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jueves, 24 de junio de 2021

Elcoro: “Quiero dejar testimonio de algo que cambió mi visión de la literatura”


 El director de Cultura de la comuna de Rojas acaba de publicar, a través de la editorial Nido de Vacas, su traducción de Sakuntala, obra compuesta por el poeta y dramaturgo hindú Kalidasa circa los siglos IV y V.

 

Reportaje publicado en la edición del 20 de junio de 2021 en El Nuevo Diario Rojense

 


El actual director de Cultura de la comuna, Alejandro Elcoro, retomó su faceta de reconocido escritor y traductor, ya que acaba de publicar, a través de la editorial rojense Nido deVacas, su traducción de la versión en inglés de la magnífica Sakuntala o El anillo del destino (escrita obviamente en sánscrito en el original), obra considerada una de las piedras preciosas del teatro hindú. Su autor, conocido como Kalidasa, vivió en India entre los siglo IV y V d.C., y ha pasado a la posteridad como un brillante poeta y dramaturgo, siendo autor de poemas y epopeyas que supieron cautivar a grandes autores de la literatura occidental.

“El trabajo estaba guardado desde el año ‘94 y lo que hice fue rescatarlo. Esto es como un regalo, para dejar un testimonio de algo que me impacto y me cambió la visión de literatura cuando era joven. El libro lo leí por primera vez cuando tenía 23 años, y lo traduje para hacer un ejercicio de computación ya que me habían regalado mi primera computadora, y quedó ahí”, explicó Elcoro en ElNuevo en Radio.

Pero comenzó a evaluar su publicación cuando “empecé a conocer a Federico (Riveiro) y me pareció un chico tan serio y responsable como editor”. Explica que con el responsable de Nido de Vacas “estuvimos hablando de distintas posibilidades, ya que tengo cinco o seis libros inéditos, pero pensé en algo corto, interesante, que le pudiera gustar a la gente, y algo para dejar en el sentido de que no es un libro mío, sino un libro que traduje, y que es un clásico que no se conoce”, respecto de la elección de dicha traducción del “Sakuntala”.

No obstante, el trabajo no fue sencillo: “La traducción tenía muchísimos errores porque el libro fue escrito en sánscrito, que por supuesto no conozco, pero leí una versión en francés y otra en inglés, y trabajé sobre la que es en inglés pero, evidentemente, la ortografía, la puntuación en inglés, son propias, y trasladarlas al castellano a veces genera como un extrañamiento al lector. Pero con Federico y Liliana Barzaghi, con quienes lo fuimos releyendo, cada uno hacía sus observaciones, las comparaba con las del otro y llegábamos a un criterio común, lo cual no fue fácil”, nos comenta.

Por ejemplo, grafica, “hay períodos en inglés que se pueden leer normalmente, pero en castellano son raros; entonces tuvimos que argentinizarlos para que se hagan más comprensibles, para que la lectura sea más natural y que no ofrezca dificultades, porque bastante ya hay con todos los nombres, que son todos de la India, y eso genera un distanciamiento con el lector hasta que uno se acostumbra a entrar en la historia”.

Pero, ¿de qué trata “Sakuntala”? Elcoro lo explica con una precisión que revela su relación íntima con la obra en cuestión: “Sakuntala es el nombre de un ser femenino mitad mujer, mitad diosa, porque es hija de una divinidad de las aguas que hay en la mitología de la India, vive en un territorio sagrado, solamente dedicada a las cosas místicas y de la naturaleza, porque ella se dedicaba a regar plantas y a alimentar animales que había perdido su madre, son seres completamente puros. La etimología de Sakuntala es algo así como “el nombre de los pájaros” y, por otro lado, está el rey, que está persiguiendo un venado con sus guerreros, el venado entra en el bosque sagrado, las plantas se le ponen enfrente al rey y le dicen que no puede entrar armado y que tiene que dejar sus armas afuera.

El rey entra pero en vez del venado se encuentra con esta chica: hay un encantamiento recíproco y el rey se queda.  Lo reclaman sus asuntos en la corte, sus esposas, pero no vuelve. Ella también está embelesada. Finalmente hay una especie de unión que es admitida en la cultura india, que es por la base del amor de los dos miembros de la pareja, que después cuenta con la aceptación de los padres si es consentido. Pero en ese momento en que están arrobados, entra un monje muy poderoso, muy cascarrabias, que esperaba que lo recibieran con todos los honores de su investidura, pero no lo tienen en cuenta, y entonces le echa una maldición a Sakuntala: el rey le deja un anillo, le escribe su nombre y le dice que cuenta una letra por cada mes del embarazo y que cuando se cumpla, que vaya a la cortey se va a casar con ella. La maldición del monje dice que, si pierde ese objeto, el rey no la va a reconocer.

Cuando llega el tiempo ella va a la corte, ignorante de todas las cosas que pasan en un lugar de poder político, que es todo lo contrario a un bosque sagrado, y cuando cruza el río Ganges, pierde el anillo. No se da cuenta, y cuando llega a la corte, el rey no sabe quién es y piensa que el embarazo es de otra persona y que no puede tomar por esposa a una mujer que pertenece a otro hombre. No lo puede explicar porque el anillo de reconocimiento no está. Se van los monjes, ella desaparece en el aire, vuelva a la naturaleza de su madre y, poco tiempo después, traen preso a un humilde pescador que había querido vender el anillo del rey. Piensan que es un ladrón pero cuenta que pescó un pescado en el Ganges y en el vientre del pescado vio ese anillo. El rey, cuando ve ese anillo, se da cuenta de todo, y se le hace patente todo el rechazo esa mujer que él amaba. Se resuelve no en el terreno de los hombres sino en el terreno de los dioses. Es una muy linda historia”.

En cuanto a su estructura narrativa, explica que “es una obra de teatro, son siete actos, bastante parecido al actual o al de Shakespeare, si se quiere. Es un poco complejo porque no es una sola escena, como en el teatro griego, pero tiene un grado de sofisticación bastante notable para ser del siglo IV y por eso se ha convertido en un clásico de la India, y como acá no se conoce, trato de colaborar para que a alguien le llegue”.

Mientras tanto, no abandona, pese a su actividad en la función pública, su faceta de escritor: “Dejé dos trabajos casi completos, tengo dos obras muy buenas, para mi gusto, y una en particular que se llama “Las islas del olvido”. Son todas aguafuertes, al modo de Roberto Arlt, de mi vida, de lo que supe de mis padres, de mi infancia, de lo que era Buenos Aires en los años ‘60 y ‘70, de lo que era San Pedro, donde nací, de mis abuelos, mis tíos, mis bisabuelos, mis orígenes vascos y alemanes, un chico y una chica se conocen en un campo en La Pampa, se enamoran y se casan, llevo unas 110 y me faltan unas 20 ó 30 pero eso lleva tiempo y no lo estoy haciendo ahora”.


🔊 Escuchá la entrevista completa


-¿Cuándo nace tu amor por la literatura?

-De muy chiquito, quizás cuando aprendí a dibujar, tendría 4 ó 5 años. Nos pedían en la escuela y yo hacía unos trabajos larguísimos, historias ilustradas con personajes ya existentes, de los comics, de dibujos animados, de esos libros de Editorial Juventud, el Principe Valiente, Robin Hood, imitaba eso y, según mis viejos, hablaba en un idioma desconocido, generaba personajes con un idioma inexistente, es muy raro y no lo recuerdo (risas)… Leía según lo que me iba cayendo pero tenía cierta percepción que uno va seleccionando: a los 14 años leí “El extranjero”, a los 15 fui a ver “La guerra y la paz” en el cine y cuando volví a Buenos Aires me compré el libro, me hacía la rata del colegio y me iba a leer a un bar. Tenía claro que para mí era más importante leer que cualquier otra cosa.

-¿Sentís mayor inclinación por la literatura clásica o te gusta descubrir nuevos autores?

-No es que haya leído todos los clásicos, pero los más importantes los he leído, releído y releído. Pero también en estos meses de pandemia he leído muchísimos libros de autores desconocidos, ya que hay más tiempo, así que leo otras cosas, muchos autores nuevos, y encontré cosas muy buenas.

-¿Qué autores te referencian como escritor?

-No hay uno solo, pero son pocos: Tolstoi es uno, García Márquez es otro, Cervantes sería otro, obras que son mágicas en algún modo porque parece que generan un aparato de imaginación, porque leés “El Quijote” y no sabés qué es real y qué es ficción, y en “Cien años de soledad” pasa lo mismo. Hay un pequeño libro de Leo Teruz, que se llama “De noche bajo el puente de piedra”, que son trece relatos independientes pero vinculados entre sí, de modo que generan finalmente una novela y no podés creer que estar viendo ese personaje tiene que ver con otro que aparece después, es como un rompecabezas que adquiere sentido. Son esos libros mágicos los que más me han conmovido, y por supuesto los clásicos como “La Ilíada” y “La odisea”.

-¿Cómo se puede acercar a la gente al mundo de los libros?

-Es un fenómeno que no domino, pero hacemos lo posible, con divulgación, acercando autores, presentando gente. Es difícil, pero de algún modo, con el esfuerzo de otras personas desconocidas  que estarán haciendo lo mismo en las escuelas, en la televisión, algún autor se abre camino, aunque con más o menos suerte, esto es difícil saberlo. A veces son fenómenos comerciales, que funcionan pero que no son los mejores resultados literarios, pero creo que muchísimo va por el boca a boca: si te gusta un libro posiblemente se lo recomendás a otras personas.

-¿Qué opinás que Rojas tenga una editorial propia, como Nido de Vacas, que ya posee un interesante catálogo?

-Las veces que había publicado antes lo había hecho en Buenos Aires y esta vez decidí hacerlo acá porque lo fui conociendo a Federico. Y me parece tan responsable, tan profesional, minucioso, insistente: punto por punto, palabra por palabra, te va preguntando si una cosa está bien, si es coherente; no deja pasar una, y desde el punto de vista físico, si ves el libro, la impresión, el papel, las imágenes, todo es perfecto. Entonces merece el apoyo de nosotros y de muchísima gente que puede encontrar acá una editorial del nivel de cualquiera de Buenos Aires.

 

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domingo, 28 de octubre de 2018

Lo verde de la hoja, ¿está en la hoja o en el ojo?


Las palabras que reproducimos aquí fueron pronunciadas por el autor en el homenaje realizado al escritor, docente y filósofo Juan Carlos Llauradó, el 14 de septiembre de 2017 en la Escuela "Nicolás Avellaneda", de Rojas (Buenos Aires), en el marco de la 5° Feria del Libro. 
Además, este texto forma parte de la antología poética "Literales ausencias", publicado este año por Nido de Vacas ediciones y FilosoQué?.


"Lo verde de la hoja, ¿está en la hoja o en el ojo?" es uno de los tres apéndices que acompañan el libro, junto a "Memorias de un irreductible", de Alejandro Elcoro, y "El tiempo es sólo una sugerencia", de Amir Abdala. 


Ezequiel Evangelista charla con Juan Carlos Llauradó en la previa de la
primera charla del ciclo FilosoQué?, en la ciudad de Salto (Buenos Aires),
realizada el domingo 10 de abril de 2016.

Por Ezequiel Evangelista (*)

Cuál sería el principio de la historia que nos proponemos contar? o bien ¿dónde comenzar? ¿el juglar que recita poemas en el furgón del Roca? ¿el gaucho que recorre las escuelas de frontera? ¿el winka que se enamora de la hija del werkén? ¿el estudiante echado de la universidad por subversivo? ¿el poeta que llora la muerte de su hija? ¿el filósofo que se pregunta quién soy?
Así comenzaban las pocas páginas que llevábamos escritas de la autobiografía de Juan. “Autobiografía a cuatro manos”, la habíamos subtitulado. Porque desde el año 2010, Juan padecía de Dupuytren, una fibrosis en la fascia palmar. Sus manos estaban entumecidas, y cada vez eran menos las actividades en las que podía desenvolverse de forma independiente. Se había tomado una licencia de su labor como docente, que terminó de robarle sus historias de la semana, su picardía irreverente, sus enamoramientos fugaces, el brillo de sus ojos. Se encerró, dejó de escribir, con el tiempo dejó de leer, y al final, dejó de sufrir.
Tuve la alegría de compartir con él su último año, su difícil último año. Volví a instalarme en Rojas, luego de vivir un largo tiempo en Capital, y visitarlo sólo esporádicamente. Y siempre añoré ese otro tiempo en que nos frecuentábamos: mis días de la escuela secundaria. Conocí a Juan en marzo del 2006, era mi primer año de ese triste proyecto educativo que fue el Polimodal. Entró al aula un hombre de baja estatura, flaco, canoso, barbudo, que llevaba campera de jean, mochila, sombrero tejano y lentes de sol. Se presentó como el profesor de una disciplina extraña.
Un mes después le dije que ya estaba decidido, que cuando terminara la escuela yo quería estudiar filosofía.
Trabamos una gran amistad, que pronto tomó como excusa la creación de un grupo de lectura, al cual bautizamos “Largo camino de hornos apagados”. Junto a varios amigos decidimos reunirnos con Juan todos los viernes, primero en bares, con el tiempo en la casa de uno u otro. Cada quien llevaba algo para leer. Estábamos descubriendo el mundo: libros de anarquismo, ciencia ficción, historia, poesía, entrevistas, filosofía, historietas. Teníamos en el timón a un capitán chiflado. Todos los aires de intelectualidad, no obstante, dejaban de soplar para medianoche, en que se tomaba el teléfono y se pedían inconmensurables sánguches de milanesa a un local céntrico llamado “El Mediterráneo”. Este menú terminó por bautizar al grupo alguna noche en que nos demoramos más de lo debido en debates del todo ponderables y nos quedamos sin ofertas gastronómicas.
Juan fue el culpable de que me enredara en este enorme laberinto que es la filosofía. Y tuve la alegría de volver al pueblo, luego de terminar de cursar la carrera, y poder consultarle qué le parecían las dinámicas y las selecciones de materiales de mis primeras clases. Debo decir que intenté involucrarlo en distintos proyectos, como si pensara que le estaba prestando algún tipo de servicio a la vida. Lo notaba desmotivado, triste, impotente. Uno de esos proyectos fue la autobiografía, otro fue el ciclo de charlas-debate, cuya segunda edición inauguramos con la charla homenaje a su vida y obra, que terminaría de darle forma a este libro.
El ciclo FilosoQué? surge a principios del 2016. Yo tenía ganas de hacer actividades de filosofía para todo público. Me parece muy edificante que la gente se mezcle, comparta y discuta desde las curiosas coordenadas que propone la filosofía, desplazados de las agendas mediáticas o políticas. Pero no me animaba a largarme solo, así que pensé en invitar compañeros y docentes que me habían marcado durante mi carrera. Y lo convoqué a Juan, quien, por supuesto, se entusiasmó mucho cuando le conté la idea. Encaramos el proyecto juntos; planificábamos dónde, cuándo y cómo. Finalmente hicimos en total seis encuentros. De manera que un sábado por mes en distintas instituciones culturales de Rojas y los domingos subsiguientes en un centro cultural de la ciudad de Salto, llevamos a cabo las jornadas llamadas FilosoQué?.
Juan sólo se ausentó al último, por un viaje que tenía programado.
Pero el evento más importante del fin de semana, sin duda era el domingo al mediodía, en que Juan nos recibía en su casa, les cocinaba a los invitados y los sacaba a pasear por su vida y sus reflexiones.
Lucas, uno de los integrantes del colectivo filosófico El Loco Rodríguez, que participó del tercer encuentro del ciclo, me confesó: “Nosotros pensábamos que íbamos a conocer un profesor de filosofía más o menos copado, pero este viejo es un personaje literario”. Esta caracterización de mi amigo terminó definiendo el criterio que regiría la autobiografía a cuatro manos, en la que estábamos embarcados simultáneamente en aquel tiempo.
Yo iba a visitar a Juan con un cuaderno y una lapicera. Él me esperaba con el mate preparado. “No me vas a dejar dormir con esas preguntas”, me decía y se prendía un pucho y otro pucho. La dificultad de mi labor radicaba en que de una semana a la otra, algunas historias variaban delicada o decididamente. Por ejemplo, Rosa se trasformaba con el correr de los días en Ramona, o bien pasaban a ser dos las alumnas del terciario de Virasoro, en Corrientes, con las cuales supuestamente Juan salía a escondidas de los directivos y del pueblo chico, allá por el año ‘89.
El problema que se me fue presentando como biógrafo inexperto era cuál historia registrar. ¿Era aquella primera historia en que su amada se llamaba de una manera? ¿Era aquella segunda en que se llamaba de otro modo? ¿O bien aquella tercera historia en la cual había dos amadas? En términos más generales el problema a considerar era qué papel tenía la verdad en este texto. En términos más filosóficos: ¿qué es la verdad? ¿existe tal cosa como la verdad? o bien, como le gustaba preguntar a Juan: “lo verde de la hoja ¿está en la hoja o en el ojo?”. Además, el problema práctico aparejado, ¿tiene sentido seguir aclarando la historia? Cuando se me presenta un problema, ¿vuelvo a preguntarle? Si repregunto, ¿aclaro u oscurezco?
Lucas lo advirtió muy rápidamente, le bastó un almuerzo: “es un personaje literario”, me dijo. De manera que cuando a mí una historia no me convencía, no tenía más que repreguntar, y entonces a la narración le crecían alas, piernas, le salían ramas de la cabeza. Y entonces yo anotaba obediente, hasta tanto en algún otro almuerzo o mateada la historia fuera todavía mejor, y entonces borrón y cuenta nueva.
Y así veníamos, viento en popa, combatiendo monstruos marinos, sorteando tormentas y remolinos, y fundamentalmente huyendo presurosos de cualquier tierra firme que divisáramos. La vida de Juan había sido en sí misma sumamente particular e interesante, andariega, sentimental, dolorida. Pero a esto se sumaba un condimento fundamental: el lugar desde el cual partía la mirada retrospectiva de Juan. Esto es, desde un pueblo, desde Rojas.
Cuando nos reunimos con Liliana Barzaghi y Alejandro Elcoro para organizar la charla homenaje a Juan, comentábamos que para alguien familiarizado con el uso de las palabras, es un juego un tanto inevitable el colorear un poco más de lo debido tal o cual anécdota, sumarle un detalle, un olor, un sabor.
Cuenta el Tata Cedrón que durante su exilio en París, su amigo Julio Cortázar escribe un cuento sobre su casa y su forma de vida. La mujer del Tata se enojó al leerlo ya impreso, porque según le dijo a Julio: “nos haces quedar como unos roñosos”, a lo cual Cortázar contestó: “Licencias poéticas, Margarita”.
En el caso de Juan, la licencia poética no tenía caducidad, porque un tipo llegado a un pueblo como el nuestro podría inventarse el o los pasados que quisiera. Y esto hay que decirlo: Juan era un maravilloso contador de historias, una especie de Gran Pez de Tim Burton, que para colmo de males sufría la maldición de un José Arcadio Buendía de García Márquez, apurado por etiquetar los objetos para no olvidarse los nombres.
El proyecto de la autobiografía nos tenía a los dos muy entusiasmados, y lamentablemente quedó inconcluso. También quedó inconclusa una promesa que él me hizo. A fines de noviembre Juan viajó a Capital a festejar su cumpleaños junto a su hijo. A su regreso, cagada a pedo mediante, aceptó por fin arrancar la rehabilitación en un gimnasio, al menos para que la enfermedad de sus manos no siguiera avanzando a pasos tan agigantados.
También le vendría bien, pensé yo, que saliera de su casa dos o tres veces por semana. Me había ofrecido a llevarlo e irlo a buscar a cada sesión o, en su defecto, garantizar que algún terapista lo visitara a domicilio. Nada había dado resultado; sólo su hijo pudo con su orgullo.
Cuando volvió de Capital, yo me había puesto bastante monotemático; junto con mi compañera y unos amigos habíamos sacado pasajes para ir a conocer Cuba. Juan me dijo: “Ahí está, cuando volvés de Cuba me llevas a rehabilitación”.
A fines de diciembre salimos para la mayor de las Antillas. En Año Nuevo le escribí para saludarlo, para decirle que nos esperaba un año en que íbamos a hacer muchas cosas juntos.
No recibí respuesta. Juan no se llevaba del todo bien con el teléfono.
El 18 de enero volvimos a pisar tierra argentina. Ni bien salimos del aeropuerto, mis amigos me dieron la noticia. Pensé que me lo habían estado ocultando hasta que llegáramos. Pero no. Ese día habían encontrado el cuerpo, como si Juan, secretamente, hubiera estado esperando que volviéramos para despedirse.
A pesar de que lamento mucho que haya quedado inconclusa la autobiografía que a Juan le quitaba el sueño, tengo la dicha de cerrar este libro y la alegría de sospechar que esto recién comienza, que esta puerta de palabras que se cierra, hará que muchas otras puertas se abran, que la obra de Juan sea difundida, disfrutada, experimentada cada vez por más personas. Aquí termina apenas un primer homenaje a una obra tan promisoria como edificante.
Juan fue un inolvidable docente de este pueblo y de tantos otros, un poeta taciturno, un intelectual irreverente. En lo personal, un maestro, un tío loco, un gran amigo. Seguiremos adelante con las actividades que estábamos planeando juntos. ¡En tu memoria, viejo querido! Muchas gracias por tu palabra “conmuevelotodo”, por tu risa-voluntad de vida, por esta profesión hermosa que me regalaste.





(*) Ezequiel Evangelista es profesor de Filosofía por la Universidad de Buenos Aires, integrante del grupo musical Raza Truncka y del centro cultural La Minga. Vive en la ciudad de Rojas, donde imparte clases en nivel secundario y talleres de filosofía para todo público en la Biblioteca Municipal. Dicta clases en nivel terciario en la ciudad de Salto y en el Bachillerato Popular “La Grieta” de la ciudad de Pergamino. Es fundador del ciclo FilosoQué? junto a su amigo y mentor Juan Carlos Llauradó. Fue gestor y compilador de la antología poética "Literales ausencias", que editó junto a Nido de Vacas ediciones, sello en el cual dirige la colección de obras de filosofía.








sábado, 27 de octubre de 2018

El tiempo es sólo una sugerencia



Las palabras que reproducimos aquí fueron pronunciadas por el autor en el homenaje realizado al escritor, docente y filósofo Juan Carlos Llauradó, el 14 de septiembre de 2017 en la Escuela "Nicolás Avellaneda", de Rojas (Buenos Aires), en el marco de la 5° Feria del Libro. 
Además, este texto forma parte de la antología poética "Literales ausencias", publicado este año por Nido de Vacas ediciones y Filoso-Qué?.

"El tiempo es sólo una sugerencia" es uno de los tres apéndices que acompañan el libro, junto a "Memorias de un irreductible", de Alejandro Elcoro, y "Lo verde de la hoja, ¿está en la hoja o en el ojo?", de Ezequiel Evangelista.


Ezequiel Evangelista, Amir Abdala, Alejandro Elcoro y Liliana Barzaghi
durante el homenaje a Juan Carlos Llauradó, realizado el 14 de septiembre
de 2017 en la Escuela Nicolas Avellaneda (Rojas, Buenos Aires), en el
marco de la 5ta. Feria del Libro de esa ciudad




Por Amir Abdala (*)

Al hablar de Juan poeta, resulta prácticamente imposible no detenerse en Juan hombre, en Juan peatón. Se sabe que las emociones que vamos generando en el vivir terminan por fusionar múltiples personas, dentro de una sola. Juan poeta es (y fue) un distinguido, un desgarrante y continuo devorador de sensaciones encontradas. No hay tiempo pasado para la poesía, por eso Juan poeta se lee en presente; a Juan poeta lo leeré en presente:


Si puedes descifrar
Quién soy,
Te revelo las mentiras
De todos los acertijos.

El poeta se une al hombre cuando siente la necesidad de librar batalla contra la realidad: una realidad absurda, pero lineal; contradictoria, pero comprendida. Juan peatón, el que encierra hombre y poeta, no es (ni fue) una demostración de indiferencias, porque las palabras, sus palabras son (y fueron): su refugio, su escudo y su lanza. Con su cuerpo (como todo ser humano que predica en sus venas la pasión por la pasión) también batalló, pero a través de su sombra: tan nostálgica, tan llena de paciencia, tan desbordante de tenacidad, y tan servil a sus manos en el aprender y contagiar de la sabiduría:

Hay sombras que nacen solas.
Y luces que agonizan.

Cuando un hombre se propone como misión enseñar a pensar, y se encuentra falto de metáforas, aconsejo desviar el oído hacia la naturaleza que nos rodea; pero cuando un hombre se propone como misión enseñar a pensar, y se encuentra vasto de metáforas, aconsejo afinar el oído porque ese hombre es carne arraigada (y desgarrada) por la naturaleza y sus caníbales vivencias. Juan peatón, el que encierra hombre y poeta, finamente pertenece al hombre vasto de metáforas y naturaleza. Su sabia esencia poética nos muestra un “no” como alternativa; un “no” como cuestionamiento; un “no” como opción modificable; un “no” como auténtico irreverente. La conformidad aplaca, pero la disconformidad renueva, agita, mueve, construye; hace al hombre, ser:

Pero el eterno retorno
Que siempre retorna,
Aunque la voluntad
Se oponga,
Lo rescató del naufragio
Y guardó para todos nosotros,
Su mensaje en una botella.

Desde entonces los océanos
Se sintieron menos solos,
Y nosotros también.

El poeta, desde una sutileza exquisita, nos dice:

He sufrido todas las mutaciones
y sin embargo,
jamás pude abandonar
la narración que nos dio origen

El poeta hace de la sombra, de su sombra y de mi sombra (cuando me identifico en la lectura de su poema), un sustento que parece disuelto, arenoso como el tiempo, o como los espejos; pero a la vez, sus palabras transforman un inabarcable mar de piedras en una sola gota de agua sangrante; nos dice:

Somos una sombra que alumbra
cuando toda luz se agota
El poeta, arbitrario y desafiante, nos induce directamente a la honesta enseñanza:

Cuando sos lo que otros quieren
no sos nada

Juan hombre, Juan peatón, Juan filósofo, Juan poeta se desvive y desviste quedándose sin piel, escribiéndonos:

Nada es el fin de algo
Y toda apertura bebe
De la misma raíz.

No somos más
Que el pregón
De un fragmento,
Que aún desconoce
Su origen.

La vuelta de un cambio
Que siempre retorna,
Porque ningún eslabón
Sabe cuál es la trama
Que labra la infinita
Sucesión de enlaces.

No importa si estamos
O no de paso,
O si la historia tiene
Un registro nuestro.

Nada significan
Las horas,
Los días
O los años,
Cuando comprendemos
Que somos dones simbólicos.

Ahí va Juan, como tantos otros peatones, peregrinando las sales que saben al hombre hacerlo hombre, desde las adversidades. Ahí va Juan, como tantos otros peatones, filosofando poéticamente el sendero desprolijo de haber sido lo que vivió. Ahí va la mirada única de un poeta irreverente que sabe (y supo) decir a su destino lo que quiso, y lo que no. Aquí transcurrió un tiempo dentro de otro tiempo que es (y fue) la poesía de Juan.
En este juego del andar, del sentir, nos queda una última estrofa esculpida sobre una pena que jamás se desmoronará:

Todo lo que
nos hace humanos
es simbólico. (**)




(*) Amir Abdala es un escritor nacido en Rojas, en 1990. Es autor de los libros de poesía “Hay un poema dormido, hay un poeta despierto” (Imaginante, 2015), “Lo único que pasa es lo que no se recupera” (Imaginante, 2017) y de la novela "El vértigo de la felicidad" (Nido de Vacas, 2018) Alumno de Llauradó en los niveles secundario y terciario, tuvo la dicha de esquivar los borradores lanzados por su polémico profesor y también de sumirse con él en conversaciones que transformarían sustantivamente su vida.

(**) Los poemas citados en este artículo pertenecen al libro: Llauradó, Juan Carlos, Dones simbólicos, Buenos Aires, Kratos, 2009.