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martes, 13 de diciembre de 2016

Lolei. Memorias de lo inconfesable (Apuntes finales)



APUNTES FINALES

En los casi tres años que permaneció en el Hogar de Ancianos, Lolei se ganó el afecto de todos. Pasaba sus largas horas entre la lectura y las charlas con los internos del lugar. No tardó en desplegar su arsenal de anécdotas y de inmediato recibió el tratamiento de “doctor”.
A menudo recibía visitas de familiares y amigos míos. Durante cada una de mis visitas, sólo me pedía renovar sus libros y algunos paquetes de cigarrillos, que repartía entre sus nuevos compañeros. Y nunca olvidaba hacerme dos preguntas puntuales: si había llevado los cuadros a Lolita y si había recibido alguna carta de su viejo amigo Alan. Me dijo más de una vez, no sabía por qué, estaba echando de menos a ese chaval.
Su salud siguió en franca declinación, como venía ocurriendo desde hacía varios años. Su debilidad se hizo cada día más visible. Los escasos tratamientos a los que pudo ser sometido fueron infructuosos. El destino estaba sellado desde hacía rato. Y él lo sabía.
A mediados de junio de 2003, estando yo en La Plata, mi familia me comunicó que Lolei había sido internado, debido a una recaída provocada por su irreversible enfermedad. No dudé en viajar de inmediato. Debí sortear no pocos obstáculos: aquel domingo 15 se celebraba el día del padre y la demanda de pasajes dificultó el traslado directo a Rojas. Conseguí un boleto hasta Junín y tras un extenso viaje de madrugada, llegué al mediodía de ese mismo domingo.
Cuando lo visité en el hospital, Lolei dormía. Tenía conectado suero y un respirador artificial. Me informaron que hacía días que estaba en ese estado, sin conocimiento, sin responder a ningún estímulo. Sudaba copiosamente. Sus rodillas atrofiadas lo habían achicado casi hasta la mitad de su tamaño y su cuerpo abarcaba sólo un pedazo de la cama. Su pecho se inflaba como si tuviera un globo en lugar de pulmones. Me acerqué y le hablé al oído, despacio, mientras le secaba la transpiración de su frente. No respondió.
Debía regresar a La Plata ese lunes, pero decidí postergar el viaje. Antes del mediodía volví hospital. Todo seguía igual. A la noche, ya sobre el límite del horario de visitas, fui a verlo una vez más. Le hablé al oído, modulando las palabras. Lo tomé de la mano. Con la otra le secaba la frente.

De pronto sentí que su mano apretó la mía con fuerza y por un rato no me soltó. Le pregunté si me reconocía, si sabía quién era yo. Apenas movió la cabeza, con un claro gesto de aprobación. Dije que todo saldría bien, que debía seguir luchando. Él seguía sosteniéndome la mano. Hasta que en esa turba de sensaciones inconexas y confusas de quien se sabe frente lo inalterable, en esa andanada de palabras que se dicen sin sentido, sin pensar en consecuencias, pero con el único motivo de levantar el ánimo, largué una mentira categórica, tal vez la peor que he dicho en toda mi vida:
-Estuve con Lolita, le di los cuadros. Y Alan escribió. Tengo acá su carta. Te mandan muchos saludos-, susurré.
Abrió los ojos y me buscó hasta encontrarse con los míos. Y una amplia sonrisa se dibujó en su rostro empapado y lívido. Esos tres segundos que duró esa mueca fueron, tal vez, los más felices de su vida. No lo sé. Solamente lo considero un deseo que haya sido así. Lentamente me soltó la mano y se fue apagando, hasta quedar en la misma posición de antes.

En la madrugada del martes 17 de junio de 2003, Lolei murió. Tenía 69 años.
“Te estaba esperando a vos”, me dijo uno de los médicos.
Se fue sin saber la verdad: Lola Monteagudo Tejedor había muerto hacía casi tres meses, el 23 de marzo, en La Plata, a los 68 años. Tampoco ella se enteró jamás del destino de su ex esposo.
Y nunca llegó ninguna carta a nombre de Alan Rogerson
Desde su partida de La Plata, ningún familiar o amigo se interesó en el porvenir de Lolei.
Pasados diez años desde su muerte, casi nadie visita su tumba.
Si existe alguna otra persona que haya dedicado al menos un pensamiento en su memoria, sigue siendo un misterio.


FIN

Rojas, octubre-diciembre de 2013

miércoles, 2 de marzo de 2016

Lolei. Memorias de lo inconfesable (29)


CAPITULO
29

Recién a la noche siguiente de la limpieza volví sobre los papeles de la valija. Indagué sobre su contenido. Me anotició acerca de los proyectos inconclusos. Y hasta se atrevió a señalarme como la persona indicada para darle forma y continuidad.
Por supuesto que me negué; ese era su trabajo, su aspiración, el fruto de sus esfuerzos. Yo no era escritor ni quería serlo. “No soy bueno en el arte de la escritura, no tengo intereses literarios, los escritores a menudo me parecen un hato de ególatras insufribles, vanidosos y petulantes. No quiero ser escritor”, simulé con energía, con la intención de rechazar su extravagante pedido.
No hizo caso a mi queja. Ofreció su agenda para que contactase a los especialistas que habían colaborado, a los familiares que podían seguir apuntando detalles. Me mostró números de teléfono y direcciones, muchos de ellos de la capital federal. Sospeché que la mayoría ni siquiera estaría con vida, porque las señas anotadas tenían por lo menos treinta años, de la época en que las investigaciones estaban en plenitud. Insistió en que se trataba de gente muy responsable y con capacidad de acceder a referencias fidedignas y difíciles de hallar.
Traté de no ser descortés y simulé cierto interés. Le seguí el juego, no sin recalcarle las dificultades de la propuesta. Se mostró esperanzado en mi aparente capacidad. Emitió elogios serviles e innecesarios, como queriendo convencerme.
Hasta que entendí de inmediato hacia dónde dirigía sus verdaderas intenciones. Lo dijo como al pasar, pero lo dijo: “incluso podés verla a Lola, ella a vos te va a recibir bien si no le hablás demasiado de mí”.
Por primera vez en los tres meses que llevábamos conviviendo me pidió que me pusiera en contacto con su ex esposa. Lo que quería, en realidad, era que ella supiera en las condiciones en que se encontraba. Quería anoticiarla de su estado, quería que sintiera pena por su presente. Lo que yo ya sabía, en parte por lo que el viejo había contado, en parte por comentarios de mis vecinas, era que Lola no quería verlo ni en fotos. De la misma manera que había respondido su hermano Juan Manuel, cuando decidió desconocerlo por completo. “Yo ya no tengo esposo”, podría haber dicho con total razón, pues estaban separados desde hacía muchos años, pero también con una acepción similar a la utilizada por el hermano. Es lo que equivale a decir “para mí este tipo está muerto”. Y esa era una verdad que el viejo también conocía, aunque en esos días de agobiante soledad, le costaba admitirla.
Él mismo aseguró, apenas nos conocimos, que la relación con Lola había concluido en “malos términos” y que hacía años no se veían, pese a vivir a diez cuadras de distancia. Pero la realidad –su realidad- lo había sensibilizado a tal punto que no le importaba implorar perdón o lástima con tal de salvarse.
En ese momento encontró la excusa de su antiguo trabajo familiar para usarme como intermediario.
Entendí sus razones, siempre las entendí. Le prometí ocuparme. Pero nunca moví un dedo para acercarme a ella. Porque quien no estaba en condiciones de sufrir un nuevo revés en la cruzada rutinaria de sacar adelante la compleja existencia del viejo, era yo.
Por suerte se olvidó bien pronto de la propuesta del trabajo. Comprendió que por aquellos días las urgencias estaban centradas en otras cuestiones.
Más tarde fuimos retomando el tema, cuando el clima de nuestra convivencia nos daba lugar a relajarnos, a distendernos a pesar de la acumulación de amarguras que íbamos cosechando con el correr de los días.
El constante desandar por los antiguos papeles que recreaban parte de su pasado personal, de su familia y de los reconocidos personajes de la historia a quienes dedicó tantos esfuerzos, a ambos nos servía de terapia.
A Lolei se agradaba indagar en ese pasado glorioso del que era parte y se sentía muy a gusto ejecutando su rol de narrador. Creo que también le servía para redescubrirse en sus años de juventud, cuando la vida lo conducía hacia intereses que ahora resultaban mustios e innecesarios.
A mí, en cambio, me servía como ejercicio para cultivarme de  saberes ignorados y un pasatiempo para resistir a los momentos difíciles que estábamos viviendo. Y fue útil para la revelación de otras instancias transcendentales de su vida.
En sus obras pretéritas se hallaba parte de su historia, la que quería recordar pero también la que anhelaba olvidar. Y en ese espiral nos encaramábamos los dos con el simple fin de sobrellevar el presente. Para uno y para otro la revisión cumplía significados disímiles y ahora no dudo que él fue cosechando más alegrías que tristezas en ese infausto ejercicio de remover la memoria.
Todo tiempo pasado fue mejor: nadie como él para probarlo.
El descubrimiento de esos archivos me ayudó a instalar temas de conversación que se extenderían por varias jornadas. Sin quererlo, fui proponiendo una suerte de circuito escolar: un día, una tarde, cualquier noche, yo me mostraba interesado por tal o cual personaje; entonces Lolei se abocaba a preparar minuciosamente una suerte de clase que me impartiría en el próximo encuentro.
En sus horas de soledad, cuando yo dedicaba mi tiempo a mis obligaciones, él juntaba todo el material a su disposición, repasaba datos, reunía recortes y escritos, alimentaba su memoria, y cuando volvíamos a juntarnos, por lo general a la hora de la cena, yo me sentaba frente a él y me dedicaba a escuchar las lecciones que me había preparado.
Ese método nos ayudó a acortar varios días, varias semanas de aprendizajes y distracciones.
Uno de los trabajos más extensos de su frondosa valijita estaba dedicado a Florencio Monteagudo, militar de destacada actuación y antepasado directo de quien fuera su esposa. Fue el primero de la lista de desconocidos ilustres con el cual me entretuvo varias noches, entre cigarrillos y copas.


El coronel Florencio Monteagudo tuvo su homenaje en 1968. “Para mí fue un reconocimiento merecido”, opinó Lolei. Yo no aprobé su entusiasmo. Él siguió: “Por disposición del ministerio de Educación de la provincia, adonde yo trabajaba en ese momento, se impuso su nombre a la Escuela N° 28 de La Providencia, un pequeño pueblo ubicado en el partido de Olavarría”.
“Con la imposición del nombre de Coronel Florencio Monteagudo a una escuela se rinde homenaje a un argentino vinculado al sentimiento de la población de Olavarría por sus méritos en la acción de la conquista del desierto y por sus virtudes de vecino ejemplar”, dice la resolución firmada por el ministro Alfredo G. Tagliabue en la Resolución N° 09132, con fecha del 23 de octubre del 67.
-Yo ya había hecho un aporte sobre la vida de Monteagudo, considerado valioso y publicado en el diario El Popular en abril de ese año. El texto acompañó el expediente que solicitaba la autorización para la distinción.
Me alcanzó la hoja del diario, tamaña sábana y amarillenta por el paso de los años. Le dije que el artículo era demasiado extenso y la letra, ilegible. El desplegó otra hoja, donde constaba el anuncio del acto. Pero no me lo dio. De inmediato lo dobló y guardó.
-El acto fue un domingo por la mañana y acompañó una multitud. Estuvieron autoridades de la ciudad, gente de Educación, alumnos, padres, pobladores. El himno nacional fue ejecutado por la Fanfarria del C-2. Después un ex alumno leyó la resolución del ministerio. Se descubrió una placa en la entrada del edificio, a cargo de los padrinos del establecimiento. Fueron Amalia Lacroze de Fortabat, en representación de la cantera Cerro Negro, junto a Marta del Valle, sobrina, y Lola, nieta de don Florencio. El cura de Sierras Bayas bendijo la placa y habló la directora de la escuela, Edith Pelloni de Kees. Después se leyó una carta enviada por Abel Monteagudo Tejedor, hijo del coronel Florencio Monteagudo y tío de Lolita. Para terminar, actuaron alumnos y volvió a actuar la Fanfarria. Yo acompañé a Lola y a Marta en carácter de descendientes del coronel. Formamos parte de una comitiva invitada para la ocasión. El día anterior visitamos el diario El Popular, donde reconocieron mi aporte. En las dos jornadas que estuvimos en Olavarría tomé contacto con gente del lugar que contó algunas historias del coronel en su estadía en la ciudad.
Más tarde encontré el recorte de El Popular que anunciaba la realización de la ceremonia. Comprobé que el relato de Lolei se ajustaba de forma notable al programa de actividades previsto. Admiré su memoria. Pero hubo un párrafo de la noticia que me llamó la atención: bajo el título de “Arribo de descendientes del Cnel. Monteagudo”, se contaba que “ayer en horas de la tarde visitaron este diario la señorita Marta del Valle, la señora Lola Monteagudo Tejedor de Cavalcanti y el doctor Hugo Cavalcanti Palacios, sobrina, nieta y nieto político del coronel Monteagudo. Los citados descendientes del prócer asistirán al acto de imposición del nombre a la Escuela N°28”.
Descubrí una impostura que preferí no comentar al viejo para evitarle dar explicaciones: el muy ladino se hacía llamar “doctor”. Luego comprendí que tal falsedad no era casual, sino más bien un recurso de grandeza ajustable a sus pretensiones. Ya se sabe que un “doctorado” otorga prestigio, sobre todo a quienes no lo ostentan.
Dime de qué presumes y te diré de qué careces, reza un axioma popular. Empezaba a entender ciertos cacareos de mi amigo.



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(XXIX)

Para: Hugo Cavalcanti Palacios
Academia de Idiomas Gref
Calle Santa Engracia 62 4°
Madrid – España

De: Alan Rogerson
Chez Pazinette
Cidex 307/1
33950 – Lège-Cap Ferret
France

27 Juillet 1984
Querido Hugo:
Antes de todo perdona la mala carta que te escribo pero estoy en el hospital, sufriendo mucho. No te enojes por las demoras. Te explicaré detenidamente lo que me pasó, pues en este momento ando mal de salud. Tengo el cuerpo escayolado hasta la cintura, parezco un monstruo.
Iba en bicicleta. La dejé en el bar donde había estado dos días antes y me había cogido un pedo fenomenal. Cuando recuperé la bicicleta no había bebido nada. Recorrí unos doscientos metros y de repente un coche, conducido por un alemán, me atropelló. Él venía hablando con su mujer cuando ocurrió el accidente. Reconoció que la culpa fue suya.
No sentí nada. Yo estaba en el suelo, con el cuerpo roto, sangre por todos lados. Me llevaron al hospital, me radiografiaron. Tenía el cuello fracturado, y también la pierna. Me pusieron una escayola y deberé soportarla durante los próximos 3 meses. El médico me dijo “casi quedaste tullido”. Afortunadamente no me hará falta una silla de ruedas; tuve mucha suerte. Ahora ando con muletas porque tengo la pierna fracturada y la pantorrilla jodida.
La gente se ha portado muy bien, me brindaron la mejor atención. Ahora no sé qué haré. Tal vez vuelva para Inglaterra. De todas maneras, deberé estar al menos un mes aquí. Tengo que volver al hospital a realizarme más estudios. Calculo que estaré en Madrid en noviembre o en enero, no lo sé.
No puedo mover la cabeza, y si la muevo corro el riesgo de quedar tullido para siempre. No hagas caso a la carta anterior que te escribí. El dolor me impulsó a escribir guarradas. Lo siento mucho porque eres mi mejor amigo y te quiero mucho. No soy una persona muy paciente y esta escayola me jode mucho. Pero la aguanto y no dejo comerme el coco. Además, tengo un walkman, que es un pequeño magnetófono con el cual puedes moverte a todos lados. El problema es que gasta muchas pilas.
Por lo visto, no recibiste las tres cartas que te mandé. Sabes, respecto a las cosas sencillas de la vida, no creo que los españoles no sean muy competentes. Recibí una carta de Rob con una foto de la cría, es muy bonita. Cuando vuelva al hospital preguntaré al doctor si puedo pasar algunos días en España contigo. Ojalá me dé permiso.
Sé que esta carta contiene muchos errores, pero compréndeme, tengo pereza y además me cuesta inclinar la cabeza. Escríbeme pronto, querido amigo. Un gran abrazo
Alan

PS: No escribas ‘zip postal’, porque no tiene significado; ‘zip’ significa un cierre de pantalón. Lo que tú quieres decir se escribe ‘post code’

PS1: Cuéntale a Pepé lo que me pasó. Dale mis saludos. Recibí una carta de Kate Devine y me preguntó por ti. Escríbeme pronto. ¿Así que hiciste reír a la gente en la fiesta? ¿Qué has hecho, mostrar la polla?

lunes, 18 de enero de 2016

Lolei. Memorias de lo inconfesable (27)


CAPITULO
27

Los arduos trabajos de investigación de Lolei también fueron dando sus frutos. El primero que vio la luz fue un artículo publicado el domingo 9 de abril de 1967 en el diario El Popular de Olavarría, en adhesión al centenario de la ciudad y se tituló “Apuntes biográficos del Teniente Coronel Don Florencio Monteagudo”.
El texto, bastante extenso, ocupaba una página entera del matutino y estaba acompañado por una imagen fotográfica del militar. La misma nota, aunque abreviada, aparecería años más tarde, en la edición del viernes 19 de noviembre de 1985 en el diario El Día de La Plata, bajo el título “El Comandante Monteagudo – Un vecino de principios de siglo”.
El artículo firmado por Lolei narra lo siguiente:



Nació en la pequeña villa de Nuestra Señora de los Dolores (Dolores, provincia de Buenos Aires), el 7 de noviembre de 1852. Era hijo del coronel Juan Florencio Monteagudo y Echeverría, porteño, descendiente de la familia del doctor Bernardo Monteagudo. Su madre, doña Isabel Valdivieso, era santafesina, hija de padres chilenos y perteneciente a una de las familias más aristocráticas del país trasandino. El historiador Angel Justiniano Carranza la recuerda en su libro “La Revolución de 1839 en el sur de Buenos Aires”, al referir los acontecimientos revolucionarios que tuvieron lugar en aquella zona durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas: “…Esa misma noche, no encontrándose tela celeste para embanderar el pueblo, merced a un prodigio de actividad y abnegación, se tiñeron con añil varias piezas de bramante, por las patriotas señoras Benita Sánchez de Calvento (hermana del juez de Paz), Melchora de Valdivieso y sus hijas Marta y Laureana, su nieta Isabel, joven de peregrina hermosura, y otras damas; de manera que antes de las 24 horas más de 500 banderas flameaban al viento.”
Casada en primeras nupcias con el coronel Narciso del Valle, tuvo de éste tres hijo: José, Aristóbulo y Delfor del Valle. Al quedar viuda contrajo nuevamente matrimonio con el coronel Monteagudo y Echeverría, el 5 de junio de 1850. De este matrimonio nacieron además de Florencio, tres niñas: Ana, Rita e Isabel. Unidos por un gran afecto, los hijos de ambos matrimonios de doña Isabel Valdivieso se consideraron verdaderos hermanos en todo momento.
El 14 de junio de 1853 Florencio Monteagudo fue bautizado en la Iglesia de Dolores, siendo sus padrinos don Nicolás Coronel y doña Mercedes Somalo y Cires de Coronel. Junto con sus hermanos, Florencio pasó su primera infancia en el pueblo natal, donde realizó los estudios primarios. El 24 de enero de 1868 fallece su madre. En el libro 8, Folio N° 594 del Libro de Defunciones de la Parroquia de Ntra. Sra. de los Dolores (Dolores, provincia de Buenos Aires)se registra la siguiente partida:
“En veinte y cuatro de enero del año del Señor de mil ochocientos sesenta y ocho, el infrascripto Cura de esta Parroquia de Dolores dio licencia para sepultar el cadáver de Isabel Valdivieso, viuda de Juan Monteagudo, de cuarenta y dos años de edad, natural del país, domiciliada en el cuartel primero, que murió el día de hoy de cólera, testimonio de Julio Pereyra, de veintisiete años de edad, domiciliado en el cuartel primero, y de Manuel Pereira, de treinta y siete años de edad, domiciliado en el cuartel dos. Recibió los Santos Sacramentos. Hizo testamento, por señal de verdad lo firmamos: el Cura de la Parroquia, Manuel María Erausquín. Testigo: Manuel Pereira.

Revolución del 73
Su profunda vocación militar lo llevó a ingresar al ejército luego de concluir sus estudios secundarios en Buenos Aires. En el año 1873 fue dado de alta como oficial y con el grado de Teniente 1°, formando parte del Regimiento 4 de campaña que marchó a ocupar la frontera norte de Buenos Aires, prestando servicios en el fortín “Lavalle Norte”, a las órdenes del coronel Próspero Norri desde setiembre de ese año hasta el 1° de setiembre de 1874, fecha en la cual fue transferido al Regimiento 1° de Caballería de línea en Nogoyá (provincia de Entre Ríos)
En ese año de 1873 llegaba a su término la presidencia de Sarmiento. El ambiente político convulsionado presagiaba violencias inminentes. Acusados de fraudulentos los comicios presidenciales que consagraron la fórmula encabezada por el doctor Nicolás Avellaneda, no tardó en producirse un movimiento revolucionario, cuyo estallido ocurrió el 24 de setiembre de 1874, asumiendo la dirección del mismo en las provincias del interior el general Arredondo.
El gobierno nacional designó al general Julio Argentino Roca para sofocar la insurrección y este se dirigió con sus tropas al encuentro de Arredondo.
El Teniente 1° Monteagudo integraba  las tropas al gobierno comandadas por el general Roca, participando así en su bautismo de armas en defensa de las oficialidades de la Nación. El 2 de noviembre tomó parte en la batalla de Villa de la Paz, en la provincia de Mendoza, y el 7 de diciembre  en la de Santa Rosa, librada en la misma provincia. Sofocado el movimiento revolucionario, la valentía y arrojo mostrados por el Teniente 1° Monteagudo durante ambas jornadas le valieron la recomendación de sus superiores y el ascenso a Capitán, el 18 de diciembre de ese mismo año.
El diploma de ascenso, junto con otros dos más, fue obsequiado al Museo Histórico de la municipalidad de Dolores “Los Libres del Sur” por Don Luis Monteagudo Tejedor, hijo del militar.
Transferido al Regimiento 6° de Caballería de Línea, expedicionó a las órdenes del coronel Octavio Olascoaga hasta la provincia de Catamarca, desempeñando a su paso por Santiago del Estero “varias comisiones de importancia”, según consta en su foja de servicios. Pasó poco después a la primera línea de la frontera con el Chaco, a las órdenes del coronel Mariano Obligado y después a la segunda línea “La Soledad”, donde fue nombrado jefe del fuerte “Sunchales”, jefatura que desempeñó  hasta 1878.

En la frontera bonaerense
El 5 de setiembre de 1878 es ascendido al grado de mayor, teniendo en cuenta los relevantes méritos que nuevamente acreditan sus superiores. En ese mismo año pasa con su cuerpo a Carhué, en la frontera sudoeste de la provincia de Buenos Aires, haciendo desde allí las expediciones que preparaban la Campaña del Desierto, bajo las órdenes del teniente coronel Freyre.
Refiere el historiador Juan F. Lázaro en su estudio sobre “El origen y la evolución del partido de Adolfo Alsina”  que esas tierras, en el año 1876, continuaban fuera de la línea de frontera con los indios, pero que en el transcurso del siguiente año habrían de ser incorporadas definitivamente a la civilización. El 23 de abril de 1876 el coronel Nicolás Levalle hizo construir un fuerte sobre las barrancas del lago Epecuén, al que dio el nombre de General Belgrano y en el cual estableció la comandancia de las tropas a su cargo. En las adyacencias del fuerte se fundó un pueblo cuya pierda fundacional fue colocada el 21 de enero de 1877 y que se llamó Adolfo Alsina. A fines de 1878 un grupo de militares y vecinos presentaron un petitorio al gobierno, solicitando que se declarase al pueblo cabecera del partido y que se nombrara un comisario y un juez de paz, por cuanto el desarrollo alcanzado por la población así lo requerían. Y se advertía que en una próxima fecha en que debían marchar las tropas que constituían la guarnición “podían quedar los vecinos sin autoridad alguna y librados quizás a muy enojosas circunstancias”.
El mayor Monteagudo fue uno de los firmantes de este petitorio elevado al gobierno, cuyo texto y nómina de solicitantes inserta el historiador Lázaro en el estudio mencionado.
Durante la Campaña del Desierto, consta en la foja de servicios existente en el Ministerio de Guerra que “el general Levalle le confió durante la misma comisiones de peligro y confianza, por las cuales y por los hechos  de armas en que se ha encontrado, ha merecido recomendaciones especiales” (sic)

La batalla de Remecó
En la localidad de Remecó (departamento de Guatraché, provincia de La Pampa), tuvo lugar una de las más encarnizadas batallas contra los indios. Allí el mayor Florencio Monteagudo pudo demostrar no solamente su temeridad sino también su extraordinaria actitud como militar. El coronel Juan Carlos Walther, en su obra “La Conquista del Desierto”, refiere este encuentro en estos términos:
“…Ante la noticia que en la laguna Remecó se hallaba el capitanejo Lemir con sus indios, el teniente coronel Herrero dispuso que el mayor Florencio Monteagudo tratara de caer a la brevedad con una pequeña fuerza sobre sus tolderías, mientras que el resto de la columna lo seguía de cerca para apoyarlo oportunamente. El mayor Monteagudo llevó sobre sus enemigos una violenta e impetuosa carga, a pesar de ser allí las indiadas en proporción de 4x1 contra los nuestros. Los despedazó en todas partes donde obstinadamente trataran de hacer pie alentados por su mayor número, causándoles 27 muertos, muchos heridos, y tomándoles prisioneros mucho mayor número de indios y chusma que lo apresado en la primera toldería, como así también varias lanzas y armas de fuego. Los indios algo rehechos después de su derrota atacaron las tropas del mayor Monteagudo, pero avistando el resto de la columna del teniente coronel Herrero, se retiraron”.
Antonio G. del Valle en su libro “Recordando el pasado – Campañas por la civilización”, destaca también la brillante actuación de Monteagudo en la batalla de Remecó, subrayando la superioridad numérica –cuatro veces mayor- de los indios.}
Al día siguiente, 26 de enero, participó en otra batida similar en la localidad de Marecó, distante algunas leguas de Remecó. En esa oportunidad, se sumó a la inferioridad numérica de los soldados una terrible tormenta de viento y lluvia en medio de la cual se realizó el combate, que culminó con un nuevo triunfo para el ejército. Allí resultó muerto el capitanejo Lemor, cuyas indiadas fueron deshechas.
El coronel Olascoaga transcribe en su obra “Estudio topográfico de La Pampa y Río Negro” una carta que fuera enviada al general Nicolás Levalle, y cuyo original se encuentra en el archivo del Ministerio de Guerra. La esquela dice:
“Carhué, 29 de  enero de 1879. Muy grato me es participar a V.S. que la comisión del mayor Herrero que dejó ordenada V.S. a su retirada de aquí y que yo despaché el 18 del cte, ha dado el más espléndido resultado, pues habiendo batido a los salvajes  por tres veces consecutivas les ha causado 272 bajas… El mérito de esta operación V.S. sabrá justamente apreciarlo, pues en los combates reñidos hasta el piquete de infantes tuvo que contener con su nutrido y certero tiro a los salvajes, que con obstinación poco usada desde hace tiempo, hacían el ataque de nuestras fuerzas.
Al felicitar a VS muy cordialmente por el éxito de la jornada, debo recomendar especialmente el valor y excelente disposición del sargento mayor D. Benito Herrero y el mayor graduado Florencio Monteagudo y demás oficiales de la tropa que de ella han participado… habiendo tenido que batirse contra cuádruple número de enemigos.
Dios guarde a V.S. Clodomiro Villar. Jefe interino de la División Carhué”

Una misión difícil
En el mes de junio, dice el coronel Walther en el libro antes mencionado, Monteagudo integraba la segunda división que tenía por destino la región de Traru-Lauquen (hoy partido de General Acha, La Pampa). De acuerdo con el plan de operaciones trazado, Levalle, a medida que fuera avanzado iría dejando cada tanto pequeñas partidas o piquetes que servirían de enlace hasta Carhué. El propósito era explorar las sierras de Lihuel-Calel como así también el río Chadí-Leuvú (Salado). Iniciaron la marcha el 1 de junio, llegando el día 4 a Leuvucó. Allí levantaron el primer fortín y reiniciaron el avance tres días después. El día 11 Monteagudo encabeza una pequeña expedición, la cual consta en el diario de operaciones del general Levalle: “A las 6 pm mandé al mayor del Regimiento 6° de Caballería D. Florencio Monteagudo con 20 hombres a Utracán, distante 10 leguas de este punto, con el objeto de batir sus alrededores”.
Mucho  debía conocer Levalle las condiciones de este oficial para enviarlo a realizar una batida de salvajes que por su indómita belicosidad habían despedazado tropas mucho más numerosas que los escasos 20 hombres con que Monteagudo contó en dicha oportunidad.
Con razón habría de decir años después un diario: “Monteagudo combatía al frente de sus tropas si las había, o con dos soldados, o con uno, y hasta solo; a caballo o a pie, con espada, sable o lanza según la circunstancia. Atacaba serenamente resuelto y daba o recibía mandobles sin mirar para atrás, como los antiguos caballeros” (El Popular, 1 de julio de 1908)
Las tropas siguieron avanzando. Habiendo llegado a las tierras de Lihuel-Calel, acamparon allí hasta el día 18 de junio. Refiere el coronel Walther que el propósito no era sólo explorar la región, sino también hacer una batida sistemática de las márgenes del río Salado y la costa norte del Colorado, en cuyos densos montes se ocultaban las guerreras indiadas de Namuncurá, que habían reclutado un grupo considerable de ranqueles.

Tres caciques bravíos
Monteagudo, al frente de un puñado de hombres, inició un avance exploratorio desde Lihuel-Calel y en dirección al paso del Salado (próximo a la desembocadura del río Curicó en el Colorado). A poco de andar descubrió una indiada con la cual se trabó en lucha, consiguiendo no sólo triunfar sino también capturar –según Walther- a los tres más bravos caciques de los Pampas: Namuncurá, Agneer y Querenal. Estos habitaban la región de las sierras de Choique-Mahuida, siendo salteadores y asesinos de las tribus vecinas. Sustentando sus ideales, Agneer y Querenal defendieron tenazmente con su vida –continúa refiriendo Walther- las tierras que creían pertenecerles. En su informe, el mayor Monteagudo sostuvo que “Agneer y Querenal han muerto con una lanza en la mano y un puñal en la otra, defendiendo con el celo de una pasión salvaje el desierto que creían dominar eternamente”.
Nombrado nuevamente por Levalle para combatir a los indios, los alcanzó y batió en Chadelcofú, matando a los indios que se negaban a rendir.

La insurrección de Tejedor
En el año 1880 una nueva lucha fratricida vuelve a conmocionar al país.
 El gobernador de la provincia de Buenos Aires, Dr. Carlos Tejedor, se levanta contra el gobierno nacional. El presidente Avellaneda se ve obligado a trasladar provisoriamente la capital de la República al municipio de General Belgrano, decretando la intervención de la provincia insurrecta. Por su parte, Tejedor declara a Buenos Aires en estado de defensa, y Nación y Provincia inician inmediatamente sendos aprestos militares.
En esta oportunidad, el mayor Florencio Monteagudo, nombrado segundo jefe del Regimiento 12 de Caballería, peleó también en defensa del gobierno nacional. Consta en su foja de servicios que combatió en la jornada más sangrienta de esta insurrección: el combate de Puente Olivera, cuyas alternativas narraría tiempo después el propio doctor Tejedor en su obra “La defensa de Buenos Aires”.
Monteagudo marchó luego con su regimiento a la intervención de la provincia de Corrientes.
Merece destacarse esta eventualidad por cuanto Monteagudo combatió contra las fuerzas leales al gobernador aún cuando su casamiento con Dolores Tejedor (sobrina carnal del gobernador bonaerense) estaba próximo a celebrarse.
Supo así cumplir con su deber de militar honesto a carta cabal y por encima de ambiciones personales o mezquinas apetencias: “Los cinco galones que ostentaba sobre su kepí y llevaba con orgullo sobre su cabeza venerable los tiene bien ganado”, publicará El Popular el 18 de julio de 1908.
Que el doctor Tejedor supo comprender la actitud de Monteagudo y valorarla es prueba elocuente, en tanto que al año siguiente, el 24 de agosto de 1881, fue conjuntamente con su esposa Da. Etelvina Ocampo, padrino de casamiento de su sobrina. La boda se celebró en la Iglesia Nuestra Señora de Balvanera. Los padrinos de Monteagudo fueron su hermanastro, doctor Aristóbulo del Valle, y la esposa de éste, Julia Tejedor de del Valle (hermana de Dolores Tejedor). Más aún, el doctor Tejedor pidió expresamente a su sobrina que los hijos que tuviera agregaran al apellido paterno (Monteagudo), el de Tejedor, materno, deseo que los descendientes cumplieron.
Enviado algún tiempo después a la frontera norte de Santa Fe en carácter de Jefe Accidental de la misma, Monteagudo desarrolló allí una labor sumamente eficaz y proficua. No solamente organizó expediciones que batieron numerosas indiadas salvajes, sino que también hizo levantar buena cantidad de fortines en defensa de la colonia Presidente Avellaneda, situando Monteagudo la comandancia de sus fuerzas en la localidad de Avispones.
Al estallar la revolución de 1890 consta en su foja de servicios que permaneció destacado en Olavarría a las órdenes del gobierno nacional.

Sus últimos años
Ascendido a teniente coronel por la valiosa labor que realizara en la frontera de Santa Fe, no pudo permanecer mucho tiempo más en servicio activo, pues como años después diría de él el doctor Drago frente a el ataúd de Monteagudo: “A medida que se acercaba el lauro con que posterioridad debía orlar su frente, la vida de privaciones que entonces caracterizaba a los campamentos, que no tenían más techo que la bóveda celeste, ni otro abrigo que el que le proporcionaban las ramas de arbustos raquíticos, le generó una dolencia fatal”
Retirado de la vida militar se radicó con su familia en la ciudad de La Plata a principios de siglo. Allí adquirió una hermosa casona en la calle 6, en el solar donde posteriormente se levantó el moderno edificio del Colegio Eucarístico. Pasó sus últimos años dedicado a tareas rurales en un campo que poseía en copropiedad con su hermano, el doctor Aristóbulo del Valle y don Mariano Demaría. Falleció el 30 de junio de 1908.
Los diarios más importantes de Buenos Aires y de La Plata destacaron desde sus columnas la muerte de este distinguido militar. El sepelio de sus restos fue una imponente manifestación de duelo, congregándose en la Iglesia de San Ponciano, donde se realizó una misa de cuerpo presente, una concurrencia que colmaba las naves del templo. Personalidades y distinguidas figuras de la sociedad porteña y platense se hicieron presentes: el arzobispo de La Plata, monseñor Francisco Alberti, José Camilo Crotto, Delfor del Valle, Raymundo Salvat, coronel Ramón Falcón, Mariano Demaría, Julia Tejedor de Del Valle, Luis Monteverde, Horacio Oyhanarte, José Abel Verzura, Julio Arditi Rocha, Juan Vilgré Lamadrid, entre otros.
El diario “La Voz de la Iglesia” publicó la siguiente nota necrológica: “Ha caído uno de nuestros más gloriosos soldados que ha dado brillo y renombre a las armas argentinas, al par que dignificó con una vida honesta de creyente sincero la sociedad en que vivió. Descendiente de patricios, supo llevar su apellido limpio y digno del origen… Dios premie las virtudes del meritorio soldado que tan señalados servicios ha prestado a la sagrada causa y a la patria”.
NOTA: Las hermanas Dolores Tejedor de Monteagudo y Julia Tejedor de del Valle (esposas de Florencio Monteagudo y Aristóbulo del Valle, respectivamente) pertenecían a una antigua y distinguida familia avecinada en el Río de la Plata desde las tempranas épocas del virreinato. Muchos de sus miembros ocuparon meritorios y expectables cargos en el Gobierno y el Ejército, como el teniente coronel Miguel Tejedor, jefe del Cuerpo de Blandengues de la Frontera; Antonio Tejedor, alférez combatiente durante las invasiones inglesas y militar de la Independencia, recordado por Ángel Justiniano Carranza en su obra “Bosquejo histórico acerca del doctor Carlos Tejedor y conjuración de 1839”; Dionisio Tejedor, capitán del ejército del General José María Paz, de quien era Ayudante de Campo y cuya trágica e injusta muerte relata el mismo general Paz en sus “Memorias” y Domingo F. Sarmiento en “Facundo”; Nicolás Tejedor, joven fogoso y enemigo del entonces gobernador Juan Manuel de Rosas, y en cuyo domicilio –dice Carranza en el libro antes mencionado- solía reunirse el Club de los Cinco que complotaba contra Rosas, y uno de cuyos integrantes era el doctor Tejedor. Este último, años después alcanzó la primera magistratura bonaerense, cargo en el cual lo había precedido su pariente, D. Pastor Obligado, primer gobernador constitucional de la provincia de Buenos Aires. Julia y Dolores Tejedor eran hijas del doctor Martín Tejedor y de Da. Jerónima Monterroso (prima hermana de Ana Monterroso, esposa del general Lavalleja). Huérfanas a temprana edad, fueron criadas por Carlos Tejedor y su esposa Etelvina Ocampo.
Los hijos del teniente coronel Florencio Monteagudo y Dolores Tejedor son Dolores Monteagudo Tejedor de Marziali; Luis (casado con Mariana Irma Martínez Alchurrut); Carlos (casado con María Esther López Merino) y Abel (casado con Elsa Ardigó).

Para completar la información, no está de más apuntar que del matrimonio entre Luis Monteagudo Tejedor y Mariana Irma Martínez son hijos Luis Alberto Monteagudo Tejedor (casado con Miriam Mirambell) y Lola Irma Monteagudo Tejedor (casado con Hugo Lionel Cavalcanti Palacios).  Esta última boda se celebró el 30 de enero de 1963 en La Plata, siendo los testigos las señoritas Corina Galarregui y Alicia Fabregat por la novia y el doctor Luis Monteagudo Tejedor (h) y el señor Alberto Palacio por el novio. La ceremonia religiosa fue el 1 de febrero en la Parroquia San Ponciano. Fueron los padrinos la señora Florentina Rosario Palacios y el señor Luis Monteagudo Tejedor.

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(XXVII)

Para: Hugo Cavalcanti Palacios
Academia de Idiomas Gref
Calle Santa Engracia 62 4°
Madrid – España

De: Alan Rogerson
Les Viviers
Claouey
33950 - France

1 Juin 1984
Querido amigo:
Gracias por tu carta, la recibí esta mañana. Siento que hayas tenido problemas con Josefina y con Julio. Espero que se resuelva pronto.
Estoy en el bar con un café, no beberé alcohol esta tarde, ya que anoche fui a una fiesta. Todo era gratis, así que cumplí con mis obligaciones y cogí un pedo fenomenal. Volví a las 3 de la madrugada, me levanté a las 8 con una resaca que ni veas. En la fiesta me puse a hablar con un tío y tu nombre surgió. Este señor me dijo “mais oui, Monsieur Cavalcanti, il est le pire professeur de l’Academie, n’est-ce pas? Il ne donnera jamais de cours a mes enfants, aux elections en France pour élire le pire professeur d’Espagne, moi et beuacoup beuacoup de gens avons vote pour lui, les enfants dorment bâillent y ronflent pendant ses cours en plus d’est toujuors pété” ¿Qué te parece, tío? Eres conocido en Francia también.
Acabo de terminar de trabajar, estoy muy cansado. Dime, Hugo, ¿cuáles son tus planes respecto a este empleo en la Embajada Argentina? ¿Estarás en Madrid o en otro sitio? Porque si te vas, quizás no te vuelva a ver nunca más y me dolería mucho. A veces pienso que un día iré a tu país, comeré con tu familia, y después de la comida yo te diré: “¿Hugo, te apetece dar una vuelta?”, y vamos de cabeza al bar y nos cogemos una tajada gorda.
Estoy soñando, como siempre, pero a mí gusta soñar de vez en cuando. Sé que los sueños casi nunca se realizan.
Cuando Josefina te dice esas cosas no le hagas caso, no me jodiste la vida. Cuando estuve en Madrid, gracias a ti la pasé mejor y además me diste mucho dinero, que te debo. Para mí no es importante, sabes que no le concedo importancia a la pasta. Lo importante fue tu amistad y tu afecto, que no olvidaré jamás. Y otra cosa: si no hubieras sido mi amigo, habría bebido la misma cantidad de alcohol, solo o con otra persona. Así que no te preocupes, si pudiera yo haría exactamente lo mismo con la misma persona: tú, mi amigo Hugo. Ya está.
Para terminar, te pediré un favor. Te lo pagaré, claro. ¿Me puedes mandar un paquete de Bisonte, el periódico El País y, si puedes, un plano del Metro? Si no puedes no te preocupes. Te mando un abrazo fuerte fuerte. Cuídate y escríbeme pronto
Alan

jueves, 7 de enero de 2016

Lolei. Memorias de lo inconfesable (26)


CAPITULO
26

Los nuevos intereses sociales le llegaron al viejo de la mano de su unión con Lola Monteagudo Tejedor, con quien se había casado el 31 de enero de 1963 en el Registro Civil de La Plata y un día después en la Parroquia San Ponciano. Los esponsales celebraron su luna de miel en Mar del Plata, debido al poco tiempo que disponían para reincorporarse a sus respectivas obligaciones. No hubo noche de bodas a la manera tradicional.
La veta artística y el interés por el estudio de los antepasados se fueron mezclando con una llamativa escrupulosidad y el trabajo por recabar datos perdidos de la historia familiar fue creciendo durante sus primeros años de matrimonio, de la mano con la inestabilidad de la pareja. Sin embargo, para esta tarea contaba con la invaluable colaboración de su cuñado Luis. Fue él en realidad quien lo había entusiasmado. Y Lolei aprovechó el impulso de las valiosas averiguaciones que Luis tenía archivadas desde antes de conocerse.
Tiempo más tarde, cuando las cosas parecían estar mejor, hasta Lola se sumó al grupo de investigadores y supo interesar a viejos amigos historiadores y genealogistas en la empresa de buscar reseñas y testimonios de su propia familia. Pero el mayor aliento hacia la operación siempre llegó de parte de Lolei.
El panorama laboral mejoraba, y también su matrimonio. Las crisis seguían pero ya no con tanta frecuencia. Ninguna llegó al punto de repetir el día de la tetona.
El primer día del año 67, fue ascendido al cargo de Jefe de División de Programación (tipo B) del Departamento de Coordinación y Control de la Dirección de Radiotelevisión Educativa del ministerio de Educación de la provincia de Buenos Aires. El gobernador de facto Francisco Imaz dirigía la provincia y el dictador Juan Carlos Onganía gobernaba la nación.
-Fue un alivio en varios aspectos-, reconoció el viejo.
Mientras tanto, la carrera de Abogacía seguía en pie: a fines del 66 logró aprobar Derecho Procesal II y al año siguiente se eximió en Derecho Comercial II y Derecho de la Navegación. Avanzaba poco a poco, sin apuros pero sin abandonar, estudiando en los pocos momentos que sus numerosas actividades se lo permitían.
Lo que nunca lo abandonaban a Lolei eran los miedos. Ya no sus antiguos miedos a la muerte, a la soledad, a la indiferencia, al encierro, a la oscuridad, esos temores que lo acompañarían hasta su último suspiro. Ahora nacía uno nuevo, de naturaleza artística. Uno que sufren la mayoría de los hombres y mujeres que deciden un día convertir el ejercicio de las letras en parte de sus vidas. Miedo a ser malos, miedo a no ser reconocidos. Miedo a que sus esfuerzos queden en el olvido. Miedo al ridículo. Miedo al fracaso. Miedo al desprecio. Miedo a sentirse solo, a saberse incomprendido. Pero sobre todas las cosas, miedo a ser mal escritor. Miedos irracionales, en definitiva, pero lo suficientemente poderosos para conformar una burbuja tóxica en un ambiente dominado por las apariencias. Entonces lograba contrarrestar los miedos con las apariencias. Y en el torbellino de un círculo vicioso de simulaciones y dudas, tomaba oxígeno en los comportamientos mundanos y macanudos, mientras respiraba en su interior un aire intimidante y receloso. Intuía que el miedo paraliza y no estaba dispuesto  a dejarse dominar.
Si el miedo a ser mal escritor trasponía las fronteras e invadía sus numerosos proyectos, sabía que estaría perdido. Fue tal vez la única gran batalla que activó para mantenerse a flote.
Y en cierto modo, con altibajos y no por mucho tiempo, logró ganar.


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(XXVI)

Para: Hugo Cavalcanti Palacios
Academia de Idiomas Gref
Calle Santa Engracia 62 4°
Madrid – España

De: Alan Rogerson
Les Viviers
Claouey
33950 - France

20 Mai 1984
Querido amigo Hugo:
Gracias por tu carta, la recibí esta tarde. Te respondo enseguida por si mañana tengo pereza.
Siento mucho que no vayas a trabajar a la costa. Julio te ha hecho una putada que no veas, ¿verdad? No le conocía como tú y no creía que fuera una persona rencorosa, pero ¡qué cabrón es! De veras lo siento mucho, tío, porque sé que Bernidorm te habría gustado y que habrías podido ganar unas pelas durante los meses de verano. ¿Ahora qué harás? ¿Te quedas en Madrid durante el verano o vuelves a la Argentina?
Te escribí hace una semana, no creo que hayas recibido la carta. Pues entonces te cuento lo que hago: durante la semana curro mucho y sobre todo no bebo, pero los fines de semana me cojo unos pedos gordos. Voy a un bar a 1 kilómetro de aquí, en bicicleta. La gente ya me conoce. El patrón me invitó y una vez que no tenía dinero me dijo “no te preocupes” (primer paso para el crédito, ¿verdad?)
El fin de semana pasado me enrollé con el primo del patrón; es un buen chaval, de París. Fui a su casa, escuchamos discos. Yo me puse en pedo, por supuesto. Vamos a comprar choco para fumar juntos. Este viernes saldremos con una pandilla de amigos suyos. Me conocen también en otro bar. Los dueños son muy majos y me tutean, algo raro en Francia.
Todavía no he conseguido ligues, dado que no busqué mucho. Casi me enrollé con una chica, una de las que me desnudó cuando yo cogí un pedo gordo. Los dos terminamos en pedo, nos besábamos y al mismo tiempo hacíamos el pasodoble: un paso para atrás, dos para adelante. No quiso follar conmigo. Nos despedimos y ya está, no pienso que vuelva a verla. Qué lástima, ¿no?
Así que tú y Ronnie sois amigos… pues ten cuidado, no me fío de él. No digo que sea mala persona, pero está medio chalado. Vive en otro mundo, un mundo donde la palabra amistad no existe; él nunca podría llegar a ser amigo mío, amiguete sí, amigo no. Lo que te hizo fue una guarrada. Sólo te digo que tengas cuidado, nada más.
Deberías llevarte mejor con Vinicio, él es el profesor más aburrido de la Academia y tú eres el peor profesor. Tenéis muchas cosas en común, así como alumnos bostezando, roncando, durmiendo… Mme. Chardy debería poner un anuncio en El País: “Tengan clases con Hugo el Plomo o con la especialidad de la casa, Vinicio el Patoso”. ¿Qué te parece, amigo?
Te cuento lo que haré después de mi estadía en Francia. Si todo va bien espero estar en Madrid el 16 o 17 de septiembre, pero tengo la posibilidad de un trabajo en el País Vasco, así que no sé. Entonces pasaré dos semanas en Madrid y quisiera pasarlas contigo. Podemos ir a Portugal si quieres. Podría pagarte el viaje, pues espero tener unas 50.000 pesetas cuando llegue.
Otra cosa, muy importante. Si no vas a la costa, empezarás a experimentar los mismos problemas que tuve yo, o sea, falta de clases. Si te encuentras en un apuro quiero que me lo digas y te mandaré pasta. He ahorrado bastante dinero, así que no habrá ningún problema si lo necesitas. La pasta está aquí conmigo, sólo hace falta que me lo digas, ¿entendido?
Me voy despidiendo. Te doy un abrazo muy grande, escríbeme pronto, siempre espero tus cartas

Alan