martes, 15 de noviembre de 2016

Lolei. Memorias de lo inconfesable (46)



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CAPITULO
46

La adaptación de Lolei en tierras europeas resultó menos costosa gracias a la camaradería de los muchos amigos que fue cosechando. Tanto es así que, tras permanecer unos meses en la pensión que lo cobijó a su llegada, logró mudarse a un departamento cercano al Paseo de la Castellana, sobre la calle Marqués de la Riscal, donde vivía un médico a quien había conocido en el bar de Pepé. Este médico, llamado Alex, se había separado hacía poco tiempo y disponía de espacio suficiente en su piso. La idea era achicar gastos y allí cayó el abuelo con sus bártulos. Le quedaba cómodo, además, porque estaba a pocas cuadras del trabajo en la academia.
En pleno proceso de mudanza, y aprovechando las vacaciones de verano en Europa, Lolei viajó hasta la Argentina para visitar a su familia. Permaneció durante unos diez días en Mar del Plata, en julio del 79. Evaluó su presente. Sus allegados insistían para que se quedara. Justificaban esa posición en que su vida ya no corría riesgos.
Pero Lolei se sentía a gusto en Madrid. Aunque extrañaba su tierra y a los suyos, se hallaba frente a un potencial de actividades que eran impensadas al momento de su partida. Planeó regresar y permanecer, por lo menos, tres o cuatro años más en Europa. Alegó excelentes medios de progreso personal y laboral, y la cercana posibilidad de recorrer sitios anhelados durante toda su vida.
Por supuesto que escondió la cruenta recaída en sus adicciones y dejó pasar que en su condición de extranjero no cumplía con las leyes españolas y era, lisa y llanamente, uno de los tantos inmigrantes ilegales que poblaban la madre patria. Vivir a hurtadillas no le agradaba. Pero tampoco le incomodaba tener que moverse entre las sombras. Prometió a su familia volver a visitarlos al año siguiente, también en el período del receso estival europeo.
Regresó a Madrid y se instaló con Alex. El médico fue muy generoso, pues no sólo lo acogió en su hogar sino que además lo ensambló en su círculo de amistades y conocidos. De ese modo, sumaba compañeros también fuera de la academia.
Cuando logró una posición más sólida y pudo ahorrar dinero suficiente –sumado al que había llevado desde Argentina- comenzó a recorrer, siempre junto a sus amigos, distintas ciudades de España. Viajaban en caravanas de uno o dos automóviles, cada fin de semana, hacia pueblos cercanos a Madrid. A veces visitaban sitios cercanos a la frontera con Portugal o con Francia, y aprovechaban para cruzarse y sellar en el pasaporte su salida y posterior ingreso al país. Con este trámite podía permanecer más tranquilo en España en los siguientes meses. No era casual entonces que la mayor de las veces el viejo saliera de paseo con otros amigos extranjeros en su misma situación.
Este tipo de formalidades, maquillados en tours de placer, lo hizo consuetudinariamente en los siguientes cinco años que duró su travesía por aquellas tierras.
Hacia octubre del 79, merced a gestiones de Alex, consiguió un trabajo como intérprete para un empresario que debía realizar una pequeña gira por Francia, Suiza y Alemania. Aunque Lolei sabía que el francés no era su fuerte, se esmeró en pulir su estilo y, gracias a la ayuda de sus amigos francoparlantes –incluso Alan, que lo hablaba y escribía mejor que su castellano- se sintió lo suficientemente seguro como para aceptar la misión. Ganaría muy buen dinero. Además, en la academia no mostraron inconvenientes en otorgar una licencia por el tiempo que fuera necesario.
Su itinerario se inició desde Madrid y continuó tres días más tarde en París. En el medio, tuvo la posibilidad de recorrer los Países Vascos; quedó encantando con Elgóibar y San Sebastián. Siempre por tierra, continuó viaje hasta la capital francesa, donde permaneció los siguientes dos días.
Tuvo mucho trabajo en reuniones donde debía apelar al francés, al inglés y al castellano intermitentemente, lo cual dejó una buena impresión ante su eventual jefe y los socios extranjeros. En sus tiempos libres, recorrió la ciudad, bebió moderadamente y dejó parte de sus viáticos a consagradas putas francesas.
Voló hacia Alemania, donde debían concretar una nueva entrevista. Pero un repentino cambio de planes hizo que no se movieran del aeropuerto de Frankfurt y, tras varias horas de espera, se marcharon hacia Barcelona, donde finalmente quedó libre. Visitó Andorra, recorrió la zona y llegó hasta Salou, en Tarragona, donde conoció a una muchacha catalana que no tardó en prodigarle suntuosos favores carnales.
El idilio duró apenas tres días, tiempo suficiente para que el viejo se pegara una inusual enamorada.
Pero debía retornar a Madrid. Llegó a pensar en no hacerlo. Bajo la promesa de que volvería pronto, emprendió camino a la capital. La mujer, que era bastante adinerada y estaba separada de su segundo esposo, prometió conseguirle un puesto rentable si regresaba a Salou.
“Las cosas tienden a mejorar cada día”, pensó el viejo.

Cuando se reincorporó a la academia, Lolei se encontró con menos trabajo que el habitual. Había sido reemplazado por un tal Carlos durante su ausencia y ahora estaría solamente al frente de una de las tres clases que tenía. Disgustado, reprendió a la directora por la decisión.
Mme. Chardy, quien no era precisamente una emperatriz de los buenos modales, lo amonestó severamente y lo amenazó con la expulsión. Discutieron. El viejo se fue dando un portazo que retumbó en todo el edificio. Ganó la calle perseguido por un distinguido rosario de insultos.
En Akelda, la fonda donde se reunían habitualmente los profesores después de clase, se encontró con Alan y René, ya medio en pedo. Les contó lo sucedido. Alan, con su clásico cinismo, le advirtió que la directora había tomado una decisión lógica, “si eres el peor profesor de la historia de la academia”, le dijo. René debió interponerse entre sus amigos para evitar el desastre.
El viejo, exaltado y ya entonado por la ginebra, le había tirado un trompis que no llegó a destino por un sorpresivo reflejo del inglés, quien esquivó el manotazo haciéndose a un lado. Las copas de los tres ocupantes se hicieron añicos contra el suelo. Calmados, el trío de borrachines recompuso la mesa y el diálogo.
Tratando de enfriar el enojo de Lolei, se dedicaron a escuchar su descargo. Uno de ellos le hizo ver que la medida sería temporal, que su reemplazante no duraría mucho tiempo en el puesto, que el único grupo que aún tenía a cargo era el mejor de los grupos posibles, que con una sola clase y los alumnos particulares ganaba un dinero pasadero, que a partir del año siguiente seguramente recuperaría esa plaza. El viejo meditó y aprobó las razones.
El otro, en cambio, fue más conciso: “Mme. Chardy está enfadada contigo porque eres el único que no se la ha tirado, ¡qué joder!”. Y en parte, recordaría Lolei años más tarde, llevaba toda la razón. La directora era rígida y tenaz, a veces autoritaria y fría como un témpano, pero también una puta insaciable. “Le gusta la polla más que a ti la caña”, resumió Alan. “En este momento no debe tener quien le haga su cariñito”, agregó René, “y por eso se comporta como una víbora resentida. Verás cómo se calma cuando alguien le eche un buen polvo”.
El viejo sabía que muchos profesores del plantel de la academia se habían acostado con la directora, y él era uno de los pocos que aún no le había echado un polvo. Alan tampoco se la había tirado. Pero compensaba un poco porque cuando tuvo la ocasión, le confesó que no lo haría nunca, pues le parecía una señora muy respetable, y además no solía inmiscuirse en relaciones con sus superiores. La respuesta, una flagrante mentira del inglés, no satisfizo a mademoiselle, pero le agradó su sinceridad y nunca más lo acosó. Tenían muchas peleas y ninguna escondía tales intenciones.
En cambio con Lolei la cosa era diferente. Desde un comienzo se relacionaron con amabilidad y el viejo tal vez no quiso ver en el trato delicado de la directora, la sutileza de sus verdaderas sugerencias. Algún compañero le aconsejó seguir a los impulsos de Mme. Chardy: “verás cómo cambia su carácter contigo cuando la satisfagas como ella quiere”.
A la mesa se agregaron Josefina, una hermosa y simpática madrileña elogiada por su escote, que enseñaba francés en la academia, junto a su novio, un muchachote insulso como una esponja.
 Cambiaron de tema la conversación y en ese trance, Lolei comprendió la futilidad de la pelea y recordó que con la pasta ganada en su trabajo de intérprete podía apañárselas un buen tiempo, hasta recuperar los cargos perdidos.
Pronto se olvidó de la discusión y agradeció en silencio los consejos de sus amigos. Se propuso ponerse en carrera para recuperar su amistad con mademoiselle y, por supuesto, echarle su correspondiente polvo.

Hasta las siguientes vacaciones, cuando emprendió su segundo viaje a la Argentina, Lolei fue notando que sus aspiraciones nacidas a partir de la llegada intempestiva a Madrid, iban cumpliéndose con más éxito del imaginado. Si no fuera por sus repetidas recaídas alcohólicas, que le dejaban a menudo malestares físicos de los cuales le costaba cada vez más recuperarse, no es impreciso afirmar que la vida le estaba dando una merecida revancha.
Casi sin darse cuenta, lo que se inició como un exilio forzado e hijo del miedo, se fue transformando en un renacer holgado y entretenido. Gozaba de su existencia disipada, con trabajos relajados, viajes recreativos y algazaras morrocotudas plagadas de bebidas, algo de drogas y algo de sexo.
Apenas si dedicaba tiempo a la lectura. Y poco y nada a escribir, más no sea extensas y detalladas cartas a sus familiares y amigos.
Bien pronto se fue olvidando de sus berretines clasistas y de sus antepasados gloriosos. El brillo patriótico de los Monteagudo, las gestas intelectuales de los Tejedor, de los del Valle, de los Palacios, se esfumaron como un recuerdo pasajero.
A diferencia de muchos compatriotas exiliados por la amenaza de la dictadura, Lolei tuvo una supervivencia casi feliz y consagrada a las intemperancias, no ya a pensar con nostalgia la patria abandonada. Ya comenzaba a darse cuenta que su situación era muy distinta a la mayoría y que su devenir europeo correspondía a razones de índole personal. Se animó a confesarse a sí mismo que su condición de “exiliado” sonaba a exageración.
Así y todo, decidió justificar su existencia con una pereza inusual hacia los pensamientos profundos. Decidió que las cosas debían seguir su rumbo, sin detenerse a pensar por qué sucedía lo que sucedía.
Las cosas libradas al azar, al más inescrupuloso azar.
Tenía dinero, amigos, bebida, drogas y mujeres con quienes solazarse. Mme. Chardy supo disfrutarlo en ese arrebato de optimismo que cosechó por aquellos meses.


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(XLVI)

Para: Hugo Cavalcanti Palacios
Calle 3 N° 492 1°E
1900 La Plata
Argentina

De: Alan Rogerson
Atherbea
12 Chemin de Barthès
Bayonne
France

Pau, 23 Août 1987
Querido amigo Hugo:
Muchísimas gracias por tu carta. No podía escribirte porque perdí tus señas y esperaba que lo hicieras a Inglaterra. Mi madre me envío tu carta hace unos días.
Como ves ya no vivo con mi novia. Me echó, por razones suyas, no entendí nada. Un día regresé a casa y encontré mis cosas en la calle. Me arrojó un papel por la ventana pero no me tomé la molestia de recogerlo, di media vuelta, cargué las cosas y me fui. Volví a verla hace un mes. Me pidió que volviera y me negué. Desde entonces no le he escrito ni llamado por teléfono. Me dijo por qué lo había hecho y sus razones no me convencieron. Además, se equivocó. Pues tanto peor, porque como dicen en francés “une de perdue, dix de retrouveés”, algo así como “una perdida, diez encontradas”. La verdad es que me dolió, me hizo gran daño, pues la quería mucho. Pero ya está. A otra cosa.
Después de eso fui a buscar trabajo en la costa. Caí en el hospital por beber demasiado y no cuidarme. Volví a Inglaterra para el casamiento de mi sobrina. Lo pasé muy bien. Al regreso llevé a mi madre a Lourdes, para ver a una virgen o algo parecido, donde pasamos una semana. Ella se volvió a Inglaterra y yo partí hacia Portugal. Me quedé una semana, como siempre, bebiendo y yendo de juerga.
Una tarde me paseaba por la calle, con un pedo gordo, y una prostituta me preguntó si quería follar. Le dije que no, pero luego dije que sí y subimos a su casa. Se quitó las bragas, yo quedé en pelotas. No sé por qué en ese momento cambié de idea y me fui después de haber pagado. Estaba borracho y otra vez no se me endureció la polla.
Ahora estoy en Bayona, cerca de la frontera española. Vivo con otra gente. Trabajo como peón en un liceo de Biarritz. Estamos arreglando el tejado. La tarea consiste en romper el asfalto con hachas y colocar un nuevo revestimiento. Es un trabajo duro y no me gusta. Tal vez consiga como profesor de inglés aquí en Bayona. Lo sabré pasado mañana.
Este fin de semana estaré en Pau, a 100 kilómetros de Bayona, en casa de un amigo que es profe de Historia en el Liceo de esta ciudad. La semana pasada estuve en las fiestas de Bayona, que significan cinco días seguidos de borrachera. Ahí perdí todos mis documentos. Así que mañana tendré que ver a un abogado por razones financieras. Sin querer di mucho dinero a una chica con quien salía y un buen día desapareció. Tuve que dar parte a la comisaría y ahora, si no podemos arreglar el problema juntos, habrá un juicio.
Te contaré de mi viaje a Madrid. Fui a hacer una tesina sobre la inmigración española en Francia en 1920-1930. Pero en vez de concurrir al Ministerio a consultar los archivos me pasé el tiempo, adivina dónde, bebiendo. Vi a Pepé y a Esther, que estaban muy contentos de verme. Vi a Mme. Chardy e hicimos las paces. Dije que ya no bebía. Es mentira, pero tampoco iba a decirle que bebía como siempre. Con Carlos tomamos varias copas. Está estudiando en la facultad y rindió varios exámenes. Su padre debe haber pagado un dineral. Sigue tan pajero como antes; me es simpático, me cae muy bien ese chico. Fui a menudo al bar de Julio. Comí dos veces con Carmen y sus niños; hablamos de viejos tiempos. Por supuesto que nos acordamos de ti, en términos de amistad. Todos te recuerdan bien. Vi a Rob en Akela pero fingió no conocerme; no insistí en entablar ninguna conversación. Estuve con Felicitas; trabaja en un bar llamado La Flor y está a la vuelta de Akela. Me ofreció cañas y tortilla. Fui bastante a Argüelles, el bar donde ponen música, ese en el que nosotros nos sentábamos enfrente para beber nuestro Fundador. Todos me acogieron de maravillas.
¿Tú cuándo volverás a España? Me gustaría verte otra vez. Ojalá puedas hacerlo. Espero que la salud de tus padres mejore. Si tardas mucho en recibir esta carta no creas que ya no quiero escribirte. Ves bien que he tenido mis problemas, además de perder tus señas. También puedes enviarlas a Inglaterra, así siempre recibiré tus cartas.
Te doy un abrazo enorme, tu amigo que nunca te olvida

Alan

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