sábado, 5 de diciembre de 2015

Lolei. Memorias de lo inconfesable (17)


CAPITULO
17

-El 56 no fue un buen año en la facultad. Desde el comienzo me costó insertarme en el ritmo de las cursadas y también del estudio. Trataba de convencerme que el descanso obligado por el Servicio Militar era el causante de la desidia. En mi casa tía Julia no cuestionaba mis razones y mi familia, bastante ajena a todo, también se conformaba con mis explicaciones. Compensaba en algo la situación que seguía perfeccionando mis estudios de inglés, ya avanzados, y de francés, aunque en menor intensidad. Me fue bien en Derecho Civil I y II y en Derecho Penal I y reprobé Derecho Comercial II. Por aquella época La Plata era un hormiguero de estudiantes provenientes de todo el país. Crecían las peñas y los encuentros en los clubes, salidas que se alternaban a los cines, los teatros, los conciertos. Con viejos amigos de Mar del Plata, algunos que estaban en la Capital, junto con nuevos camaradas y compañeros de estudio, nos reuníamos en casas, en bares y clubes. Había ciertas libertades y algo de agitación. Reinaba un clima general de distensión. Volví a encontrar a la Negra Teresa, casi por casualidad, en una fiesta del Jóckey Club. Había ido con su nuevo novio, un estudiante de Ingeniería tres años mayor que ella y que estaba a punto de recibirse. Me contó que estaba haciendo la carrera de Farmacéutica, que aún vivía con sus padres y que en el verano no estuvo en Mar del Plata porque había decidido hacer un viaje al norte del país, junto a su novio. Preguntó por la muchachada y les di las novedades que recordaba, que no eran muchas. Hablamos un buen rato y nos despedimos como viejos conocidos –ni siquiera como buenos amigos, tal vez porque nunca lo fuimos-, sin rencores y buenos deseos. Me alegré de verla y al mismo tiempo me entristecí de encontrarla con otro novio. Sabía que no había esperanzas de rehacer la relación, pero tal vez el hecho de encontrarme solo, de no haber estado con ninguna mujer desde nuestra separación, me atrapó la malograda nostalgia de añorar lo perdido. Pasarían varios meses hasta que pudiera darle un mejor rumbo a mi vida sentimental.
A mediados de ese año surgió la posibilidad de que los padres de Lolei se radicaran en La Plata. Los motivos del traslado, al parecer, giraban en torno a las discordancias políticas de don Domingo. Poco a poco su actividad había entrado en receso. En los medios locales se barruntaban comentarios de toda índole sobre la desaparición brusca y premeditada del ex concejal.
Un artículo del diario La Mañana se preguntaba si ese eclipse era total o parcial, y examinaba hipótesis para explicar la decisión. “Porque Cavalcanti, que se ha substraído a la acción en el escenario donde ocupó siempre puestos de primera fila en la hora de la pelea por la libertad, no entró a la arena política por casualidad sino por convicción. Quien nos las tuviera, y por cierto arraigadas, no habría actuado en el lapso en el que quedarse quieto era lo más cómodo y lo menos comprometedor, y en cambio ubicarse en la vereda de enfrente de la dictadura, y mostrarse allí, era exponerse moral y físicamente al ataque y la calumnia”, se escribía.
Pero las versiones iban más allá: “Se dice, y a veces la voz de la calle funda su decir en algo más que simples presunciones, que Cavalcanti se trasladaría a La Plata, donde pensaría radicarse. Es ajena la política a su resolución, sin que esto implique que ese cambio de escenario deba interpretarse como un retiro político”.
Y culminaba: “Sus amigos creen, y así lo señalan, en que reaparecerá aquí o allá, porque ese eclipse que se ha impuesto no es un eclipse total sino un eclipse parcial. Descanso, si se quiere, ganando en la brega larga y difícil contra el régimen; etapa acaso definitivamente superada, si no se restan las energías útiles a la empresa de la reconstrucción. Más erizada de obstáculos todavía que la de derribar la tiranía”.



Esta contingencia contrariaba fuertemente a un disipado y cómodo Lolei. Varias posturas estaban en juego, mayormente disolubles. Por un lado porque la llegada de su familia a La Plata era vista por él como una amenaza a su bien llevada independencia, por entonces ayuna de exigencias y prolífica de libertades. Y no creía estar dispuesto a retroceder un paso en su carrera para volver a vivir con ellos.
Por otra parte, eran cada vez más palpables las discrepancias familiares surgidas del fervor que su padre concedía a la actividad política, una circunstancia de larga data que fue acumulando consecuencias negativas al normal proceder hogareño.
Esta aventura, sin embargo, reportaba réditos económicos y sociales que merecían ser aprovechados. Para Lolei, la disyuntiva estaba planteada entre el bienestar del conjunto familiar o su complacencia personal. Aún sin conocer a fondo las eventualidades estrictamente políticas por las que atravesaba, Lolei se inclinó por tratar de convencer a todos de que no era el momento para abandonar una lucha que tanta sangre, sudor y energía había costado a él y a su pueblo. “Te debes a tu gente, la que te puso en este lugar y a la que tanto has ayudado”, pudo haberle dicho, palabras más, palabras menos.
En mayo del 57, en ocasión del acto por el Día del Trabajador, don Domingo reaparecía públicamente en Mar del Plata dejando su mensaje en las emisoras locales. “Trabajemos más y mejor, porque el trabajo intenso y honrado es como la lluvia, que lava el alma de las pasiones, purificándolas devuelva la alegría de vivir y beneficia en sus alcances mediatos e inmediatos, proyectándose de prosperidad, de progreso y real bienestar en un porvenir cada día más promisorio”, vitoreaba a la ciudadanía.
Ya reincorporado a las filas de la Unión Cívica Radical del Pueblo, el 11 de ese mes participaba de un congreso que esta facción organizó en C. Nicanor Otamendi, en el partido de General Alvarado. La crónica del Diario El Argentino de esa localidad destacaba que cuando se anticipó la presencia de don Domingo Cavalcanti, su nombre “fue saludado con una significativa salva de aplausos por la numerosa concurrencia, integrada seguramente por muchos de los que fueron alumnos de este digno educador y demócrata insobornable, que prefirió truncar su carrera antes que claudicar ante la ignominia que mancilló las aulas argentinas”.
Ante la multitud, el dirigente se refirió una vez más con elogios hacia la Revolución Libertadora, aclarando que se trataba de la tercera de las auténticas revoluciones argentinas, junto con la de Mayo de 1810 y la de Caseros de 1852. “Se diferencian de los motines militares de 1930 y de 1943 en que estas sólo trajeron fraude, corrupción y despotismo, sin modificar las instituciones, en tanto que las del siglo pasado y la del año 1955 concretaron su lema de Libertad y Justicia sin olvidar los postulados de bienestar general, que no será nada fácil de realizar por culpa de los inmensos despilfarros del desgobierno peronista, que nos hace pagar a todos los platos rotos…”.
El nombre de Domingo Cavalcanti comenzó a figurar entre los posibles candidatos a intendente del municipio de Gral. Pueyrredón para las elecciones del año siguiente: Trevisonno, Elgue y Cavalcanti por la UCR del Pueblo; Begué, Tarantino y Crovetto por la UCR Intransigente; Murguier y Labatut por la UCR Voto Directo, se especulaba entonces.

Para Lolei, aquel año 57 también pasó sin pena ni gloria.
-Puedo confesar que me la pasé bastante de joda. Tuve alguna conquista que no merece recordarse. En la facultad no me destaqué: aprobé Derecho Internacional Público y Derecho Penal II; en Derecho Civil III fui aplazado. Después de rendir este examen, a mediados de diciembre, volé a Mar del Plata a reencontrarme con las esperadas vacaciones. En enero murió mi tía Celina, la mayor de las hermanas de mi mamá, a los 69 años. No fui al entierro porque me había pescado una gripe tremenda. Ese verano tuve una vida social más interesante que el anterior. Esta vez no alquilamos carpa en la Bristol sino que nos dedicamos a recorrer varias playas. Frecuentábamos una de ellas por tres o cuatro días y nos mudábamos a otra. A veces el grupo se dividía entre quienes se quedaban algún día más en una y se sumaba después a la mayoría. Al atardecer nos metíamos en alguna matiné a escuchar música y beber algún trago. Para entonces yo ya era un apasionado tomador de whisky y fumaba casi un paquete diario de cigarrillos.
Al viejo le bastó con nombrar la palabra ‘cigarrillo’ para sentir deseos de fumar. Le prendí uno. Amagó con pedir whisky y lo frené en seco. “Seguí contando”, le dije.
-Recuerdo una noche en un baile en el Hurlingham Hotel. Fuimos con dos muchachos de la barra, Guido Valentini y Rodolfo Seyfert, los tres solos, porque nadie quiso acompañarnos a ese lugar. A esas juergas asistía mucha gente joven del “centro”, y se mezclaba con turistas que llegaban para la temporada. Había músicos de jazz –solían ir Ángel Ratti y su típica a ese lugar- y, lo más importante,  buen material femenino. Confieso que el ambiente no era el que más me gustaba, pero después de varias copas era dado a hacer migas con cualquiera. No sabía bailar y rara vez invitaba a alguna chica, pero ahí se podía entablar una charla con sólo acercarte a la mesa, siempre procurando ser simpático. Tenía a favor a mis compañeros, muy pintones y cordiales, bastante más que yo. Allí esa noche conocí a una mujer, que estaba sentada con tres amigas en una mesa alejada de la pista. Rodolfo encaró primero y se presentó; nos dio el visto bueno y nos sumamos con Guido. Hablamos de fruslerías, supongo, un buen rato. A mi lado estaba esta chica; se llamaba Adriana, creo. Era de un pueblo de la provincia de Buenos Aires y estaba visitando a unos familiares. De las otras, dos eran sus primas y la tercera una amiga de ellas. Era un año menor que yo y no tenía novio; había estado comprometida pero el muchacho había muerto trágicamente. No quise preguntar demasiado y le dije que lo sentía mucho. Contestó algo así como ya es demasiado tarde para lamentos, son cosas que pasan en la vida o hay que mirar hacia adelante porque la función continúa. Entonces le conté sobre mí, mientras pedíamos otro whisky para mí y una gaseosa para ella. Ninguna de las chicas tomaba alcohol. Seguramente le detallé que era estudiante de abogacía, que vivía en La Plata y mi padre era concejal y hasta se hablaba de que podría postularse para intendente, que ahora yo estaba de vacaciones en la Feliz, esa clase de minucias. Tal vez mencioné algún libro para impresionarla, o alguna película; probablemente tiré algunas frases en inglés. Hasta que comencé a percibir, o casi a tener de la certeza, de que era muy hermosa, más que cuando nos sentamos a la mesa, más aún que una de las primas, que en verdad era la más bella de todas, seguramente desde que nació. Me percaté también que cada whisky duraba menos y que la prima linda tenía su cara a centímetros de Rodolfo y se reían como locos. Seguíamos hablando de cualquier cosa, entre todos, y en cierto momento me escuché emitiendo alguna ponderación hacia la Libertadora, hacia Aramburu y hacia los radicales que luchaban por la democracia. Me sentí gesticulando como lo haría mi propio padre en cada mitin. Vi que la cabeza me daba vueltas y mis compañeros eran una imagen homogénea que se iba borroneando y alejando cada vez más y más hasta que el mundo de repente se terminó. La resolución es sencilla y no hace falta que lo explique: me agarré una curda de padre y señor nuestro y me pegué un golpe tremendo. Terminé acostado en el suelo, bien acostado, en ademán de crucifixión, con los ojos en blanco y la respiración casi nula. Contaron después Guido y Rodolfo que tuvieron sumar a dos personas para poder levantarme y sacarme del lugar. El siguiente recuerdo que me quedó es haberme despertado en un sofá. Era la casa de Guido, la que quedaba más cerca del Hurlingham, adonde me habían llevado no sin batallar duramente con mi cuerpo moribundo. Me dolía hasta la lengua, de eso no me olvido. Fue la primer gran borrachera que recuerdo. Y la primera con papelón incluido. Tiempo después se contó como una anécdota, pero en el momento les hice pegar flor de julepe. La versión oficial indicaba que el susto más grande se la llevaron las mujeres, que habían vivido por primera vez un espectáculo de esa magnitud. Por supuesto que nunca más la vi, y ni siquiera supe las señas de las chicas que vivían en Mar del Plata. La prima de ellas, Adriana, la que se embellecía con el correr de la noche, debió ser atendida por un ataque de histeria. Dicen que decía que me había muerto, y gritaba que por qué tenían que morirse los hombres que se le acercaban, que estaba maldita y terminaría soltera y desgraciada. Allí me enteré que su prometido había muerto despedazado en el bombardeo criminal a la plaza de Mayo. Con el paso del tiempo le fui restando importancia a este acontecimiento, porque al fin y al cabo no sería el último. Las curdas bochornosas fueron lugar común en varias etapas de mi vida. Lo que nunca pude fue reconstruir claramente el rostro de Adriana, como si la imagen que prevaleciera en mi memoria fuera la última, ya manchada por las nieblas del alcohol. Y cada vez que me esforzaba por recuperarla, intercedía una cortina de humo y destrozos en la ejecución de la plaza. Como si su retrato y los restos de la masacre fueran el mismo. Y tal vez lo fueran en algún punto, pues ambas conllevan una pérdida. Y en esa confusión, están el rostro que yo perdí y la vida que ella perdió.
-¡Las cosas que hace un pedo!-, le dije en tono sobrio.
-Un descomunal pedo y los milicos-, corrigió. Uno te caga la noche, los otros la vida.


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(XVII)

Para: Hugo Cavalcanti Palacios
Academia de Idiomas Gref
Calle Santa Engracia 62 4°
Madrid – España

De: Alan Rogerson
I Bradgate Street
Ashton –II-Lyne
Tameside - Manchester

8 November 1983
Querido Hugo:
Gracias por todas tus cartas. He recibido muchas y he escrito pocas. Soy muy haragán, siempre me digo ‘mañana escribiré’ pero, como ya sabes, ‘tomorrow never comes’. Me esforzaré por escribir más. El problema es que no tengo ganas de hacer nada.
Te llamé esta mañana, me alegró mucho oír tu voz. Mme. Chardy me dijo que no había muchos alumnos. Espero que tú tengas en buena cantidad. Qué lástima que ya no tengas clases con la familia Lobarto; cuando los alumnos no aprueban, los padres siempre lo achacan al profe.
Sigo sin trabajo y por eso volví a Manchester. Hay más posibilidades en Londres, pero allí no tengo casi nada, y aquí tengo a mi familia, mis amigos. Cuando le dije a Danny que me iba, no le gustó. Pero si vuelvo a Londres, vuelvo a la mierda. Estoy triste y aturdido, porque la gente que conozco en Londres no quiere me vaya y la gente de aquí no quiere que vuelva. ¿Qué hago? Es un dilema.
En realidad me quiero marchar al extranjero otra vez. Inglaterra está jodida, no me ofrece nada. A veces soy realista y me doy cuenta de que no quiero asumir responsabilidades, que quiero vivir como lo hacía en España, una vida libertina, sin preocupaciones, sin responsabilidades. Si hubiese podido conseguir algo aquí habría intentado cambiar. Bueno, en cierto punto cambié. Pero si regresara allá tendría que esforzarme por conseguir algún trabajo.
No estoy contento aquí. Cuando regresé de España, sin saberlo, cometí un error. Ahora volví a Manchester y si sigo sin conseguir trabajo, cometeré otro, y esto me preocupa. Pero confío en que algo saldrá. Lo que me jode es la incertidumbre. Ya veré.
Bombazo: Rob y Jan vendrán para acá en Navidad. Se van a casar. Jan está embarazada y dará a luz en primavera. El niño debería llamarse Alan; es un nombre árabe que significa ‘mataabstemios’. A lo mejor, para celebrar el casamiento, puedo organizar un viaje a Valencia. Podemos ir tú y yo, Rob y Jan, Rosa y René; la pasaríamos bomba todos juntos, bebiendo y cantando en el autocar. René se cogería una merluza y Rosa se enfadaría.
Todavía no he visto a Anna. Le he llamado dos veces por teléfono. Está muy ocupada, tiene que estudiar. Quedamos hace una semana, pero me vine para acá. Mañana debo cobrar el subsidio de paro. Iré a Londres. Tal vez Danny se venga conmigo unos días a Manchester.
Recibí una carta de Claudia, la maja chica francesa. Desgraciadamente su hermano murió en un accidente de coches. Él era muy majo, un poco pasota, pero un buen chaval.
La semana pasada vi a Lionel. Fuimos al pub y fumamos porros. Dijo que se va a marchar, está hasta los cojones de Inglaterra, no me extraña que se vaya. Yo sigo estudiando portugués. Ando por todas partes con el libro, nunca lo estudio, pero lo ojeo.
Dime algo, ¿cuándo se celebran las elecciones en la academia? Te lo digo porque la semana pasada recibí tres cartas de tus alumnos. Me contaron que eres el peor profe de la academia y que les gustaría hacer algo. Les aconsejé que votaran por ti. Les dije que su voto sería la satisfacción de muchos. Cuando les conté que habías ganado cinco veces en cinco años, pensaron que ya era hora de que dimitieras al cargo. Me mostré de acuerdo.
Aprovechando la ocasión, he compuesto unos versos, que intitulé “No queremos a nuestro profe”. Dice así:

Anda por calles concurridas
Orgulloso de dar clases aburridas.
Llega contento y cantando
Los alumnos salen chungos bostezando.
Entra sonriendo con un tomo
Ellos piensan que es un plomo.
Cuenta chistes, muchos a gogo
Hugo, por favor no seas tan patoso.
Sale contento, el trabajo hecho
Pero qué suerte: no tiene balas en el pecho.
Nosotras, las alumnas
No queremos más calumnias.
Nos dijeron que era un hombrón
¡Queremos un profe, no un cabrón!.
¡Queremos reír, queremos follar!
¡Pero el buen Huguito nos hace roncar!.
¿Y Hugo qué hace? Nos hace repetir
Pobre gilipollas, ¡debería dimitir!

Te voy a regalar algo para tu cumpleaños. Deberás esperar un poco, hasta que tenga pasta. Por ahora solo me alcanzó para una tarjeta. Si consigo la cinta, te la regalaré. Mandaré dinero también para Pepé. Espero tener pronto las letras de las canciones que me pediste. Me dijiste que estoy perdiendo la facultad de escribir en castellano; es lógico, no practico y cuesta mucho. Ojalá mejore.
Espero que mi poesía te haya gustado. Escríbeme pronto. Un abrazo muy fuerte

Alan


Lolei. Memorias de lo inconfesable (16)


CAPITULO
16

-Cuando Marito Browne conoció mi casa de La Plata cuando La Plata ya no se llamaba Ciudad Eva Perón desde hacía unos cuantos años y, claro está, el peronismo ya era un movimiento derrocado y proscripto. Por aquellos años yo trataba de seguir adelante con el estudio, aunque debo reconocer que muy bien no me iba. O al menos no lo bien que yo quería.
Pasaron varios días de aquellas interminables jornadas de charlas que se iniciaban con la cena y culminaban a cualquier hora de la madrugada. El viejo iba desempolvando carpetas y baúles repletos de recuerdos y me exhibía su pasado con el interés de quien tiene delante a un biógrafo, no a un amigo.
Cuando se lanzaba a contar cualquier episodio de su vida, a menudo se tornaba tan puntilloso que daba la sensación de tener todo guionado y estudiado de memoria. A excepción de algunas anécdotas dispersas, o cuando hablábamos de algún libro en particular, o de la comida del día siguiente, casi no se hablaba de otro tema que el elegido por él.
Tal vez por esa razón debió comportarse tan ansioso y descontento aquellos días en que no le di cabida a sus cuentos. Sea por cansancio, por desidia, por estar angustiado, no lo recuerdo, durante casi una semana no presté mayor atención a sus pedidos y me limité a cumplir con mis obligaciones cotidianas, sin regalarle más tiempo de lo necesario.
Seguramente fue un viernes –el día que terminaba mi semana y podía darme el ínfimo lujo de trasnochar y beber una justa dosis de alcohol- cuando recuperamos esa amable costumbre y el viejo volvió a sentirse a sus anchas con sus crónicas.
-Había arrancado bastante bien, ilusionado y con expectativas en la carrera y en la nueva vida de estudiante. Cursé y rendí exitosamente varias materias en el 54. Aprobé Introducción al Derecho, Derecho Romano, Derecho Político y Derecho Comercial. No estuve bien en Derecho Internacional Público. En el 55 hice la colimba, hasta diciembre. Fue un año perdido, en varios sentidos. Para mi familia fue un orgullo que integrara las filas del ejército en los días de la histórica caída del “tirano”, aunque yo no me hubiese movido un metro fuera del cuartel. Lo cierto es que se vivían días de euforia en la ciudad y en el seno familiar, por la copiosa y efectiva actuación de mi padre en lo que denominaban una verdadera “gesta libertadora”.
De hecho, a finales de ese año, a instancias de una resolución refrendada por el comisionado municipal Celso Aldao, y a instancia del Ministerio de Gobierno provincial, don Domingo fue convocado para integrar la Comisión Investigadora Municipal, que tendría a su cargo la misión de indagar irregularidades de las actividades ilícitas que habrían acaecido en órganos y dependencias estatales durante el gobierno recientemente depuesto. La comisión estuvo integrada también por los vecinos Manuel Crovetto, Rufino Inda, Osvaldo Nofal y José María Vicario.
El ex concejal radical también fue uno de los oradores principales en un acto organizado por la Comisión Popular de Homenaje al diario El Trabajo, que colmó las instalaciones del club Bristol. Otros panegiristas del encuentro fueron los referentes del socialismo Fermín Zubillaga, Teodoro Bronzini y Américo Ghioldi.
En su encendido discurso, Domingo Cavalcanti rindió homenaje a la gestión patriótica del gobierno provisional del general Pedro Aramburu y su vicepresidente, contralmirante Isaac Rojas, y sostuvo que la revolución libertadora había abierto las puertas de las cárceles del país para que salieran de ellas los hombres dignos, y penetraran al lugar que les correspondía los ladrones públicos y los corruptores de la moral ciudadana.



-Las fiestas de fin de año y parte de enero del 56 las pasé en Mar del Plata, junto a mi familia y con escasas salidas con mis amigos. Me dediqué a descansar y leer mucho. Se respiraba demasiada política adonde quiera que fuera, por lo que elegí inclinar mis preferencias hacia la literatura: novelas, poesía y Borges, a quien desde hacía bastante tenía abandonado. Por esos días descubrí a Julio Cortázar a través de Bestiario, un volumen de cuentos del año 51, que aún conservo. Neruda, León Felipe, García Lorca, Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Oliverio Girondo formaron parte de mis preferencias poéticas. También iba al cine, con mi hermana Delcia a veces, aunque la mayoría de las veces prefería ir solo. Tenía largas charlas con mi madre, sobre su vida, sobre mi futuro, sobre la intervención cada vez más denodada de mi padre en la política. A mediados de febrero volví a La Plata.
Domingo Cavalcanti prosperaba en sus intervenciones públicas en defensa del nuevo gobierno. En febrero, en un acto en la plaza San Martín, y ya como parte del Movimiento Cívico Revolucionario, volvió a emitir palabras elogiosas hacia los principios de la Revolución Libertadora y propugnó la supervivencia de los valores morales sobre la demagogia y los intereses y aspiraciones personales. Junto a dirigentes nacionales y provinciales de esa corriente, señaló que la Nación se hallaba en la senda de la paz y que frente a una realidad tangible, debía la ciudadanía justificar ante la historia que todos estaban hartos de doce años de vergüenza y de ignominia.
“Estamos ante la construcción de la patria sin rencores ni odios”, dijo. Y finalizó enfatizando que “la ciudadanía debía decidirse en los próximos comicios por la paz y la democracia y contra una nueva tiranía”.
Luego se leyó una proclama del Movimiento en el que se condenaba al comunismo y los extremismos totalitarios, discurso que despertó una ovación de la multitud hacia los oradores, principalmente el arquitecto Adolfo Sánchez Zinny, presidente de la agrupación.
Pese a la exposición pública y la activa participación, inesperadamente, con el correr de los meses don Domingo fue tomando distancia de la arena política, sobre todo del partido local, que en consonancia a lo que ocurría a niveles superiores, comenzaba a mostrar sus divergencias internas.
Es que el Movimiento Cívico Revolucionario, constituido con el designio de sostener los principios de la Revolución Libertadora, estaba integrado tanto por hombres que, en su mayoría, no tenían ninguna filiación política, como de ciudadanos que militaban en agrupaciones democráticas. Decían responder a una opinión pública independiente. Y consideraban inaceptable que fuerzas políticas que pretendían ejercer el poder fueran acompañadas por organizaciones repudiadas por la mayoría del pueblo argentino, como el partido Comunista, contrario a la democracia y al sentimiento católico.
Sin embargo añadían que existían sectores aliados con el comunismo que fueron depuestos por el gobierno revolucionario y con los cuales resultaba conveniente proclamar una alianza.
Para el Movimiento, era más respetable el peronista que seguía siendo peronista que aquel demócrata que, tras haber contribuido a destruir al peronismo, procuraba utilizarlo como peldaño para un triunfo electoral. Al parecer, la defensa de esta concepción no habría sido bien recibida en un sector del radicalismo y Cavalcanti, contrariado, se fue alejando del partido y de la actividad política.
Su última aparición antes del eclipse fue en mayo de ese año, el 56, cuando presentó ante la prensa el resultado del trabajo de la Comisión Investigadora Municipal encargada a fines del año anterior.



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(XVI)

Para: Hugo Cavalcanti Palacios
Academia de Idiomas Gref
Calle Santa Engracia 62 4°
Madrid – España

De: Alan Rogerson
61 Adams Gardens Est.
Rottherhithe
London – England


19 October 1983
Querido amigo:
Gracias por tu carta, que recibí esta mañana. Aquí la cosa no anda ni bien ni mal: regular. Sigo sin trabajo y sin piso. No creo que la cosa vaya a cambiar y ya he hecho planes si esto sigue así. Probabilidades: si hasta enero no tengo nada, en febrero volveré a Madrid. Sigo mandando dinero a mi madre para tener bastante cuando llegue el momento y poder apañármelas. Quisiera encontrar un piso (sigo soñando) y quisiera trabajar como un loco. ¡Cómo me gustaría tener la oportunidad aquí, para ahorrar un poco!
Si volviera a España, te lo juro Hugo, ya nunca regresaría a Inglaterra, sólo a visitar a mi familia, o de vacaciones. Mucha gente me ha preguntado: ¿por qué volviste?.
Y ahora me lo estoy planteando seriamente.
Cada vez que me escribes recuerdo los buenos tiempos que pasamos juntos… Cuando dejaste una mierda en la cocina de René y él no se dio cuenta sino hasta el día siguiente. Cuando nos sentábamos en Moncloa a empedarnos y discutir. Cuando Vinicio nos llevó a Moncloa y nos aburrió… pobre Vinicio. Cuando me enfadé con José Luis porque no quería darme más crédito. Cuando salí con Kate dando traspiés mientras intentaba besarla… Sí, todo eso me trae buenos recuerdos.
Siento que Julio se esté desperdiciando. No sé, le cogí afecto a pesar de su forma de ser, me caía muy bien.
La semana pasada fui a Manchester a ver a mi madre. Llevé a una mujer. La pasamos bien. Cuando estoy con mi familia salgo muy poco, me quedo en casa y paso de todo. Quiero mucho a mi madre y a mi hermana y el hecho de que esté con ellas es suficiente. Claro, el domingo me cogí una tajada con mis amigos, pero es diferente. Son unos chavales acojonantes y me da tristeza que hagan siempre lo mismo. Si volviera ahora mismo sabría en qué bar encontrarlos. Yo esa vida no la quiero…
Fui a la cancha. Mi equipo, el Manchester United, ganó 3 a 0. Vamos a ganar la liga.
En tu primer párrafo pusiste que debería seguir escribiendo. No quiero molestarte ni ofenderte, pero cuando leíste mi diario perdí las ganas de escribir. Me preguntas si he leído tus comentarios, pues la verdad es que no. Nunca he abierto el diario, no quiero verlo. Los comentarios serán para otras personas, no para mí. Ya está.
Espero que puedas volver a Argentina. Sería una pena que no pudieras; la crisis económica nos afecta a todos. Y no entiendo por qué no puedes salir con dinero; basta con meter algunos billetes en tus calcetines, en calzoncillos, en bolsillos, en la maleta, en cualquier sitio, nadie lo sabrá. No creo que te vayan a cachear. No lo sé… espero que te salga bien.
Acabo de volver de mi clase de castellano y pregunté a mi profe lo que pediste. Me dijo que sí, conocía a Almafuerte, era escritor. También me preguntó si tenías apariencia de socialista. Y si en Buenos Aires aún te llaman ‘Bombachitas’.
Me alegro que Rafita esté saliendo con una chica, aunque sospecho que le irá mal. Imagínate: Rafita con su polla bien colocada en la boca de la chica, estará culeando y al mismo tiempo leyendo sus libros. Y con Pepé a su lado, en la misma posición, desnudo, calculando las facturas que tiene… ¡Qué cabrón soy, los dos me caen muy bien!
¿Cuántas cartas me mandaste? Hay algunas cosas que no comprendo, porque en mi última carta puse que yo estaba un poco chungo y sin embargo tú comentaste lo contrario. Hace un par de semanas escribí a Pepé, a Josefina, a René. En la postal puse López pero en la carta puse Rodríguez. A lo mejor mi carta se perdió y todavía ellos no han recibido nada. O te mandé a ti las que eran para ellos. No lo sé… un quilombo, como dices tú.
Tu jersey no lo tengo, te lo juro. He buscado por todas partes. A no ser que lo haya perdido; no me extrañaría. Hoy llevo puesto un jersey azul, es el que me compraste para mi cumpleaños. Dime cuándo es el tuyo, me gustaría enviarte algún regalo. Amigo, te quiero mucho y te echo de menos. Escríbeme pronto
Alan


PD: El sábado hay una manifestación en Londres. Si sale en la tele, búscame. Estaré medio pedo gritando entre la multitud… Dime si podré escribirte cuando estés en Argentina. Y no te olvides de contestarme cuántos años cumples. ¿48, 49?


jueves, 26 de noviembre de 2015

Lolei. Memorias de lo inconfesable (15)


CAPITULO
15

-Por supuesto, el Partido Socialista y la Unión Cívica Radical festejaron la intervención de la Revolución Libertadora, como así también gran cantidad de la población de Mar del Plata. Incluso el Partido Laborista, que en el 46 había apoyado a Perón, saludaba con gratitud a las Fuerzas Armadas “por su heroico y patriótico comportamiento en la gesta libertadora”.
Con moderado orgullo, Lolei evocaba la contribución de su padre y sus aliados para la denominada “recuperación democrática” en la ciudad. Al menos en esos términos él se refería entonces a la conducta revolucionaria que tomó las riendas del país.
En este sentido, resultó ilustrativo el recorte periodístico publicado el 20 de octubre en el periódico La Verdad de Ayacucho –ciudad de donde era oriundo don Domingo- que exaltaba la participación del dirigente en la “gesta” de septiembre. El artículo llevaba el título “La lucha” y consignaba lo siguiente: “Se van conociendo detalles insospechados de las luchas que libraron los civiles en muchas partes, durante los cinco días que duró la Batalla Libertadora. En Mar del Plata la cosa fue extremadamente dura, pues ahí el oficialismo era realmente fuerte y las fuerzas revolucionarias en tierra, escasas.
“El Radicalismo marplatense tuvo una actuación magnífica por todo concepto y para nosotros los de Ayacucho resulta estupendo saber que al frente de esas huestes libertadoras se encontraban dos hijos de nuestra ciudad: Oscar Víctor Murgier y Domingo Cavalcanti, presidente del Comité y Concejal, respectivamente. Conocida por el primero la precaria situación en que se encontraban las tropas rebeldes, en poco menos de dos horas consiguió alistar a doscientos hombres perfectamente armados, todos ellos radicales, y en los cuales militaban numerosos profesionales.
“Formadas las milicias democráticas, en las que también tuvieron destacada actuación los socialistas, con Bronzini a la cabeza, se batieron en magnífica forma. La fuerza radical consiguió tomar una comisaría, entorpeció las comunicaciones y libró combates en diversos puntos de la ciudad. Algunos de los audaces democráticos cayeron, pero los enemigos tuvieron numerosas bajas.
“Tenemos informes de oficiales militares que posteriormente arribaron a la ciudad, de los cuales se desprende que la organización de las fuerzas civiles fue admirable como lo fue el espíritu combativo de los decididos protagonistas. Es que ese espíritu surge por sí solo, cuando los ideales son sinceros; es decir, cuando los principios enunciados desde las tribunas no constituyen una mentira o mistificación.
“Por circunstancias especiales no hemos podido ponernos en comunicación con Murgier o Cavalcanti, pero no faltarán oportunidades, y entonces podremos hacer un enfoque certero de las acciones libradas y los intensos momentos vividos en la Perla del Atlántico.
“Por lo pronto tenemos la satisfacción de comprobar que en medio de la lucha estuvo presente el espítiru de Ayacucho y su sentido de la Democracia, ya sea en las directivas de Oscar Murgier o en las arengas de Domingo Cavalcanti. No podemos menos que decirles: ¡bravo, hijos de Ayacucho! En nombre de la ciudad y del Radicalismo, ¡muchas gracias!”



Cuando terminé de leer el artículo, que Lolei siguió con atención y en silencio, lo miré fijamente a los ojos, también sin decir nada, como buscando allí una reflexión a esas palabras que acabábamos de escuchar. Intuía que mi opinión no serviría en ese momento. Le alcancé la hoja y giré hacia la mesa para servir otra copa de vino. Volví a mirarlo, enarqué las cejas y en ese gesto entendió mi pregunta.
-Me parece una porquería, una reverenda mierda-, resumió-. Un elogio exacerbado para una manga de golpistas con disfraz de demócratas. Así era el viejo y toda su banda. Así eran y lo siguen siendo los antiperonistas. Incluso yo, en el fragor de la época, pensaba como ellos. Tal vez no me di cuenta en ese momento, pero sospecho que es a partir de esos hechos que empecé a tomar cabal conciencia de la mierda que me rodeaba. Y esa mierda era también mi padre.
Lo recitó sin dolor, con tono indiferente, como sopesando cada palabra antes de hablar. Me pidió que le alcanzara una carpeta que estaba en el suelo. También allí había una infinidad de recortes de diarios y papeles sucios y arrugados. Buscó entre la maraña y me estiró uno: “leé esto, con los primeros párrafos alcanza”.
“Anoche, a las 20.40, por LU6 Radio Atlántica –en el espacio ‘La Hora Política’- habló para referirse a diversos aspectos de la política nacional y partidaria, el ex concejal de la Unión Cívica Radical, Sr. Domingo Cavalcanti.
“Un numeroso grupo de correligionarios acompañó al orador, que expresó: ‘El gobierno revolucionario argentino está abocado en estos momentos a problemas profundos y difíciles, pero no insolubles, después de la recuperación de la dignidad ciudadana y el decoro nacional, y para esta tarea necesita el apoyo de todos y cada uno de los ciudadanos argentinos para que, en patriótico y mancomunado esfuerzo, afirmen, aseguren y consoliden la obra magnífica de la Revolución Libertadora.
“La sangre que regó el suelo argentino, las lágrimas que arrancaron tantas víctimas, el sufrimiento y las angustias que destrozaron tantos corazones, como las semillas de la parábola, cayeron en buena tierra: en la bendita tierra argentina, y fructificarán en realizaciones grandiosas compensando los cruentos sacrificios”.
Me hizo detener. “¿Es suficiente?”, dijo. El artículo era muy extenso, y yo seguí buscando en silencio más conceptos de ese encendido discurso.
Sin hacerle caso, continué: “…la gran tarea emprendida por la Revolución Libertadora tendrá en la Unión Cívica Radical un apoyo firme y seguro, porque el radicalismo, que es un partido de lucha, bregará incansablemente, como lo ha hecho siempre, por los nobles ideales democráticos”
Busqué otro párrafo y seguí: “El Movimiento Unificador del Radicalismo reconoce grandes valores en los partidos opositores y cree en la rectitud de sus ideas, pero no creyó nunca en el peronismo como partido político ni en el valor de sus representantes, pues no fue más que una masa informe sin ideal ni principios, en el que se anulaba paulatinamente la capacidad intelectual, y se desarrollaban sus sentidos, ya que debían oír una sola orden, mirar una sola figura, rugir un solo nombre y aplaudir cuando se lo indicaran”.
Levanté la vista hacia Lolei, que me observaba con una mirada brillosa. Volví al papel. “Para terminar hago mías estas palabras de Pelayo a los asturianos: ‘pesada cosa es relatar sus ultrajes, nuestras miserias y peligros y cosa muy vana encarecerlas con palabras, derramar lágrimas, despedir suspiros. Lo que hace al caso es aplicar algún remedio a la enfermedad, dar muestra de vuestra nobleza’. El gobierno argentino ha acometido una gran empresa, seguro de triunfar con el apoyo de todos, y la Unión Cívica Radical dice: Conciudadanos, manos a la obra”.
Permanecimos en silencio un par de minutos. El viejo se revolvía en su cama, como buscando una posición más cómoda. Se rascaba la cabeza, se sobaba la cara con la otra mano, observaba la amplitud de la habitación. Pero no me miraba.
Apuré lo que quedaba de vino y le dije “mejor me voy”. Debían ser las dos de la madrugada y tendría que levantarme temprano al día siguiente. Aprobó la decisión y dijo “claro, claro, debe ser tarde”.
Fui hasta el baño a lavar las copas. Las dejé limpias sobre la mesa. Tomé la botella vacía y estiré la otra mano para saludarlo. Me apretó con la mayor fuerza que pudo. No lo tenía pensado, pero me salió repentinamente, sin medir consecuencias. “¡Qué genio tu papi!”, le dije.
Sonrió.
Me mantuvo agarrada la mano. Sacudió la cabeza de arriba abajo, mientras seguía dibujando esa sonrisa que había empezado tímidamente.
-Esto no es nada, ya verás, esto no es nada. Pero igual, no confundas: yo no soy así-, se atajó. Lo fui, creéme que un poco lo fui, pero la cosa cambió. No sé cómo ni cuándo ni por qué, pero cambió. Ya te lo iré contando y tal vez vos descubras los motivos.
Le apunté a los ojos, frunciendo el entrecejo. Me esquivó la mirada.
-Cerrá bien la puerta y dejá la luz prendida-, exhortó y cerró los ojos.
-Como siempre-, contesté mientras en encaminaba hacia la salida.
-Como siempre-, escuché.


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(XV)

Para: Hugo Cavalcanti Palacios
Academia de Idiomas Gref
Calle Santa Engracia 62 4°
Madrid – España

De: Alan Rogerson
61 Adams Gardens Est.
Rottherhithe
London – England

London – Bermandey, October 7 Friday 1983

Querido amigo:
Gracias por tu carta, la recibí hace una semana, el mismo día que eché la otra. Espero que vayas bien y que tengas más clases. Aquí la cosa anda mal; sigo sin trabajo y viviendo en este hostal. Podría vivir con Danny o con una chica en cuya casa estoy en este momento, pero si me quedara aquí tardaría más tiempo, mucho más tiempo en conseguir un piso. Y la gente que me puede ayudar prefiere contarme sus problemas con los novios, con el trabajo y no sé qué mierda, como si uno no tuviera sus problemas. Esta gente me debe muchos favores, pero ya aprendí hace tiempo que la ayuda mutua es que los otros tienen que recibirla… Así es la vida.
Hugo, a ti no te ayudé mucho, casi nada, y no fue por falta de voluntad sino por falta de medios. Si hubiera estado con la pasta, tú habrías recibido una buena parte, te lo juro, amigo.
Aquí estamos en invierno, ha llovido mucho. El cielo está gris, con muchas nubes. Deprime mucho, sobre todo cuando uno ha pasado cuatro meses al sol. El cambio afecta. Sigo cobrando el subsidio de paro y hoy mandé 3.000 pesetas a mi madre para que me los guardara hasta que vuelva a Manchester. Quiero ahorrar dinero porque presiento que la cosa no va a mejorar y cuando me vaya al extranjero quiero hacerlo con el bolsillo lleno de pasta.
Me dijiste que a lo mejor estaba colocado cuando te escribí la penúltima vez. Pues no, a lo mejor sí estaba un poco cansado, no lo recuerdo. ¿Así que saliste con Anne de Ponyer? ¿Le echaste un polvo? Espero que sí, es una chica muy maja, aunque no me atrae en nada en plan de polla y coño.
La semana pasada Danny y yo salimos juntos. ¡Joder, tío, nos cogimos una merluza que ni veas! Esto fue el viernes. Y el domingo nos sentamos en un banco junto al Támesis (Danny vive al lado del río) y nos cogimos otra merluza. Seguimos dando unas palizas gordas a los abstemios. ¡Venceremos! Antes de morir, cuando sea viejo, quiero decir a mis hijos y a mis nietos: “Cuando era joven hice una guarrada: dejé caer una botella de coñac a mi mejor amigo Hugo ‘Bombachitas’, tuvo un ataque al corazón, se murió. Los médicos montaron un bar con el coñac encontrado en su sistema sanguíneo”.
No, de verdad, bebo menos que antes, y como ya te he dicho, sigo ahorrando dinero. Sólo salgo los domingos. Una chica, se llama Wendy, quiere que vaya a una fiesta con ella, al otro extremo de la ciudad. No me apetece. Tengo que escribir cartas, estudiar, etc, etc.
Quiero decir algo sobre política, pero no me gustaría que nuestras cartas se conviertan en propaganda. Pero tú dijiste que siempre habrá pobres, y entiendo que eso significa que no podemos hacer nada por ellos. Vale, es tu interpretación, lo siento si estoy equivocado. Apliquemos tu interpretación de la política a los médicos, apliquemos tu interpretación a los profesores en tu academia,  apliquemos tu interpretación a la Iglesia, tres grupos distintos. Intenta decirles a estos que lo que hacen no vale una puta mierda, porque siempre habrá enfermos, alumnos atrasados o ateos.
Si la vida es tal, Hugo, tanto para ti como para mí; todos necesitamos algo que no podemos conseguir. Si nos diéramos cuenta de esto, que la vida es una mierda, pues la vida sería insoportable. Me llamaste ‘soñador’… pues indícame una persona que no sueña y yo te indicaré un mentiroso.  Algo más: eres de una familia rica, reconozco que eres bastante de derecha; en cambio yo soy de una familia muy pobre y apoyo a un sistema que, para mí, es más justo. No quiero que estés de acuerdo conmigo, tampoco que me llames gilipollas por ser de izquierda. Te pido que respetes mis opiniones como yo respeto las tuyas. Y para poner fin a esta discusión, no concurro a los mítines a cogerme pedos. Esa afirmación me pareció injusta. No necesito la política para ayudarme a coger pedos, ¿verdad?
Habrá una manifestación contra las armas nucleares, a la que acudirá mucha gente. Será el 22 de octubre, la pondrán en la TV de España. Búscame, estaré con una botella en la mano, dando traspiés… En serio, sabes que me gusta ir a las manifestaciones; pues iré a esta en Londres. Y aunque me contradiga, iré con una botella de whisky… Las ideas, no el estado de la persona, cuentan más en estas ocasiones.
Espero no haberte enfadado con lo puesto en esta carta. De verdad lo espero. También siento que esta carta sea medio melancólica, tengo que alegrarme y tú también, Hugo, pues te noté un poco triste. No pienses tanto en Argentina, en tu familia, porque es como si miraras un reloj en que las manecillas nunca se mueven. Piensa más bien en nuestro amigo Don Fundador, nuestro Salvador.
Querido amigo, te echo mucho de menos y te doy un abrazo muy muy fuerte. Escríbeme pronto
Alan


PD: Perdona mi castellano, sólo lo uso para escribir estas cartas.