domingo, 20 de noviembre de 2016

Lolei. Memorias de lo inconfesable (47)












CAPITULO
47

En su segundo regreso a la Argentina, Lolei se parecía más a un turista europeo que a un argentino de regreso a su tierra. Su gente le remarcó que ya hablaba “como un gallego más”. De pronto el coño, el carro, el autostop, el echar de menos o el coger pedos se habían incorporado a su léxico con la misma naturalidad de un inglés que aprende el castellano en una academia. Hablaba casi como si fuese Alan.
Parecía un rasgo pintoresco e insignificante, pero en el fondo denotaba una suerte de mimetización acartonada y fría. Era de esperarse: “si hablas como un argentino, te entenderían la mitad de las frases”, se justificaba Lolei. Su rápida adaptación se vislumbraba también en su aspecto saludable: había engordado algunos kilos porque “morfaba y chupaba como un condenado”.
Estuvo unos dos meses en Mar del Plata, donde se reencontró con amigos de la juventud. Recordaron viejas épocas de andanzas. Notó que la vida había hecho estragos con algunos de ellos. Todos estaban cambiados: esposa, hijos, trabajo, es decir, una vida familiar, ordenada y bien burguesa. Muchos habían progresado en lo económico; otros se habían afianzado socialmente. Casi todos eran profesionales. Notó, entonces, que vivían de la forma en que él había planeado para sí mismo su existencia cuando aún era joven y aún vivía en Argentina. Notó, finalmente, que él estaba viviendo una segunda juventud, una nueva adolescencia desbordada, como en aquellos días en que las responsabilidades del ciudadano correcto no estaban al tope de las prioridades.
Se sintió satisfecho.
Luego pasó unos días en La Plata, donde visitó a su tía Julia y a sus camaradas de bares y burdeles. Tuvo intenciones de saludar a Lola, pero ella no estaba en la ciudad.
En septiembre, ya de regreso en Madrid, se reincorporó a la academia con engrandecida energía. Volvió a encontrarse con sus compañeros. Realizó algunos viajes por el interior de España antes del inicio de las clases.
Su relación con Mme. Chardy fue amistosa y profesional. Al parecer, en su ausencia, la directora había encontrado un nuevo galán que la favorecía adecuadamente y con quien ella se sentía muy a gusto.
“Era de esperarse -pensó el viejo-, y era lo que necesitaba: mademoiselle es joven –apenas unos cinco años menos que yo-, y aunque no de mi total agrado físico, es elegante, exitosa e inteligente. Me alegra la noticia. Además, el muchacho es ajeno a la academia, lo cual significa que nosotros no lo conocemos. De ese modo, cuando tenga la oportunidad de tirármela, lo haré sin la culpa de saber a quién estaré engañando”.
De hecho, cada vez que pudo frecuentar a la directora –es decir, cuando ella lo pretendía y lo deseaba-, lo hizo sin ningún tipo de sobresalto moral, fiel a su estilo.


Fue a través de una serie de postales enviadas a su familia desde Portugal, en una de sus frecuentes salidas legales con amigos, cuando el viejo dejó entrever que la estancia española no se trataba de un idilio completo sino más bien una tentativa de huida hacia adelante.
Las sospechas comenzaron recién en su siguiente visita al país, cuando su familia comenzó a atar cabos sueltos y a cotejar con documentación oficial el relato construido por Lolei a través de las cartas y la narración de su “maravillosa experiencia”. Lo que contaba se contradecía en varios puntos con lo que hacía.
De pronto comprendieron que Lolei escondía mucho más de lo que exhibía.
En una postal enviada a sus padres desde Portugal, adonde viajaba frecuentemente con la sola misión de acreditar salidas y entradas de España, Lolei contó que había ido a pasar una semana de vacaciones con amigos y amigas, que viajaron en dos coches y era tal la cantidad de turistas que se encontraban en ese momento que no hallaron sitio adónde dormir, “ni en Coimbra, ni en Estoril, ni en Lisboa”. Es más, una noche no encontraron habitaciones ni en el Sheraton de la capital lusitana. Según su versión, poco importaban las eventualidades, pues a esa altura ya se “recagaban de risa de todo” y “aunque tuvieran que dormir en el piso, ni locos regresarían a Madrid”.
La duda surgió cuando al revisar el pasaporte, sólo por curiosidad, doña Florentina descubrió que su hijo ingresó a territorio portugués vía Badajoz, un día 4 de abril, y siguió rumbo a Lisboa. Desde allí envió la postal, el día 5. Y la salida de Portugal fue sellada el día 6, en la carretera que conduce a Villanueva del Fresno, al sur de Badajoz. La primera deducción fue que el grupo de amigos permaneció dos días en Portugal, y no siete como anunciaba en la postal.
El siguiente indicio fue cuando mencionó que en Coimbra no habían conseguido alojamiento, y le llamó la atención que desde Lisboa se hayan trasladado a más de doscientos kilómetros para tratar de alojarse. No le sorprendió que visitaran Estoril, a menos de treinta kilómetros de la capital. Pero irse de Lisboa hasta Coimbra, una ciudad situada hacia el norte, a más de dos horas de viaje, sólo para buscar adónde dormir, habiendo tantas ciudades y poblados cercanos adónde acudir, eso sí le llamó la atención.
La madre de Lolei olfateó un tufillo a engaño.
De repente localizó en las hojas del pasaporte una importante cantidad de sellados con ingresos a Portugal, y salidas realizadas en el mismo día. La mayoría era por Badajoz, alguna vez por Fuentes de Oroño o Valverde del Fresno.
“Tu madre será maestra y jubilada, pero no es tonta”, dijo Lolei que le dijo doña Florentina al darse cuenta de estas pequeñas irregularidades halladas y los secretos escondidos detrás de la evidencia. “Déjelo que ya es un muchacho grande, debe saber lo que hace”, dijo Lolei que le dijo doña Florentina que dijo don Domingo al momento de trasladarle la inquietud.
-Lo más curioso del caso –reconoció Lolei- es que mamá me advirtió de estos descubrimientos unos años después, cuando yo ya había regresado definitivamente al país. Y contó que no me lo dijo antes porque temió que su sospecha fuera verdad. Y no hubiese soportado saber que su hijo la estaba pasando de pesadillas en España. A papá, como siempre, le importó un carajo. A él se lo reveló enseguida, y el tipo se lavó las manos, ni se calentó. Por eso decidieron mantenerlo oculto, para no hacerse aumentar su preocupación. Pero en definitiva ellos también mintieron: se mintieron a sí mismo. Y sobre todo mamá, que se hizo una malasangre terrible. Ni siquiera en las cartas que me escribía mencionaba el tema. Y yo a la distancia me daba cuenta de que no estaba bien. Cuando respondía y mostraba mi intranquilidad, en la siguiente carta ella apenas hacía referencia a lo que yo cuestionaba. Yo empleaba el mismo procedimiento y contestaba con evasivas. Jamás le mencioné ningún incidente; la impresión que le trasladaba era de una buenaventura que no se ve ni en las películas, y pensaba que ella se lo creía todo. Nunca le mencioné de mis borracheras, de mis peleas, de mis altercados laborales, de cómo los extrañaba verdaderamente. Claro que le decía que los echaba de menos, pero a la manera que se añora cuando se está lejos de alguien, no con la real profundidad del sentimiento. Eso no se lo contaba a mi madre. Verás, una noche me cogí un pedo tan descomunal que terminé en el hospital con la cabeza rota y una muñeca fracturada. Me caí en la calle, eso es todo; perdí el equilibro y me estrolé en la vereda. No me acuerdo de nada, sólo lo que me contaron Josefina y Alex, que iban conmigo y me llevaron al hospital. La cuestión es que me dieron cuatro puntos en la frente y estuve con la mano escayolada unos cuarenta días. La versión que entregué a mis padres, por supuesto fue groseramente inventada: “un accidente de tránsito, me atropelló una moto”, dije. Me pareció inoportuno confesarles que había sido producto de una borrachera, porque supuestamente había dejado de beber después de mi internación en el Melchor Romero. Imaginate a mi madre si hubiese sabido la verdad… Por eso inventamos esa red de mentiras, donde cada uno contaba lo que le convenía y el otro creía también lo que convenía, excepto la verdad. Cuando mamá encuentra ese detalle en el pasaporte, descubre que mis permanentes salidas de España no eran sólo por placer, sino que entrañaban otros propósitos, inasibles para ella. Pero en vez de manifestarme su preocupación se lo tragó sola, se inventó varias hipótesis con el solo fin de convencerse de que mi versión de los hechos era verdadera. Ella me dijo alguna vez que quien no es madre no puede entender jamás lo que es el sufrimiento de una madre. Tal vez llevaba razón. Y lo cierto en este intríngulis de interpretaciones es que ambos decidimos fingir, acordamos tácitamente en que el artificio era más veraz que la mera verdad. Por eso tampoco adiviné que detrás de sus palabras escritas con aparente prolijidad había un sentimiento de angustia irrefrenable. Lo descubrí recién al año siguiente, en otro viaje a Mar del Plata, cuando vi que mi madre, que ya no era joven pero se mantenía enérgica y briosa, se había avejentado a pasos agigantados. Y estaba notablemente desmejorada de aspecto y  de salud. Sin que ella me lo pidiera, supe había llegado el momento de regresar.
Al poco tiempo de un nuevo regreso a Madrid, Alan fue echado a la academia y decidió volver a Inglaterra. Hacía bastante tiempo que sumaba reñidas discusiones con la directora, como corresponde a dos personas de carácter fuerte e inflexible.
Alan era un gran profesor y se llevaba de maravillas con los alumnos. Sin embargo, los continuos desbarajustes en que incurría por la ingesta excesiva de alcohol y otras hierbas, fueron modificando su carácter en el seno del instituto. El inglés llevaba una vida más disipada que la de Lolei, cuando no estaban juntos. Solía amanecerse en las calles, o en bancos de algún parque, tras alguna borrachera que lo dejara inconsciente. A veces, en ese estado, concurría al trabajo. Y allí se trenzaban de lo lindo con mademoiselle.
Ella era una persona severa a la hora de las reglas y solía imponer pautas irrestrictas; una de ellas, la concurrencia a clases en perfectas condiciones de higiene y presencia. Se enojaba cuando algún profesor se aparecía con el traje desaliñado, el pelo revuelto o un aliento de perro descompuesto. Hay que ver cómo se ponía cuando algún profesor aparecía con evidentes signos de borrachera y olor a marihuana en la ropa. Lolei sufrió sus buenos escarmientos por situaciones como esas. Pero luego mademoiselle se calmaba; bastaba llenarle un rato la boca con una polla y todos contentos.
Alan no era de agachar la cabeza y dejarse atropellar, por más que la directora tuviese razón en regañarlo. Él abrigaba un rencor indiscutible: Mme. Chardy pagaba unos salarios casi de miseria y era una persona muy tacaña y ventajera. Y eso a Alan no le gustaba nada. Y para trabajar a disgusto y por un dinero que apenas alcanzaba para vivir de prestado, era mejor buscar otros rumbos. Este planteo, realizado desde el lugar del patrón, es más concreto y efectivo: “si no os gusta este curro, pues búscate otro”. Y Alan, agotado, decidió marcharse.
Lolei sintió profundamente la partida del inglés. Se habían tomado un gran cariño mutuo. Alan solía decirle, en tren de confesiones de borracho, que era como el padre que nunca tuvo. Del mismo modo, el viejo replicaba que era como el hijo que siempre deseó.
Eran grandes confidentes, también sin una copa de por medio.
Por eso, el viejo sintió que un pedazo de sí mismo se desprendía con la partida de Alan. Poco a poco fue comprendiendo que sus días en España tenían cada vez menos sentido.
La idea del regreso se agigantaba como la luna.




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(XLVII)

Para: Hugo Cavalcanti Palacios
Calle 3 N° 492 1°E
1900 La Plata
Argentina

De: Alan Rogerson
Atherbea
12 Chemin de Barthès
Bayonne
France

4 October 1987
Querido amigo Hugo:
Te escribo otra carta. Espero que hayas recibido la anterior, que escribí en cinco minutos. Te deseo que vayas bien, también tus familiares. ¿Sabes algo? Desde hace un mes tengo un diario, que pongo al corriente cada tarde. Esta vez hay dos cosas que han cambiado: primero, escribo en francés, porque me resulta más fácil el idioma; segundo, en vez de escribir a Harry (un personaje que tú destruiste) ahora lo hago a mi mejor amigo Hugo.
Ya sabes que me gusta escribir. Además, no pretendo vivir una eternidad. Y cuando me vaya a la gran bodega celestial me gustaría dejar algo, si no, si desaparezco sin dejar nada detrás, será como si no hubiera vivido nada. Creo que he visto y vivido un montón de cosas que merecen ser mencionadas.
Por lo pronto sigo parado. De vez en cuando hago algunas chapuzas que me permiten sobrevivir, no muy bien, pero… Dentro de tres meses ya no tendré el derecho a cobrar el subsidio de paro. Ahí sí estaré jodido, sin ingresos. No sé que voy a hacer. Llevo tres semanas sin beber por falta de tiempo y de dinero. Esta semana he escrito a Pepé y a Julito. La semana pasada fui a St. Jean de Luz y a Biarritz con un amigo. La pasé genial. Ahora estoy en Pau, en casa de un amigo.
Acabo de matricularme en la Facultad. Haré otra tesina, ya que cuando Anne me echó dejé todo. Espero lograrlo esta vez. La tesina la haré en castellano.
¿Tú no tienes idea de cuándo volverás? Cuando fui a Madrid vi a la dueña de la casa donde estaba Felicitas. Vi a su marido. Hablamos juntos un ratito y la culpa de todas las borracheras y todos los pedos gordos fue tuya. ¡Te echaron la culpa de todo!
Te doy un abrazo fuerte. Tu amigo que no te olvida
Alan

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