sábado, 7 de noviembre de 2015

Lolei. Memorias de lo inconfesable (3)


Capítulo 2

CAPITULO

3

Con el correr de los días, las viejas vecinas –las vecinas viejas- fueron acrecentando sus quejas por los ruidos molestos y el ambiente nauseabundo que manaba del departamento E. Si bien es cierto que la radio no paraba de sonar y que la limpieza brillaba por su ausencia (paradójicamente brillaba), también es verdad que la situación no ameritaba tanto escándalo.
El descontento provenía, fundamentalmente, de parte de Dora, que cada mañana fumigaba los pasillos con desodorante de ambiente, prendía uno o dos saumerios y, acto seguido, daba un portazo para dar testimonio de su molestia. También Elena, que vivía justo debajo del E, no disimulaba su irritación por la situación. Luego supe que la discordia entre los vecinos era de vieja data y tuvo su punto fulgurante cuando la humedad proveniente del patio interno del departamento E, que por no tener techo se inundaba cada vez que llovía, terminó ganando el piso inferior y destruyendo buena parte de los techos y paredes de la casa de Elena. El desconocimiento a los justos reclamos de la vieja la sumió en un profundo disgusto, sumado a lo costoso que resultó la reparación de los daños materiales. Alguien comentó que a causa de este episodio Elena sufrió una crisis nerviosa que derivó en una internación.
También María Luisa, como propietaria y antigua moradora de su departamento, unió su clamor de fastidio pero manteniendo su habitual mesura, como si lo hiciera más por sostener una buena relación con sus viejas convecinas que por propia convicción.
En rigor de verdad, la actitud de estas señoras se ceñía a indirectas, comentarios por lo bajo, chistidos acusadores, diatribas a la distancia. Hasta donde sabía, ninguna de ellas se había acercado al departamento E para pedirle a su dueño que bajara el volumen de la radio, que aseara la casa o que, por lo menos, mantuviera cerrada la puerta e hiciera lo que se le plazca en su más absoluta intimidad. Entonces cabía la posibilidad de que el viejo no se diera por aludido a los improperios o que sí entendiera que iban dirigidos a él y les restara total importancia. Íntimamente yo intuía que al tipo le chupaba un huevo todo.
En una visita mensual a Dora para cumplir con el pago de las expensas, la noté más fastidiosa que nunca. Era muy dada a refunfuñar por poca cosa, lo venía notando, pero esa vez hablaba con una convicción que no le conocía. Me anotició sobre una reunión de consorcio celebrada recientemente, en la cual los propietarios del edificio debatieron los pasos a seguir con “el caso del departamento E” porque “así no se puede vivir más”.
Lógicamente yo no fui invitado porque los inquilinos no teníamos poder de decisión en cuestiones de esa índole. Tampoco estuvieron Estela y las chicas del A. El problema es que ninguno de los propietarios de los departamentos alquilados o deshabitados asistió al cónclave. Como consecuencia, entre Dora, Elena y María Luisa, las únicas propietarias y habitantes del edificio, se elaboró el plan destinado a subsanar el asunto.
Bebía mi café mientras Dora hablaba sin parar y yo escuchaba sin chistar. La propuesta esencial que surgió del encuentro fue la expulsión del inquilino. Asombrado por la dureza de la resolución, rompí el silencio y quise saber si eso era posible, y en caso de serlo, cómo llevarían adelante la sanción. La explicación, como lo esperaba, tenía muchos grises, demasiados oscuros. Una cosa es el deseo y otra bien distinta hacer realidad ese deseo.
En principio, me advirtió que Hugo -allí me enteré el nombre del viejo alto que leía acostado- era casi dueño de su departamento, que en realidad era de una tía, que ya se había muerto hacía varios años, y se quedó viviendo acá desde entonces, pero no es el propietario, aunque creo que le quedó como herencia, de suerte que bien mirado podía ser tratado como inquilino. Yo escuchaba, sin entender demasiado adónde quería llegar. Pregunté de qué manera podrían echarlo, quién llevaría adelante la operación de desalojo, si era posible tomar esa determinación. La respuesta me empezó a asustar un poco.
Según Dora, ya se habían comunicado con un hermano que Hugo tenía en Mar del Plata, para que estuviera al tanto de su situación y pudiera mediar con él, o llevárselo para allá, o hacer algo. Pero el hermano, tajante, respondió “que se arregle solo, no me interesa su vida, yo no tengo más hermanos”, dejando en manos del trío de señoras el dictamen que creyeran más apropiado.
-¿Entonces?-, pregunté.
-Entonces -continuó Dora-, vamos a llamar al hospital neuropsiquiátrico para que se lo lleven. Él ya estuvo internado en Melchor Romero hace unos años, y si ahora denunciamos abandono de persona, porque en estas condiciones no puede seguir viviendo, tendrán que venir a buscarlo y llevárselo.
Me animé a cuestionar si no había alguna alternativa menos drástica que deshacerse de una persona, por ejemplo, planteándole las molestias de manera directa, de modo tal que se pueda llegar a un entendimiento y recuperar la armonía para todos.
-Ese hombre no entiende razones- me retó. Vos no sabés lo que es ese hombre, no te imaginás de quién estamos hablando.
“Puta madre”, pensé, e intenté hilvanar rápidamente la poca información que tenía sobre el tal Hugo: hombre solo que hereda casa de una tía, seguramente un viejo soltero, tiene un hermano que no lo reconoce, tan bueno no debe ser; estuvo internado en un loquero, ¿por qué estuvo internado?, nadie se le acerca y vive encerrado, en el medio de una mugre insoportable, pero ¿de qué vive?, seguramente tiene su jubilación, ¿y cuándo la cobra si nunca sale de su casa? ¿Y adónde va a ir a parar si se hace lo que estas viejas quieren?¿Pueden sacar a la calle a alguien así porque sí?. Varias preguntas y conjeturas apresuradas, sin respuestas. Mejor era seguir escuchando las razones de Dora, que no renunciaba a su idea de sacárselo de encima, aunque los métodos sonaran disparatados.
 Apocadamente me animé a soltar algunas de las preguntas que me había hecho en mi mente, con el fin de obtener más detalles. A su manera –dominada por la indignación, imperturbable en su dictamen- me abrevió lo que conocía de su vida.
-Vive en ese departamento desde hace varios años, unos diez o doce. En realidad ese lugar era de su tía Julia, que murió hace unos siete años. Desde entonces se quedó solo en la casa. Tiempo antes había sabido refugiarse en ese lugar, por ejemplo cuando se separó de su esposa, pero se quedaba unos meses y se iba y volvía y volvía a desaparecer, actitud que preocupaba a su familia, incluso a sus padres. Los padres fallecieron antes que Julia. Todos eran buena gente. Él estuvo exiliado en España, en la época de la dictadura. Antes lo habían internado en Melchor Romero por problemas con el alcohol. Se ponía violento cuando tomaba. Una noche corrió a la tía con una cuchilla y la salvé yo, la encerré en mi departamento hasta que vino la policía y a él se lo llevaron. Julia igual lo defendía mucho y ni bien salió lo volvió a acoger como si nada hubiese pasado. Es abogado, pero nunca ejerció. Trabajó en un ministerio, hace ya muchos años, y después, cuando regresó de Europa, se dedicó a dar clases de inglés, creo que en escuelas. Es una persona muy culta, muy preparada. Con su ex esposa no se habla, una señora de lo más distinguida, no sé cómo se casó con este engendro. Se perdió por el alcohol, y seguramente las drogas. Más de una vez lo vi salir del cabaret de la esquina, completamente borracho. Un degenerado. Igual, por momentos era una persona amable. Solía invitarlo a tomar café a mi casa, hace ya muchos años, cuando mi marido todavía estaba vivo. Hasta que un día me faltó algo de plata que había sobre la mesa, un dinero destinado a pagar impuestos. Seguramente aprovechó mi ida hasta la cocina, porque estaba haciendo café, y cuando se fue me di cuenta que me faltaba algo. No era mucho, lo suficiente para comprar una botella de ginebra. Supuse que él se lo había llevado, no me quedaba otra cosa que pensar. Cuando se lo dije días después, porque yo no me guardo nada, lo negó rotundamente, se enojó mucho, me trató de mentirosa y sinvergüenza, me gritó, me dijo un montón de barbaridades. Ahí se terminó la relación. Ahora debe años de expensas y también pensamos en hacerle juicio para poder cobrar. El problema es que casi no tiene más plata. Hasta ahora vive de lo que le quedó de la herencia de los padres, que vendieron un caserón que tenían en Mar del Plata. En realidad se repartieron la herencia entre los hermanos, porque además tiene una hermana, creo que también vive en Mar del Plata, no sé nada de ella. Los padres estaban en una buena posición económica; el padre fue diputado, era radical, la madre era maestra, una excelente mujer, igual que la tía.
Cuando logró hacer una pausa le pregunté cómo hacía para comer, si nunca salía de su casa. “Sé que todos los mediodías le traen un plato de comida desde una iglesia evangélica que está acá a la vuelta, y con eso debe tirar hasta la noche. Ellos también le lavan la ropa. Esta gente quiere quedarse con la casa, viste cómo son los evangelistas, no hacen favores de puro buenos que son. Dos o tres veces por semana una chica le ayuda a limpiar y le hace los mandados. No sé con qué recados cumplirá, ahora lo que es la limpieza, deja mucho que desear. A lo mejor limpia de acuerdo a lo que cobra, y me imagino que mucho no le deben pagar. Esa chica es amiga de Estela, la de acá enfrente, así imaginate lo que debe ser, otra roñosa”.
Hastiado por tanto resentimiento y a la vez confundido por las revelaciones, decidí que era momento de irme. Le entregué el dinero de las expensas, me guardé el recibo en el bolsillo y agradecí por el café.
-Quedate tranquilo que esto va a cambiar muy pronto y todos podremos vivir en paz-, me anunció esperanzada Dora cuando ya traspasaba la puerta.
 Apenas llegué a mi casa escuché el sonido del aerosol y el portazo distintivo.


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(III)



San Sebastián, 19-X-79
Queridos papá y mamá: Estoy por pasar a Francia, luego a Inglaterra y Alemania. Vuelvo a Madrid en 20 días. Un abrazo
Lolei


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Elgóibar (Guipúzcoa), 20-X-79
Queridos papás y Julia: Sigo recorriendo los Países Vascos, pero creo que dentro de tres días estaré en París, donde tendré que trabajar bastante. Les mando una postal para que vean un poco lo bonito que es este lugar, y tan distinto a vivir en una capital. Yo estoy bien y contento, aunque los echo de menos y siempre pienso en ustedes. Un abrazo y un beso grandísimo
Lolei

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Frontiere Franco-Espagnole, 21-X-79
Querida Julia: Tengo un trabajo como intérprete y ya estoy en Francia. Sigo luego a Alemania, Suiza e Inglaterra. Cuando llegue a Madrid, donde estoy de licencia en mi trabajo, te escribiré. Un gran abrazo

Lolei

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Lolei. Memorias de lo inconfesable (2)


CAPITULO
2



No fue el único suceso de este tipo en los pocos meses que convivimos con Lolei en La Plata. Digo convivimos porque a pesar de no permanecer bajo el mismo techo, nuestra cercanía dentro del edificio y la cantidad de tiempo que pasamos juntos podría asemejarse a una convivencia. Residíamos en la misma casa, en espacios independientes, hasta que la necesidad hizo que su espacio también fuera un poco el mío.
El día de la mierda en abundancia fue un eslabón más en la cadena de coexistencia que se prolongó durante algo más de medio año en ese escenario y otros tantos años fuera de ese lugar.
Terco destino que nos unió sin querer una noche como cualquiera y transformó de una forma impensada nuestras vidas. En esto coincidimos con el viejo.

Yo había llegado a La Plata a principios de ese año, un complicado 2000, para intentar por segunda vez una incursión universitaria. Medio a las apuradas, desembarqué en la estación de ómnibus una mañana de enero, sin demasiados planes previos, en búsqueda de un lugar adónde vivir. Llegué junto a mi madre, en carácter de garantía familiar y poseedora del dinero que sostendría mi nueva aventura.
Con pocas averiguaciones, seguramente preguntando al tuntún al primer parroquiano, dimos con una inmobiliaria que estaba justo frente a la terminal, sobre calle 4. El requerimiento era vago y a la vez concreto: buscábamos un espacio pequeño pero cómodo, para una sola persona, que fuera económico y no muy alejado de la facultad de Humanidades, lugar adonde debía cursar. Nos ofrecieron dos o tres departamentos en esa zona, con notables recomendaciones. Podíamos ir a verlos, pero en ese momento sólo disponían de la llave de uno. “Pueden esperar a que vuelvan los otros interesados, o como alternativa, para ganar tiempo, hay uno a estrenar que está justo acá a la vuelta, en calle 3”, nos dijeron. 
Qué más daba, hacia allí fuimos como quien se dirige a un paseo sin esperar nada extraordinario.
Entramos a un edificio de fachada añeja, con pasillos oscuros. En la planta baja había cuatro departamentos, dos que daban a la calle y otros dos a un patio interno. Por escalera se accedía al primer piso, que tenía otros cuatro departamentos ubicados simétricamente sobre los anteriores. En el segundo piso, a la manera de un altillo, estaba un único apartamento, más pequeño que el resto. Ese era el indicado: tenía una habitación a la entrada, que funcionaba como cocina y comedor, un lavadero en el que a duras penas entraría un lavarropas, un pasillo que oficiaba de escritorio, con una ventana que daba a los techos del edificio, y un dormitorio que tenía, al fondo, un compartimiento que servía de ropero y un baño minúsculo. Estaba recién pintado y la cocina dotada con mobiliario a estrenar. Tenía el espacio suficiente y el precio era accesible a nuestras posibilidades. Además, no estaba tan lejos de la facultad, ni del centro, ni de las terminales de ómnibus y trenes, ni del bosque. Todo está cerca en La Plata.
No lo pensamos demasiado y al cabo de veinte minutos ya estábamos de regreso en la inmobiliaria firmando el correspondiente contrato de locación. Mucho antes de lo pensado abordamos el tren que nos llevaba hacia Buenos Aires, desde donde regresaríamos a nuestra ciudad.
A la semana siguiente emprendimos una mudanza indispensable: una mesa, sillas, un escritorio, una cama chica, algunos libros, un puñado de ropa, mínimos elementos de cocina. Y sobre todo, las ilusiones y esperanzas que se adicionan ante cada nuevo desafío. Con veintidós años recién cumplidos, trayendo a cuestas deseos rezagados, inquietudes florecientes y aventuras laborales insatisfechas, creía que me encontraba en el momento justo de madurez para emprender un reto definitorio para mi vida. Si bien nunca creí ser un buen alumno, tenía entonces algo que rara vez poseía: ganas de estudiar, ganas de cambiar, ganas de explorar. En definitiva, tenía ganas, lo cual no era poco para un espíritu como el mío, tendiente al entumecimiento, a la desidia y a los vicios fáciles.
La adaptación al nuevo lugar no supuso ninguna contrariedad. Estaba acostumbrado a vivir solo. Tuve un comienzo positivo, en varios aspectos. A la facultad asistía con sumo placer, cumplía discrecionalmente con las cursadas y notaba que me enriquecía cada día. Seguía con entusiasmo cada requerimiento de los profesores, estudiaba mucho y leía más de lo recomendado. Me iba bastante bien, incluso mejor de lo esperado. En las relaciones sociales no me destaqué, en eso no había cambiado demasiado. Nunca fui una persona expresiva ni comunicativa y no sumo amistades con facilidad. No es un rasgo que me genere molestias ni contratiempos. Disfrutaba mucho de la soledad y sumergirme a fondo en la lectura. Así y todo, logré armar un grupo de amigos que comenzaron, casi casualmente, como compañeros de estudio, y con quienes seguí afianzando relaciones con el paso de los años. A veces también me reunía con viejos amigos del pueblo que estudiaban en La Plata. Pero en general, mi vida transcurría en el marco de un retraimiento apacible y animado.
Tampoco tuve problemas con mis vecinos, quienes me recibieron muy bien desde el primer día. La mayoría de los habitantes del edificio eran personas mayores, mujeres casi todas, que solían mirar con ojos dudosos a los estudiantes de otras ciudades. Argumentaban que querían vivir con tranquilidad y los ambientes juveniles, adeptos a las reuniones multitudinarias y al barullo, no siempre eran bien recibidos. Sólo había una pareja de estudiantes en la planta baja, dos chicas a las que casi no se las veía durante la semana. En otros dos departamentos de abajo vivían mujeres solas: María Luisa, diminuta y santurrona, amable y cortés en la justa medida del respeto; Elena, una mujer esbelta, de unos ochenta años, que raramente sonreía y saludaba con indecisión, y a veces vivía con una sobrina demasiado joven para ser su sobrina. El cuarto apartamento estaba deshabitado.
En el primer piso vivía una mujer sola, de algo más de ochenta, viuda y de modales autoritarios, pero muy generosa si lograbas caerle en gracia. Dora, además, era la administradora del edificio y cada mes, al momento del pago de las expensas, me recibía con un café y hablaba durante horas sobre los pormenores de la residencia. Enfrente estaba Estela, de unos cuarenta y tantos años llevados sin elegancia, morruda y retacona, de voz chillona, que vivía con dos hijos adolescentes. Se sacaba chispas con Dora, que no titubeaba en la calificarla de ‘grosera y ordinaria’.
Un tercer departamento estaba desocupado y en el cuarto, el que desembocaba en la escalera, vivía Lolei.
Hasta que lo conocí, ese departamento se me figuraba como un territorio inhóspito y atrayente a la vez. Cada vez que pasaba por delante de esa puerta, que permanecía abierta gran parte del día,  lo observaba con la curiosidad hacia lo desconocido, trataba de indagar qué podría haber adentro, pero sin mirar más allá de lo debido. Prudentemente, reparaba en lo me resultaba más fascinante: una enorme biblioteca que ocupaba una pared entera, atestada de libros de todo tipo y tamaño, ordenados pero visiblemente sucios. Si bien el gran estante estaba a sólo dos metros de la entrada, la oscuridad de la habitación era un impedimento para conocer detalles de las obras que allí dormían. Yo sólo curioseaba con tenue interés, pero no pasaba de eso.
Movido en principio por la inquietud de indagar esa biblioteca, e imaginando que alguien con tantos volúmenes tendría que ser una persona instruida, sensible al arte, alguna vez pensé en presentarme como el nuevo vecino del edificio, entablar una conversación cualquiera, tratar de hacerme amigo (un gesto exagerado de mi parte, por cierto, pero no imposible) o al menos encontrar un compañero para charlar en mis momentos de aburrimiento. De plano eran sólo ideas, que luego no prosperaban.
Pasaron los primeros meses y nunca pude ver la cara del misterioso ocupante del departamento E. A veces, cuando hacía el trayecto descendente desde mi casa y contemplaba la habitación desde otra perspectiva, veía una pared descascarada con algunos cuadros desabridos, y más abajo una especie de sofá cama con una persona acostada, de la que sólo llegaba a ver los pies. En alguna ocasión llevé mi vista un poco más lejos y vi un libro que tapaba la cara del lector. Conjeturé que se trataría de un hombre bastante alto. Y que la mujer de la limpieza, en caso que existiese, se había tomado unos cuantos meses de descanso.
Dominaba una penumbra que no era nada tenebrosa, sino más bien lastimera. Por las noches, apenas una luz fúnebre recortaba las sombras en la zona de la cama. Por lo demás, siempre, día y noche, sin interrupciones, con la puerta abierta o cerrada, destacaba el sonido estentóreo de una radio. El misterioso ocupante no la apagaba ni para dormir.
Una mañana que entraba al edificio, María Luisa, la vecina santurrona de la planta baja, me pidió que le hiciera el favor de llevarle el diario al hombre del departamento E, “ya que subís”, me dijo. Cómo no, faltaba más. Al parecer, el tipo recibía el diario Hoy y María Luisa, seguramente la más madrugadora de todas, se lo alcanzaba. Ya antes había visto algún diario debajo de la puerta de entrada, pero jamás me había detenido a averiguar quién sería el destinatario. Ese día, cosas del destino, me encontró levantado más temprano de lo habitual y cumplí con su pedido. Un viaje menos por escaleras, a su edad, no era para despreciar.
La puerta del E estaba cerrada y desde adentro se escuchaba, como siempre, la voz de un locutor radial. Juzgué que sería muy temprano y sin pensarlo demasiado, tiré el diario por debajo de la puerta y seguí viaje hacia arriba. 
Al cabo de unos metros sentí un grito ronco que decía “Gracias”. Me detuve. 
“Pasá, está abierto”, siguió. Dudé un instante. Sabía que el llamado no era para mí sino para María Luisa, o la persona que cada mañana hacía ese trabajo. De inmediato percibí que quizás era el momento que estaba esperando para conocer al tipo que leía todo el día acostado en su sofá y tenía la biblioteca codiciada. 
“Ya está, esta es la oportunidad”, me dije. 
Pero con la misma precisión que retrocedí unos pasos hacia el E, di media vuelta y me fui a mi casa, sin detenerme a pensar por qué lo hacía.




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(II)
Madrid, 8-I-79
Querido hermano: Aunque tendrá noticias mías por las líneas que he mandado a casa, lo mismo le escribo para decirle que mis cosas andan bastante bien, que estoy trabajando como profesor de inglés y que de a poco me estoy haciendo de amigos argentinos y españoles. Le manda un gran abrazo, su hermano
Lolei

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Buenos Aires, 30-I-79
Amigo Hugo: Estoy visitando esta beleza de ciudad que es Buenos Aires. Conseguí especialización en el Hospital de Niños e tendré que quedarme acá unos 3 años. Ahora vuelvo a Pórto Alegre, e en maio vengo de nuevo a Buenos Aires para comenzar el curso. Hugo, se tuvieses un amigo que tenga un apartamento que yo pueda quedarme durante el tiempo que estuviese en Buenos Aires sería excelente, pues los alquileres están caríssimos, e es preferibel vivir en una casa da familia que volver a una pensión. Cuando llegar a Pórto Alegre mandarte más noticias, ok? Un gran abrazo
Clayton Lehugeur

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Porto Alegre, 2-VI-79
Querido amigo: Yo estaba preocupado contigo, pues escuchei que esplotou una bomba en el Bar California 47, e más de 10 personas moriram, e yo pensaba que mi amigo maricón también estuviese morido. Espero que cuando venires a Mar del Plata haga una parada Pórto Alegre, para que juntos podamos tomar un Fundador ¿no? Si no venires a Pórto Alegre, yo creo que voy hasta Mar del Plata a verte, pues vuelves nuevamente a Europa después, ¿no?. ¿E las mulheres como están? ¿Tienes jodido mucho? Cuando venires por aquí venga con unas tres tías españolitas para mí, ok?
PD: ¿Qué te parece Porto Alegre? Las gaúchas también son muy guapas e calientes
Clayton Lehugeur

lunes, 2 de noviembre de 2015

Lolei. Memorias de lo inconfesable (1)

Prólogo y primer capítulo

Esta historia consta de 108 episodios, dividida de 53 capítulos, cada uno de ellos acompañados por 53 apostillas (distinguidas con numeración románica y cuyo contenido es meramente epistolar), además de epílogo y apuntes finales. Arranca así y luego se verá como sigue...





PROLOGO
A mediados del año 2000 se interpuso en mi camino la presencia de Lolei. O bien podría aseverar que mi vida se interpuso en la de Lolei. Lo mismo da. Lo cierto es que desde entonces nada en nuestras disímiles existencias volvió a ser como antes. Arriesgo a pensar que no fue ni mejor ni peor, simplemente fue distinta. Para ambos. A nosotros nos complacía catalogar a ese encuentro como un paréntesis del destino, que llegó para modificar un discurso encaminado hacia la más forzosa fatalidad. Con la digresión, ya nunca sabremos hacia donde se encauzaban nuestros caminos. No hay posibilidad de volver atrás. Las cosas pasan porque tienen que pasar y punto. Hay momentos de la vida que no se eligen; solo llegan. Por lo pronto, así ocurrieron los hechos y así son contados.
Por esos caprichos del destino –o porque la vida cumple su ciclo indefectible y no cesa en su tozudez de terminarse-, la historia me toca contarla a mí, cuando en realidad debió ser escrita por los dos. Lolei se fue antes, me dejó solo en esta empresa. Pero también me dejó su historia y su vida, que no es poco. Esa historia y esa vida es la que sigue, con sus errores y sus aciertos, y con mis omisiones, las inconscientes y las deliberadas, las que me otorgan la libertad de interpretar los hechos de su propia vida.
Muchos de los personajes que se suceden a través del relato han existido. Algunos fueron personas públicas; otros simplemente participaron en mayor o menor medida en la historia de Lolei. En ambos casos, opté por mantener sus nombres verdaderos. Muchos ya están muertos. Sospecho que otros aún viven; no doy fe de ello. 
Asimismo, los sucesos históricos comprobables se narran de acuerdo a la versión del protagonista, apoyados en numerosos documentos reunidos por él. Otros hechos, es necesario aclararlo, son narrados de acuerdo al alcance de mi memoria o de mi invención.
Valga esta escueta indicación para despejar eventuales disidencias y para justificar la escritura de un prólogo, que a esta altura, mientras despliego sus últimas palabras,  no puedo juzgar sino como defensivo. Y decididamente innecesario.





  

1

“¡Me cago en dios, la virgen y el resto de la santísima trinidad!. ¡Ave maría purísima! ¿Qué te ha sucedido?”, pude haber exclamado, absorto e impertérrito, utilizando un giro expresivo muy en boga por aquellos días en mi léxico desgastado y anticlerical. Pero ante lo asombroso y lo inesperado de la escena lo único que me salió de la boca fue un simple “¿qué te pá…? ¡me cago en dios, la virgen y la santí…! ¡Te caíste! ..que lo parió… ¡Y te cagaste!”
Lolei estaba tirado en el piso, casi acostado en su totalidad, cuan largo era –y no es poco decir, porque era bastante alto-, apoyado sobre su codo, esforzándose por levantarse o arrastrarse por el suelo, no pude adivinarlo, en un intento a todas luces vano, pues el piso rebalsado de bosta le impedía moverse, o mantenerse en el mismo lugar, o avanzar. Imaginen una de esas piletas de plástico llena de barro, que habitualmente se destinan a una de esas sugestivas luchas entre mujeres, generalmente esbeltas y desabrigadas, que caen y vuelven a caer a cada intento por pararse. Pues esa mañana la situación era muy análoga, sólo que en vez de pileta había el mugriento y gastado piso de mosaico de la casa, en vez de dos chicas esbeltas y desabrigadas había un viejo decrépito y malgastado, y en vez de barro había mierda. Mucha mierda. Oscura, diarréica y hedionda mierda esparcida alrededor de la cama, como si la hubieran echado a baldazos. Y encima del pastelazo, mi amigo Lolei en titánica e infructuosa lucha por escapar, o por levantarse, o arrastrarse.
-Me caí-, anunció con voz quejumbrosa, con gesto de perro herido.
-Jurámelo-, le dije, todavía parado en la puerta del departamento. No jodás, ¿en serio te caíste?
-¡No seas hijo de puta, me caí en serio!-, balbuceó casi a los gritos, sin cambiar su rictus de desconsuelo.
-¿Y la mierda?¿De dónde sacaste tanta? -me salió preguntarle, sin tono de burla, de eso estoy seguro. Esa clase de preguntas sin sentido que surgen cuando la situación te supera y los razonamientos llegan tarde, bastante después de abrir la boca. Hice silencio. Me rasqué la cabeza con las dos manos, con todos los dedos, como buscando generar una reacción a través de los pelos. Sin dejar de mirarlo, avancé hacia él. Ya el olor se sentía y mucho.
-Quise ir al baño, me estaba haciendo encima, me apuré porque no llegaba y la silla se me trabó… Me duele el brazo-, contó sin mirarme, creo que ya con lágrimas. Y repitió que le dolía el brazo, entre quejidos.
-Aguantá  un poco, dejame ver por dónde empiezo-, le dije sin dejar de masajearme la cabeza, con la mayor calma que requería el caso-. Dejame pensar un segundo, por dónde arranco, ¿te duele mucho?¿por qué no llamaste antes?
Acá ya elevé un poco el tono, entre la paciencia que quería tener y la irritación que me invadía pero trataba de evitar. Y casi sin poder entender cómo habíamos llegado a esa situación, me debatía entre la conmiseración de ver semejante  espectáculo y el disgusto que me causaba pensar en la posibilidad de haberlo evitado.
-¿Por qué no me llamaste para ir al baño?-, insistí. Sabés que solo no podés…
-No quería molestarte-, me interrumpió.
-Me llamaste durante toda la noche para nada, bajé diez veces hasta acá al pedo… y cuando hacía falta no me llamaste.
Ya estaba por estallar y frené. Repetí el gesto con las manos, esperá, esperá, esperá, le decía a él y me lo decía a mí. Comprendí que no era momento de reproches sino de actuar.
-Esperame acá, no te muevas-, le dije.
Di media vuelta y enfilé hacia la puerta.
-No te vayas, volvé-, me gritó con todas sus fuerzas, con su acreditado tono de reprimenda que tantas veces había escuchado y seguiría escuchando mientras convivimos. Y con el mismo y habitual miedo al abandono. “No me dejes acá”, reclamó.
Cuando lo escuché ya estaba subiendo las escaleras que me llevaban a mi departamento. De inmediato di media vuelta y a la carrera, con la inercia de la irritación, respondí también a los gritos, ya bien cerca de él:
-¿Querés quedarte ahí, rebosándote de mierda como una milanesa, o querés que te levante y te limpie?
No dijo nada. Repetí la pregunta, palabras más, palabras menos, con la cara dura de bronca y la garganta atascada por una insipiente congoja. Siguió sin responder. Muchas veces hay que gritar un poco para que el otro entienda lo que se dice.
-Entonces aguantá, no tenemos muchas alternativas… Con gritarnos no ganamos nada. La cagada ya está hecha, bien hecha, y ahora vamos tratar de solucionarlo-, le expliqué ya más calmado. Nos miramos en silencio, por unos segundos. Entendió y aprobó con la cabeza.
Volví a salir, diciendo en voz baja: “¡me cago en dios y la virgen, qué cuadro!”.

-Lolei se cayó llegando al baño y se cagó hasta la cabeza. Hay un pantano de bosta-, les conté a mis compañeros que estaban en mi casa, expectantes por conocer las razones de la discusión que habían oído a medias, a la distancia. No hubo respuestas. Y no las hubo simplemente porque no había nada para decir. “Ustedes sigan que ya vengo, hay que pegarle una buena enjuagada y tengo para un rato”.
Busqué un balde y lo cargué con agua. Agarré un trapo de pisos, lavandina, toallas, jabón, el frasco de Espadol, una esponja, un cepillo, y volví a salir. “Si necesito ayuda les pego un grito”, comuniqué mientras bajaba la escalera, hablando más a mí mismo que a ellos.
El olor ya había inundado todo el edificio. En los pasillos se sufría ese tufo cargado a mierda y humedad y mugre acumulada que nacía desde el departamento de Lolei. Un aroma fétido al que ya me había acostumbrado, sin embargo, pero que resultaba antipático para quienes no estaban habituados. Lo repugnante ahora no era la conjunción de hedores. Era la sensación de tener que limpiar tanto excremento del cuerpo de mi vecino. Y rogar que no se le hubiera roto algún hueso. No era la primera vez que lo limpiaba y tampoco la primera vez que se caía sin que se lastimara, pero sí era mi debut en intervenir para sendas tareas al mismo tiempo.
Sin pensar en nada entré con mi arsenal de limpieza y noté que Lolei había pretendido levantarse. Estaba apenas unos centímetros más cerca de la puerta que conducía al baño, con una mano apoyada en la abertura y sentado contra el respaldar de la cama. Nuevos sitios enmierdados. Le pedí que se quedara quieto un momento y me puse manos a la obra. Con el trapo embebido de agua y lavandina comencé a juntar todo lo que había su alrededor, en el piso. No podía evitar pisar la bosta cada vez que debía ir al baño a lavar el paño sucio y dejar las huellas de mis zapatillas allí por donde caminaba. Pero lo urgente era sacar lo más grueso y al cabo de varios viajes las marcas fueron desapareciendo con nuevas lavadas que iba rectificando a cada rato.
La parte más complicada fue limpiar a Lolei. No era fácil de maniobrar, por su tamaño y la dureza de su cuerpo. Ayudaba poco en los movimientos y toda la fuerza debía hacerla yo. Por suerte no tenía mucha ropa: sólo un calzoncillo, una camisa gruesa -a la que le arranqué los botones para sacársela con más facilidad-, y las zapatillas, más marrones que su azul claro original. Cuando quedó completamente desnudo empecé a quitarle la suciedad con la esponja enjabonada. En muchas partes la mierda ya estaba seca y pegada a la piel, y debía frotar con empeño para sacarla. El viejo estaba tranquilo y se dejaba lavar, pero se quejaba cuando refregaba mucho y porque ya empezaba a sentir frío, pues se combinaban el suelo mojado, su desnudez y el gélido ambiente invernal de la casa.
-No te quejes que ya termino-, le pedí ya con cordialidad. Poco a poco había empezado a respirar por la nariz, acto que venía evitando fortuitamente desde que había iniciado el aseo.
Hablábamos poco mientras trabajaba. Sólo algunas indicaciones de rigor para favorecer la tarea. Esporádicamente escuchaba que decía “gracias nene”, pero yo no respondía y seguía mi tarea. Alguna vez, ya cansado de lo que sentía como un suplicio, me preguntó si faltaba mucho, y yo me limitaba a decir que sí, que esto recién empieza.
-Después de esto no zafás, te toca un baño completo. Y hay que limpiar el resto de la casa y la cama y todo lo que tocaste.
Resignado desde hacía un buen rato, el viejo se había entregado y se dejaba hacer.
En algún momento impreciso volví a preguntarle por qué no me había llamado antes para que lo acompañase al baño. La respuesta fue la misma: no quería molestar. Inútil fue recordarle que ya lo había hecho hasta el hartazgo durante toda la noche, y que al fin y al cabo esa llamada –la que debió y hacer y no hizo- era la única verdaderamente significativa, la que tenía una finalidad específica y esencial, que no era lo mismo tener que bajar para llevarlo al baño a cagar que bajar para que le diga qué hora era.
Es imposible recordarlo con exactitud, pero esa noche, esa larga madrugada de vigilia, tuve que ir a su departamento al menos ocho o nueve veces convocado por sus gritos destemplados. Las primeras veces acudí con mansedumbre, con la buena disposición de evacuar alguna necesidad o urgencia. Él me preguntaba si estaba solo o acompañado, si me iba a quedar en mi casa o iba a salir, si me iba a acostar dormir. Alguna vez me dijo que estaba soñando (era habitual que soñara a los gritos; casi todo lo hacía a los gritos). Otra vez, ya muy entrada la madrugada, me preguntó qué hora era. Con una paciencia de maestra jardinera, en todas las ocasiones le expliqué más o menos lo mismo, que sin ir más lejos era la realidad de la situación: que estaba haciendo un trabajo práctico para la facultad que debía entregar indefectiblemente al día siguiente, que éramos cinco personas, dos mujeres y tres varones, Celeste, Mariela, Federico, Mauro y yo, cinco personas, dos mujeres y tres varones, que estaríamos en vela toda la noche, discutiendo ideas y tomando mate, turnándonos para transcribir nuestros manuscritos en la única computadora que había, algunos a veces durmiendo un rato en la única cama de la casa, que era la mía, mientras el resto seguía adelante con los trabajos, tratando siempre de atenuar las conversaciones para no molestar a los vecinos del edificio, que si nosotros hacíamos ese esfuerzo también él podía evitar por un rato el griterío, que de esa forma podíamos pasar esa larga noche sin sobresaltos y todos tranquilos, mañana será otro día. Incluso le dejé en claro que habíamos decidido reunirnos en mi departamento y no en otro más grande, donde estaríamos más cómodos, por mi expreso pedido, para no dejarlo solo a él, para que en caso de que necesitase algo yo estuviera cerca, pero mientras tanto podía dormir tranquilo. Ya había cenado –parte de la comida que habíamos preparado para todo el grupo-, tenía la cama ordenada, la radio y la luz encendidas, la puerta abierta: es decir, el ritual de cada noche, cumplido a la perfección.  Él decía siempre que sí, con la misma mirada desconsolada, con la cabeza apenas saliendo de debajo de las frazadas. Y yo repetía mi versito, que se fue tornando entre sarcástico y colérico a medida que avanzaban las horas.
Sólo una vez no lo dije, creo que en la última llamada. Ya era de día, llegué y ni siquiera le hablé, me paré bien pegado a su cama, con las manos en jarra, en una actitud de autoridad y, seguramente, con un furioso guiño que entendió como amenaza. Y me quedé un rato así, sin decir una palabra, mirándolo desde arriba, esperando una explicación a una nueva interrupción, hasta que abrió su bocota para pedirme agua. Estaba seguro de que no quería nada, pero había encontrado por primera vez una excusa válida para evitarse la sonora puteada que venía amasando en mi garganta desde que el sonido de su grito se incrustó como una puñalada en mi oído. Con una furiosa parsimonia, llené su jarro hasta casi rebalsarlo y se lo alcancé. Bebió y lo acomodé entre los libros de la mesa de luz. Pregunté si estaba todo bien, afirmó con los ojos y di media vuelta para salir. Cuando llegué a la puerta me volví hacia él.
-Todavía es temprano, tratá de descansar y dejanos terminar el trabajo. Yo en cualquier momento me acuesto para dormir un rato; nos estamos turnando para descansar y soy el único que aún no lo hizo. Cuando me levante bajo y te traigo el desayuno. Te lo pido una vez más: si no es por algo urgente, no me llames. Más tarde vuelvo-, le dije afectando una calma que hacía rato había desaparecido.
Él aprobó mi pedido, una vez más, y me estiró la mano en gesto de trato hecho, de camaradería, de perdón. De amistad. “No me la hagas más difícil, al menos por un rato”, le supliqué con una vaga sonrisa. Me dio las gracias, me pidió perdón, me pidió paciencia. “Paciencia me sobra”, mentí.
Con mis compañeros, a esa altura, nos reíamos de la situación. Cada regreso era una broma que ayudaba a descomprimir. Yo les explicaba que nunca antes había hinchado tanto las pelotas en tan poco tiempo, y como Lolei era una suerte de un chico al que le gustaba llamar la atención, había encontrado el escenario ideal para hacerlo. La rotura de bolas era directamente proporcional a la cantidad de gente que me rodeaba. Yo intentaba justificarme por él por la noche que estábamos teniendo. En ese momento la prioridad pasaba por terminar nuestro trabajo. Éramos cinco descocados trabajando a contrarreloj y un sexto integrante que como un convidado de piedra alteraba la rutina sin ninguna piedad. Ellos se mofaban de mis cambios de humor, pues el regreso de cada incursión al primer piso había una arruga más en mi cara, una cana más en mi pelo, una puteada nueva en mi boca. Pero fueron sumamente comprensivos con el contraste de la situación. Además, todos estábamos agotados y combatíamos el cansancio con la mayor gracia a nuestro alcance.
Lo que había comenzado como una reunión de estudio fue mutando en un circo disparatado con un viejo molesto como figura principal y un joven estudiante como anfitrión, que terminaría ganando la cama cagándose profusamente en la educación universitaria, en Lolei, en dios y la virgen y el puto destino que se conjuraba por hacer más complejo lo fácil.
Dormir me hizo bien. No sé si fueron dos horas o medio día. Sé que me dormí profundamente y mi mente se abandonó por completo de mi cuerpo durante un buen rato. Si en ese lapso había vuelto a llamar, me lo había perdido. Ya repuesto, mientras alguien me regalaba un mate, me dijeron que sí, que había vuelto a llamar. Uno de mis compañeros me reemplazó y le dijo que yo dormía. Le preguntó si necesitaba algo. Obviamente no necesitaba nada. Casi no hablaron más que eso. Después no se sintió más en las siguientes dos o tres horas que yo me ausenté al mundo de los sueños. Entendí que a cualquier otra persona le hacía más caso que a mí y lamenté no haberla mandado antes. Todos aprobaron mi idea, pero ya era tarde para cambiar las cosas.
De todos modos, pese a las constantes interrupciones, la noche había sido productiva y a esa altura de la mañana el trabajo estaba prácticamente listo. Restaban algunos detalles que debatimos sin apuro. Me tomé mi tiempo antes de bajar. Conjeturé que Lolei estaría durmiendo y me demoré en ir a verlo.
Lo hice al cabo de una hora, a eso de las diez de la mañana, cuando asumí que tal vez ya estaría despierto y sería mejor que yo apareciera por su casa sin esperar su llamada. Antes de bajar, yo estaba de buen talante, dispuesto a ofrecerle el desayuno, pues rara vez pasaba de esa hora sin que reclamara su ración diaria de la mañana. Allí me encontré con la escena.

Tras la primera limpieza, la más profunda y aliviadora, volví a mi departamento en busca de agua caliente para bañarlo. También para pedir ayuda. Había intentado levantarlo del piso sin éxito. El viejo era demasiado grande y pesado para mí solo. Volví con los hombres del grupo y entre los tres pudimos llevarlo hasta el baño, no sin poco esfuerzo. A ellos al principio les costó vencer la contrariedad de la situación, sobre todo el asco que provocaba el olor a mierda que aún imperaba en la casa. Pero enseguida lo lograron, con voluntad y empeño. Lo sentamos en su banquito y yo encaré con la enjuagada.
Ellos, mientras tanto, se ofrecieron a ayudar con la limpieza, que estaba bastante avanzada pero incompleta. Aunque no quería molestarlos, le agradecí de buena gana su propuesta. Pronto llegaron las mujeres y entre los cuatro se empeñaron en mejorar notablemente el ambiente mientras yo mortificaba a Lolei meta esponja y cepillo. El viejo no era un amante del agua y había que obligarlo al aseo - a veces de mala manera-, al menos una vez a la semana. Esta vez no tenía muchas opciones y se aguantó la regada sin decir ni mu. Dupliqué la dosis de Espadol y le sacudí sin mesura hasta sacarle el último resquicio de mugre.
El ejército higiénico –así los llamó el viejo a mis compañeros de baldeo, en una muestra de que aún en las peores condiciones no perdía su luz creativa- no escatimó a la lavandina y al desodorante de ambiente para purificar la casa. Al cabo de una hora, ya seco y limpio, vestí al viejo con lo que encontré –un calzoncillo mío, una remera bastante decente, medias al tono- y lo acosté. No era el rey de Holanda pero había quedado presentable. Al menos la casa ya no hedía a estiércol.



 (I)
Dakar, 20-XI-78
Queridos papá, mamá, Julia, Bocha: les escribo estas líneas desde el lugar más increíble que he conocido: mugriento, atrayente, repugnante y exótico al mismo tiempo. Nos quedamos otro día más antes de salir para Las Palmas. Nunca hablé tanto francés en mi vida, porque es el segundo idioma de Senegal. El otro es un dialecto africano: volaf. Todo nos va bien. Estamos en un súper hotel (el mejor), con todo pago. Pero acá después de las 10 de la noche no se puede andar por la calle. Es muy peligroso. Todo va bárbaro. Todo mi cariño para ustedes.

Lolei