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lunes, 21 de diciembre de 2015

Lolei. Memorias de lo inconfesable (21)


CAPITULO
21

Hacia mediados de ese año Lolei puso fecha para su compromiso con Lola Monteagudo Tejedor. La boda se celebraría a principios del 63.
Se habían conocido en una de las reuniones de la Unión Universitaria a la que ella concurrió acompañando a su hermano Luis. Y aunque apenas se dirigieron la palabra en ese primer encuentro, el viejo confesó haber quedado enamorado a primera vista, como nunca antes le había ocurrido.
Lola estudiaba para Bioquímica y era un año menor que Lolei. Tenía una estatura menuda, mirada radiante, una sonrisa laqueada que no mostraba con exagerada continuidad y notable inteligencia. Comulgaba con los ideales radicales, similares a Lolei, a tal punto que ambos se alejaron de la militancia casi al mismo tiempo.



En sus escasas concurrencias militantes lograron, sin embargo, zanjar una relación cordial que con el correr de los días se fue perpetuando en salidas amistosas, hasta transformarse en un noviazgo con todas las letras. Es decir, a usanza de las familias tradicionales y bien establecidas.
Hacía al menos tres años que Lolei no formalizaba ningún vínculo amatorio. La última había sido una tal Estela, de La Plata, sobre la que no brindó detalles. Luego tuvo algunas aproximaciones que también se abstuvo de recordar. No quise forzar a su memoria y juzgué preferible tomar austeras notas mentales de esos acontecimientos.
Acerca de Lola tampoco se esforzó por relatar pormenores de su intimidad. Amén de asegurar que fue el amor de su vida y que se casaron verdaderamente convencidos y enamorados, el par de años que duró el idilio prenupcial, al joven Lolei le resultó propicio para abocarse con mayor pasión al estudio y a la escritura.
La presencia de Lola –“la cercanía de Lolita”, al decir del viejo- fue un componente significativo y necesario para cimentar en su vida instantes de paz y creatividad como nunca antes había experimentado.
Por aquellos días germinaba en su interior la concepción de su primer libro, que reuniría breves opúsculos, traducciones de poetas poco conocidos de lengua inglesa, poemas propios, citas e ilustraciones.
Se trataba, reconoció, de un popurrí de manifestaciones similares a lo ideado en sus años de estudiante secundario en el Colegio Nacional, pero reunidos en un solo volumen, y con firma y sello personales. Aseguró que el título del volumen estaba resuelto, aunque no era de su total agrado. Se llamaría Divagaciones Palaciegas. Y, probablemente, estaría firmado bajo el seudónimo de Isidoro Palacios. De allí el juego de palabras que derivaba en el nombre de la obra.
Un sustancioso y camaleónico bosquejo de libro durmió durante años dentro de una carpeta que lo acompañó a cada sitio donde vivió. Lo poco que aún queda de ello es tan extraño como desopilante.
Luego, influido por su unión con Lola, descendiente de personajes destacados del pasado político y militar del país, se fue entusiasmando con el estudio de la historia argentina, e incursionó con esmero en la genealogía y hasta en la heráldica. Producto de esa exploración quedaron algunos resultados, plasmados en artículos periodísticos publicados en diarios, ensayos biográficos y un extenso proyecto que acompañó al boceto literario durante varias mudanzas.

Uno de los cuadernos preferidos que atesoro de Lolei es el que contiene apuntes
sobre la heráldica, un pasatiempo que mi amigo supo ejecutar sin remordimientos durante
años. Inentendible de punta a punta para ignaros y desinteresados como yo, aún así su
lectura genera un encanto difícil de describir. Es como leer en un idioma que
no comprendemos y al mismo tiempo tampoco deseamos aprender...

Lo que no podía obviar, más no sea para rastrear sus propios orígenes linajudos que lo emparentaran con ciertos personajes destacados de la historia, y de esa forma ponerse a la altura de su nueva familia, fue la representación del escudo de armas que mostraran los umbrales de su propio apellido. Así vinimos a enterarnos que mi amigo Lolei era un lejano descendiente de Guido Cavalcanti, poeta caro a Dante Alighieri, además de contar entre sus parientes remotos a numerosos duques, marqueses y patricios napolitanos.
Según se atestigua en el título nobiliario expedido por el Instituto Aráldico Coccia, de Firenze, Italia, asociado al Instituto Internacional de Genealogía y Herálidica, su apellido se remonta a una “casata di antica Nobiltá, originaria di Firenze, nota sin dal secolo XI, ove tenne il governo della repubblica nel 1176. Nelle fazioni con i ghibellini, essendo i Cavalcanti di parte guelfa, furono posti al bando della repubblica molti componente di questa stirpe, fra i quali Guido Cavalcanti, poeta caro all Alighieri. Nel secolo XIV la Casota si diramó in Calabria in persona di Filippo Cavalcanti, divenuto giustiziere di Valdi Crati e Terra Giordana. In seguito si trasferi, con una línea, a Napoli; godette di Nobiltá a Cosenza, Gaete e Napoli nel Seggio Capuano ed i suoi membri furono ricevuti nel Sourano Militare Ordine di Malta fino dal 1595. Ebbero la signoria di veintiquattro baronie, fra le quali quelle di Cerenzia, Pietramala, Sierra di Leo e Verbicaro, di tres marchesati e quattro ducati. Questa stirpe risulta ascritta nell’ Elenco Ufficiale Nobiliare Italiano con i titoli di Duca, Marchese e Patrizio Napolitano”.
El estudio de la historia nacional, en varias de sus corrientes y realizado de forma inconsistente, ecléctica y superficial, lo ayudó notablemente a comprender no sólo el pasado sino el presente de su país y el de su entorno familiar, viciado de ideales que fue desechando con el correr de los años y reemplazándolo por una visión que alteraría de manera inesperada su futuro.
El arrebato histórico lo condujo a ahondar nuevas disciplinas como la sociología, que en sus numerosas variantes le permitieron una nueva luz de análisis a problemáticas que, aunque consideraba inherentes a su propia historia, fueron mutando el foco de atención hacia la comprensión de nuevas alternativas del comportamiento social.
De esa forma, la cuestión de las clases sociales en la Argentina de su época se transformó casi en una obsesión para Lolei. Sobre este tema también quedaron tibias manifestaciones escritas y antológicas contiendas en secciones de correos de lectores de los diarios de la ciudad.
Años más tarde el viejo recordaría esos días como “felices, productivos y plenos de un mediopelismo rayano con la insolencia”.
-Felices en mi matrimonio con Lola, productivos en la faceta artística y en un pleno conjuro de aburguesamiento creciente como consecuencia de las primeras-, resumió sin que yo llegara a comprender fehacientemente la magnitud de su definición.
Sea como fuere, la unión con Lola Monteagudo Tejedor lo hizo ascender un par de escalones sociales pero descender otros tantos en lo que él daba por llamar la “faceta artística”. A esa altura, su concepción del artista se acercaba más a una pretensión vecina a la excentricidad y el ocio que a la mera creación.
Publicar un libro, ver su nombre en los suplementos de los diarios, codearse con la crème de la crème del ambiente artístico local, se asomaba en su horizonte como estampa del buen burgués más interesado en las apariencias que en el arte.
Y esa clase de tipos son más dados a la holganza que al trabajo. Porque la pose de intelectual paga bien en determinado círculos. Y para ser intelectual y pertenecer a determinados círculos se necesita tiempo. Y dinero. Y para disponer de tiempo, el trabajo es un enemigo. Y el señor se había vuelto, de repente, algo reacio al trabajo al mismo tiempo que bastante amigo del entretenimiento. Tal vez haya sido una conclusión equivocada, pero cuando se la comenté al viejo, sólo me miró con los ojos caídos y tardó demasiado en responderme.
-¿Insinuás que soy un tilingo interesado sólo en las apariencias?-, preguntó al borde de la ofensa y del puchero.
-No, mi querido amigo. Sólo intuyo que, en algún momento de tu vida, desviaste el camino. Si tu intención era ser escritor- o por lo menos escribir, hay diferencias…-, ese destino viró cuando conociste a tu Lola. Y de escribir cuentos pasaste a la historia, preferentemente la familiar; de la poesía pasaste a la genealogía; de la novela, a la heráldica. Hay diferencias… El interés por el abolengo derrotó al germen de artista. Y te transformaste en un investigador aficionado de causas personales destinado a un público muy cerrado, sólo para cierta clase: la que te pertenecía. Mejor dicho: a la que te gustaba pertenecer. Tal vez tu encuentro con Lola te hizo descubrir tu verdadera vocación…
Me frené de sopetón, intuyendo que la frase siguiente no le gustaría. Como él no atinó a responder, sólo a quedarse mudo y reflexivo, elegí el camino más sencillo, el que nunca fallaba: anunciar mi partida de la casa. “Será hasta mañana”.
No recuerdo que hayamos abordado el tema alguna otra vez.
Lo que estuve a punto de decirle y callé fue que su verdadera vocación era seguir siendo un vago mantenido, con ínfulas de erudito y lameculos de la gente “bián”.
Era sólo una suposición, un prejuicio. Por una vez, mi silencio nos privó de una pelea que hubiese sido hermosa…


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(XXI)

Para: Hugo Cavalcanti Palacios
Academia de Idiomas Gref
Calle Santa Engracia 62 4°
Madrid – España

De: Alan Rogerson
I Bradgate Street
Ashton –II-Lyne
Tameside - Manchester

24 January 1984

Querido amigo:
Hace mucho tiempo que no recibo cartas tuyas, así que me he decidido a escribirte. Espero que no estés enfermo o te haya pasado nada.  A lo mejor no recibiste mi carta en la cual te mandé la foto. No hay problemas, lo importante para mí es saber que estás bien y, claro, que estés feliz. No recibo una carta desde antes de las fiestas de Navidad, así que no sé si la pasaste bien o mal.
Aquí, sin novedades. Salvo que la semana pasada hice unas chapuzas, “to do a bit on the side”, como decimos aquí. Tal vez no lo sepas, ha hecho un tiempo de mierda, hay nieve por todos lados. Escocia está cerrada, todas las carreteras están cubiertas de nieve. No se puede ir a Escocia. Más de cien personas se han muerto, y habrá más. Anoche diez personas se murieron y esta mañana rescataron a cien alpinistas. Es la puta hostia.
El viento dejó destrozados muchos tejados. La semana pasada un amigo y yo fuimos a arreglarlos. Gané unas 10.000 pesetas pero claro, tenía algunas deudas y las tuve que pagar. Sigo cambiando dinero a pesetas: hasta ahora tengo 4.000 pesetas y 150 francos. Espero estar en Madrid en septiembre. Danny se enteró de mis planes y me dijo que no me fuera. Pero ya lo decidí. Igual, es un dilema gordo para mí.
También tengo la posibilidad de trabajar como cartero. Fui a un mitin del Partido Laborista y me nombraron secretario de nuestra sección. Después del mitin un tío se me acercó y me preguntó si me gustaría trabajar como cartero. ‘Claro’, respondí, ‘veremos qué puedo hacer’, dijo él. Es concejal y delegado sindical y tiene influencias, o sea, enchufes. Pero no me hago ilusiones, entre lo prometido y lo conseguido hay grandes diferencias.
El día 13 de febrero es mi cumpleaños, cumpliré 25. Danny vendrá a pasar unos días. Quiere que vuelva con él; hablaremos del asunto más adelante, lo importante será la borrachera. Amigo, sigo pensando en ti, cuídate y escríbeme pronto.

Alan

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Lolei. Memorias de lo inconfesable (10)


CAPITULO
10

Lolei aprendió a leer de corrido a los cuatro años, en días donde los jardines de infantes tenían una mínima aceptación entre los marplatenses y las primeras instrucciones se impartían en el hogar. Su familia lo dotó de una educación esmerada y complaciente, aunque bajo las estrictas normas del catolicismo.
Tanto él como sus hermanos cumplieron con los ritos cristianos de igual modo en que se procede con los nuevos adherentes a la religión dominante: a la fuerza y sin dar explicaciones. Ya siendo grande, bastante grande, incluso bastante después de haber cumplido con el rito del matrimonio en una reverenciada parroquia platense, renegó de este tipo de conductas y se prometió a sí mismo renunciar formalmente a la fe cristiana por el escarnio al que fue sometido por obligación en su más tierna infancia. Los años pasaron y no movió un solo dedo para cumplir con su íntimo juramento. E imploró la presencia de cualquier dios hasta los últimos días en este mundo. A muchos nos pasa lo mismo.
Aprendió a leer a su pesar, pero esto sí lo agradeció sin emitir ningún tipo de imprecación. Criarse bajo el amparo de una madre estricta, metódica, inteligente y por si fuera poco, docente, tuvo que merecer su provecho. También sus tías colaboraron en su formación.
Desde bien temprano adquirió el gusto por los libros y por la escritura. La biblia y cuadernillos de catecismo estaban entre las obras del catálogo permitido. Sin embargo, las opciones no se ceñían sólo a lo religioso o lo rigurosamente pedagógico. Los cuentos de Quiroga, de Lugones de Poe, novelas breves de autores como Mark Twain o Miguel Cané y otras un poco más extensas como Julio Verne, Emilio Salgari, Pío Baroja o Balzac, le estaban permitidas.
Apenas empezado el primer grado de la escuela primaria se animó con las letras inaugurales de Borges. A los ocho años comenzó a estudiar inglés con una profesora particular, amiga de la familia, y a los trece inició el francés en la Alianza Francesa de la ciudad. En la escuela secundaria se animó al latín y al italiano, pero quedó a mitad de camino.
Confesó haber leído el Quijote a los trece y no gustarle tanto como cuando lo abordó ya siendo mayor. Le pasó lo mismo con la Comedia del Dante, el Decamerón de Bocaccio, la Eneida de Virgilio, las Vidas Paralelas de Plutarco, o el Martín Fierro de Hernández. Aborreció a Joyce, por incomprensible e innecesario. Se aburrió con Proust y algunos rusos como Tolstoi y Dostoievsky. Se turbó con Kafka y Arlt. Disfrutó a Oscar Wilde en su idioma original. Después se volvió mayorcito.
Su tío Felipe, a escondidas de su madre –y sobre todo de su padre- le prestó El ocaso de los ídolos de Nietzche cuando aún no había cumplido los quince. Después llegó con El Manual Apasionado, de Emile Cioran, en una traducción que luego juzgaría mediocre. Los Tiempos NuevosEl Hombre Mediocre, de José Ingenieros, cayeron en sus manos por aquellos días. Inter medias, consumía pasmosos novelones rosas y se desgastaba la vista con policiales de autores norteamericanos.
No descartaba las historietas yanquis o las viñetas nacionales que le sustraía a su tía María Esther. Aprendió a detestar sin miramientos al pato Donald y sus badulaques sobrinitos. Se divertía con las obras del español Jardiel Poncela;  Pero... ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?, estaba entre sus favoritas. Autodidacta y ecléctico en sus gustos, Lolei se disciplinaba mirando de reojo a la realidad, mientras deletreaba sus primeras líneas con su prolija caligrafía de señorita.
-Con Marito Browne y el Pepe Colturi –rememoró el viejo-, cuando empezamos la secundaria en el Colegio Nacional, allá por el 48, pensamos en idear una revista escolar de arte que presentara trabajos de los alumnos. Había algunos que escribían poesía. Otros pintaban o hacían buenas ilustraciones. Los costos no daban y no teníamos apoyo de las autoridades. No llegamos ni a ponerle nombre a la idea. Sin embargo, no sentimos la experiencia fallida como un fracaso. El fracaso es una buena oportunidad para empezar de nuevo con más inteligencia.
-Esa sentencia suena a almanaque o a sobrecito de azúcar-, retruqué.
-Era una frase que había dicho Henry Ford alguna vez, y como había muerto en esos años, se había puesto medio de moda en las revistas de interés de la época-, explicó-. Decidimos que lo más inteligente era no intentarlo más. Para qué andar renegando, ¿no?. Pero empezamos a reunirnos dos veces por semana en un bar, primero nosotros tres, para debatir obras e intercambiar libros. Comentábamos las novedades literarias, leíamos los suplementos culturales de los diarios, nos prestábamos novelas, repasábamos cosas que escribíamos nosotros. Las críticas a veces eran feroces, creo que con justificada razón. Pepe Colturi escribía bien, pero abusaba de su tendencia a imitar el estilo de los románticos, y cansaba un poco. La primera vez que se lo hicimos notar se enojó, pero después asumió la culpa y se excusó alegando que no podía evitarlo. Sin estilo no hay poesía, y el Pepe no tenía estilo propio. Con el paso de los días dejó de leer sus poemas y después ya nunca más los compartió. Creo que nunca más escribió. Supe que se recibió de médico en el 62. Marito, en cambio, fingía ser mal escritor y buen lector, lo que a mi juicio era justo al revés. Se entusiasmaba rápido y le ponía energía a lo que emprendíamos. Siempre estaba un poco más informado que el resto y no le costaba llevar la batuta de las reuniones. Hasta que un día no pudo con su genio de mujeriego y sumó a la mesa a un par de amigas, dos chicas más jóvenes. Una era Mimí Díaz Vaccari y la otra una tal Graciela, que duró poco. Mimí después incorporó a la Negra Teresa, que incluyó al Fede Dillon, que fue acompañado de Mabel Ribero y un ñato de apellido Aicega. Al principio los encuentros eran productivos para la causa; todos participaban con ideas, llevaban libros y breves ensayos escritos. Al poco tiempo nos fuimos transformando en un grupo de amigos que hablaba de cualquier tema, menos de libros. Llegaron los noviazgos, las arrimadas, las sobremesas ginebreadas. Las citas devenían en caminatas por las playas, en paseos en automóvil, en escapadas a alguna casaquinta. Me hice muy amigo de la Negra Tere. Y hasta flirteamos. Marito se enganchó con Mimí. La tertulia literaria se esfumó. Y la lectura volvió a ser una aventura silenciosa y personal.



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(X)

Para: Hugo Cavalcanti Palacios
Calle Norte 8 (Chalet)
Salou – Tarragona

De: Alan Rogerson
C/Jordan 14 Planta 5-9
Madrid
18 July 1983
Querido Hugo:
Recibí tu carta hoy. El lunes fui a ver a Rob y Jon, me dijeron que las cartas llegaron el sábado. Espero que estés bien, mucho sol, mucha tajada, etc. Yo no ando tan mal, tengo bastantes clases, digo bastantes pero no saco mucho dinero, unas 5000 pesetas a la semana. Sigo pagando a Pepé. ¿Te acuerdas Hugo que yo tenía una clase particular? Bien, al final la tía no me pagó, ella creía que me había pagado, y nada, intenté convencerla que me debía 3-4 mil pesetas pero se empeñó en que no, así que me chungó.
Me voy muy pronto de aquí. Voy a estar en Madrid dos semanas más y después a Francia. Voy a pasar por San Sebastián porque es el camino más rápido. Espero que la policía no me pille porque no tengo dinero suficiente para pagar la multa. Además voy a decirle que salí varias veces y la poli no me selló el pasaporte, y ya está.
Precisamente hablaste de Ann Bennet. Ahora estoy en su casa. René y Rosa se han ido al pueblo y tuve que marcharme. El portero era un cabrón y quería fichar mis datos, así que me fui. Ann Bennet dejó una nota en el bar de Pepé, quedé con ella el sábado, fuimos a la verbena del barrio este, nos cogimos un pedo juntos y volví a su casa. Me quedaré con ella un par de semanas. Llevo casi un mes sin ver a Anna Keene, voy a llamarla esta tarde. El viernes que viene voy al pueblo para la boda. Voy a dedo, puesto que tengo que comprar algunas cosas y no tendré dinero para el pasaje. Yo también he estado pensado en el estado físico de René antes, durante y después de la boda. Me imagino sus palabras el lunes: ‘¡Anoche me cogí un pedo, joder; Rosa se enfadó conmigo, joder!’.
Hay muy pocas clases aquí. Se han ido Grant, Nadia, Bessie, Alex. Sigue aquí Roland, Vinicio, yo, Mary, Anne de Ponyer.
Anoche dormí en la calle porque estaba muy en pedo y no quería llamar a Ann Bennet a las cuatro de la mañana. No voy mucho al bar de Pepé, sólo para comer. Voy a Moncloa y a la cafetería. Anoche estuve allí hablando con José; te da sus recuerdos. No pensaba que fuera posible, pero he cumplido un imposible: tengo crédito en el bar en Moncloa. Espero tener más muy pronto.  No te puedo llamar por dos razones: he perdido el número y no tengo teléfono, así que será mejor que me llames a la Academia.
Ah, quedé con Eva hace una semana y la puta cabrona me dejó plantado. También me enrollé con una modelo en la calle de René, me invitó a su casa, fumamos un par de canutos y cuando intenté ligar la muy puta me echó de su casa.
Pues escríbeme pronto, no pienso que venga la francesa. Take care,
Alan


PD: Pienso que mi madre está bien. Llamé a la casa de Ann y mi sobrina me dijo que había ido a orillas del mar, así que, nada.