El
viejo había tomado envión con su relato. A medida que hablaba iba buscando más
y más recortes de diarios de la valija que habíamos ubicado encima de la cama.
Algunos apenas los ojeaba y me los alcanzaba para que yo los leyera, como para
que corroborara su versión de la historia. En otros cotejaba datos con mayor
precisión.
Me
pidió otro cigarrillo y continuó.
-Todos
estos problemas comenzaron a reflejar la disconformidad de distintos sectores
de la ciudad con el Comisionado, que coincidían con la conflictiva situación
nacional. A pesar de las críticas de la oposición, en las elecciones
municipales triunfó nuevamente el peronismo, resultando elegido para el cargo
de intendente el Dr. José Antonio Cavallo. Asumió el 1 de mayo del 55, cuando
yo ya estaba haciendo el servicio militar en Azul. Fue una época muy jodida
para estar dentro de los cuarteles.
Sin
dejar de hablar, el viejo hurgó entre los papeles y encontró algunas
fotografías de la época de la conscripción. En una de ellas se apreciaba a un
joven Lolei uniformado y en posición de firmes en un mástil, junto a otro
soldado, con la bandera nacional flameante. En el dorso de la imagen, se leía
la fecha: 25 de mayo de 1955.
-Los
levantamientos militares que se iniciaron en junio del 55 en contra del
gobierno nacional también amenazaron la estabilidad del municipio. Pasó lo del
bombardeo en Plaza de Mayo, que nosotros seguimos a través de la radio. En Mar
del Plata, desde la Intendencia, mediante altavoces, llamaban al pueblo a
reunirse en la plaza San Martín y permanecer allí hasta que Perón desistiera de
su propósito de renunciar al cargo. Alrededor de 500 obreros liderados por la
CGT local, viajaron a Buenos Aires para hacer lo propio en la plaza de Mayo.
Cuentan que los comerciantes cerraron sus puertas y las amas de casa se
agolparon frente a los negocios, temerosas ante posibles saqueos. El general
Lucero, del bando golpista, ordenó a las guarniciones de Tandil, Azul y Mar del
Plata que avanzaran sobre la base naval de esta última ciudad y se apoderaran
de ella. Muchos de mis compañeros se movilizaron, pero yo quedé acuartelado.
También la compañía Nº 7 de infantería de la marina sublevada se dirigió hacia
el aeropuerto de Camet para embarcarse en dos aviones que los trasladarían a
Buenos Aires. Cerca del aeropuerto observaron que las instalaciones estaban
custodiadas por efectivos del ejército con el objetivo de impedir que se
acercasen. Se intentó persuadir a los oficiales del ejército que estaban a
cargo de la defensa del lugar, y ante la negativa de éstos, se dispusieron para
iniciar un combate que no llegó a desatarse debido a la noticia del fracaso del
golpe en la Capital.
En
septiembre llegó el derrocamiento del gobierno peronista por un golpe de
estado. En Mar del Plata, los cañones de los buques de la Marina despertaron a
la ciudad. Se vivieron momentos de mucha tensión y gran confusión. Las
autoridades municipales que se hallaban dentro del edificio Municipal fueron
depuestas. En reemplazo del Intendente asumió provisoriamente el capitán de
corbeta Juan Bizet. Por la radio LU9, se transmitió un comunicado del Comando
Revolucionario Militar, llamando a la población a la calma.
Una
multitud de antiperonistas ganó las calles para celebrar la caída del general.
Se produjeron allanamientos en los locales peronistas y en los gremios. Se
secuestraron armas, se quemaron muebles, se destruyeron cuadros de Perón y de Evita.
Frente a un edificio de policía, que ya estaba abandonado, los manifestantes
acrecieron sus gritos. Cuando se enteraron que adentro estaba detenido el
dirigente radical Giordano Echegoyen, rompieron una ventana, ingresaron a la
sala de guardia y lo liberaron, junto a otros presos. Sacaron cuadros de Perón
y Eva y los destrozaron. También quemaron papeles y libros pertenecientes a la
dependencia. Después fueron a la CGT, de donde retiraron muebles para
incendiarlos. Lo mismo en el Centro de Empleados de Comercio y varias unidades
básicas. También se hizo un acto de repudio frente al diario La Mañana.
En su recorrido, pasaron por el diario El Trabajo, el órgano de prensa
del partido socialista, donde con arengas, reconocieron la labor del periódico
como baluarte del antiperonismo local. Luego tomaron las sedes de Radio
Atlántica y radio Mar del Plata, donde, ya acompañados por
autoridades militares golpistas, restablecieron la comunicación que había sido
cortada días antes. Ya bajo la dirección del “Comando Revolucionario”, la onda
local salió al aire emitiendo un comunicado en el cual se informaba a
funcionarios y agentes policiales, que a la mayor brevedad debían presentarse
en las seccionales respectivas. Y agregaba que la presencia de los elementos
policiales en las comisarías locales sería de importancia, por lo que debían
concurrir de inmediato. En otro comunicado se llamó a la calma y la
tranquilidad, ya que “las fuerzas de la Libertad dominan la situación”. Por
último se convocó a los comerciantes a que abrieran sus puertas para permitir
el normal abastecimiento de la población; y a los vecinos que se habían alejado
de sus hogares por temor a posibles bombardeos, que podían regresar sin riesgo
alguno.
El
comunicado terminó con un “¡Viva la libertad!, ¡Viva la Patria!”.
Espero
que te encuentres bien; yo estoy bien. Sigo buscando trabajo. Hasta ahora no he
conseguido ninguna oferta, ninguna entrevista. Pero no me daré por vencido.
Debería tener un piso pronto, y si no recibo nada, me voy a marchar en Navidad.
Voy a volver a Madrid, no me quedaré en invierno aquí. Vamos a ver lo que pasa.
Espero que me salga algo. He escrito cartas a la princesa Carolina de Mónaco,
ofreciéndole mi polla por su pasta. Hasta ahora, ninguna respuesta.
No
pienses que estoy chungo. Al contrario, la estoy pasando bien. Ayer viernes
salí con Danny. Fuimos a otro barrio y ¡joder, tío, nos cogimos una borrachera
que ni veas! Y sabes, no discutimos ni nada. Fue un milagro. No me acuerdo
mucho, salvo que estuve tumbado en el césped. Nosotros nos sentábamos en un
banco a beber coñac. Danny y yo bebemos sidra, ‘the poors man´s drink’, le
llamamos aquí. Y nos emborrachamos.
Me
dijiste que Eva me vio tumbado en la calle. Pues sí, era verdad. Fui a la
manifestación acompañado de tres litros de vino. Yo tenía la impresión de que
Eva no se dio cuenta que estaba pedo. Pídele que me mande una foto de su cuerpo
desnudo y yo le mandaré una de mis pelotas.
He
mandado una tarjeta a Pepé. Voy a escribirle una carta más tarde, pues me
equivoqué y puse Pepé López en vez de su nombre.
Cuando
me escribes de Malasaña, del barrio, de la gente que conocía, me pongo
amorriñado y tengo ganas de volver y de meterme otra vez en esa vida de risas y
de tajadas y de discusiones tontas y de amistad. Como te he dicho ya, si nada
me sale, en Navidad o en enero, volveré.
Te
echo de menos y te aseguro que nos volveremos a ver, por supuesto con un coñac
en la mano, acordándonos de los buenos tiempos que hemos tenido juntos.
Yo
por la tarde estudio. Me he matriculado en un colegio, hago un curso superior
de español y mi profe es de Buenos Aires. Le hablé de tu padre y me dijo que el
nombre no le sonaba nada. Lo raro es que el nombre Cavalcanti es un nombre radical…
Además tomo clases de portugués. Cuando nos vayamos a Portugal y nos echen,
sabré decirles: “idos a tomar por el culo, sois unos hijos de la gran puta
abstemia”, en portugués, ¿te parece?
Bueno
Hugo, da mis recuerdos a todos, a Josefina, a Mme. Chardy, di a Pepé que voy a
escribirle pronto y que no te dé más copas. No te olvides de la foto de Eva.
Lo
que Lolei estaba leyendo era la última carta que le había enviado Mario Browne
y me había mostrado esa tarde. La que contaba sobre sus entreveros amorosos.
Pero luego había repasado el fragmento en que contaba sobre los incidentes en
las elecciones de abril del 54, y sobre todo en donde mencionaba las razzias
y la posible detención de su padre.
-No
sé si recordás –comenzó-, pero la elección del 25 de abril del 54 tuvo por
objetivo ocupar el cargo de vicepresidente de la Nación para acompañar a Perón,
que quedó vacante por la muerte de Hortensio Quijano, antes de su asunción.
Entonces los principales candidatos fueron el almirante Alberto Tessaire, por
el Partido Justicialista, y Crisólogo Larralde, por la Unión Cívica Radical. El
militar obtuvo el 63,8% de los votos, contra el 32,2% del radical. Debía ocupar
el cargo hasta el 58, pero bueno, ya sabrás cómo siguió esa historia.
La
cuestión que le interesaba en esa historia fue lo relacionado a su papá, que naturalmente
estaba del lado de la oposición. Domingo Cavalcanti había dejado de ser
concejal en el 53, después de haber sido
electo para el cargo en las elecciones del 11 de noviembre de 1951, que pasaron
a la historia por ser las primeras que contaron con la participación del voto
femenino. Tras dejar ese cargo, su actividad política continuó en crecimiento y
fue convirtiéndose en uno de los mayores referentes del radicalismo
marplatense.
Ese
año, en Mar del Plata se mantuvo la tendencia de gran parte del país y la
intendencia quedó en manos del candidato peronista, Olegario Olazar, pese a
tener en su contra el hecho de ser bastante desconocido para la ciudad. Pero
tuvo a su favor la notable propaganda montada tanto desde la Nación como la
Provincia acerca de la labor del partido durante los años de gobierno.
Domingo
Cavalcanti obtuvo uno de los cuatro escaños reservados para los partidos
opositores en el Concejo Deliberante, ya que a partir de la reforma de la Ley
Electoral, se eliminaba la representación proporcional, por lo cual el partido
que reunía el mayor número de votos, se adjudicaba el cargo de Intendente y
ocho concejales, reservándose para la minoría solo cuatro bancas. Dos ediles
del partido socialista –Mora y Lombardo- y dos de la Unión Cívica Radical
–Cavalcanti y Labatut- conformaron esa minoría.
En
la primera reunión del Concejo con mayoría peronista, se aprobó el aumento del
presupuesto municipal para el año 1952. Don Domingo tuvo una intensa
participación en este debate. Luego, el intendente cedió, sin autorización del
Concejo, tierras municipales a particulares y se inició un plan de
expropiaciones, entre ellas, las del Club Pueyrredón. Los radicales,
socialistas y la mitad de la bancada peronista se opusieron a este proyecto,
por lo cual el nuevo intendente debió abandonarlo, aunque esto costara la banca
a cuatro ediles peronistas. En medio de ese intenso debate, el concejal
Cavalcanti presentó una nota en la cual expresaba su posición respecto de la
expropiación de bienes impulsada desde el Ejecutivo. La sesión fue acompañada
por numerosos simpatizantes. Cuando se procedía a su lectura, crecieron
abucheos de parte del público oficialista. La respuesta de la bancada
mayoritaria fue celebrada con fuertes aplausos y protestada por los adictos
radicales. El mitin fue enfático. La presidencia del Concejo puso fin al debate
ahogando con campana de orden la voz del concejal Cavalcanti, siendo
eficazmente secundado por el público, que hizo con sus fuertes aplausos lo que
la campana no podía. Cerrado el debate, fue rechazada por improcedente la nota
de los concejales radicales.
Lolei
recordaba que este tipo de exposiciones eran características de su padre. Su
trayectoria como hombre público del radicalismo se definió por una ardiente
defensa de sus convicciones, de su firmeza democrática. Sin embargo, su
drástica posición antiperonista lo llevó a definir como dictadura al gobierno
constitucional del general Perón, y los términos de su exacerbado discurso le
trajeron más de un problema.
Fue
por aquellos días que Domingo Cavalcanti fue detenido y procesado por desacato
al presidente de la Nación, tras participar como orador en un acto de campaña
del radicalismo. Junto a Mario Giordano Echegoyen (h), también dirigente de la
UCR, el entonces concejal fue trasladado a Azul, por disposición del Juez
Federal con asiento en esa ciudad.
El
propio Giordano Echegoyen le escribió una breve misiva: “Mi querido amigo:
Dispénseme la presentación de esta nota y su escritura, pero no se puede pedir
más estando aquí. Esperando verlo pronto, le hago llegar mi más absoluta
solidaridad en esta causa común en que estamos encaminados, repitiendo con
Ricardo Balbín: ‘A veces es necesario que algunos hombres libres y dignos
conozcan las cárceles para saber adónde irán luego los delincuentes de la
República’. Su amigo, M.G.E. ¡Viva la UCR!”
De
acuerdo a las crónicas periodísticas, don Domingo debió ausentarse de Mar del
Plata, antes de que concluyera la campaña preeleccionaria para evitar su
detención, y finalmente se presentó en el Juzgado Federal de Azul junto a sus
abogados, desde donde fue remitido a la cárcel de encausados. Otros artículos
señalan que había sido detenido en su domicilio por las fuerzas federales antes
de proceder a su traslado. Cavalcanti fue excarcelado bajo fianza días después
de su arresto y absuelto de culpa y cargo.
-Este
no sería el único inconveniente sufrido por sus actuaciones políticas-, acotó Lolei.
El
viejo me iba narrando la historia de su padre –que sabía a parte de la Historia
argentina- con cierto engreimiento, con ínfulas de cronista avezado y testigo
privilegiado de los hechos. Hablaba y me pasaba amarillentos recortes
periodísticos para que yo pudiera corroborar la veracidad de su versión. A mí me
gustaba compartir esos momentos, en parte porque iba conociendo algunos hechos
de nuestra historia de primera mano, contada por alguien que había los había
contemplado de cerca, aunque mi corazón estuviera en las antípodas del
pensamiento del principal protagonista, es decir, su propio padre. Y además me
gustaba porque en esas incursiones retrospectivas me hallaba frente a un Lolei
impetuoso, de memoria ágil y activa, muy distinto del personaje agonizante y
sentenciado a una realidad bastante grotesca que tenía enfrente.
Lolei
hablaba y yo lo dejaba hablar.
Hacia
finales del año 52, se votó un aumento para el presupuesto del año siguiente.
La justificación era el pago de sueldos de gran cantidad de funcionarios y
empleados municipales que disponía la Comuna. Al año siguiente la mayoría
oficialista autorizó al intendente Olegario Olazar a crear cien puestos
municipales más y a derivar dinero del municipio para la construcción de nuevas
oficinas en el edificio comunal. También autorizó elevar las tarifas del
transporte.
Los
mayores problemas comenzaron con la falta de pago de las jornadas laborales y
horas extras por parte del ejecutivo municipal. El personal de limpieza,
apoyado por la CGT peronista, amenazó con ir a la huelga y pidió la renuncia
del intendente. También las juntas vecinales reclamaron por los altos precios
de los pavimentos y la poca flexibilización en los plazos de pago, fijados en
los contratos de construcción.
En
septiembre, Olazar presentó su renuncia, aunque la misma no se hizo efectiva
inmediatamente. Los mismos peronistas no hallaban consenso en nombrar su
reemplazante. Intervino entonces la Provincia, designando como Comisionado
municipal al Dr. José M. Carbusiero.
Con
este contexto se llegó a las elecciones del 25 de abril de 1954.
En
el oficialismo existían fuertes divergencias entre sus distintas facciones.
Incluso el propio comisionado Carbusiero sufrió un atentado cuando balearon su
automóvil, camino a Buenos Aires. Esto determinó que el Poder Ejecutivo
provincial diera por concluidas las funciones del comisionado, intentando poner
término al enfrentamiento del peronismo local. El nuevo comisionado fue Eduardo
Manuel Teisaire, que estaba como interventor en Luján.
La
nueva autoridad municipal proyectó la federalización de Mar del Plata y la posibilidad
de que el propio gobierno nacional tuviera su asiento allí, durante el período
estival. El constante crecimiento de la burocracia municipal impedía la
concreción de nuevas obras públicas o el mejoramiento de los servicios
públicos. El radicalismo, que ya empezaba a mostrar sus diferencias internas,
se unía sin embargo para dar batalla a las acciones del gobierno de turno.
También
los conflictos se acentuaban dentro del peronismo. En una primera etapa, el
gobernador Domingo Mercante elegía a los comisionados entre aquellos hombres
que podían conciliar posiciones con la oposición.
Durante
la gobernación de Carlos Aloé, los comisionados eran aquellos hombres que
habían demostrado ser más "peronistas". Sus apoyos locales se
registraban entre los sindicalistas o entre los grupos más populares. Las
disputas entre las facciones que apoyaban uno y otro accionar atentaron contra
el propio peronismo y también contra la ciudad.
Otro
tipo de conflictos que debió enfrentar Perón con sectores tradicionales o con
nuevos adversarios, se dejaron sentir en Mar del Plata. En la disputa con la
Iglesia Católica, las religiosas del Asilo Unzué fueron reemplazadas por
empleados de ambos sexos enviados desde Buenos Aires. Esta medida fue vista con
desagrado por el vecindario marplatense, que responsabilizaba al gobierno
municipal. Incluso se armó una marcha en la plaza Eva Perón para desagraviar a
la bandera nacional y a la figura de Evita.
Eso
ocurrió unos días antes del sanguinario bombardeo en Buenos Aires.
Gracias
por tu carta, la recibí hace tres días. Espero que vayas bien; yo, regular. He
encontrado otra vez a mis amigos en el Partido Laborista y se han portado muy
bien conmigo. Gracias a ellos tengo la posibilidad de un piso y de trabajo.
Además, me he metido otra vez en la política. Desgraciadamente, para conseguir
un piso tengo que quedarme en un hostal para homeless (los ‘sin hogar’). No es
imprescindible que me quede allí, pero facilita la cosa.
Hugo,
esto es la miseria: vagabundos, alcohólicos, drogadictos. Es la pobreza. Me
desperté un día y recé por estos tíos. Cuando veo a gente viviendo como vive tu
familia, Hugo, me enfado. No es justo que haya gente viviendo como reyes y
mucha más viviendo como la mierda. Ya lo sé, no es tu culpa ni de tu familia,
sólo digo que debemos hacer algo por los pobres y la clase tuya para conservar
sus privilegios impide que hagamos algo. Vale, amigo, basta de política. Ya
verás que estoy metido otra vez…
Te
dije en otra carta que esos hijos de la gran puta iban a intentar joderte, ¿no?
Les hace falta una hostia, una buena paliza. Lo siento con las clases de la
familia Lobarto, pero al menos te quedan las de Fernando y las del Señor G.
Yo
sigo solicitando trabajo y pienso que lo voy a conseguir. Ahora, para sacar
unas pelas, trabajo en una cocina lavando platos. No saco mucha pasta, pero
como el mismo tiempo cobro subsidio de paro, no ando tan mal. Además, he puesto
fin a estas parrandas. Cuando vi a Danny salimos tres días consecutivos.
¡Joder, tío, qué borracheras! En tres días gastamos casi 13.000 pesetas en los
bares, dimos una paliza gorda a los abstemios, esa gente que sigue pudriendo la
sociedad.
Desde
entonces no he salido. He ahorrado dinero. Sólo salgo los domingos. Hoy es
sábado, igual voy a salir. Voy a tomar anfetas (¡ojalá!) y a volar con la ayuda
de unos seis litros de cerveza.
Da
mis recuerdos a todos, más que a nadie a Pepé. Dile que me perdone por la
deuda. Le voy a escribir y cuando tenga la pasta se la mandaré. Dile que he
estado muy ocupado últimamente. Nunca me voy a olvidar de él, se portó muy bien
conmigo, le quiero mucho. Volveré a Madrid algún día, a veros a todos. Pero
sobre todo a ti, Hugo.
Ahora
me voy a matricular en un colegio, voy a estudiar portugués y a repasar español
y francés. Me cobran 200 pesetas al año porque estoy parado. Estudio por las
tardes, lo juro.
“Bombachitas”,
no voy a caer en los mismo errores que antes. Si consigo un buen trabajo y
ahorro pasta para pagar el billete Buenos Aires-Londres, puedo ir a tu país
cuando estés allí. Es algo para el futuro. Un sueño. Y a mí me gusta soñar.
Da
mis recuerdos a los melones de Josefina; dile que me mande tres toneladas de
leche, que tengo sed. No, en serio, dale mis saludos, dile que le escribiré
pronto. Te doy un abrazo muy fuerte y espero tu carta
-Esta
tarde me acordaba de la primera pelea grande que tuve con mi papá. Se me vino a
la mente pensando en la película que me contaste ayer, la del Chivo ese.
Lolei
parecía animado esa noche, cuando regresé a la casa con una fuente de fideos
blancos y cuatro hamburguesas cargadas de queso.
Había
pensado en llevar herramientas para arreglar la mesa, pero a último momento
desistí, por mero desgano. Eran casi las nueve de la noche cuando regresé a mi
casa y, a la pasada, desde la puerta, le avisé que estaría con la cena al cabo
de una hora. Me duché y me recosté a descansar unos minutos mientras esperaba
que se cocinaran los fideos y los cuatro medallones de carne que puse en el
horno.
Después
de cuatro horas de clases, esa tarde había visitado a una amiga. Entre mates le
conté lo ocurrido el día anterior con el viejo del E. Le anuncié que a la noche
también comería con él. Charlamos un buen rato y, antes de despedirnos, me
previno, a modo de consejo amistoso, que tuviera cuidado con involucrarme
demasiado.
-No
se trata de negar una ayuda, pero cuidate de que no exprima tu tiempo y tus
ganas. Además, no es muy clara su situación; ahí hay una historia que encierra
varias dudas-, recomendó.
-Si
hay muchas dudas, trataré de evacuarlas-, avisé. E intenté tranquilizarla con
la promesa de no complicarme en la relación con mi vecino, a quien, por lo
demás, apenas conocíamos.
Es
curioso comprobar, a medida que pasan los años, cómo nunca me canso de
equivocarme.
Después
que Lolei devorara sus tres hamburguesas y más de media fuente de fideos,
repitiéramos el rito de la mañana rumbo al baño y ya estuviera arrebujado entre
la cochambre de sábanas y frazadas viejas que componían su nuevo lecho, comenzó
a desandar la historia del altercado con su padre, ocurrido hacía casi
cincuenta años.
Habló
como si durante todo el día hubiera guionado mentalmente el relato, con datos
minuciosos y enumeraciones que denotaban claramente una memoria imprevista.
-Fue
en 1954 -comenzó a la manera de un cuento infantil-, mientras se realizaba el
Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Ese año fue la primera
edición, y la ciudad ardió. Había un mundo de gente. Con mis amigos fuimos
siguiendo de cerca los preparativos, durante todo ese verano. Estábamos
ansiosos, como todos los lugareños, por recibir a las grandes figuras que
seguíamos a través de las películas, los de acá y los extranjeros. Bueno, no
todos en realidad. El espectáculo era fastuoso, pero tenía un trasfondo
político que por aquellos días, y sobre todo en el entorno familiar, no era
visto con buenos ojos. Porque además de ser organizado como una manera de
exhibir ante el mundo la industria del cine nacional, también servía como
plataforma para mostrar lo que el peronismo decía que había logrado en los
últimos años. Se utilizó el festival como un elemento de propaganda política.
Al menos así lo interpretaban la mayoría opositora al peronismo –que no era
escasa en Mar del Plata- y los principales medios. Y en mi casa ni te cuento.
En mi familia se respiraba un furioso antiperonismo, sobre todo mi padre, que
ya había sido concejal por el radicalismo y sostenía un discurso muy combativo
contra el gobierno justicialista. Los diarios opositores dedicaban unos pocos
comentarios sobre el festival, apenas mencionaban algunos estrenos,
personalidades asistentes y afirmaban que se trataba de un hecho eminentemente
propagandístico y político. En síntesis, sostenían que la fiesta había sido
concebida sólo para entretener al pueblo, promocionar la obra del gobierno y
difundir la imagen del país en el exterior. Recuerdo un artículo de El Trabajo, un diario local, órgano del
socialismo, donde se opinaba que todos los recursos del Estado se encontraban
al servicio de la política oficial: dinero, transportes, fuerzas públicas,
todos sometidos a las exigencias y necesidades de ese servicio. Incluso no
dudaban en sostener que Perón se había tomado un breve descanso, haciendo un
paréntesis a sus tareas de gobierno, pero restándole importancia al festival y
haciendo hincapié al lanzamiento de la campaña. Más allá de las diatribas
gorilas, hay que reconocer que la decisión de darle semejante magnitud al
evento tuvo una especial virtud en reunir enormes figuras, abrirse a las nuevas
corrientes del arte y del espectáculo y congregar multitudes como nunca antes
en la ciudad. Confieso que estas interpretaciones las hice años más tarde, pero
en su momento sólo me desvelaba la posibilidad de tener cerca a las estrellas
de cine. Imaginate lo que significaba para la ciudad la presencia de la Novia
de América, Mary Pickford, o de Jeannette Mac Donald, Joan Fontaine, Irene
Dunne, Robert Cummings, Walter Pidgeon, Rosita Moreno, Ann Miller, o hasta
Erroll Flynn, que no pertenecía a la delegación oficial yanqui pero aprovechó
que estaba en Brasil promocionando su más reciente una película. Erroll Flynn
era un consumado bebedor y se la pasó de parranda en parranda. Incluso se
rumoreó que una noche en el Casino del Hotel Provincial dejó un tendal de dos
mil dólares en la ruleta, jugando con fichas prestadas, y que de esa deuda se
hizo cargo el General. En total vinieron delegaciones de casi veinte países, y
además de actores había músicos, guionistas, técnicos, productores y
directores. Me acuerdo de la española Aurora Bautista, considerada la mejor
actriz trágica de habla hispana, de Marisa de Leza, la rusa Natalia Medvedieva,
el director José Luis Sáenz de Heredia. Y por supuesto la gran Gina
Lollobrígida, a quien no tardaron en atribuirle un romance con Perón, rumor que
fue la comidilla de todos los corrillos de la ciudad. A la Lollobrígida tuve la
oportunidad de verla de cerca, digamos a unos diez metros, en la rambla, y
puedo jurarte por esta mano que era más linda que en la pantalla.
-Si
le habrás dedicado homenajes con esa mano-, interrumpí. El viejo sólo rió y no
se dejó alterar su narración por mi pueril acotación.
-Igual
–siguió-, a los que más esperábamos eran los artistas argentinos, que viajaron
todos juntos desde Buenos Aires en un tren exclusivo, El Marplatense. La salida fue desde Constitución y se demoró porque
también allá una multitud se agolpó para despedir a todas las celebridades.
Dicen que las valijas de todos los invitados, incluidos los extranjeros, se
trasladaron por la ruta 2, en una larga caravana de pequeños camiones del
Correo, con la escolta de motociclistas de la Policía Federal. La que encabezó
la delegación fue Tita Merello, que fue recibida por Perón en el Hotel
Provincial. Además estaban Fanny Navarro, Mirtha Legrand, Daniel Tinayre, Olga
Zubarry, Laura Hidalgo, Enrique Muiño, Mecha Ortiz, Amelia Bence, Malvina
Pastorino, Luis Sandrini, Analía Gadé, Narciso Ibañez Menta, Angel Magaña, Hugo
del Carril, Juan Carlos Thorry, Santiago Gómez Cou, y un montón más. Cuando los
artistas estaban instalados, el partido peronista realizó un gran acto de
campaña en las terrazas del Hotel Provincial. Para muchos fue sorpresivo porque
no se había avisado con antelación. Decían que se realizó de esta manera debido
a que no creían conveniente difundirlo, ya que no se quería crear un malestar
en la población marplatense, que veía cómo se estaba politizando el festival.
Hablaron el gobernador Aloé y el presidente Perón. Los artistas fueron
invitados pero la mayoría optó por descansar en sus habitaciones, ya que venían
de largos y agotadores viajes. Una multitud acompañó, pero yo no fui. De todas
maneras parecía raro que se tratase de un acto imprevisto. El peronismo se
había movido con todo su aparato para la organización del festival. De hecho, por más que los marplatenses no
quisiéramos asumirlo, el general Perón terminaría siendo la figura más
requerida del festival, compitiendo y superando en popularidad a los grandes
astros que visitaban el país por aquellas jornadas. Había llegado dos días
antes del inicio oficial, me acuerdo que fue un sábado. Arribó también en El Marplatense, con toda su comitiva.
Hay fotos de su llegada, donde se lo ve con un traje claro, camisa blanca y
corbata, pese al calor de ese día. Dicen que no había anunciado ni el día ni la
hora de su llegada, pero muchísimo público lo recibió en la estación y las
calles de la ciudad. Y durante los siete días que duró el festival, el
presidente tuvo una activa participación, encabezando agasajos a las
celebridades, como orador principal en los grandes actos de campaña, en los
estrenos de las películas más importantes, o bien paseándose por los lugares
más emblemáticos de la ciudad, siempre rodeado de una muchedumbre. Entre los
innumerables registros fotográficos de la época, recuerdo uno en que se lo ve
vestido de blanco, apuesto y deportivo, caminando junto al mar y rodeado por
una multitud de bellísimas mujeres. También recuerdo imágenes de agasajos de
los visitantes en visitas a Chapadmalal, o en actividades sociales que se
desarrollaron en el Parque Camet, mostrando las tradiciones criollas típicas de
campo. Hay otra en el estreno de El Grito
Sagrado, una de las dos películas argentinas que compitieron en el
festival. Fue en el Ocean Rex, una de las mejores salas de la época. Allí se lo
ve junto a altas autoridades y varios artistas reconocidos. El Grito Sagrado estaba basada en la
vida de Mariquita Sánchez de Thompson, ambientada en la época de las Invasiones
Inglesas y Revolución de Mayo. Actuaban Aída Luz, Fanny Navarro, Carlos Cores.
Se dice que fue la primera superproducción del cine argentino. La otra película
local que se presentó fue La Calle del
Pecado, que nunca vi. Argentina
también presentó una innovación: Buenos
Aires en Relieve, un cortometraje de media hora, en 3D color, realizada
para estrenar en el festival. Con tomas desde un avión se mostraban lugares
atractivos de la capital y se hacía hincapié en la obra pública del gobierno.
Un fragmento del corto mostraba a Perón conduciendo un Justicialista Sport
dentro de los jardines de su residencia.
Fotos de la época muestran al presidente y su comitiva con anteojos de
cartón blanco y celuloide de color, que era la forma correcta de ver el film.
También hay fotos de Perón en el Atlantic, junto a personalidades del mundo
político y artístico, durante la proyección de House Of Wax (Museo de Cera), la primera película en 3-D salida de
un gran estudio de Hollywood, que además contaba con el sistema Warnercolor,
que registraba con nitidez todos los colores dentro de una suavidad de tonos.
Allí todos los asistentes lucían unas particulares gafas polaroid de cartón.
Perón saludando a la actriz Tita Merello durante el festival.
El presidente en la presentación de Buenos Aires en Relieve, primera película en 3D de producción nacional
La llegada del Marplatense con las estrellas del festival
Esperando a los actores en el aeropuerto
Rosita Moreno y muchachos peronistas
Mary Pickford, la novia de América
Errol Flynn en el festival
Gran concentración popular en la Rambla. Habla Perón
Revelador documento del gran despliegue que tuvo el festival
Aquí, el espectacular anfiteatro montado en el
playón de las Toscas, hoy Paseo Hemitage
Rosita Moreno, Luis Sandrini y Luis César Amadori
Santiago Gomez Cou
Robert Cummings
Fanny Navarro y Carlos Cores
en El Grito Sagrado
El
largo y detallado monólogo de mi vecino se extendió por más de una hora, que
seguí atentamente y casi sin interrupciones. Alguna vez respondí con gestos
inciertos mi desconocimiento hacia citas de lugares de Mar del Plata –ciudad
que apenas conocía- o de artistas –de algunos sólo conocía su nombre y otros ni
siquiera conocía- o de apreciaciones políticas –de las cuales tenía un vago
conocimiento, pero no tanta precisiones. Y aunque interesado por un relato que
se expandía fluctuante y sospechaba interminable, me encontré en la obligación
de remarcarle un detalle, sin ir más lejos, el que había dado inicio a su
narración: ¿cuál había sido el motivo de la mentada primera gran pelea con su
padre?.
“Ya
voy a llegar”, me respondió seguro, como si esa parte de la historia ya
estuviera en un horizonte cercano. Entonces siguió.
-Lo
cierto es que la ciudad era un hervidero, te aseguro. Todos querían una foto,
un autógrafo, un saludo de las celebridades. Yo no obtuve nada de eso pero
estuve ahí, merodeando cada cine, cada entrada de un hotel, o en el anfiteatro que
se había montado al aire libre, donde gran cantidad de espectadores podíamos
disfrutar cómodamente de los films. El lugar elegido fue el espacio comprendido
entre la Rambla, sobre las piletas cubiertas; ahí mismo se construyó un gran
escenario, casi al borde de la playa, con espacio para casi dos cuadras de
plateas, que se extendían en dirección al Torreón. Allí se realizó la gran gala
del festival, el tercer o cuarto día, en medio de una noche calma y sin viento,
ante unas 300 mil personas. Fue animada por Juan Carlos Thorry. Se cantó el
himno nacional y después se escuchó la marcha peronista. Se presentó a todas
las delegaciones y luego el coro y el cuerpo de baile del teatro Colón, con más
de cien personas en el escenario, bailaron Las
Sílfides. Fue memorable. Los artistas accedían por la parte trasera del
escenario, oculta a la concurrencia; luego llegaban a un espacio más elevado y
avanzaban por una amplia plataforma para aparecer frente al público,
descendiendo por una rampa hasta tomar ubicación en el sector asignado. El
descenso por las escalinatas coincidía con fuegos artificiales, pirotecnia y
efectos lumínicos, acompañados por el estruendo de una batería de bombas. Perón
arribó sin problemas al lugar. Para los ministros, autoridades y artistas de
las delegaciones se organizó un espacio exclusivo, dividido del público por una
valla de tubos de acero y parantes enclavados en el piso, que servía como señal
divisoria y protectora al mismo tiempo. En más de una ocasión la ola humana
presionaba sobre las vallas, pero el espectáculo pudo realizarse sin
inconvenientes. Sobre el final el público desbordó las vallas de seguridad y se
abalanzó sobre la zona de plateas donde había estado Perón. Pero el presidente
ya se había retirado. Aparentemente el desliz fue del director de Espectáculos
Públicos, responsable del evento al aire libre. Después él mismo se hizo cargo
del error de no vallar todo el perímetro y dejar libre un acceso del costado
del escenario, por donde entraron los colados que se fueron acercando a la zona
vallada frente al escenario, empujando a los que sí tenían entradas y estaban
colocados detrás de la zona de funcionarios. El episodio no pasó a mayores.
Pero al día siguiente se publicó en los diarios que se temió por lo que pudo
haber pasado si el Perón hubiese estado allí. Mi papá dijo “qué lástima que se
había ido, lo tendría que haber aplastado el escenario”. Yo le contesté que no
podía ser tan desalmado, que una cosa era ser un gorila recalcitrante y otra
muy distinta echar una maldición de esa catadura. Con ferocidad me amonestó
diciendo que cómo podía defender a esa bestia que había hundido el país y ahora
estaba arruinando con su presencia y su turba de adictos que habían invadido la
ciudad este maravilloso festival que era ejemplo para Mar del Plata. Papá
sostenía –y exageraba- el mismo pensamiento opositor de la mayoría marplatense,
que en su férrea actitud antiperonista no ahorraban ademanes de disgusto por
cuanto significaba la presencia del presidente. No hay que perder de vista que
estábamos hablando del año 54. Para algunos sectores opositores a Perón, entre
los cuales mi padre se posicionó levantando bien alto su bandera, el ‘dictador’
había emprendido la idea del festival como parte de una estrategia ideológica y
manipulativa, que promovía entretenimientos populares y demás maniobras de
diversión, con el único de fin de descomprimir una crisis que estaba tornando
insostenible a su gobierno. Esta estrategia formaba parte de una peronización
de la vida cotidiana emprendida desde su llegada al poder, contribuyendo a
tornar difusa la distinción entre el espacio público y el privado, y mostrando
como rasgo distintivo la realización de grandes concentraciones públicas, que
incluían entretenimientos tales como acontecimientos deportivos y culturales,
actos conmemorativos y encuentros multitudinarios donde había una participación
directa de los sectores populares. Ciertas actividades, como los campeonatos
deportivos infantiles y juveniles organizados por la Fundación Eva Perón, tenían
un fuerte simbolismo político. Pero estas actividades populares, más allá de
alguna adhesión política, atraían por sí mismas a las masas, como también
ocurriera con el Festival de Cine. Por eso, decían que Perón intentó crear un
nuevo consenso generando una cultura popular peronista de lo cotidiano, creando
pautas vinculadas con este consenso totalitario, que incluía un sistema de
mitos, rituales y símbolos, para confluir en la creación de un discurso
político. Para ello se valió de los medios masivos de comunicación –que se
expandieron a partir de los años 30- promoviendo pautas culturales y mecanismos
de propaganda. La radio y la difusión del cine ayudaron a generar lazos de
identidad cultural y adhesiones masivas. Y aprovechando ésta particularidad, promovió
el Festival, ya que el cine y la radio se habían incorporado al consumo
cultural de las clases trabajadora y media como entretenimientos de la familia.
Por otro lado, Perón, gracias a los planes de turismo social, había
transformado a Mar del Plata en la sociedad balnearia obrera por excelencia. No
era casual entonces que la eligiera como sede del primer Festival Internacional
de Cine, porque era la expresión urbana y más representativa de la Era
Justicialista. Y, advirtiendo la espectacularidad y promoción con que lo rodeó,
resultaba ser la ciudad más emblemática para citar artistas, directores y
productores de Estados Unidos y Europa. Con la decisión política de hacer de
este un evento que proyectara al país hacia el mundo, Perón había llegado a Mar
del Plata dos días antes no sólo para inaugurar el festival, sino también la
campaña electoral de su partido, de cara a las elecciones nacionales de abril.
Detalles más, palabras menos, por ahí transitaba la idea que se instalaba como
verdad irrebatible en los círculos antagónicos al peronismo. Yo por entonces
tenía diecinueve años, estaba a punto de venirme a La Plata para comenzar la
carrera de abogacía, no sentía ninguna simpatía por el peronismo pero tampoco
hacia los conservadores ni hacia los radicales ni hacia los socialistas, y lo
único que hice fue responderle a mi padre como nunca antes. Jamás habíamos
discutido con tanta vehemencia y mucho menos por política. Jamás le había
levantado la voz. Pero ese día fue como sacarme un peso de encima, fue deshacerme
de un lastre de varios años de displicencia y frialdad en su rol de padre. Él
era un hombre recto en sus ideales, apasionado al hablar y esos rasgos le
valieron el respeto de sus pares en el ámbito público. Incluso fue tildado de
autoritario por sus contrincantes. Pero dentro del hogar se comportaba con
total blandura y falta de autoridad, con sobriedad y pocas veces mostrándose
cariñoso con su entorno. Las pocas muestras de afecto que le recuerdo eran para
mi hermano menor, Juan Manuel, por quien nunca pudo ocultar su debilidad. Con
Delcia, mi hermana del medio, tenía una relación fraternal tradicional, sin
grandes ampulosidades. En cambio conmigo era apenas amistoso, nos dirigíamos
con respeto pero sin ternura. No puedo desconocer algo: jamás me hizo pasar
necesidades, me dio todo lo que pudo y a veces más de lo que yo pedía. También
es cierto que el ritmo de la casa la manejaba mamá, y yo con ella sí me llevaba
bien.
-Eras
el consentido de la mami-, interrumpí sin sorna-, el caso típico del hijo mayor
que recibe todas las atenciones y al que le conceden todos sus caprichos.
No
respondió a mi comentario y continuó con su narración, que ya se estaba
volviendo interminable.
-Además
no hay que perder de vista otro rasgo para nada menor, que ya no me avergüenza
contarlo: a esa edad yo era bastante frívolo y mundano, y estaba más interesado
en el arte que en la política -pese a lo que pasaba en mi casa-, o en las
reuniones sociales, o en las salidas con mis amigos, o en conocer mujeres. Es
decir que entre el Festival de Cine y la campaña de Perón me inclinaba
claramente por tratar de mirar películas o ver de cerca a las celebridades. Ni
siquiera me preocupaba tanto por ver cómo la ciudad era invadida por gente de
otras clases poblando los sitios emblemáticos que los marplatenses atesorábamos
como propios. Eso sí lo sentíamos como un signo de hostilidad. Pero no era más
que un diminuto grano en el culo de la mersa burguesa -dijo riéndose-, y yo,
pese a pertenecer a ese grupete de la clase media acomodada que nos sentíamos
dueños de nuestros espacios y mirábamos al resto de reojo, no me dejé asustar
por la turba peronista ni por las imprecaciones antiperonistas de mi padre. Por
eso cuando en plena discusión mi papá me gritó ‘lo único que falta es que te hayas
vuelto peronista’, estuve tentado de decirle que sí, y hasta de levantar los
brazos y hacer la V con los dedos frente a sus ojos. Sólo me contuve porque
apareció mamá a poner paños fríos a la contienda. Eso hubiese sido la peor
afrenta para todos. La cosa no pasó a mayores pero quedó en el recuerdo como la
primera gran pelea que tuve con mi padre. Él, lógicamente, le echó la culpa a
Perón, el gran artífice de la división entre el pueblo argentino y entre las
familias bien constituidas. El Festival de Cine terminó un domingo y el martes
siguiente yo tomé el tren para venirme a La Plata porque en esos días comenzaba
a cursar. La despedida fue fría con mi papá y calurosa con mi mamá y mis
hermanos. No volví a verlos hasta las vacaciones de invierno.
Con
un bostezo largo y exagerado puse freno a su relato. No fue por desinterés,
sino por verdadero cansancio. El informativo radial anunció que eran las dos de
la madrugada. Había hablado sin parar casi tres horas. Lolei preguntó si me
estaba aburriendo y yo negué rotundamente. Todo lo contrario: me gustó su
historia y cómo fue contada. Sólo me quedó la amarga sensación de no haber
podido establecer una relación palpable entre esa pelea con su padre y el
personaje de la película Amores perros,
que a su modo de interpretación había originado ese recuerdo. Pero nada dije al
respecto.
Lo
cierto fue que, de la nada, el viejo había sacado de su cofre de recuerdos un
episodio que superaba lo anecdótico. La relación con su padre, con la política,
con el cine, con su pequeño mundo juvenil, clasista y pueblerino, me entregaron
los primeros indicios de una vida que iría conociendo con el correr de los
días. Para empezar, no era una síntesis nada despreciable.
Pero
el agotamiento me vencía. Se lo hice saber y coincidió conmigo. Quedamos en
vernos al día siguiente.
Querido
sobrino: Hoy le envío una vista de uno de los paseos más bonitos que hay en
Madrid, el Paseo de Calvo Sotelo. Espero que le guste. En julio iré a la
Argentina, de modo que lo veré. Espero también que los días allí sean lindos y
pueda ir a la playa. Nosotros aquí seguimos en invierno, pero estamos teniendo
buen tiempo y Madrid de todos modos es hermoso en cualquier época del año.
Esperando verlo pronto, mes despido de Ud. con un gran abrazo.
Lolei
*****
Lisboa,
5-IV-80
Queridos
papá y mamá: Con unos amigos y amigas me vine a pasar a Portugal una semana de
vacaciones. Hemos venido en dos coches y es tal la cantidad de turistas que han
llegado a Portugal que hace dos días no encontramos hotel para dormir. Ya lo
hemos tomado a la joda y nos recagamos de risa. Ni en Coimbra ni en Estoril ni
ahora en Lisboa. Pero aunque sigamos durmiendo en el suelo a Madrid no
volvemos. Tenemos un tiempo de verano ‘de locura’ y queremos aprovecharlo. En
Lisboa tengo un amigo a quien luego iré a saludar y a ver si nos consigue adónde
dormir. Anoche no encontramos habitación ni en el Sheraton. Bueno, estas vacaciones las estaba precisando
como el agua. Un abrazo inmenso
Lolei
*****
Sevilla,
9-IV-80
Queridos
papá y mamá: Con mis amigos decidimos venirnos a la Feria de Sevilla, que
empieza mañana. Me sigo divirtiendo y aprovechando mis vacaciones, que terminan
el 15. Cuando llegue a Madrid les escribiré carta con más detalles. Hasta
entonces, un abrazo de