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domingo, 20 de noviembre de 2016

Lolei. Memorias de lo inconfesable (47)












CAPITULO
47

En su segundo regreso a la Argentina, Lolei se parecía más a un turista europeo que a un argentino de regreso a su tierra. Su gente le remarcó que ya hablaba “como un gallego más”. De pronto el coño, el carro, el autostop, el echar de menos o el coger pedos se habían incorporado a su léxico con la misma naturalidad de un inglés que aprende el castellano en una academia. Hablaba casi como si fuese Alan.
Parecía un rasgo pintoresco e insignificante, pero en el fondo denotaba una suerte de mimetización acartonada y fría. Era de esperarse: “si hablas como un argentino, te entenderían la mitad de las frases”, se justificaba Lolei. Su rápida adaptación se vislumbraba también en su aspecto saludable: había engordado algunos kilos porque “morfaba y chupaba como un condenado”.
Estuvo unos dos meses en Mar del Plata, donde se reencontró con amigos de la juventud. Recordaron viejas épocas de andanzas. Notó que la vida había hecho estragos con algunos de ellos. Todos estaban cambiados: esposa, hijos, trabajo, es decir, una vida familiar, ordenada y bien burguesa. Muchos habían progresado en lo económico; otros se habían afianzado socialmente. Casi todos eran profesionales. Notó, entonces, que vivían de la forma en que él había planeado para sí mismo su existencia cuando aún era joven y aún vivía en Argentina. Notó, finalmente, que él estaba viviendo una segunda juventud, una nueva adolescencia desbordada, como en aquellos días en que las responsabilidades del ciudadano correcto no estaban al tope de las prioridades.
Se sintió satisfecho.
Luego pasó unos días en La Plata, donde visitó a su tía Julia y a sus camaradas de bares y burdeles. Tuvo intenciones de saludar a Lola, pero ella no estaba en la ciudad.
En septiembre, ya de regreso en Madrid, se reincorporó a la academia con engrandecida energía. Volvió a encontrarse con sus compañeros. Realizó algunos viajes por el interior de España antes del inicio de las clases.
Su relación con Mme. Chardy fue amistosa y profesional. Al parecer, en su ausencia, la directora había encontrado un nuevo galán que la favorecía adecuadamente y con quien ella se sentía muy a gusto.
“Era de esperarse -pensó el viejo-, y era lo que necesitaba: mademoiselle es joven –apenas unos cinco años menos que yo-, y aunque no de mi total agrado físico, es elegante, exitosa e inteligente. Me alegra la noticia. Además, el muchacho es ajeno a la academia, lo cual significa que nosotros no lo conocemos. De ese modo, cuando tenga la oportunidad de tirármela, lo haré sin la culpa de saber a quién estaré engañando”.
De hecho, cada vez que pudo frecuentar a la directora –es decir, cuando ella lo pretendía y lo deseaba-, lo hizo sin ningún tipo de sobresalto moral, fiel a su estilo.


Fue a través de una serie de postales enviadas a su familia desde Portugal, en una de sus frecuentes salidas legales con amigos, cuando el viejo dejó entrever que la estancia española no se trataba de un idilio completo sino más bien una tentativa de huida hacia adelante.
Las sospechas comenzaron recién en su siguiente visita al país, cuando su familia comenzó a atar cabos sueltos y a cotejar con documentación oficial el relato construido por Lolei a través de las cartas y la narración de su “maravillosa experiencia”. Lo que contaba se contradecía en varios puntos con lo que hacía.
De pronto comprendieron que Lolei escondía mucho más de lo que exhibía.
En una postal enviada a sus padres desde Portugal, adonde viajaba frecuentemente con la sola misión de acreditar salidas y entradas de España, Lolei contó que había ido a pasar una semana de vacaciones con amigos y amigas, que viajaron en dos coches y era tal la cantidad de turistas que se encontraban en ese momento que no hallaron sitio adónde dormir, “ni en Coimbra, ni en Estoril, ni en Lisboa”. Es más, una noche no encontraron habitaciones ni en el Sheraton de la capital lusitana. Según su versión, poco importaban las eventualidades, pues a esa altura ya se “recagaban de risa de todo” y “aunque tuvieran que dormir en el piso, ni locos regresarían a Madrid”.
La duda surgió cuando al revisar el pasaporte, sólo por curiosidad, doña Florentina descubrió que su hijo ingresó a territorio portugués vía Badajoz, un día 4 de abril, y siguió rumbo a Lisboa. Desde allí envió la postal, el día 5. Y la salida de Portugal fue sellada el día 6, en la carretera que conduce a Villanueva del Fresno, al sur de Badajoz. La primera deducción fue que el grupo de amigos permaneció dos días en Portugal, y no siete como anunciaba en la postal.
El siguiente indicio fue cuando mencionó que en Coimbra no habían conseguido alojamiento, y le llamó la atención que desde Lisboa se hayan trasladado a más de doscientos kilómetros para tratar de alojarse. No le sorprendió que visitaran Estoril, a menos de treinta kilómetros de la capital. Pero irse de Lisboa hasta Coimbra, una ciudad situada hacia el norte, a más de dos horas de viaje, sólo para buscar adónde dormir, habiendo tantas ciudades y poblados cercanos adónde acudir, eso sí le llamó la atención.
La madre de Lolei olfateó un tufillo a engaño.
De repente localizó en las hojas del pasaporte una importante cantidad de sellados con ingresos a Portugal, y salidas realizadas en el mismo día. La mayoría era por Badajoz, alguna vez por Fuentes de Oroño o Valverde del Fresno.
“Tu madre será maestra y jubilada, pero no es tonta”, dijo Lolei que le dijo doña Florentina al darse cuenta de estas pequeñas irregularidades halladas y los secretos escondidos detrás de la evidencia. “Déjelo que ya es un muchacho grande, debe saber lo que hace”, dijo Lolei que le dijo doña Florentina que dijo don Domingo al momento de trasladarle la inquietud.
-Lo más curioso del caso –reconoció Lolei- es que mamá me advirtió de estos descubrimientos unos años después, cuando yo ya había regresado definitivamente al país. Y contó que no me lo dijo antes porque temió que su sospecha fuera verdad. Y no hubiese soportado saber que su hijo la estaba pasando de pesadillas en España. A papá, como siempre, le importó un carajo. A él se lo reveló enseguida, y el tipo se lavó las manos, ni se calentó. Por eso decidieron mantenerlo oculto, para no hacerse aumentar su preocupación. Pero en definitiva ellos también mintieron: se mintieron a sí mismo. Y sobre todo mamá, que se hizo una malasangre terrible. Ni siquiera en las cartas que me escribía mencionaba el tema. Y yo a la distancia me daba cuenta de que no estaba bien. Cuando respondía y mostraba mi intranquilidad, en la siguiente carta ella apenas hacía referencia a lo que yo cuestionaba. Yo empleaba el mismo procedimiento y contestaba con evasivas. Jamás le mencioné ningún incidente; la impresión que le trasladaba era de una buenaventura que no se ve ni en las películas, y pensaba que ella se lo creía todo. Nunca le mencioné de mis borracheras, de mis peleas, de mis altercados laborales, de cómo los extrañaba verdaderamente. Claro que le decía que los echaba de menos, pero a la manera que se añora cuando se está lejos de alguien, no con la real profundidad del sentimiento. Eso no se lo contaba a mi madre. Verás, una noche me cogí un pedo tan descomunal que terminé en el hospital con la cabeza rota y una muñeca fracturada. Me caí en la calle, eso es todo; perdí el equilibro y me estrolé en la vereda. No me acuerdo de nada, sólo lo que me contaron Josefina y Alex, que iban conmigo y me llevaron al hospital. La cuestión es que me dieron cuatro puntos en la frente y estuve con la mano escayolada unos cuarenta días. La versión que entregué a mis padres, por supuesto fue groseramente inventada: “un accidente de tránsito, me atropelló una moto”, dije. Me pareció inoportuno confesarles que había sido producto de una borrachera, porque supuestamente había dejado de beber después de mi internación en el Melchor Romero. Imaginate a mi madre si hubiese sabido la verdad… Por eso inventamos esa red de mentiras, donde cada uno contaba lo que le convenía y el otro creía también lo que convenía, excepto la verdad. Cuando mamá encuentra ese detalle en el pasaporte, descubre que mis permanentes salidas de España no eran sólo por placer, sino que entrañaban otros propósitos, inasibles para ella. Pero en vez de manifestarme su preocupación se lo tragó sola, se inventó varias hipótesis con el solo fin de convencerse de que mi versión de los hechos era verdadera. Ella me dijo alguna vez que quien no es madre no puede entender jamás lo que es el sufrimiento de una madre. Tal vez llevaba razón. Y lo cierto en este intríngulis de interpretaciones es que ambos decidimos fingir, acordamos tácitamente en que el artificio era más veraz que la mera verdad. Por eso tampoco adiviné que detrás de sus palabras escritas con aparente prolijidad había un sentimiento de angustia irrefrenable. Lo descubrí recién al año siguiente, en otro viaje a Mar del Plata, cuando vi que mi madre, que ya no era joven pero se mantenía enérgica y briosa, se había avejentado a pasos agigantados. Y estaba notablemente desmejorada de aspecto y  de salud. Sin que ella me lo pidiera, supe había llegado el momento de regresar.
Al poco tiempo de un nuevo regreso a Madrid, Alan fue echado a la academia y decidió volver a Inglaterra. Hacía bastante tiempo que sumaba reñidas discusiones con la directora, como corresponde a dos personas de carácter fuerte e inflexible.
Alan era un gran profesor y se llevaba de maravillas con los alumnos. Sin embargo, los continuos desbarajustes en que incurría por la ingesta excesiva de alcohol y otras hierbas, fueron modificando su carácter en el seno del instituto. El inglés llevaba una vida más disipada que la de Lolei, cuando no estaban juntos. Solía amanecerse en las calles, o en bancos de algún parque, tras alguna borrachera que lo dejara inconsciente. A veces, en ese estado, concurría al trabajo. Y allí se trenzaban de lo lindo con mademoiselle.
Ella era una persona severa a la hora de las reglas y solía imponer pautas irrestrictas; una de ellas, la concurrencia a clases en perfectas condiciones de higiene y presencia. Se enojaba cuando algún profesor se aparecía con el traje desaliñado, el pelo revuelto o un aliento de perro descompuesto. Hay que ver cómo se ponía cuando algún profesor aparecía con evidentes signos de borrachera y olor a marihuana en la ropa. Lolei sufrió sus buenos escarmientos por situaciones como esas. Pero luego mademoiselle se calmaba; bastaba llenarle un rato la boca con una polla y todos contentos.
Alan no era de agachar la cabeza y dejarse atropellar, por más que la directora tuviese razón en regañarlo. Él abrigaba un rencor indiscutible: Mme. Chardy pagaba unos salarios casi de miseria y era una persona muy tacaña y ventajera. Y eso a Alan no le gustaba nada. Y para trabajar a disgusto y por un dinero que apenas alcanzaba para vivir de prestado, era mejor buscar otros rumbos. Este planteo, realizado desde el lugar del patrón, es más concreto y efectivo: “si no os gusta este curro, pues búscate otro”. Y Alan, agotado, decidió marcharse.
Lolei sintió profundamente la partida del inglés. Se habían tomado un gran cariño mutuo. Alan solía decirle, en tren de confesiones de borracho, que era como el padre que nunca tuvo. Del mismo modo, el viejo replicaba que era como el hijo que siempre deseó.
Eran grandes confidentes, también sin una copa de por medio.
Por eso, el viejo sintió que un pedazo de sí mismo se desprendía con la partida de Alan. Poco a poco fue comprendiendo que sus días en España tenían cada vez menos sentido.
La idea del regreso se agigantaba como la luna.




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(XLVII)

Para: Hugo Cavalcanti Palacios
Calle 3 N° 492 1°E
1900 La Plata
Argentina

De: Alan Rogerson
Atherbea
12 Chemin de Barthès
Bayonne
France

4 October 1987
Querido amigo Hugo:
Te escribo otra carta. Espero que hayas recibido la anterior, que escribí en cinco minutos. Te deseo que vayas bien, también tus familiares. ¿Sabes algo? Desde hace un mes tengo un diario, que pongo al corriente cada tarde. Esta vez hay dos cosas que han cambiado: primero, escribo en francés, porque me resulta más fácil el idioma; segundo, en vez de escribir a Harry (un personaje que tú destruiste) ahora lo hago a mi mejor amigo Hugo.
Ya sabes que me gusta escribir. Además, no pretendo vivir una eternidad. Y cuando me vaya a la gran bodega celestial me gustaría dejar algo, si no, si desaparezco sin dejar nada detrás, será como si no hubiera vivido nada. Creo que he visto y vivido un montón de cosas que merecen ser mencionadas.
Por lo pronto sigo parado. De vez en cuando hago algunas chapuzas que me permiten sobrevivir, no muy bien, pero… Dentro de tres meses ya no tendré el derecho a cobrar el subsidio de paro. Ahí sí estaré jodido, sin ingresos. No sé que voy a hacer. Llevo tres semanas sin beber por falta de tiempo y de dinero. Esta semana he escrito a Pepé y a Julito. La semana pasada fui a St. Jean de Luz y a Biarritz con un amigo. La pasé genial. Ahora estoy en Pau, en casa de un amigo.
Acabo de matricularme en la Facultad. Haré otra tesina, ya que cuando Anne me echó dejé todo. Espero lograrlo esta vez. La tesina la haré en castellano.
¿Tú no tienes idea de cuándo volverás? Cuando fui a Madrid vi a la dueña de la casa donde estaba Felicitas. Vi a su marido. Hablamos juntos un ratito y la culpa de todas las borracheras y todos los pedos gordos fue tuya. ¡Te echaron la culpa de todo!
Te doy un abrazo fuerte. Tu amigo que no te olvida
Alan

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Lolei. Memorias de lo inconfesable (7)


Capítulo 6


CAPITULO

7

-Esta tarde me acordaba de la primera pelea grande que tuve con mi papá. Se me vino a la mente pensando en la película que me contaste ayer, la del Chivo ese.
Lolei parecía animado esa noche, cuando regresé a la casa con una fuente de fideos blancos y cuatro hamburguesas cargadas de queso.
Había pensado en llevar herramientas para arreglar la mesa, pero a último momento desistí, por mero desgano. Eran casi las nueve de la noche cuando regresé a mi casa y, a la pasada, desde la puerta, le avisé que estaría con la cena al cabo de una hora. Me duché y me recosté a descansar unos minutos mientras esperaba que se cocinaran los fideos y los cuatro medallones de carne que puse en el horno.
Después de cuatro horas de clases, esa tarde había visitado a una amiga. Entre mates le conté lo ocurrido el día anterior con el viejo del E. Le anuncié que a la noche también comería con él. Charlamos un buen rato y, antes de despedirnos, me previno, a modo de consejo amistoso, que tuviera cuidado con involucrarme demasiado.
-No se trata de negar una ayuda, pero cuidate de que no exprima tu tiempo y tus ganas. Además, no es muy clara su situación; ahí hay una historia que encierra varias dudas-, recomendó.
-Si hay muchas dudas, trataré de evacuarlas-, avisé. E intenté tranquilizarla con la promesa de no complicarme en la relación con mi vecino, a quien, por lo demás, apenas conocíamos.
Es curioso comprobar, a medida que pasan los años, cómo nunca me canso de equivocarme.
Después que Lolei devorara sus tres hamburguesas y más de media fuente de fideos, repitiéramos el rito de la mañana rumbo al baño y ya estuviera arrebujado entre la cochambre de sábanas y frazadas viejas que componían su nuevo lecho, comenzó a desandar la historia del altercado con su padre, ocurrido hacía casi cincuenta años.
Habló como si durante todo el día hubiera guionado mentalmente el relato, con datos minuciosos y enumeraciones que denotaban claramente una memoria imprevista.
-Fue en 1954 -comenzó a la manera de un cuento infantil-, mientras se realizaba el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Ese año fue la primera edición, y la ciudad ardió. Había un mundo de gente. Con mis amigos fuimos siguiendo de cerca los preparativos, durante todo ese verano. Estábamos ansiosos, como todos los lugareños, por recibir a las grandes figuras que seguíamos a través de las películas, los de acá y los extranjeros. Bueno, no todos en realidad. El espectáculo era fastuoso, pero tenía un trasfondo político que por aquellos días, y sobre todo en el entorno familiar, no era visto con buenos ojos. Porque además de ser organizado como una manera de exhibir ante el mundo la industria del cine nacional, también servía como plataforma para mostrar lo que el peronismo decía que había logrado en los últimos años. Se utilizó el festival como un elemento de propaganda política. Al menos así lo interpretaban la mayoría opositora al peronismo –que no era escasa en Mar del Plata- y los principales medios. Y en mi casa ni te cuento. En mi familia se respiraba un furioso antiperonismo, sobre todo mi padre, que ya había sido concejal por el radicalismo y sostenía un discurso muy combativo contra el gobierno justicialista. Los diarios opositores dedicaban unos pocos comentarios sobre el festival, apenas mencionaban algunos estrenos, personalidades asistentes y afirmaban que se trataba de un hecho eminentemente propagandístico y político. En síntesis, sostenían que la fiesta había sido concebida sólo para entretener al pueblo, promocionar la obra del gobierno y difundir la imagen del país en el exterior. Recuerdo un artículo de El Trabajo, un diario local, órgano del socialismo, donde se opinaba que todos los recursos del Estado se encontraban al servicio de la política oficial: dinero, transportes, fuerzas públicas, todos sometidos a las exigencias y necesidades de ese servicio. Incluso no dudaban en sostener que Perón se había tomado un breve descanso, haciendo un paréntesis a sus tareas de gobierno, pero restándole importancia al festival y haciendo hincapié al lanzamiento de la campaña. Más allá de las diatribas gorilas, hay que reconocer que la decisión de darle semejante magnitud al evento tuvo una especial virtud en reunir enormes figuras, abrirse a las nuevas corrientes del arte y del espectáculo y congregar multitudes como nunca antes en la ciudad. Confieso que estas interpretaciones las hice años más tarde, pero en su momento sólo me desvelaba la posibilidad de tener cerca a las estrellas de cine. Imaginate lo que significaba para la ciudad la presencia de la Novia de América, Mary Pickford, o de Jeannette Mac Donald, Joan Fontaine, Irene Dunne, Robert Cummings, Walter Pidgeon, Rosita Moreno, Ann Miller, o hasta Erroll Flynn, que no pertenecía a la delegación oficial yanqui pero aprovechó que estaba en Brasil promocionando su más reciente una película. Erroll Flynn era un consumado bebedor y se la pasó de parranda en parranda. Incluso se rumoreó que una noche en el Casino del Hotel Provincial dejó un tendal de dos mil dólares en la ruleta, jugando con fichas prestadas, y que de esa deuda se hizo cargo el General. En total vinieron delegaciones de casi veinte países, y además de actores había músicos, guionistas, técnicos, productores y directores. Me acuerdo de la española Aurora Bautista, considerada la mejor actriz trágica de habla hispana, de Marisa de Leza, la rusa Natalia Medvedieva, el director José Luis Sáenz de Heredia. Y por supuesto la gran Gina Lollobrígida, a quien no tardaron en atribuirle un romance con Perón, rumor que fue la comidilla de todos los corrillos de la ciudad. A la Lollobrígida tuve la oportunidad de verla de cerca, digamos a unos diez metros, en la rambla, y puedo jurarte por esta mano que era más linda que en la pantalla.
-Si le habrás dedicado homenajes con esa mano-, interrumpí. El viejo sólo rió y no se dejó alterar su narración por mi pueril acotación.
-Igual –siguió-, a los que más esperábamos eran los artistas argentinos, que viajaron todos juntos desde Buenos Aires en un tren exclusivo, El Marplatense. La salida fue desde Constitución y se demoró porque también allá una multitud se agolpó para despedir a todas las celebridades. Dicen que las valijas de todos los invitados, incluidos los extranjeros, se trasladaron por la ruta 2, en una larga caravana de pequeños camiones del Correo, con la escolta de motociclistas de la Policía Federal. La que encabezó la delegación fue Tita Merello, que fue recibida por Perón en el Hotel Provincial. Además estaban Fanny Navarro, Mirtha Legrand, Daniel Tinayre, Olga Zubarry, Laura Hidalgo, Enrique Muiño, Mecha Ortiz, Amelia Bence, Malvina Pastorino, Luis Sandrini, Analía Gadé, Narciso Ibañez Menta, Angel Magaña, Hugo del Carril, Juan Carlos Thorry, Santiago Gómez Cou, y un montón más. Cuando los artistas estaban instalados, el partido peronista realizó un gran acto de campaña en las terrazas del Hotel Provincial. Para muchos fue sorpresivo porque no se había avisado con antelación. Decían que se realizó de esta manera debido a que no creían conveniente difundirlo, ya que no se quería crear un malestar en la población marplatense, que veía cómo se estaba politizando el festival. Hablaron el gobernador Aloé y el presidente Perón. Los artistas fueron invitados pero la mayoría optó por descansar en sus habitaciones, ya que venían de largos y agotadores viajes. Una multitud acompañó, pero yo no fui. De todas maneras parecía raro que se tratase de un acto imprevisto. El peronismo se había movido con todo su aparato para la organización del festival.  De hecho, por más que los marplatenses no quisiéramos asumirlo, el general Perón terminaría siendo la figura más requerida del festival, compitiendo y superando en popularidad a los grandes astros que visitaban el país por aquellas jornadas. Había llegado dos días antes del inicio oficial, me acuerdo que fue un sábado. Arribó también en El Marplatense, con toda su comitiva. Hay fotos de su llegada, donde se lo ve con un traje claro, camisa blanca y corbata, pese al calor de ese día. Dicen que no había anunciado ni el día ni la hora de su llegada, pero muchísimo público lo recibió en la estación y las calles de la ciudad. Y durante los siete días que duró el festival, el presidente tuvo una activa participación, encabezando agasajos a las celebridades, como orador principal en los grandes actos de campaña, en los estrenos de las películas más importantes, o bien paseándose por los lugares más emblemáticos de la ciudad, siempre rodeado de una muchedumbre. Entre los innumerables registros fotográficos de la época, recuerdo uno en que se lo ve vestido de blanco, apuesto y deportivo, caminando junto al mar y rodeado por una multitud de bellísimas mujeres. También recuerdo imágenes de agasajos de los visitantes en visitas a Chapadmalal, o en actividades sociales que se desarrollaron en el Parque Camet, mostrando las tradiciones criollas típicas de campo. Hay otra en el estreno de El Grito Sagrado, una de las dos películas argentinas que compitieron en el festival. Fue en el Ocean Rex, una de las mejores salas de la época. Allí se lo ve junto a altas autoridades y varios artistas reconocidos. El Grito Sagrado estaba basada en la vida de Mariquita Sánchez de Thompson, ambientada en la época de las Invasiones Inglesas y Revolución de Mayo. Actuaban Aída Luz, Fanny Navarro, Carlos Cores. Se dice que fue la primera superproducción del cine argentino. La otra película local que se presentó fue La Calle del Pecado, que nunca vi.  Argentina también presentó una innovación: Buenos Aires en Relieve, un cortometraje de media hora, en 3D color, realizada para estrenar en el festival. Con tomas desde un avión se mostraban lugares atractivos de la capital y se hacía hincapié en la obra pública del gobierno. Un fragmento del corto mostraba a Perón conduciendo un Justicialista Sport dentro de los jardines de su residencia.  




Fotos de la época muestran al presidente y su comitiva con anteojos de cartón blanco y celuloide de color, que era la forma correcta de ver el film. También hay fotos de Perón en el Atlantic, junto a personalidades del mundo político y artístico, durante la proyección de House Of Wax (Museo de Cera), la primera película en 3-D salida de un gran estudio de Hollywood, que además contaba con el sistema Warnercolor, que registraba con nitidez todos los colores dentro de una suavidad de tonos. Allí todos los asistentes lucían unas particulares gafas polaroid de cartón.

Perón saludando a la actriz Tita Merello durante el festival. 
El presidente en la presentación de Buenos Aires en Relieve, primera película en 3D de producción nacional


La llegada del Marplatense con las estrellas del festival
Esperando a los actores en el aeropuerto
Rosita Moreno y muchachos peronistas
Mary Pickford, la novia de América
Errol Flynn en el festival
Gran concentración popular en la Rambla. Habla Perón
Revelador documento del gran despliegue que tuvo el festival
Aquí, el espectacular anfiteatro montado en el
playón de las Toscas, hoy Paseo Hemitage
Rosita Moreno, Luis Sandrini y Luis César Amadori
Santiago Gomez Cou
Robert Cummings

Fanny Navarro y Carlos Cores
en El Grito Sagrado
El largo y detallado monólogo de mi vecino se extendió por más de una hora, que seguí atentamente y casi sin interrupciones. Alguna vez respondí con gestos inciertos mi desconocimiento hacia citas de lugares de Mar del Plata –ciudad que apenas conocía- o de artistas –de algunos sólo conocía su nombre y otros ni siquiera conocía- o de apreciaciones políticas –de las cuales tenía un vago conocimiento, pero no tanta precisiones. Y aunque interesado por un relato que se expandía fluctuante y sospechaba interminable, me encontré en la obligación de remarcarle un detalle, sin ir más lejos, el que había dado inicio a su narración: ¿cuál había sido el motivo de la mentada primera gran pelea con su padre?.
“Ya voy a llegar”, me respondió seguro, como si esa parte de la historia ya estuviera en un horizonte cercano. Entonces siguió.
-Lo cierto es que la ciudad era un hervidero, te aseguro. Todos querían una foto, un autógrafo, un saludo de las celebridades. Yo no obtuve nada de eso pero estuve ahí, merodeando cada cine, cada entrada de un hotel, o en el anfiteatro que se había montado al aire libre, donde gran cantidad de espectadores podíamos disfrutar cómodamente de los films. El lugar elegido fue el espacio comprendido entre la Rambla, sobre las piletas cubiertas; ahí mismo se construyó un gran escenario, casi al borde de la playa, con espacio para casi dos cuadras de plateas, que se extendían en dirección al Torreón. Allí se realizó la gran gala del festival, el tercer o cuarto día, en medio de una noche calma y sin viento, ante unas 300 mil personas. Fue animada por Juan Carlos Thorry. Se cantó el himno nacional y después se escuchó la marcha peronista. Se presentó a todas las delegaciones y luego el coro y el cuerpo de baile del teatro Colón, con más de cien personas en el escenario, bailaron Las Sílfides. Fue memorable. Los artistas accedían por la parte trasera del escenario, oculta a la concurrencia; luego llegaban a un espacio más elevado y avanzaban por una amplia plataforma para aparecer frente al público, descendiendo por una rampa hasta tomar ubicación en el sector asignado. El descenso por las escalinatas coincidía con fuegos artificiales, pirotecnia y efectos lumínicos, acompañados por el estruendo de una batería de bombas. Perón arribó sin problemas al lugar. Para los ministros, autoridades y artistas de las delegaciones se organizó un espacio exclusivo, dividido del público por una valla de tubos de acero y parantes enclavados en el piso, que servía como señal divisoria y protectora al mismo tiempo. En más de una ocasión la ola humana presionaba sobre las vallas, pero el espectáculo pudo realizarse sin inconvenientes. Sobre el final el público desbordó las vallas de seguridad y se abalanzó sobre la zona de plateas donde había estado Perón. Pero el presidente ya se había retirado. Aparentemente el desliz fue del director de Espectáculos Públicos, responsable del evento al aire libre. Después él mismo se hizo cargo del error de no vallar todo el perímetro y dejar libre un acceso del costado del escenario, por donde entraron los colados que se fueron acercando a la zona vallada frente al escenario, empujando a los que sí tenían entradas y estaban colocados detrás de la zona de funcionarios. El episodio no pasó a mayores. Pero al día siguiente se publicó en los diarios que se temió por lo que pudo haber pasado si el Perón hubiese estado allí. Mi papá dijo “qué lástima que se había ido, lo tendría que haber aplastado el escenario”. Yo le contesté que no podía ser tan desalmado, que una cosa era ser un gorila recalcitrante y otra muy distinta echar una maldición de esa catadura. Con ferocidad me amonestó diciendo que cómo podía defender a esa bestia que había hundido el país y ahora estaba arruinando con su presencia y su turba de adictos que habían invadido la ciudad este maravilloso festival que era ejemplo para Mar del Plata. Papá sostenía –y exageraba- el mismo pensamiento opositor de la mayoría marplatense, que en su férrea actitud antiperonista no ahorraban ademanes de disgusto por cuanto significaba la presencia del presidente. No hay que perder de vista que estábamos hablando del año 54. Para algunos sectores opositores a Perón, entre los cuales mi padre se posicionó levantando bien alto su bandera, el ‘dictador’ había emprendido la idea del festival como parte de una estrategia ideológica y manipulativa, que promovía entretenimientos populares y demás maniobras de diversión, con el único de fin de descomprimir una crisis que estaba tornando insostenible a su gobierno. Esta estrategia formaba parte de una peronización de la vida cotidiana emprendida desde su llegada al poder, contribuyendo a tornar difusa la distinción entre el espacio público y el privado, y mostrando como rasgo distintivo la realización de grandes concentraciones públicas, que incluían entretenimientos tales como acontecimientos deportivos y culturales, actos conmemorativos y encuentros multitudinarios donde había una participación directa de los sectores populares. Ciertas actividades, como los campeonatos deportivos infantiles y juveniles organizados por la Fundación Eva Perón, tenían un fuerte simbolismo político. Pero estas actividades populares, más allá de alguna adhesión política, atraían por sí mismas a las masas, como también ocurriera con el Festival de Cine. Por eso, decían que Perón intentó crear un nuevo consenso generando una cultura popular peronista de lo cotidiano, creando pautas vinculadas con este consenso totalitario, que incluía un sistema de mitos, rituales y símbolos, para confluir en la creación de un discurso político. Para ello se valió de los medios masivos de comunicación –que se expandieron a partir de los años 30- promoviendo pautas culturales y mecanismos de propaganda. La radio y la difusión del cine ayudaron a generar lazos de identidad cultural y adhesiones masivas. Y aprovechando ésta particularidad, promovió el Festival, ya que el cine y la radio se habían incorporado al consumo cultural de las clases trabajadora y media como entretenimientos de la familia. Por otro lado, Perón, gracias a los planes de turismo social, había transformado a Mar del Plata en la sociedad balnearia obrera por excelencia. No era casual entonces que la eligiera como sede del primer Festival Internacional de Cine, porque era la expresión urbana y más representativa de la Era Justicialista. Y, advirtiendo la espectacularidad y promoción con que lo rodeó, resultaba ser la ciudad más emblemática para citar artistas, directores y productores de Estados Unidos y Europa. Con la decisión política de hacer de este un evento que proyectara al país hacia el mundo, Perón había llegado a Mar del Plata dos días antes no sólo para inaugurar el festival, sino también la campaña electoral de su partido, de cara a las elecciones nacionales de abril. Detalles más, palabras menos, por ahí transitaba la idea que se instalaba como verdad irrebatible en los círculos antagónicos al peronismo. Yo por entonces tenía diecinueve años, estaba a punto de venirme a La Plata para comenzar la carrera de abogacía, no sentía ninguna simpatía por el peronismo pero tampoco hacia los conservadores ni hacia los radicales ni hacia los socialistas, y lo único que hice fue responderle a mi padre como nunca antes. Jamás habíamos discutido con tanta vehemencia y mucho menos por política. Jamás le había levantado la voz. Pero ese día fue como sacarme un peso de encima, fue deshacerme de un lastre de varios años de displicencia y frialdad en su rol de padre. Él era un hombre recto en sus ideales, apasionado al hablar y esos rasgos le valieron el respeto de sus pares en el ámbito público. Incluso fue tildado de autoritario por sus contrincantes. Pero dentro del hogar se comportaba con total blandura y falta de autoridad, con sobriedad y pocas veces mostrándose cariñoso con su entorno. Las pocas muestras de afecto que le recuerdo eran para mi hermano menor, Juan Manuel, por quien nunca pudo ocultar su debilidad. Con Delcia, mi hermana del medio, tenía una relación fraternal tradicional, sin grandes ampulosidades. En cambio conmigo era apenas amistoso, nos dirigíamos con respeto pero sin ternura. No puedo desconocer algo: jamás me hizo pasar necesidades, me dio todo lo que pudo y a veces más de lo que yo pedía. También es cierto que el ritmo de la casa la manejaba mamá, y yo con ella sí me llevaba bien.
-Eras el consentido de la mami-, interrumpí sin sorna-, el caso típico del hijo mayor que recibe todas las atenciones y al que le conceden todos sus caprichos.
No respondió a mi comentario y continuó con su narración, que ya se estaba volviendo interminable.
-Además no hay que perder de vista otro rasgo para nada menor, que ya no me avergüenza contarlo: a esa edad yo era bastante frívolo y mundano, y estaba más interesado en el arte que en la política -pese a lo que pasaba en mi casa-, o en las reuniones sociales, o en las salidas con mis amigos, o en conocer mujeres. Es decir que entre el Festival de Cine y la campaña de Perón me inclinaba claramente por tratar de mirar películas o ver de cerca a las celebridades. Ni siquiera me preocupaba tanto por ver cómo la ciudad era invadida por gente de otras clases poblando los sitios emblemáticos que los marplatenses atesorábamos como propios. Eso sí lo sentíamos como un signo de hostilidad. Pero no era más que un diminuto grano en el culo de la mersa burguesa -dijo riéndose-, y yo, pese a pertenecer a ese grupete de la clase media acomodada que nos sentíamos dueños de nuestros espacios y mirábamos al resto de reojo, no me dejé asustar por la turba peronista ni por las imprecaciones antiperonistas de mi padre. Por eso cuando en plena discusión mi papá me gritó ‘lo único que falta es que te hayas vuelto peronista’, estuve tentado de decirle que sí, y hasta de levantar los brazos y hacer la V con los dedos frente a sus ojos. Sólo me contuve porque apareció mamá a poner paños fríos a la contienda. Eso hubiese sido la peor afrenta para todos. La cosa no pasó a mayores pero quedó en el recuerdo como la primera gran pelea que tuve con mi padre. Él, lógicamente, le echó la culpa a Perón, el gran artífice de la división entre el pueblo argentino y entre las familias bien constituidas. El Festival de Cine terminó un domingo y el martes siguiente yo tomé el tren para venirme a La Plata porque en esos días comenzaba a cursar. La despedida fue fría con mi papá y calurosa con mi mamá y mis hermanos. No volví a verlos hasta las vacaciones de invierno.

Con un bostezo largo y exagerado puse freno a su relato. No fue por desinterés, sino por verdadero cansancio. El informativo radial anunció que eran las dos de la madrugada. Había hablado sin parar casi tres horas. Lolei preguntó si me estaba aburriendo y yo negué rotundamente. Todo lo contrario: me gustó su historia y cómo fue contada. Sólo me quedó la amarga sensación de no haber podido establecer una relación palpable entre esa pelea con su padre y el personaje de la película Amores perros, que a su modo de interpretación había originado ese recuerdo. Pero nada dije al respecto.
Lo cierto fue que, de la nada, el viejo había sacado de su cofre de recuerdos un episodio que superaba lo anecdótico. La relación con su padre, con la política, con el cine, con su pequeño mundo juvenil, clasista y pueblerino, me entregaron los primeros indicios de una vida que iría conociendo con el correr de los días. Para empezar, no era una síntesis nada despreciable.
Pero el agotamiento me vencía. Se lo hice saber y coincidió conmigo. Quedamos en vernos al día siguiente.


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(VII)
Madrid, 1-III-80
Querido sobrino: Hoy le envío una vista de uno de los paseos más bonitos que hay en Madrid, el Paseo de Calvo Sotelo. Espero que le guste. En julio iré a la Argentina, de modo que lo veré. Espero también que los días allí sean lindos y pueda ir a la playa. Nosotros aquí seguimos en invierno, pero estamos teniendo buen tiempo y Madrid de todos modos es hermoso en cualquier época del año. Esperando verlo pronto, mes despido de Ud. con un gran abrazo.
Lolei

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Lisboa, 5-IV-80
Queridos papá y mamá: Con unos amigos y amigas me vine a pasar a Portugal una semana de vacaciones. Hemos venido en dos coches y es tal la cantidad de turistas que han llegado a Portugal que hace dos días no encontramos hotel para dormir. Ya lo hemos tomado a la joda y nos recagamos de risa. Ni en Coimbra ni en Estoril ni ahora en Lisboa. Pero aunque sigamos durmiendo en el suelo a Madrid no volvemos. Tenemos un tiempo de verano ‘de locura’ y queremos aprovecharlo. En Lisboa tengo un amigo a quien luego iré a saludar y a ver si nos consigue adónde dormir. Anoche no encontramos habitación ni en el Sheraton.  Bueno, estas vacaciones las estaba precisando como el agua. Un abrazo inmenso
Lolei

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Sevilla, 9-IV-80
Queridos papá y mamá: Con mis amigos decidimos venirnos a la Feria de Sevilla, que empieza mañana. Me sigo divirtiendo y aprovechando mis vacaciones, que terminan el 15. Cuando llegue a Madrid les escribiré carta con más detalles. Hasta entonces, un abrazo de
Lolei


Fotos: http://fotosviejasdemardelplata.blogspot.com.ar/2014/09/festival-internacional-de-cine-mar-del.html