientras yo juntada los platos sucios de la cena. Encontró referencias en la letra M.
-¡Acá lo tengo!-, celebró. Mario Browne. Este es…
Había un número de teléfono y dos direcciones. Una de ellas correspondía a la oficina, en calle 8, sobre la peatonal.
-Está a la vuelta de la facultad-, apunté- puedo visitarlo mañana mismo.
Anoté todos los datos en un papel y corté el papel. Se quejó porque le rompí la agenda.
-Contame algo del estado del expediente, para saber cómo encararlo a este tipo-, lo corté sin responder a la protesta.
-Está trabada por razones técnicas-, dijo. Desde el IPS sostienen que no cumplí los treinta años de servicio necesarios para solicitar el beneficio, pero presenté un amparo porque fui cesanteado injustamente de mi cargo en el Ministerio de Educación, en los años de la dictadura. Me echaron y no recibí indemnización. Y al poco tiempo tuve que exiliarme para salvar mi vida. Cuando regresé al país, con la democracia, desconocieron mis antecedentes y no fui reincorporado. Desde entonces no he tenido un empleo formal y no agregué aportes jubilatorios. La última presentación de pruebas para el legajo fue en el 97, cuando tres testigos declararon en qué condiciones debí dejar mi trabajo. A partir de ese momento estoy esperando un dictamen. Marito confía en que será favorable, pero no sabemos cuándo saldrá la sentencia.
Prometí ocuparme de Browne a la brevedad. “Me harás un gran favor”, festejó, “esa puede ser la solución que buscamos”. Y antes de que me fuera, me llamó a su lado y tomó mi mano:
-Si llegás a verlo a Marito, decile por favor que venga a verme, aunque sea como amigo, por favor que venga-, rogó.
“¿Aunque sea como amigo?”, me dije. Imaginé que algo raro merodeaba en ese pedido, pero le resté importancia.
-Te lo prometo, Lolei, te prometo que Marito Browne vendrá a verte.


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(XXXVI)

Para: Hugo Cavalcanti Palacios
Jujuy 1261
7600 Mar del Plata
Argentina

De: Alan Rogerson
Chez M. Claverie
2 Domaine des Tourelles
33700 Merignac - France

21 Juillet 1985
Querido Hugo:
Acabo de volver de Inglaterra. Carlos no vino; lo esperé una semana pero no dio señales de vida. Me alegró que no lo hiciera, pues yo tenía sarna, que es muy contagiosa. Además, ni mi madre ni yo teníamos suficiente dinero y no habríamos podido aceptar el de Carlos. Tomar dinero de un huésped, eso no se hace. La próxima vez lo invitaré.
Espero que no te estés aburriendo en Argentina y que algún día regreses a España. Llevas razón cuando dices que ahora hay un océano entre nosotros, pero confío en que una vez que estés de vuelta y sólo estarán los Pirineos.
Las clases se reanudan dentro de dos meses. Tendré más trabajo, aunque de momento estoy a dos velas. Guardo dinero en el banco pero no lo sacaré porque está destinado a construir una casa en el futuro. Nunca volveré a vivir en Inglaterra; el gobierno es neofascista. Tampoco volveré a trabajar en la Academia de Chardy. Es una puta. La quería, y ahora ya no la quiero.
Tengo muchos defectos, pero nunca he puteado a nadie por nada.
Estuve en Inglaterra dos semanas. Fui a ver a Kate. Estaba tomando un baño cuando recibió tu carta. Se rió cuando le dijiste que debería casarse conmigo. La leí también y me reí mucho. Salimos juntos, nos cogimos un gran pedo. Kate me gustaba cuando estaba en Madrid. Cuando la vi en Navidad, me gustaba. Después volví a estar con ella y también me apetecía. Es muy maja y la quiero mucho. Se ve que me gusta Kate, pero no ligo.
Me marcharé dentro de un mes porque la pareja que me hospeda ha vendido el bar y deberé buscar un nuevo alojamiento. Tú dime cuándo estarás de vuelta en España. Me gustaría volver a verte y pasar mucho tiempo contigo. Sobre todo, quisiera cogerme una buena merluza contigo. Sabes que te quiero muchísimo. Espero que no estés enfadado si he hecho algo que te haya cabreado. Lo siento. Cuando me llamaste casi dijiste que estabas perturbado y por eso no me habías escrito. Enseguida me dije ‘este tío está cabreado porque le he hecho algo’. Si es verdad, te pido mil perdones. Te quiero mucho y siempre quiero ser tu amigo.
Escríbeme pronto. Da mis recuerdos a tus padres, que no me conocen y tal vez nunca me conocerán. Me despido. Te doy un abrazo muy fuerte. Vuelve pronto a Madrid. Te echo mucho de menos

Alan

jueves, 2 de junio de 2016

Lolei. Memorias de lo inconfesable (35)


CAPITULO
35

La idea que meses antes me habían comunicado la tríada de vecinas indignadas comenzó a rondar en mi cabeza con más fuerza.
Una internación forzosa en el Neuropsiquiátrico de Melchor Romero me parecía, en principio, un ardid cargado de brutalidad, sobre todo por la manera en que estaba pensado el traslado. Las viejas apelarían a una denuncia por abandono de persona, a su modo de ver y en el fragor de su malestar, excusa suficiente para que una dotación de enfermeros arremetiera en la casa y se llevaran al estorbo comunitario que para ellas resultaba ser Lolei.
Ahora la situación había cambiado, pues el viejo ya había dejado de ser un indigente en estado de aislamiento para ser un indigente a cargo de un vecino, sin ningún parentesco sanguíneo, pero con un indudable lazo de amistad y protección.
“Como amigo y protector podrías buscar una solución a su estado y colaborar con nuestra tranquilidad”, azuzaron las viejas en un encendido encuentro que mantuvimos una tarde en casa de María Luisa.  A esa altura, el responsable de todos los males había pasado a ser yo.
-Si vos te hiciste cargo de Lolei, pues también hacete responsable del descontento que genera para todos-, me retaron.
Pude haber respondido de muy mala manera a las acusaciones, pero entendía que era preferible mantener la cordialidad, hacer posibles aliados y no sumar enemigos. Al fin y al cabo, mi relación personal con la tríada de vejestorios era franca y afable, excepto cuando surgía el tema de mi amigo.
“Entre todos -pensaba yo-, resultaría más factible buscar recursos favorables. Debería servirme de su experiencia, de sus contactos, de sus amistades, para sumar alternativas y arribar a una conclusión feliz para todos. Estas viejas hace una pila de años que viven en La Plata y deben tener por lo menos algún médico conocido, algún contacto con algún asilo, algún camarada en el gobierno, en fin, alguien a quien acudir en busca de ayuda”.
Lamentablemente, una vez más equivoqué en mis presunciones y las viejas, tercamente, se cegaban en la propuesta del neuropsiquiátrico como única salida.
Por momentos, en medio del cúmulo de decepciones, comencé a observar la idea como una escapatoria probable. Pero no hacerlo de una manera obligada sino consentida.
La sola imagen de un ejército de enfermeros llevándose a la rastra a Lolei, en medio de gritos y sacudones, me acribillaba el cerebro. No me entraba en la cabeza. Me hubiese desesperado más que a él. Pero al hacerlo bajo su voluntad, la cosa cambiaba.
Él ya conocía esa experiencia, aunque en circunstancias completamente diferentes. Hacía más de dos décadas había pasado algunos meses por el Melchor Romero, cuando tenía algo más de cuarenta años y bastante más lucidez. Llegó por problemas de alcoholismo y bajo la tutoría de su madre. Ahora debería ser trasladado, tal vez definitivamente, con un estado de salud malogrado, con una economía casi inexistente y ninguna presencia familiar para hacerse responsable de la internación.
Analizando el caso con frialdad, se hubiese tratado también de un abandono de persona, pese a que la garantía de la reclusión sería rubricada por mí. A mí me sonaba que el internado de Melchor Romero no era un asilo para ancianos, era un aislamiento para locos y viciosos.
Además, el viejo me había confesado que no guardaba los mejores recuerdos de aquella estadía.
Sin entusiasmo, y hundido en una etapa de desmoralización similar a la mía, Lolei aceptaba la idea. Sin embargo, en el fondo de nuestros corazones se albergaba una buena dosis de escepticismo. Y aunque el tiempo nos apremiaba, decidimos evaluarlo como una licencia extrema, una solución bien de último momento.



Para atenuar el ahogo, cada tanto nos cargábamos un buen porro y extendíamos la charla hasta bien tarde. Ya los siguientes que fumamos le sentaron mejor que la primera vez y a partir de entonces lo hicimos con más frecuencia.
Para él sobre todo era un bálsamo, porque se sentía jubiloso, a veces optimista, sin alejarse demasiado de su habitual tendencia a la dejadez.
Una noche tiró sobre la mesa una idea arriesgada y bastante original para su forma de ser y de pensar: llamar directamente a un hospital para que se lo llevaran. El planteo era sencillo: “les digo que me siento mal, y cuando vean el estado en que vivo, con seguridad me trasladan. Una vez internado será más fácil conseguir una reubicación en un asilo”, conjeturó. “Después vemos”, rubricó.
Incluso mencionó el número de una ley a través de la cual ampararse para cumplir con la treta.
Esa vez el desilusionado fui yo. De repente se le ocurrían salidas descabelladas, a todas luces impracticables. “Si hay algo de lo que sé un poco es de leyes”, respondió categórico, como previniendo de antemano la victoria segura de su juicio. Desde ya que mi desconfianza se hizo patente, pero tuve la prudencia de no contradecirlo.
Me sorprendí por la forma decidida en que lo expuso. Y no menos me asombré del estado de zozobra que significaba deshacernos de la incomodidad en que estábamos sumergidos. “Este tipo está realmente impaciente, cabalmente intranquilo, completamente loco”, decía para mí. “Con lo que nos está costando hallar un argumento convincente para salir bien parados de este embrollo, se viene con una jugarreta de lo más sencilla, como si fuera fácil”, cavilaba en silencio.
Si fuera tan fácil se nos hubiese ocurrido antes. Tal vez las soluciones estaban ahí, al alcance de la mano, y nuestra tendencia a complicar todo lo había dejado esfumarse una vez más.
Pensando si no sería una alucinación porrera, al día siguiente le pregunté si la idea seguía en pie.
-Por supuesto, nene-, dijo satisfecho-. Y podemos hacerlo hoy mismo.
-Mierda, che, que estás apurado-, lo amonesté.
-Cuanto más tiempo ganemos será mejor para todos. Esto se está volviendo insostenible-, respondió con una lucidez inesperada. Y hasta se animó a redondear descripciones de cómo llevar adelante el plan. Después de hablar un rato, concluyó: “total, el ‘no’ ya lo tenemos”.
Estaba anocheciendo cuando llamé al teléfono de emergencia del hospital Rossi. Otra vez el Rossi, por las dudas. Solicité una ambulancia para atender una persona mayor en estado de descompensación.
-Necesita atención urgente-, dije aparentando desesperación.
-Enseguida vamos-, respondieron.
Corté la comunicación y lo miré seriamente a Lolei: “ya vienen; ya sabés: esmerate”.
-Podemos desarreglar algunas cosas para dar mayor impresión de desamparo-, propuso.
-Yo creo que así como está todo es suficiente-, respondí asombrado por su repentino proyecto. El departamento, con sólo otearlo, revelaba lástima.
-Si querés despeinate un poco-, sentencié.
Lo peor de todo es que me hizo caso.
Al cabo de diez minutos sonó el timbre. Bajé las escaleras con una mezcla de expectación y vergüenza. Eran tres personas: dos jóvenes médicos, una mujer y un hombre, y el ambulanciero, no tan joven como los médicos. Los conduje hasta el primer piso mientras hablaba trémulamente, describiendo la situación. Noté que se frenaron al llegar a la puerta. “Pasen, está por allí”, les dije señalando el sofá. El médico hombre tomó la posta de la atención.
-¿Qué le pasa abuelo?-, le dijo cuando estuvo a su lado. Lolei estaba pálido, pálido de verdad, como si repentinamente estuviera frente a un fantasma. Tenía un gesto de derrota, modulaba con un tono neutro y apagado.
-No puedo caminar, no tengo para comer, no tengo nada de dinero; si no fuera por este chico no sé qué sería de mí-, contó el viejo.
El médico escuchaba.
-Entiendo-, dijo. Pero, ¿qué le duele, qué le pasa?-, agregó.
“Ahí nos cagó”, pensé.
Lolei sacó la mano de debajo de las cobijas y tocó la espalda, a la altura de los riñones.
-Me duele todo el cuerpo-, dijo casi en un gemido.
Observé a la médica, que se había quedado a unos metros de la cama, poniendo atención al resto de la casa. Me acerqué a ella y casi en un susurro le dije “no está nada bien este hombre”. Sólo me miró, con compasión, con la dulzura que emana de la comprensión.
-¿Cuánto hace que está en este estado?-, indagó el médico.
El viejo no respondió, me buscó a mí con la mirada. Todos me miraron.
-Desde que lo conozco y lo atiendo, unos cuatro, cinco meses-, exageré.
-Cinco meses, sí, cinco meses-, acotó Lolei, hombre coordinado para las mentiras.
El médico abandonó al viejo y las consultas fueron a parar a mí. “¿No lo vio ningún especialista antes?”. Respondí que “no”. Y le conté lo de Sánchez Pacheco –sin mencionarlo- y mi visita al hospital. “¿Y no intentaste con algún organismo que se dedique a personas en estas condiciones?”. Entonces le conté sobre mis visitas a los asilos, la posibilidad de Melchor Romero, los resultados adversos de todas las tratativas.
-Tenemos un problema-, aseveró el médico, dirigiéndose a todos los presentes, mirando directamente hacia el sofá cama-. Tenemos un problema: usted es un enfermo social, no podemos trasladarlo ahora.
-¿Enfermo social?-, salté yo desde atrás.
-El hospital es para casos de emergencias, para tratar enfermos físicos, con problemas puntuales. Este hombre -dijo señalando a Lolei pero mirándome a mí-, está sano.
-¿Sano? ¿Usted lo ve sano?- interrumpí.
-Comprendo la situación de abandono –siguió el médico sin atender a mis preguntas-, el entorno en que vive, pero no podemos llevarlo porque pese a la complejidad y al deterioro que presenta, en este momento su salud no reviste una gravedad que amerite su traslado. Debe ser atendido por un área de Salud especializada en estos casos.
-¿A través del gobierno? ¿A través de quién?-, pregunté.
-Pruebe con dirigirse a alguna oficina de Desarrollo Social del municipio o de la Provincia, ellos sabrán cómo ayudarlo-, explicó.
-¡Ningún gobierno hace nada por los enfermos de esta clase; ya lo intenté: nadie se hace cargo!-, me entoné.
-Lo siento mucho-, dijo el médico, poniendo una mano sobre mi hombro-. De veras lo siento, pero nosotros ahora no podemos hacer nada. Que tengan suerte-, le dijo al viejo, que empezó a los gritos como un chico: “¡por favor, sáquenme de acá, no me dejen tirado, necesito irme, por favor!”
La junta de profesionales saludó amablemente y se retiró de la casa. Bajé con ellos, intentando persuadirlos. Aunque entendía a la perfección sus argumentos, no me daba por vencido. “Tienen que ayudarme”, imploré. La médica notó mi desazón y quiso abrazarme, apoyando su mano sobre mi hombro, en señal de solidaridad.
-Un abrazo no soluciona nada, doctora, ni para mí ni para él.
Sin decir una sola palabra dio media vuelta y partió hacia el vehículo. Desde la puerta vi cómo se iba la ambulancia y con ella, buena parte de nuestras últimas esperanzas.
-Estuvimos cerca, te faltó ser más aparatoso en la actitud lastimera-, le dije al viejo cuando volví. Pero seguía tan compenetrado en su personaje que casi lloraba.
-¡Estoy llorando de verdad, la puta que te parió!-, me amonestó.
Y era cierto. Lloraba con reservas, casi sin querer llorar. Más bien eran gimoteos poco convincentes. Pero los ojos estaban rojos y cargados.
-¿Por qué decís que no estuve bien?-, preguntó de repente, dolido.
No supe qué responderle sin decir alguna frase que hurgara inclemente en la herida.
-¿Querés que prepare algo para comer?-, retruqué sabiendo cuál sería la respuesta y consciente de que era una salida adecuada para descomprimir el ambiente. Pero no respondió. Permaneció callado y pensativo.
Lo imité sosteniéndole la mirada, sabiendo en lo inoportuno de poner letra en su silencio.



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(XXXV)

Para: Hugo Cavalcanti Palacios
Academia de Idiomas Gref
Calle Santa Engracia 62 4°
Madrid – España

De: Alan Rogerson
Bar du Moulin
294 Av d’ Arès
Merignac
France

24 Mai 1985
Querido Hugo:
Gracias por tu carta. Esta vez te escribo enseguida ya que dentro de poco tiempo no estarás en Madrid. Espero que vayas bien y que tengas muchas clases. No me extraña que Mme. Chardy haya despedido a Vinicio; tener un profe como él podría generarle problemas. Pobre Vinicio, ¿qué será de él? A lo mejor no hablaba inglés pero conocía la gramática. Lo siento por él. Volviendo al asunto de Mme. C, ¿sabes que no mandó la carta que necesitaba mi abogado porque “no lo merezco”? Otra vez me dejó por los suelos por teléfono.
Dentro de unos días el alemán que me atropelló va a comparecer ante el juez. Van a determinar la cantidad de dinero que debo cobrar. No prometo nada, pero si lo recibo te mandaré algo. Ya no tengo clases es la escuela porque dentro de una semana mis alumnos pasarán a las vacaciones. Dejarán el inglés hasta el año que viene. El jefe de la escuela me dijo que podría volver a dar clases. Mme. Chardy había jurado que me echarían en 15 días y ya llevo 4 meses trabajando. Bruja hija de puta.
Tal vez regrese a Inglaterra dentro de poco tiempo. No he logrado hallar trabajo y no puedo quedarme aquí si no doy clases. Recibí una carta de Kate ayer. Me dice que no tiene novio y que tiene ganas de verme. ¿Piensas que tengo el derecho de atar los cabos sueltos? ¿Me está tirando indirectas? Me dijo que sus padres quieren que salga con un médico y no con un estudiante. ¿Me imaginas en una verbena de su jardín con su padre, con la fraternidad médica de su padre?
Rob me dijo una vez que le habían invitado a una verbena bastante repipi, se compró un traje nuevo. Había un terraplén y abajo, gente, sentada alrededor de las mesas. Rob, en estado de embriaguez, se tumbó en el terraplén, se durmió y en un momento dado empezó a dar vueltas hacia la gente. Lo vieron llegar y se armó un desparramo de tíos. Volteó sillas y meses, como palos de bowling.
Tengo que escribirle porque le quiero mucho y pienso que él me quiere o me quería. ¿Sábes? Si te quedas en México nos podríamos ver, dado que no es muy caro en avión desde Inglaterra. Da mis recuerdos a Pepé y a Julio en Malasaña, diles que pienso seguido en ellos.
Te doy un abrazo muy fuerte, tu amigo para siempre
Alan