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sábado, 21 de noviembre de 2015

Lolei. Memorias de lo inconfesable (11)


CAPITULO
11

A los 19 años, Lolei se inscribió para cursar la carrera de Abogacía en la facultad de Derecho de La Plata. Emprendió el viaje tras el Festival de Cine del 54. Vivía con su tía Julia en un modesto departamento sobre calle 10 y comenzó a granjearse un lugar en los círculos más selectos. Mientras tanto, perfeccionaba sus estudios de idiomas inglés y francés, asistía a tertulias con los nuevos y numerosos amigos cosechados en el ámbito universitario. Vivía días de tranquilidad y disfrutaba del bienestar que le otorgaba un pasar económicamente holgado. 
El mayor de los hijos del ya concejal radical Domingo Cavalcanti y la maestra Florentina Palacios iba en camino a acrecentar el orgullo que sobre él cimentaron sus padres y gran parte de su numerosa familia.
Por aquellos días mantenía una nutrida correspondencia con antiguas amistades de su adolescencia en Mar del Plata, algunos de los cuales se quedaron en esa ciudad, en tanto que otros emigraron por razones de estudio. La mayoría de las cartas relataban nimiedades propias de jóvenes recién emancipados y sin mayores intereses que amoríos fugaces o sucesos mundanos que poco aportan a sus intereses intelectuales.
No es éste un dato menor. De esa época proceden los poemas más rematados de un Lolei que se va convirtiendo en un profuso lector y va puliendo sus primeras creaciones. Con el correr de los años, la comunicación con muchos de sus viejos camaradas iría menguando hasta casi desaparecer.
“Te escribo bajo los rayos de un tibio sol primaveral, sentada en mi lecho, admirando el paisaje que me ofrecen el arroyo y las pajas bravas del terreno baldío, mientras mis pensamientos se bullen pa’ acá, pa’acullá, pa’ donde dobla el viento”, cuenta su amiga Leda en una carta enviada desde Mar del Plata. La joven amiga divagaba entre superfluas acotaciones del quehacer terrenal y experiencias de índole más bien frívolas, con alusiones de un  humor y una animosidad rayanas a lo infantil. Con letra negligente y estirada, Leda gastó un par de carillas para notificar sin ampulosidad que acababa de leer una carta enviada a su hermana Delcia; para expresar su confianza de éxito en cierta asignatura que deberá rendir en la facultad; para pedirle que no utilice más el término ‘chuponcito’ porque le da asco; para acusarlo de desgraciado porque no responde a las cartas que le envían sus amigos al tiempo que cuenta, sin ponerse colorado, que entre sus actividades cotidianas juega a la canasta con sus amigos al menos dos horas cada día; para decirle, por eso, que puede irse ya sabe dónde; para tildarlo de engrupido y odioso, y pedirle más modestia a la hora de exigir regalos; para anunciarle que posiblemente se llegue hasta La Plata con el fin de saludarlo por su cumpleaños; para agregar que mientras escribe hay dos caballos que se están haciendo cariñitos; para recordarle que es un engrupido (“de falsas grandezas tapás tu pobreza con falso oropel”, como el tango Porque me das dique), y añadir que ese juicio es en broma pero debería hacerle un poco de caso; para revelarle que se termina la hoja y no vale la pena gastar otra para seguir escribiéndole; para, finalmente, en una posdata al margen y en sentido inverso, notificarle que volvió el Fini, todo tostadito y más churro que nunca.
No menos angustiante son los relatos de Marito Browne, compañero en el Colegio Nacional y camarada de fallidas empresas literarias, ahora en la Capital, también abocado al estudio de Derecho.
Con Marito, recordaría más tarde un viejo y achacado Lolei, compartieron los mejores años del secundario y fueron compinches de no pocas conquistas amorosas.
-La mejor parte la llevaba él porque era más pintón y charlatán, manejaba un Morris que era toda una novedad para la época, y no perdonaba una ocasión con ninguna mujer. No le daba pudor saberse un asqueroso-, se reía el viejo.
“Perdoname si molesto tu atención, superconcentrada en tu amada ausente, con estas vacías líneas”, poetizaba Browne antes de anunciar que su propia vida se deslizaba plácidamente como una góndola por las serenas calles del Venetto, sin líos ni patadas ni incendios. Le cuenta que está alejado del ambiente de las mujeres para poder rehacerse de su última relación, de la cual salió muy maltrecho. Una retirada estratégica, dice Marito. Porque quedó medio turulato del golpe de su contrincante. Y porque no puede reponerse, francamente. Pero promete que en cualquier momento llamaría a Mimí para ir alguna milonga, a ver si tiene alguna amiguita en buen estado.
De aquel pintoresco manojo de recuerdos epistolares, lo más importante se posa en el tratamiento que Marito elucubra sobre la embarazosa trama de desencuentros y tensiones en torno a Lolei y su historia con Helena y Teresa, una historia, por lo demás, de previsible desenlace. Browne ensaya una hipótesis que aclara poco: “Creo que la Negra Tere va al Mallinckrodt. En ese colegio a vos te conocen la Bubuchi, Mabel, Sara, la Negra López, Ivonne y la Bucky. Ahora bien, de todas esas, ¿quién conoce tu historia con Helenita? Indudablemente, la segunda: Mabel. Igualmente, no entiendo qué interés puede tener ella un hacerte daño irreparable y quebrantar tu gran pasión por la Tere. Podría ser peor que la bomba H y Gina Lollobrígida juntas. Bueno sería que ahora, que las cosas van como sobre rieles con la Negra, tengas que romper tu compromiso cuasi matrimonial porque sale a la luz otra vez el asunto de Helenita”
La respuesta de Lolei y los pormenores del intríngulis aún son un misterio para muchos.
Días después, el propio Browne acomete con la respuesta a una llamativa seguidilla de tres cartas en siete días enviadas por el profuso Lolei, entre abril y mayo del 54. La transcripción textual de sus líneas es esclarecedora:

Buenos Aires, 19 de mayo de 1954

Estimado novio oficial de la Negra Tere:
Recibidas tus cartas de los días 30/4/54, 2/5/54 y 6/5/54, y enterándome de su exitoso examen, declaro: me cago en vos. Me congratula que este, tu segundo compromiso del año (el primero fue con…) hayas podido salvarlo sin los tropiezos propios de un bestia como vos. Te felicito en serio por el éxito obtenido e insto a seguir por la senda de la superación para que la honra de tu familia y Mar del Plata toda tengan pronto, muy pronto, un boludo más con título. Así sea.
Continúo: voy a hablar un poco de mí porque si no esto es al fin de cuentas una sarta de boludeces que extractadas no dicen nada. Pero como de mí no hay nada que hablar, pasamos a otro tema. Noticias de la vida porteña no te puedo dar porque, como te conté antes, sigo alejado del ambiente. Con  decirte que recién hace dos días conseguí levantarme una mina, que es una “sierva”, lo único que conseguí en dos meses estando acá.
(Me voy a tomar la leche y sigo. Perdón, pero son las cinco)
Volví. Ahora que tomé el té soy bien peronista. El sábado salí con Antonio, que al final no sigue Medicina sino Derecho. El tipo este se va a pasar toda la vida eligiendo carrera. A Mimí hace como un mes que estoy por llamarla pero nunca la llamo; voy a ver si la llamo ahora para saber si tiene alguna milonga.
Acabo de llamarla pero no estaba porque se había ido a una academia de decoración. Hablé con la flaca Inés; te manda saludos y te felicita por el éxito obtenido.
Quiero aclararte que el día que me llamaste estaba en la escuela; si mal no recuerdo me telefoneaste un día jueves, y precisamente ese día tengo práctica de tiro (Tiro al blanco, con Mauser; no interpretes mal). Así que otro “año” que vengas tratá de que no sea un jueves.
El día que tenga guita (será de acá a veinticinco años) me voy a hacer una escapada a esa hermosa ciudad Eva Perón a pasar un fin de semana. Te avisaré unos días antes para que tengas preparada una fiesta, ¿entendido?
La semana pasada, caminando por Santa Fe, me encontré con… ¡Perla! Estaba más divina que nunca y la muy desgraciada se mandó una sonrisa que me dejó estúpido; te juro que si no fuera por la gente que había me la agarro y la chuponeo de arriba abajo.
Otro tema. Espero que a tu padre todavía no lo hayan detenido como decían… pero como están haciendo unas razzias bárbaras y se la tienen jurada… Yo no sé si allá pasó lo mismo que aquí el 25, que cuando los comités radicales de las secciones 7° y 8° se estaba festejando el triunfo (porque las noticias que traían los fiscales así lo hacían suponer), vino la policía y se llevó detenidos a los fiscales y los duplicados de las actas con los resultados. Y luego se anunció el triunfo del oficialismo. Si fue así como cuentan, debe ser fraude más vergonzoso de la historia política del país. Por eso espero que vos y tu familia estén bien y seguros.
Termino… Te mando unas fotos de la Fiesta de las Cruces en Ecuador. Después me las devolvés porque son las únicas que tengo y no puedo conseguir los negativos.
Ahora me voy a estudiar porque si no mañana me fondean en tres materias.
Saludos a cualquiera que veas y a vos un abrazo
M.B.

Varias consideraciones hizo Lolei, muchos años después, acerca de esta carta. Aunque en principio, poco y nada referido a la Negra Teresa y su supuesto compromiso.
-Era muy joven y estaba enamorado de ella, pero también pensaba mucho en Helenita, no sé, no tiene importancia ahora, no vale la pena hablar de eso-, comentaba el viejo, mientras barajaba un manojo de fotos de la época-. La cuestión fue que Marito tardó años en visitarme, en eso estuvo bastante acertado. Nos encontrábamos todos los veranos en Mar del Plata, a veces también en el invierno. Reencuentros habituales con toda la barra. Probablemente en el Bristol, donde integrábamos el grupo más numeroso. En esos años, en el Bristol se realizaban los bailes más distinguidos y al cual solamente tenían acceso los jóvenes de familias pertenecientes al sector de la aristocracia. Había porteros que actuaban con cierta severidad si alguien ajeno al medio intentaba colarse. También asistíamos a los famosos bailes que se organizaban en el Salón Dorado del Club Mar del Plata, donde recién promediando los 50, los jóvenes se atrevían a poner sus pies en tan selecto reducto. Eran tiempos en que Eduardo Armani con su jazz y Julio De Caro con su típica iban imponiendo un nuevo ritmo, por supuesto muy refinado. Debe haber por ahí fotografías de alguna velada tanguera con De Caro. A veces íbamos a Tajamar, la boite que Osvaldo Fresedo abrió en avenida Tejedor y Constitución. Fue la segunda boite de la ciudad; la primera fue Pancho Fredy, que estaba a unas pocas cuadras. A Marito le gustaba el tango mucho más que a mí; siempre fue habitué de las milongas en Buenos Aires. De todos modos, creo que le interesaba más las mujeres de los bailes que cualquier orquesta.
Con una inmensa caja llena de fotografías en blanco y negro apoyada sobre su regazo, esa tarde el viejo se aprestaba a despacharse una vez más con una de sus interminables historias juveniles. Me acomodé en la silla, encendí dos cigarrillos, le alcancé uno y escuché. Me gustaba oír sus historias.
-En Mar del Plata, igualmente, preferíamos pasar más tiempo en la playa que ninguna otra cosa. Toda nuestra vida transcurrió en torno al mar, eso es un hecho. Hay infinidad de historias en Playa Grande, en la Bristol, en La Perla. Nosotros nos juntábamos en La Perla, alquilábamos siempre la misma carpa cada verano. Mirá esta foto-, me dijo, alcanzándomela.
Era de enero del 55, en ese balneario. Un grupo unido y alegre, en la puerta del gran toldo. “Ahí están Alicia, César, Adolfo Sierra, Nancy, la gringa Mayer, las Díaz Vaccari (la rubia es Mimí, la de al lado es Inés), el Fede Dillon, el despeinado soy yo”, describió.
Al fondo de la imagen, algo alejada, como si no hubiese querido unirse al grupo para la foto (o no la hubiesen invitado) aparecía una mujer que miraba sonriente la cámara. Estaba sentada, casi acostada sobre una silla. “Parece una colada”, le dije, “pero no le hace asco a la cámara”. Le veía cara conocida; la había encontrado en otro retrato, estaba casi seguro de reconocerla por el peinado. “Esa es la Negra Tere”, se le escapó.
Sí, era la mentada Teresa, la misma que había visto tocando la guitarra dentro de una carpa; la misma que, en una foto de dos veranos anteriores, posaba solitaria en esa playa, sentada sobre la arena y con las manos sosteniéndose las rodillas, con el mismo peinado pero el pelo negro más corto, con una sonrisa tímida y fresca, un traje blanco, sus ojos claros refulgentes bien abiertos.
No pude más que decirle “qué linda era la Tere, viejo”. De verdad que era muy bella.
-Habíamos peleado, por eso se alejó del grupo para la foto-, interrumpió.
-Aunque no se la ve muy enojada, fijate la sonrisa; el irritado parece ser otro, sos el único al que no se le ven los dientes...
Sonrió con la boca y con los ojos, y me alcanzó otra foto en la que estaba otra vez la Tere, con un pañuelo al cuello, un modesto saco de lana y la sonrisa más ancha pero igual de atractiva. Estaba rodeada de dos mujeres, una morocha de pelo corto y cierta gracia, y una rubia con peinado ondulado y gesto melancólico. “Esta es Mabel”, dijo señalando a la primera; “la otra es Helena”.
-Me quedo con la Negra Tere de acá a la China-, apunté de inmediato.
-Igual esa foto es vieja, debe ser del 50 o 51- apuntó.
Me fijé en el reverso y le notifiqué la fecha: enero del 55, más o menos como las otras. “Ahora entiendo por qué la cara de culo: la de Helenita, la tuya en la playa y la que estás poniendo justo ahora”. Cambió enseguida el gesto, largó una sonora carcajada y le mandó saludos a mi vieja. Me pidió otro cigarrillo, que le alcancé ya encendido.
-Helena siempre andaba con cara de culo, como quien  vive con desgano, enojada con el mundo. Una pena, porque cuando podía –o cuando quería- era simpática, era amable, a veces hasta mostraba rasgos de buen humor. Pero se reía poco. Y eso la afeaba. La gente que no ríe se vuelve fea. No duramos mucho tiempo juntos, imaginate.  Eran muy amigas con la Tere, con Mabel, con Alicia, con Mimí también. Mimí tuvo un flirteo con Marito en el último año de la secundaria, pero no prosperó porque a él le gustaba demasiado andar atrás de otras polleras. Después siguieron siendo amigos, incluso creo que se llevaron mejor. La cuestión es que cuando me peleo con Helena empiezo a estar más seguido con Teresa, comenzamos a tener mayor confidencia, a contarnos más cosas que nos pasaban. La Negra Teresa siempre me había gustado, esa es la verdad. Pero había un inconveniente: Teresa no sabía de mi noviazgo con Helena. Es todo un embrollo complicado de explicar y fácil de entender. Todas estas muchachas eran un año menor que yo, lo cual significa que cuando yo terminé la secundaria, ellas entraron en el último año. La Tere ya estaba viviendo en Buenos Aires, Mabel se fue para allá ese mismo año y Helenita se quedó en Mar del Plata. Por esas cuestiones de mujeres, que personalmente me da trabajo entender, Helena y Mabel tuvieron una pelea, estando aún en Mardel. En ese tiempo me pongo de novio con ella, con Helena. Por entonces la Negra, que ya estaba en Buenos Aires, toma distancia de Helena, por carácter transitivo. A se pelea con B, y C hace lo mismo con B porque su cercanía a A. En fin. Yo trato de sacar ventaja y a medida que afianzo mi relación con Helena, dejo a Mabel y la Tere por los suelos, haciendo hincapié en la Tere, que había tomado partido por la otra y no por ella. No sé por qué insistía en castigarla si en verdad era la que me gustaba. A los pocos meses me separo de Helena, en no muy buenos términos. En el verano del 54 empiezo a noviar con la Negra, no sin dejar por los suelos a Helena. Después yo me voy a estudiar a La Plata y ella a Buenos Aires. Allá se encuentra con Mabel, que se traslada a la capital para hacer el último año de la secundaria, en el mismo colegio, el Mallinckrodt. Mi compromiso con la Negra Teresa marchaba de lo mejor; yo estaba enamorándome por primera vez en mi vida y creo que ella también. Pero la distancia complicaba un poco las cosas, pese a estar a pocos kilómetros. También estorbaba la relación el hecho de que sus padres no terminaban de aceptarme. Pese a ser abiertos en ese aspecto, nunca me dejaron entrar a su casa y cuando nos encontrábamos, lo hacíamos en un bar o en alguna plaza. De todas formas fueron pocas las citas que tuvimos en Buenos Aires antes de que todo estallara. Después me entero que Mabel y Helena se habían amigado. Por ende, también se habían reconciliado Helena y Teresa. Los años me fueron enseñando la capacidad destructiva de dos o tres mujeres que conocen a un hombre y sus intimidades, sus debilidades. No fue tanto como vaticinaba mi amigo Marito (“peor que la bomba H y Gina Lollobrígida juntas”) pero tampoco fue un lecho de rosas. El desgaste fue lento y mis artimañas no resultaron suficientes para salvarme. El final de la historia puede resumirse en esas dos fotografías: la primera, el grupo de amigos juntos en la playa con la Negra a un costado, alejada de todos pero más que nada de mí; la segunda, la misma Negra rodeada de sus amigas, pocos días después. A veces la amistad perdura más que el amor, ¿no? Ahora no estoy seguro cuándo se concretó nuestra ruptura. Sí sé que fue mi primer desengaño amoroso en serio, el primero que me dejó alguna herida en el corazón…
Cuando yo largué una ruidosa risotada, porque me causó gracia el trillado “herida en el corazón”, noté que Lolei inclinaba la cabeza hacia la fotografía que sostenía en su mano derecha, una mirada aciaga, casi perdida, que parecía recorrer el tiempo más allá de la imagen, como queriendo encontrar la eternidad de esa otra mirada que le devolvía el retrato.
-Tenés razón, era muy linda la Negra-, me dijo con una voz solemne mientras giraba la foto para mostrármela; era la de la Tere en la playa, sentada sola con la sonrisa tímida y graciosa-. Y eso es todo-, anunció-: una historia más de amores y desencuentros, sin ningún brillo, sin ninguna distinción, como no sea de que me pasó a mí. Tal vez un presagio para lo que vendría.
Le pregunté si la había visto después, qué había pasado con ella, con Helena, con Mabel, y como respuesta recibí un pedido inesperado.
-Dejame un rato solo que quiero dormir. Vení más tarde y traé cigarrillos y vino y te cuento una historia sobre Marito que te vas a caer de culo de la risa.






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(XI)

Para: Hugo Cavalcanti Palacios
Calle Norte 8 (Chalet)
Salou – Tarragona

De: Alan Rogerson
I Bradgate Street
Ashton –II-Lyne
Tameside - Manchester

6 August 1983
Querido amigo:
Espero que te encuentres bien. Yo, regular. Como ya lo ves, estoy en Manchester, en casa de mi madre, y estoy aquí después de haberlo pasado muy mal. Tardé cinco días en llegar y la mala suerte que tenía todavía me asombra. Te lo voy a explicar todo.
Quedé con Claudia aquel día, un domingo, pues me dijo que me iba a pagar un billete para Lyon. Pero desgraciadamente, como un par de gilipollas, perdimos el autocar en Tarragona y tuvimos que pasar la noche en un hotel.  A las siete de la mañana cogimos el tren para la frontera. Te llamé un poco antes, fui a buscarte dos veces pero no estabas en la casa.
Llegamos a la frontera, yo casi cagándome, pasé a Francia. No me pidieron el pasaporte. No me gustó tanto el lugar. Desde ahí cogimos el tren para Narbonne, donde Claudia había quedado encontrarse con su novio. Este llegó en coche y pasamos la noche en un camping, en Toulouse. Al día siguiente ellos volvieron para España.
Claudia me dejó 1.000 pesetas, con ese dinero me las apañé. Te explico cómo: estuve esperando más de tres horas, hasta que un tío me cogió (en español, cabrón, no en argentino), me dejó a 100 kilómetros de Burdeos. Desde ahí una pareja de Manchester me llevó hasta Burdeos. Joder, Hugo, ¡nos cogimos un pedo en el coche!, y la noche la pasé en la calle, como tantas veces en Madrid. Al día siguiente intenté encontrar trabajo en Burdeos. Una hostia: me gasté casi toda la pasta, me quedaban 400 pesetas. De Burdeos me fui a un pueblecito cercano, donde pasé la noche. Hice autostop a París, y llegué en 6 horas.
¡Qué suerte! En París hay muchos camiones que van para Inglaterra, pero aquel puto día, ninguno. Fue al mercado de mercancías, al mercado del Norte. Pedí a muchos camioneros, pero nada, una chorrada. Pedí a uno que me llevara hasta el norte, para mi sorpresa dijo que sí. Me llevó a 120 kilómetros de la costa y del puerto. Anduve 4 kilómetros hasta el peaje. Un marica me llevó a Dunkerque. Pasé todo el puto día allí pidiendo a los camioneros que me llevaran a Inglaterra.
Era el viernes, y yo había salido el lunes. Un policía me aconsejó que me fuera a Calais, a 25 kilómetros de allí. Otra vez a dedo. Llegué en muy poco tiempo. Pasé casi 12 horas esperando. En Calais había un mogollón de ingleses. En vez de pasar por la aduana (viajeros sin coche) pasé por la aduana de coches. Había tantos que los polis no me vieron. Fíjate, Hugo, yo tenía 60 pesetas; me colé, tenía miedo. Me decía ‘¿qué me pasará si me piden el billete, y si me echan al calabozo y tengo que pagar?’. Cosas por el estilo me daban vueltas por la cabeza.
Cuando vi los acantilados de Dover sentí una alegría… Me dije ‘estoy en mi pueblo, estoy en mi tierra’. Pero esta vez bajé del barco con tres toneladas de mierda en mis calzoncillos. Afortunadamente no pidieron los billetes, pasé por la aduana y me sentí a tope, ¡de puta madre! Esperé tres horas. ¡Hijos de puta!, los ingleses no paraban. Pedí a un tío que me llevara a Londres. Me dejó en Windsor, ciudad en la que viven los ricos, la gente repipi, unas sabandijas. El tío era alemán y le acompañé porque no conocía Inglaterra. Windsor queda a 40 kilómetros de Londres, así que le pedí una ayuda porque quería ir directamente a Londres. Me dio 600 y con ese dinero cogí el tren. Llegué a la casa de Danny a las dos de la mañana. Estaba durmiendo pero se alegró mucho cuando me vio. Al mismo tiempo me recibió con una mala noticia: un buen amigo mío estaba muerto, lo habían asesinado.
Me fui a las 8 de la mañana. Cogí el autocar en Londres, que mi madre había pagado. Y eso es todo. Recorrí unos 600 kilómetros, crucé el Canal y llegué a Londres con 600 pesetas. Debería considerarlo como una hazaña. Pero cuando pienso en ello me vienen malos recuerdos: los últimos dos meses para mí significaron una puta mierda. Quiero olvidarme de ellos, no quiero que se repitan. Estoy hasta los putos huevos de no comer, de dormir en la calle, de tener deudas y no tener dinero para pagarlas, etc, etc, etc. Me gustaría agradecerte, hiciste todo lo posible por mí en Salou. Me salió muy mal por culpa de estos dos hijos de la gran puta; tú te portaste muy bien, de puta madre, tío. Pero el resultado fue lo mismo gracias a Nacho y Elena (y no digo que yo sea guapo, pero personalmente le considero bastante feo; no lo digo para desquitarme, es la verdad)
Otra cosa, Hugo: no sé si esto es la verdad o no, sólo te repito lo que me dijo Claudia respecto a los pajeros. Claudia me dijo, que le dijo Nacho, que me habían echado de la Academia porque me cogí un pedo. Yo paso de esta mentira. Pero lo más importante es que Nacho dijo a Claudia que vos eras un borrachín y que eras una persona sucia. Iba a decirte esto por teléfono aquella mañana, pero no tenía tiempo, te lo juro. Ahora, esto es lo que me dijo Claudia. ¿Por qué mentiría? ¿Con qué clase de gente estás viviendo? Si puedes, jódeles. No por mí, porque no les considero como seres humanos, sino por ti, porque tarde o temprano te van a joder. Sonrisas por delante de ti, puñaladas por detrás.
Ahora estoy pintando y empapelando la casa de mi madre. Cuando haya acabado volveré a Londres, dentro de un par de semanas. Llegué el sábado, tomé un baño, salí y ¡joder!, me cogí un pedo. La borrachera se repitió el domingo. Temo porque el futuro no me ofrezca mucho. Estamos aquí a dos velas y las posibilidades de trabajo apenas existen, pero voy a luchar como he luchado en el pasado. No quiero que los errores que he cometido se repitan. Quiero ser independiente, poder ayudar a la gente en vez de ser pedigüeño… Pero estoy soñando… Bueno, si no soñáramos cómo aguantaríamos la realidad de esta puta vida que te jode cada vez que puede…
Escríbeme pronto, querido amigo, escríbeme aquí, mi nuevo hogar…
Un abrazo

Alan 

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Lolei. Memorias de lo inconfesable (7)


Capítulo 6


CAPITULO

7

-Esta tarde me acordaba de la primera pelea grande que tuve con mi papá. Se me vino a la mente pensando en la película que me contaste ayer, la del Chivo ese.
Lolei parecía animado esa noche, cuando regresé a la casa con una fuente de fideos blancos y cuatro hamburguesas cargadas de queso.
Había pensado en llevar herramientas para arreglar la mesa, pero a último momento desistí, por mero desgano. Eran casi las nueve de la noche cuando regresé a mi casa y, a la pasada, desde la puerta, le avisé que estaría con la cena al cabo de una hora. Me duché y me recosté a descansar unos minutos mientras esperaba que se cocinaran los fideos y los cuatro medallones de carne que puse en el horno.
Después de cuatro horas de clases, esa tarde había visitado a una amiga. Entre mates le conté lo ocurrido el día anterior con el viejo del E. Le anuncié que a la noche también comería con él. Charlamos un buen rato y, antes de despedirnos, me previno, a modo de consejo amistoso, que tuviera cuidado con involucrarme demasiado.
-No se trata de negar una ayuda, pero cuidate de que no exprima tu tiempo y tus ganas. Además, no es muy clara su situación; ahí hay una historia que encierra varias dudas-, recomendó.
-Si hay muchas dudas, trataré de evacuarlas-, avisé. E intenté tranquilizarla con la promesa de no complicarme en la relación con mi vecino, a quien, por lo demás, apenas conocíamos.
Es curioso comprobar, a medida que pasan los años, cómo nunca me canso de equivocarme.
Después que Lolei devorara sus tres hamburguesas y más de media fuente de fideos, repitiéramos el rito de la mañana rumbo al baño y ya estuviera arrebujado entre la cochambre de sábanas y frazadas viejas que componían su nuevo lecho, comenzó a desandar la historia del altercado con su padre, ocurrido hacía casi cincuenta años.
Habló como si durante todo el día hubiera guionado mentalmente el relato, con datos minuciosos y enumeraciones que denotaban claramente una memoria imprevista.
-Fue en 1954 -comenzó a la manera de un cuento infantil-, mientras se realizaba el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Ese año fue la primera edición, y la ciudad ardió. Había un mundo de gente. Con mis amigos fuimos siguiendo de cerca los preparativos, durante todo ese verano. Estábamos ansiosos, como todos los lugareños, por recibir a las grandes figuras que seguíamos a través de las películas, los de acá y los extranjeros. Bueno, no todos en realidad. El espectáculo era fastuoso, pero tenía un trasfondo político que por aquellos días, y sobre todo en el entorno familiar, no era visto con buenos ojos. Porque además de ser organizado como una manera de exhibir ante el mundo la industria del cine nacional, también servía como plataforma para mostrar lo que el peronismo decía que había logrado en los últimos años. Se utilizó el festival como un elemento de propaganda política. Al menos así lo interpretaban la mayoría opositora al peronismo –que no era escasa en Mar del Plata- y los principales medios. Y en mi casa ni te cuento. En mi familia se respiraba un furioso antiperonismo, sobre todo mi padre, que ya había sido concejal por el radicalismo y sostenía un discurso muy combativo contra el gobierno justicialista. Los diarios opositores dedicaban unos pocos comentarios sobre el festival, apenas mencionaban algunos estrenos, personalidades asistentes y afirmaban que se trataba de un hecho eminentemente propagandístico y político. En síntesis, sostenían que la fiesta había sido concebida sólo para entretener al pueblo, promocionar la obra del gobierno y difundir la imagen del país en el exterior. Recuerdo un artículo de El Trabajo, un diario local, órgano del socialismo, donde se opinaba que todos los recursos del Estado se encontraban al servicio de la política oficial: dinero, transportes, fuerzas públicas, todos sometidos a las exigencias y necesidades de ese servicio. Incluso no dudaban en sostener que Perón se había tomado un breve descanso, haciendo un paréntesis a sus tareas de gobierno, pero restándole importancia al festival y haciendo hincapié al lanzamiento de la campaña. Más allá de las diatribas gorilas, hay que reconocer que la decisión de darle semejante magnitud al evento tuvo una especial virtud en reunir enormes figuras, abrirse a las nuevas corrientes del arte y del espectáculo y congregar multitudes como nunca antes en la ciudad. Confieso que estas interpretaciones las hice años más tarde, pero en su momento sólo me desvelaba la posibilidad de tener cerca a las estrellas de cine. Imaginate lo que significaba para la ciudad la presencia de la Novia de América, Mary Pickford, o de Jeannette Mac Donald, Joan Fontaine, Irene Dunne, Robert Cummings, Walter Pidgeon, Rosita Moreno, Ann Miller, o hasta Erroll Flynn, que no pertenecía a la delegación oficial yanqui pero aprovechó que estaba en Brasil promocionando su más reciente una película. Erroll Flynn era un consumado bebedor y se la pasó de parranda en parranda. Incluso se rumoreó que una noche en el Casino del Hotel Provincial dejó un tendal de dos mil dólares en la ruleta, jugando con fichas prestadas, y que de esa deuda se hizo cargo el General. En total vinieron delegaciones de casi veinte países, y además de actores había músicos, guionistas, técnicos, productores y directores. Me acuerdo de la española Aurora Bautista, considerada la mejor actriz trágica de habla hispana, de Marisa de Leza, la rusa Natalia Medvedieva, el director José Luis Sáenz de Heredia. Y por supuesto la gran Gina Lollobrígida, a quien no tardaron en atribuirle un romance con Perón, rumor que fue la comidilla de todos los corrillos de la ciudad. A la Lollobrígida tuve la oportunidad de verla de cerca, digamos a unos diez metros, en la rambla, y puedo jurarte por esta mano que era más linda que en la pantalla.
-Si le habrás dedicado homenajes con esa mano-, interrumpí. El viejo sólo rió y no se dejó alterar su narración por mi pueril acotación.
-Igual –siguió-, a los que más esperábamos eran los artistas argentinos, que viajaron todos juntos desde Buenos Aires en un tren exclusivo, El Marplatense. La salida fue desde Constitución y se demoró porque también allá una multitud se agolpó para despedir a todas las celebridades. Dicen que las valijas de todos los invitados, incluidos los extranjeros, se trasladaron por la ruta 2, en una larga caravana de pequeños camiones del Correo, con la escolta de motociclistas de la Policía Federal. La que encabezó la delegación fue Tita Merello, que fue recibida por Perón en el Hotel Provincial. Además estaban Fanny Navarro, Mirtha Legrand, Daniel Tinayre, Olga Zubarry, Laura Hidalgo, Enrique Muiño, Mecha Ortiz, Amelia Bence, Malvina Pastorino, Luis Sandrini, Analía Gadé, Narciso Ibañez Menta, Angel Magaña, Hugo del Carril, Juan Carlos Thorry, Santiago Gómez Cou, y un montón más. Cuando los artistas estaban instalados, el partido peronista realizó un gran acto de campaña en las terrazas del Hotel Provincial. Para muchos fue sorpresivo porque no se había avisado con antelación. Decían que se realizó de esta manera debido a que no creían conveniente difundirlo, ya que no se quería crear un malestar en la población marplatense, que veía cómo se estaba politizando el festival. Hablaron el gobernador Aloé y el presidente Perón. Los artistas fueron invitados pero la mayoría optó por descansar en sus habitaciones, ya que venían de largos y agotadores viajes. Una multitud acompañó, pero yo no fui. De todas maneras parecía raro que se tratase de un acto imprevisto. El peronismo se había movido con todo su aparato para la organización del festival.  De hecho, por más que los marplatenses no quisiéramos asumirlo, el general Perón terminaría siendo la figura más requerida del festival, compitiendo y superando en popularidad a los grandes astros que visitaban el país por aquellas jornadas. Había llegado dos días antes del inicio oficial, me acuerdo que fue un sábado. Arribó también en El Marplatense, con toda su comitiva. Hay fotos de su llegada, donde se lo ve con un traje claro, camisa blanca y corbata, pese al calor de ese día. Dicen que no había anunciado ni el día ni la hora de su llegada, pero muchísimo público lo recibió en la estación y las calles de la ciudad. Y durante los siete días que duró el festival, el presidente tuvo una activa participación, encabezando agasajos a las celebridades, como orador principal en los grandes actos de campaña, en los estrenos de las películas más importantes, o bien paseándose por los lugares más emblemáticos de la ciudad, siempre rodeado de una muchedumbre. Entre los innumerables registros fotográficos de la época, recuerdo uno en que se lo ve vestido de blanco, apuesto y deportivo, caminando junto al mar y rodeado por una multitud de bellísimas mujeres. También recuerdo imágenes de agasajos de los visitantes en visitas a Chapadmalal, o en actividades sociales que se desarrollaron en el Parque Camet, mostrando las tradiciones criollas típicas de campo. Hay otra en el estreno de El Grito Sagrado, una de las dos películas argentinas que compitieron en el festival. Fue en el Ocean Rex, una de las mejores salas de la época. Allí se lo ve junto a altas autoridades y varios artistas reconocidos. El Grito Sagrado estaba basada en la vida de Mariquita Sánchez de Thompson, ambientada en la época de las Invasiones Inglesas y Revolución de Mayo. Actuaban Aída Luz, Fanny Navarro, Carlos Cores. Se dice que fue la primera superproducción del cine argentino. La otra película local que se presentó fue La Calle del Pecado, que nunca vi.  Argentina también presentó una innovación: Buenos Aires en Relieve, un cortometraje de media hora, en 3D color, realizada para estrenar en el festival. Con tomas desde un avión se mostraban lugares atractivos de la capital y se hacía hincapié en la obra pública del gobierno. Un fragmento del corto mostraba a Perón conduciendo un Justicialista Sport dentro de los jardines de su residencia.  




Fotos de la época muestran al presidente y su comitiva con anteojos de cartón blanco y celuloide de color, que era la forma correcta de ver el film. También hay fotos de Perón en el Atlantic, junto a personalidades del mundo político y artístico, durante la proyección de House Of Wax (Museo de Cera), la primera película en 3-D salida de un gran estudio de Hollywood, que además contaba con el sistema Warnercolor, que registraba con nitidez todos los colores dentro de una suavidad de tonos. Allí todos los asistentes lucían unas particulares gafas polaroid de cartón.

Perón saludando a la actriz Tita Merello durante el festival. 
El presidente en la presentación de Buenos Aires en Relieve, primera película en 3D de producción nacional


La llegada del Marplatense con las estrellas del festival
Esperando a los actores en el aeropuerto
Rosita Moreno y muchachos peronistas
Mary Pickford, la novia de América
Errol Flynn en el festival
Gran concentración popular en la Rambla. Habla Perón
Revelador documento del gran despliegue que tuvo el festival
Aquí, el espectacular anfiteatro montado en el
playón de las Toscas, hoy Paseo Hemitage
Rosita Moreno, Luis Sandrini y Luis César Amadori
Santiago Gomez Cou
Robert Cummings

Fanny Navarro y Carlos Cores
en El Grito Sagrado
El largo y detallado monólogo de mi vecino se extendió por más de una hora, que seguí atentamente y casi sin interrupciones. Alguna vez respondí con gestos inciertos mi desconocimiento hacia citas de lugares de Mar del Plata –ciudad que apenas conocía- o de artistas –de algunos sólo conocía su nombre y otros ni siquiera conocía- o de apreciaciones políticas –de las cuales tenía un vago conocimiento, pero no tanta precisiones. Y aunque interesado por un relato que se expandía fluctuante y sospechaba interminable, me encontré en la obligación de remarcarle un detalle, sin ir más lejos, el que había dado inicio a su narración: ¿cuál había sido el motivo de la mentada primera gran pelea con su padre?.
“Ya voy a llegar”, me respondió seguro, como si esa parte de la historia ya estuviera en un horizonte cercano. Entonces siguió.
-Lo cierto es que la ciudad era un hervidero, te aseguro. Todos querían una foto, un autógrafo, un saludo de las celebridades. Yo no obtuve nada de eso pero estuve ahí, merodeando cada cine, cada entrada de un hotel, o en el anfiteatro que se había montado al aire libre, donde gran cantidad de espectadores podíamos disfrutar cómodamente de los films. El lugar elegido fue el espacio comprendido entre la Rambla, sobre las piletas cubiertas; ahí mismo se construyó un gran escenario, casi al borde de la playa, con espacio para casi dos cuadras de plateas, que se extendían en dirección al Torreón. Allí se realizó la gran gala del festival, el tercer o cuarto día, en medio de una noche calma y sin viento, ante unas 300 mil personas. Fue animada por Juan Carlos Thorry. Se cantó el himno nacional y después se escuchó la marcha peronista. Se presentó a todas las delegaciones y luego el coro y el cuerpo de baile del teatro Colón, con más de cien personas en el escenario, bailaron Las Sílfides. Fue memorable. Los artistas accedían por la parte trasera del escenario, oculta a la concurrencia; luego llegaban a un espacio más elevado y avanzaban por una amplia plataforma para aparecer frente al público, descendiendo por una rampa hasta tomar ubicación en el sector asignado. El descenso por las escalinatas coincidía con fuegos artificiales, pirotecnia y efectos lumínicos, acompañados por el estruendo de una batería de bombas. Perón arribó sin problemas al lugar. Para los ministros, autoridades y artistas de las delegaciones se organizó un espacio exclusivo, dividido del público por una valla de tubos de acero y parantes enclavados en el piso, que servía como señal divisoria y protectora al mismo tiempo. En más de una ocasión la ola humana presionaba sobre las vallas, pero el espectáculo pudo realizarse sin inconvenientes. Sobre el final el público desbordó las vallas de seguridad y se abalanzó sobre la zona de plateas donde había estado Perón. Pero el presidente ya se había retirado. Aparentemente el desliz fue del director de Espectáculos Públicos, responsable del evento al aire libre. Después él mismo se hizo cargo del error de no vallar todo el perímetro y dejar libre un acceso del costado del escenario, por donde entraron los colados que se fueron acercando a la zona vallada frente al escenario, empujando a los que sí tenían entradas y estaban colocados detrás de la zona de funcionarios. El episodio no pasó a mayores. Pero al día siguiente se publicó en los diarios que se temió por lo que pudo haber pasado si el Perón hubiese estado allí. Mi papá dijo “qué lástima que se había ido, lo tendría que haber aplastado el escenario”. Yo le contesté que no podía ser tan desalmado, que una cosa era ser un gorila recalcitrante y otra muy distinta echar una maldición de esa catadura. Con ferocidad me amonestó diciendo que cómo podía defender a esa bestia que había hundido el país y ahora estaba arruinando con su presencia y su turba de adictos que habían invadido la ciudad este maravilloso festival que era ejemplo para Mar del Plata. Papá sostenía –y exageraba- el mismo pensamiento opositor de la mayoría marplatense, que en su férrea actitud antiperonista no ahorraban ademanes de disgusto por cuanto significaba la presencia del presidente. No hay que perder de vista que estábamos hablando del año 54. Para algunos sectores opositores a Perón, entre los cuales mi padre se posicionó levantando bien alto su bandera, el ‘dictador’ había emprendido la idea del festival como parte de una estrategia ideológica y manipulativa, que promovía entretenimientos populares y demás maniobras de diversión, con el único de fin de descomprimir una crisis que estaba tornando insostenible a su gobierno. Esta estrategia formaba parte de una peronización de la vida cotidiana emprendida desde su llegada al poder, contribuyendo a tornar difusa la distinción entre el espacio público y el privado, y mostrando como rasgo distintivo la realización de grandes concentraciones públicas, que incluían entretenimientos tales como acontecimientos deportivos y culturales, actos conmemorativos y encuentros multitudinarios donde había una participación directa de los sectores populares. Ciertas actividades, como los campeonatos deportivos infantiles y juveniles organizados por la Fundación Eva Perón, tenían un fuerte simbolismo político. Pero estas actividades populares, más allá de alguna adhesión política, atraían por sí mismas a las masas, como también ocurriera con el Festival de Cine. Por eso, decían que Perón intentó crear un nuevo consenso generando una cultura popular peronista de lo cotidiano, creando pautas vinculadas con este consenso totalitario, que incluía un sistema de mitos, rituales y símbolos, para confluir en la creación de un discurso político. Para ello se valió de los medios masivos de comunicación –que se expandieron a partir de los años 30- promoviendo pautas culturales y mecanismos de propaganda. La radio y la difusión del cine ayudaron a generar lazos de identidad cultural y adhesiones masivas. Y aprovechando ésta particularidad, promovió el Festival, ya que el cine y la radio se habían incorporado al consumo cultural de las clases trabajadora y media como entretenimientos de la familia. Por otro lado, Perón, gracias a los planes de turismo social, había transformado a Mar del Plata en la sociedad balnearia obrera por excelencia. No era casual entonces que la eligiera como sede del primer Festival Internacional de Cine, porque era la expresión urbana y más representativa de la Era Justicialista. Y, advirtiendo la espectacularidad y promoción con que lo rodeó, resultaba ser la ciudad más emblemática para citar artistas, directores y productores de Estados Unidos y Europa. Con la decisión política de hacer de este un evento que proyectara al país hacia el mundo, Perón había llegado a Mar del Plata dos días antes no sólo para inaugurar el festival, sino también la campaña electoral de su partido, de cara a las elecciones nacionales de abril. Detalles más, palabras menos, por ahí transitaba la idea que se instalaba como verdad irrebatible en los círculos antagónicos al peronismo. Yo por entonces tenía diecinueve años, estaba a punto de venirme a La Plata para comenzar la carrera de abogacía, no sentía ninguna simpatía por el peronismo pero tampoco hacia los conservadores ni hacia los radicales ni hacia los socialistas, y lo único que hice fue responderle a mi padre como nunca antes. Jamás habíamos discutido con tanta vehemencia y mucho menos por política. Jamás le había levantado la voz. Pero ese día fue como sacarme un peso de encima, fue deshacerme de un lastre de varios años de displicencia y frialdad en su rol de padre. Él era un hombre recto en sus ideales, apasionado al hablar y esos rasgos le valieron el respeto de sus pares en el ámbito público. Incluso fue tildado de autoritario por sus contrincantes. Pero dentro del hogar se comportaba con total blandura y falta de autoridad, con sobriedad y pocas veces mostrándose cariñoso con su entorno. Las pocas muestras de afecto que le recuerdo eran para mi hermano menor, Juan Manuel, por quien nunca pudo ocultar su debilidad. Con Delcia, mi hermana del medio, tenía una relación fraternal tradicional, sin grandes ampulosidades. En cambio conmigo era apenas amistoso, nos dirigíamos con respeto pero sin ternura. No puedo desconocer algo: jamás me hizo pasar necesidades, me dio todo lo que pudo y a veces más de lo que yo pedía. También es cierto que el ritmo de la casa la manejaba mamá, y yo con ella sí me llevaba bien.
-Eras el consentido de la mami-, interrumpí sin sorna-, el caso típico del hijo mayor que recibe todas las atenciones y al que le conceden todos sus caprichos.
No respondió a mi comentario y continuó con su narración, que ya se estaba volviendo interminable.
-Además no hay que perder de vista otro rasgo para nada menor, que ya no me avergüenza contarlo: a esa edad yo era bastante frívolo y mundano, y estaba más interesado en el arte que en la política -pese a lo que pasaba en mi casa-, o en las reuniones sociales, o en las salidas con mis amigos, o en conocer mujeres. Es decir que entre el Festival de Cine y la campaña de Perón me inclinaba claramente por tratar de mirar películas o ver de cerca a las celebridades. Ni siquiera me preocupaba tanto por ver cómo la ciudad era invadida por gente de otras clases poblando los sitios emblemáticos que los marplatenses atesorábamos como propios. Eso sí lo sentíamos como un signo de hostilidad. Pero no era más que un diminuto grano en el culo de la mersa burguesa -dijo riéndose-, y yo, pese a pertenecer a ese grupete de la clase media acomodada que nos sentíamos dueños de nuestros espacios y mirábamos al resto de reojo, no me dejé asustar por la turba peronista ni por las imprecaciones antiperonistas de mi padre. Por eso cuando en plena discusión mi papá me gritó ‘lo único que falta es que te hayas vuelto peronista’, estuve tentado de decirle que sí, y hasta de levantar los brazos y hacer la V con los dedos frente a sus ojos. Sólo me contuve porque apareció mamá a poner paños fríos a la contienda. Eso hubiese sido la peor afrenta para todos. La cosa no pasó a mayores pero quedó en el recuerdo como la primera gran pelea que tuve con mi padre. Él, lógicamente, le echó la culpa a Perón, el gran artífice de la división entre el pueblo argentino y entre las familias bien constituidas. El Festival de Cine terminó un domingo y el martes siguiente yo tomé el tren para venirme a La Plata porque en esos días comenzaba a cursar. La despedida fue fría con mi papá y calurosa con mi mamá y mis hermanos. No volví a verlos hasta las vacaciones de invierno.

Con un bostezo largo y exagerado puse freno a su relato. No fue por desinterés, sino por verdadero cansancio. El informativo radial anunció que eran las dos de la madrugada. Había hablado sin parar casi tres horas. Lolei preguntó si me estaba aburriendo y yo negué rotundamente. Todo lo contrario: me gustó su historia y cómo fue contada. Sólo me quedó la amarga sensación de no haber podido establecer una relación palpable entre esa pelea con su padre y el personaje de la película Amores perros, que a su modo de interpretación había originado ese recuerdo. Pero nada dije al respecto.
Lo cierto fue que, de la nada, el viejo había sacado de su cofre de recuerdos un episodio que superaba lo anecdótico. La relación con su padre, con la política, con el cine, con su pequeño mundo juvenil, clasista y pueblerino, me entregaron los primeros indicios de una vida que iría conociendo con el correr de los días. Para empezar, no era una síntesis nada despreciable.
Pero el agotamiento me vencía. Se lo hice saber y coincidió conmigo. Quedamos en vernos al día siguiente.


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(VII)
Madrid, 1-III-80
Querido sobrino: Hoy le envío una vista de uno de los paseos más bonitos que hay en Madrid, el Paseo de Calvo Sotelo. Espero que le guste. En julio iré a la Argentina, de modo que lo veré. Espero también que los días allí sean lindos y pueda ir a la playa. Nosotros aquí seguimos en invierno, pero estamos teniendo buen tiempo y Madrid de todos modos es hermoso en cualquier época del año. Esperando verlo pronto, mes despido de Ud. con un gran abrazo.
Lolei

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Lisboa, 5-IV-80
Queridos papá y mamá: Con unos amigos y amigas me vine a pasar a Portugal una semana de vacaciones. Hemos venido en dos coches y es tal la cantidad de turistas que han llegado a Portugal que hace dos días no encontramos hotel para dormir. Ya lo hemos tomado a la joda y nos recagamos de risa. Ni en Coimbra ni en Estoril ni ahora en Lisboa. Pero aunque sigamos durmiendo en el suelo a Madrid no volvemos. Tenemos un tiempo de verano ‘de locura’ y queremos aprovecharlo. En Lisboa tengo un amigo a quien luego iré a saludar y a ver si nos consigue adónde dormir. Anoche no encontramos habitación ni en el Sheraton.  Bueno, estas vacaciones las estaba precisando como el agua. Un abrazo inmenso
Lolei

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Sevilla, 9-IV-80
Queridos papá y mamá: Con mis amigos decidimos venirnos a la Feria de Sevilla, que empieza mañana. Me sigo divirtiendo y aprovechando mis vacaciones, que terminan el 15. Cuando llegue a Madrid les escribiré carta con más detalles. Hasta entonces, un abrazo de
Lolei


Fotos: http://fotosviejasdemardelplata.blogspot.com.ar/2014/09/festival-internacional-de-cine-mar-del.html