martes, 6 de diciembre de 2016

Lolei. Memorias de lo inconfesable (52)



CAPITULO
52

Después de cenar –una tarta con jamón, queso y tomate, devorada casi sin saboreos- y mientras terminábamos la primera botella de Toro Viejo, Lolei se apresuró a pedirme el cigarrito ese de la felicidad. Lo invité a no ser tan ansioso por un rato.
-Antes voy a llevar la vajilla sucia hasta mi casa. Vos hacé bien la digestión, relajate. Cuando vuelva, fumamos tranquilos-, declaré con calma. Se mostró de acuerdo.
Recogí las cosas de la mesa y me fui. Al pasar frente a la casa de Dora, escuché el ruido de la puerta que se abría. Su cara apareció en la minúscula hendija:
-¡Chist, vení para acá!-, ordenó implacable-. ¿Cómo va todo, hay alguna novedad?-, inquirió.
-Voy a dejar esto y mi casa y vuelvo-, respondí alzando las manos cargadas de platos sucios. Cuando regresé encontré la entrada abierta. “¡Pasá!”, se escuchó desde la cocina. Apareció con dos tazas de café. No me atreví a rechazarlo, pese a no tener ganas de beberlo. Aún tenía una botella de vino en la casa de Lolei.
-Hace bastante que no nos vemos; desde el mes pasado, cuando pagaste la última cuota de expensas-, comenzó a discursear, y aprovechó para recordarme la deuda del servicio.
-Pagaré la próxima semana, quédese tranquila-, me adelanté. Moviendo lateralmente la cabeza aclaró que no importaba, no es esa la urgencia.
-Ya estamos transitando diciembre, supongo que en pocos días te irás a visitar a tu familia. ¿Qué va a pasar con Lolei?-, disparó.
Estaba a punto de abrir la boca para hablar cuando nos aturdió el grito destemplado.
-Ahí lo tenés-, se apresuró a señalar Dora con una mueca de disgusto.
-Vuelvo enseguida-, le dije con una media sonrisa en los labios, en parte para descomprimir las tensiones permanentes en el rostro de mi vecina y, además, aprovechando ese rictus de seguridad que te da el hecho de saberse portador de buenas noticias.
El viejo estaba con su familiar cara de susto: “¿Por qué tardás tanto? Hace como media hora que te fuiste. Me dijiste que vendrías rápido”. Lo miré sin responderle.
Cuando andábamos de buenas me divertía comportarme así: yo me estancaba a mitad de camino entre la puerta y su cama, ponía los brazos en jarra, me quedaba serio, fruncía el entrecejo y no decía nada. Sólo lo miraba.
El viejo, conocedor de que había exagerado infantilmente, iba mutando su inicial gesto autoritario, iba encogiendo la boca, entrecerrando los párpados, bajando la cabeza, hasta quedar como un chico en penitencia. Recién entonces me acercaba y con afable templanza le dirigía unas pocas palabras.
-Estoy hablando con Dora, hay problemas con la deuda de expensas de este departamento -dije susurrando, queriendo impresionar con artificioso suspenso-. El consorcio quiere cobrar todo lo que debés y vamos a negociar una forma de pago. Intentaré hacer lo menos doloroso para vos. Pero dame unos minutos y no me llames. Tus gritos enfurecen a nuestra vecina y es preferible tenerla aquietada. Se hace más difícil tranzar con una mujer enojada, ¿me entendés?.
Con cara de preocupación, me dijo “bueno, bueno”. Llené la copa de vino y la coloqué sobre la mesa de luz.
-Entretenete con esto hasta que vuelva. Y, ya que estamos, bajemos un poco el volumen de la radio. Se escucha en todo el edificio. Dora se pone muy malhumorada con este programa. Dice que ese locutor es un forro del primer día. Yo estoy de acuerdo con ella. Y es mejor mantener tranquila a la fiera, ¿no te parece?-, sinteticé.
El viejo aprobó con la cabeza. Estaba manso como un cordero. Decía “sí” a todo, sin chistar. Esas tibias amenazas a veces resultaban eficaces. El método de asustar funcionaba. Y la transmisión de la culpa seguía siendo un buen recurso de persuasión.
Luego de calmar a una bestia, me encaminé hacia la jaula de la otra. Regresé con la convicción de que sería fácil de domar, porque llevaba los puños cargados de buenas noticias. Dora me recibió con su familiar gesto de indignación. Y caí en la cuenta que a esa altura todos los gestos tenían su particularidad y ya me resultaban conmovedoramente familiares.
-Se te enfrió el café-, dijo, sin embargo.
Agradecí la invitación; “otro día lo tomo caliente”, dije. Me senté frente a ella. Y me largué a contar todas las novedades que alegrarían su existencia y la de todo el vecindario.
Los días de Lolei en ese edificio estaban contados.
-¿Vos estás seguro de lo que vas a hacer?-, sorprendió mi vecina, siempre proclive a hallar el pelo en la leche pese a lo positivo de la noticia.
“Tanto jodió con sacarse de encima al viejo y ahora pone un manto de dudas a lo que debería considerar lo mejor que le pasó en el año”, pensé entre dientes y confundido, pero una vez más elegí el falso camino del optimismo y la mentira insolente para aparentar seguridad:
-Nunca estuve más seguro en mi vida a la hora de tomar una decisión.
Dora me miró desaprensiva y me deseó suerte. Agradeció todos mis esfuerzos y se puso a disposición para cualquier menester. ¡Qué comprensiva es la gente cuando no debe lidiar con lo más trabajoso! Ofrecía el paraguas después de que pasaba la tormenta. La despedí con un beso.

-¿Cómo te fue, nene? Tardaste mucho… Estaba por llamarte…
-Estuvo peliagudo. Esta gente no da el brazo a torcer así porque sí. No es fácil negociar semejante deuda cuando están empeñados en cobrar, cueste lo que cueste, caiga quien caiga. Además, vos conocés bien a Dora: es más porfiada que mula tuerta. Le expliqué mil veces que no tenés un solo centavo, pero ellos aducen que no es su problema. Ahora el inconveniente pasa a ser mío.
-¿Vos no tenés guita para prestarme? Prometo devolvértelo…
-Contame otro chiste, viejo sinvergüenza. ¿Con qué me vas a pagar? Te recuerdo que debés más de cuatro años, no es poca plata… Yo apenas si llego a pagar cada mes mis expensas. No soy pariente de Otto Bemberg. Acá suponen que el hijo de rico sos vos. Yo en este momento estoy seco hasta de vientre… ayer cagué crocante.
-No nos preocupemos, nene. Dentro de unos días nos vamos…
-…pero la deuda sigue en pie. Y hay que saldarla. Por un lado, es cierto, ya no me preocupo. Encontramos una manera de cancelarla. Eso sí, deberás esforzarte. Llegamos a un arreglo de palabra, y deberías cumplirla para que podamos irnos tranquilos.
-¡Qué bueno! ¿Y qué debo hacer? Podemos vender algo de la casa si es necesario…
Mientras hablábamos yo maniobraba pacientemente el cigarrito, con el cariño que merecen ser tratadas las cosas que brindan placer.
Ya estaba encendido, humeante, delicioso. Se lo extendí y respondí.
-No hay nada de valor en esta casa. El acuerdo nos exime de un desprendimiento económico: consiste en favorecer convenientemente a María Luisa… Dos o tres veces, nada más. Ya habrás visto que la pobre está un poco abandonada. Mucha dedicación a dios la fue apartando de los placeres verdaderos, del solaz carnal. Como es muy timorata, le cuesta abrirse a cualquiera; prefiere regodearse con alguien conocido. Y sos él único hombre de la casa que cumple con los requisitos… Además, confesó que siempre te tuvo ganas pero nunca se animó a decirlo. ¿Viste que es posible pagar una deuda sin dinero? Dos o tres polvitos y a otra cosa… No me mirés así, estoy hablando en serio…
El viejo se atoró con el humo. Tosió varias veces antes de poder largar una palabra:
-Es una cargada, ¿no? ¡O vos estás loco y completamente desvariado! ¿A quién se le ocurrió semejante idea?
-Fue una moción presentada en la reunión de consorcio. La aprobaron por unanimidad…
-Me niego rotundamente. Me niego… Ya podés ir avisando a esa manga de enfermos que se olviden de esa locura. ¡Minga van a cobrar! Que se vayan a la puta que los parió… Que les pague Mandrake…
-No te pongas así. Arreglos son arreglos. Y como ellos son los acreedores, tienen derecho a exigir la mejor propuesta. Pero bueno, si te negás, se verán obligados a recurrir al plan B. Estaba dentro de las posibilidades tu rechazo a esta primera opción…
-Dejate de payasadas, pendejo. ¿Qué es eso del plan B?
-Como te rehusaras a dispensar de placeres a María Luisa, la siguiente iniciativa es que seas frugalmente sodomizado. Eso sí, aún resta determinar al ejecutor. En la casa viven sólo mujeres; los únicos hombres somos nosotros dos. El indicado sería yo, pero no puedo acceder a la demanda porque soy tu representante, la parte negociadora. Además, no me gustan los culos peludos. Al tuyo lo conozco demasiado. No es mi tipo…
La cara del viejo se iba desencajando a cada segundo. En algún momento amagó a reír, incrédulo. Pero a medida que avanzaba con la explicación, en tanto supe mantener la compostura suficiente como para que se creyera consumadamente semejante disparate,  las facciones se le fueron dislocando y palideció tanto que temí que se desmayara.
Mientras hablábamos, fumábamos el porro prometido. Ya antes de contar la parte del plan B, rechazaba su dosis. Parecía atorado por las palabras. Tanto que no le entraba ni el humo del cigarrito. Hasta que me di cuenta de no estar disfrutando la farsa. Me sentí cruel. Pero decidí sostenerla un rato más. Se me fue de las manos cuando le recordé que al día siguiente le tocaba el duchazo.
-Aprovecharé para depilarte, así no quedás tan repugnante-, le dije.
La respuesta fue veloz y llegó en forma de variados y atronadores insultos. Hacia mí, hacia el consorcio, hacia dios, el dinero, las deudas y su puto destino. Luchaba y se defendía como gato panza arriba. Profirió términos soezmente ingeniosos. No aguanté la carcajada y debí revelar la patraña.
-¡Qué miedo le tenés a la poronga!-, le dije entre risotadas. Siguió insultándome a mansalva-. ¡Pobre María Luisa, vas a dejar con las ganas!-, agregué sin atender a su poética. Se calmó cuando me acerqué y le di un abrazo, amistoso y enérgico.
-Quedate tranquilo: de acá salís con el culo sano. Y limpio-, agregué.
Me demoré varios minutos en aclarar todo. Comenzó a respirar con normalidad. Ahí noté su cargada agitación. “¡Pensé que me matarías, pendejo y la concha de tu madre!”, remató.
Le pedí disculpas, sin dejar de reírme.
-Nunca más me hagas algo así-, gimió.
Ofrecí la última calada y la rechazó.
-Dormí tranquilo. Mañana bajaré temprano. Anuncian un día espléndido. Mientras te baño y aprovecharemos para airear la casa. Después podemos empezar a planear la mudanza. Estamos cada vez más cerca, viejo, ya lo tenemos. En quince días comienza una nueva etapa…


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(LII)

Para: Hugo Cavalcanti Palacios
Calle 3 N° 492 1°E
1900 La Plata
Argentina

De: Alan Rogerson
I Bradgate Street
Ashton –II-Lyne
Tameside - Manchester

25 August 1992
Queridísimo amigo:
Lamento tanto de demora en responderte. Comprendo que hayas escrito con insistencia y te hayas enfadado. Lo siento mucho, de verdad. He cargado con muchos problemas en este último tiempo y no me he detenido a responder a nadie. Además, he vuelto a Manchester hace unos meses y me encontré con un mogollón de cartas tuyas y de otros amigos. Recién ahora me dispongo a responderlas.
Como siempre la primera es la tuya, mi querido amigo Hugo, aunque te sientas cabreado conmigo. Me gustaría que sepas que siempre he pensado en ti y lo seguiré haciendo. Pero he pasado momentos de la hostia. Te explicaré.
Volví a encontrarme con Anne en Toulouse, adonde fui a trabajar en una escuela. Volvimos a vivir juntos y volvimos a pelear. Ella trabajaba en una tienda de ropa, le iba muy bien. Yo ingresé a una escuela para jóvenes. Enseñaba inglés para avanzados y español para principiantes. Ganaba una buena pasta. Con los dos sueldos nos la apañábamos. Vivíamos en un piso que era de su hermano, que también vivía en la ciudad, y la renta era más barata que cualquier otro sitio. Como siempre, en verano me quedé sin trabajo y aprovechamos para viajar. Fuimos a la costa por tres semanas. La pasamos de maravillas pero reñíamos demasiado. Ella se enfadaba porque yo bebía que ni veas. Cogí unos pedos gordos y un día terminé en el hospital. Caí por las escaleras de un bar y me rompí la cabeza. Tuvieron que darme unas puntadas y me pasé tres días en un hospital. Cuando salí, regresamos a Toulouse. Anne se mostró muy cabreada. Me culpaba por los malos momentos que le hacía pasar. Es que yo había prometido dejar de beber tanto y, créeme, lo cumplí durante cierto tiempo. Salía poco a los bares porque hacíamos cosas los dos juntos. Además, trabajábamos mucho. Pero en las vacaciones volví con todo. Ese accidente la enfadó. Ya de regreso a Toulouse todo cambió. Empezamos a regañarnos permanentemente y teníamos peleas violentas. Ella una tarde se fue para la casa de su hermano y tardó varios días en regresar. Cuando lo hizo me pidió que me fuera. Yo estaba muy borracho. Ella me dijo que me engañaba con un compañero de trabajo. Peleamos muy fuerte y yo la golpeé. Siempre fue una mentirosa conmigo, pero ese día lo dijo como para que lo creyera. Al otro día apareció el hermano con unos amiguetes y me dieron una hostia. La muy puta se vengó de la golpiza. Otra vez terminé en el hospital, con dos costillas rotas. Ella no fue a verme, pero envió a alguien a dejar todas mis cosas. No la vi nunca más.
¿Sabes? En algún momento pensamos en casarnos y tener hijos. Ella dijo que me notaba más maduro. Yo volví a creerle pese a todas las mentiras de antes. Incluso hasta pensamos en ahorrar para comprarnos un piso. Pero ya ves que hay cosas que nunca cambian. Parece que no estoy hecho para el amor.
De allí me marché a Bayona. Quise volver al Liceo pero ya no había lugar. El jefe de la escuela me prometió trabajo pero recién para tres meses después. Yo estaba casi sin pasta, no podía esperar. Viví en casa de un amigo, que me consiguió unas chapuzas en unos bares. No ganaba demasiado, pero alcanzaba para cogerme unas buenas borracheras los fines de semana. Cuando pasaron los tres meses volví a la escuela.
Conocí a una chica inglesa que iba haciendo autostop. Su destino era París, pero vagaba por Francia, de vacaciones. Era muy bonita, de 21 años. Viajaba con una amiga, también muy maja. Ella ligó con mi amigo Jean-Paul, a quien conocí en un bar donde trabajé.
Las muchachas se quedaron casi tres meses viviendo con nosotros. La mía se llamaba Ann (parece que ese nombre me persigue) y la otra Jacqueline. Salíamos casi todos los días, después de mi trabajo, y cogíamos unas grandes tajadas. La pasamos de maravilla. Hasta que decidieron partir hacia París, su destino. Quedamos en volver vernos. A los tres o cuatro días veo en un periódico la noticia: las chicas habían muerto en un accidente de coches. Iban en un auto que las había recogido y chocaron cerca de Poitiers. Hubo además otros tres muertos. Con mi amigo quedamos tristísimos, consternados. El periódico decía que Ann estaba embarazada. Imagínate mi sorpresa, Hugo, y mi desazón. Nunca más supimos de ellas y aún tengo la incertidumbre de si ese crío que llevaba dentro no era mío.
En Navidad volví a Manchester a visitar a mi familia. Pasé por Londres a visitar a Danny. Había muerto hacía unos días. Estaba muy enfermo, tenía problemas en el hígado. Sus amigos dijeron que a causa del alcohol. Era muy joven para morirse, aunque yo sabía que terminaría así. Mi madre dijo que yo terminaría igual si seguía bebiendo como lo hacía.
Las fiestas las pasé de borrachera en borrachera. Estuve con Ann Kenne y nos cogimos pedos. Volví a Bayona y trabajé en la escuela hasta las vacaciones de verano.
¿Sabes qué, Hugo? Tantas muertes en tan poco tiempo me hicieron mover el coco, pensar en los seres que quiero, pensar distinto hacia mi futuro. Supongo que a ti te pasa lo mismo. Siento mucho lo de tus padres, y lamento decírtelo recién ahora. Pero, tú sabes, ellos eran hombres mayores, a esa edad la muerte es más esperable. Es parte de la vida ver morir a nuestros padres, aunque no nos guste el momento en que llega. Me preocupa qué harás tú, pues eras muy cercano a ellos. Pero tienes suerte, por lo menos puedes contar con su fortuna para apañártelas. ¿Qué estás haciendo ahora? Ya eres un hombre grande, pero aún tienes mucho para recorrer. Espero que te encuentres bien, tal como lo deseo.
Verás, yo ahora estoy en Manchester visitando a mi madre, que no está bien de salud. Ella también es anciana y necesita atenciones. Vine para visitarla y ya llevo un mes aquí. Todavía no decidí qué es lo que haré. No quiero pensar demasiado, pero guardo dentro de mí malos augurios. Ojalá me equivoque.

Siempre te recuerdo, y recuerdo con alegría nuestros días en España. Eso nunca lo olvidaré, aunque tarde en escribirte. Te prometo que lo haré más seguido. Ahora escribiré a Pepé, a Josefina, a Julito, que también los tengo un poco olvidados y me enviaron sus cartas. ¿Tú sigues en contacto con ellos?
El año pasado fui con una amiga a Barcelona y pensé seguir hasta Tarragona a visitar la casa donde viviste con esa tía tan maja. Ya verás que siempre te tengo en mi mente. Pero estuvimos pocos días y debimos volvernos a Francia. Partimos hacia Montpellier porque ella debía trabajar allí y me invitó. Fue muy generosa, pues yo tenía poca pasta.
Amigo, me voy despidiendo. Te prometo que volveré a escribirte pronto. Y perdóname sin me tardo mucho, pero estoy en días complicados. Te mando un fuerte abrazo, tu amigo que nunca te olvidará

Alan

Alan Rogerson, en una foto de 1983

domingo, 4 de diciembre de 2016

Lolei. Memorias de lo inconfesable (51)






CAPITULO
51

-¡Por supuesto que acepto, nene! No sabés cuánto me alegra que me digas eso.
No sé si lo hacía porque su estado de desesperación lo llevaba a aceptar cualquier clase de propuesta o porque sinceramente deseaba trasladarse a mi pueblo. A esa altura ya tenía alguna referencia de la ciudad, más no sean datos someros obtenidos gracias a su tenaz curiosidad. Lo reconocía “de nombre” por ser el lugar de nacimiento de Ernesto Sábato, un escritor que él consideraba “del montón” pero que sin embargo había leído casi en su totalidad.
También conocía a mis padres, a quienes vio en las periódicas visitas que me hicieron durante aquellos meses. Sea como fuere, el viejo aceptó la idea con inesperado beneplácito.
Después de tantas idas y vueltas, finalmente parecía allanarse el camino de su futuro inmediato.
Como nunca fui un comunicador eficaz, aproveché la permanencia de mi tío para explicarle los detalles del proyecto. Había pequeñas cuestiones de papeles que entendería mejor si se lo esclarecía un colega. Lolei y mi tío se daban tratamiento de “doctor”; al viejo le agradaba recibir ese desmedido reconocimiento. Se henchía de falso orgullo.
La situación era compleja: como el departamento aún estaba a nombre de su tía Julia, fallecida hacía siete años, y la herencia hacia Lolei estaba declarada en un testamento hológrafo, es decir, escrito de puño y letra de la mujer pero sin ninguna certificación notarial, era necesario legalizar una sesión de derechos hacía mí, para dar validez al documento. Con este trámite, el viejo se aseguraba ser el titular del inmueble y yo no podría tomar posesión mientras él viviera. Además, se rubricaba una compra simbólica del bien, de manera que los derechos heredados involucraban también a mi padre como parte económicamente solvente. Como parte del acuerdo, junto con mi familia nos haríamos cargo de los costos de alojamiento de Lolei en el hogar de ancianos. La firma del traspaso se realizaría ante un escribano público y el traslado hacia mi pueblo, antes de finalizar el año.
El viejo se mostró conforme y emocionado por la resolución. Pero interpuso una objeción: quería que yo me hiciera cargo del departamento cuanto antes, y me hacía beneficiario de todas las pertenencias de la casa. Con ello se aseguraba de dar un destino adecuado a sus pocos bienes, sobre todo lo que más le importaba: sus libros y sus escritos, productos de una vida entera de trabajo y sacrificios.
-Es la única manera que tengo de pagar tantas atenciones-, dijo.
Esta decisión me favoreció en varios aspectos: podría irme a vivir a su casa al año siguiente, por lo cual debía deshabitar mi actual hogar. Y con el dinero destinado al pago del alquiler, abonaría ahora el importe del asilo. En ese entonces, el valor de la renta era superior a un salario mínimo jubilatorio, lo cual también resultaba provechoso para las autoridades del asilo, ya que la mayoría de los internos abonaban ese canon. Ese ahorro era bienvenido en esos años de crisis. En cierto modo, yo continuaba pagando el alquiler del departamento. Y viviría, como el viejo lo deseaba, en su lugar y con sus cosas.
Recuerdo ese día como un día de gran alivio. Para mí y para Lolei, que asemejó la noticia con un júbilo incontrastable. Tanto es así que esa noche me pidió, “para celebrar”, una cena completa. Esto significaba comer juntos en su casa, con vino y, para el postre, un suculento porro.  Lo he dicho y lo recalco: siempre fui una persona de “sí” fácil para los vicios.
La buena noticia nos sorprendió con los primeros días de diciembre a cuestas. No quedaba mucho tiempo para las distracciones. Gasté mis últimos días y mis energías ya agotadas entre absurdas pero necesarias tramitaciones en oficinas públicas y escribanías, en la preparación de finales para la facultad, alcohólicas reuniones de despedida y el habitual trajinar con Lolei.
El viejo, aunque parecía sosegado, se tornó demandante y persistente. “Como si no tuviera nada que hacer, vos te ponés cada hora más hinchapelotas”, le retruqué en la octava o novena visita realizada una misma tarde en que intentaba estudiar.
A esa altura ya había aprendido que el viejo triplicaba sus reclamos cuando sabía que yo estaba en mi casa. Yo me había obligado a inventar un ardid que muchas veces surtía efecto. Era así: simulaba una partida, me despedía de él y luego de unos minutos, sin encender la luz del pasillo, volvía a hurtadillas hasta mi casa, procurando hacer el menor ruido al pasar frente a su puerta. Entonces me escondía a estudiar en paz. Luego bajaba invirtiendo el procedimiento y me presentaba como si recién llegara desde la calle.
A veces el muy zaino me descubría; al oír pasos comenzaba a gritar y no quedaba más remedio que interrumpir la treta. Pues esa tarde, después del almuerzo, en un acto de infantil desprevención, me sinceré y le dije que me quedaría estudiando. Pese a las reincidentes súplicas de “no molestar”, no se cansó de interrumpirme.
En un par de ocasiones sólo atinó a emitir un tímido “quería saber si estabas”, y yo no respondía sólo para evitar otra pelea. Recién cuando le previne sobre su encrespada actitud (no le caía simpático el apelativo de “hinchapelotas”) confesó tener miedo.
-¿Miedo a qué, a quién?-, pregunté sorprendido.
-No sé, nene, tengo miedo…-, titubeó.
Y quedó mudo, con la mirada perdida. Me acerqué a la cama, acomodé una silla y me senté en posición de espera. Me quedé observándolo sin decir nada, esperando una explicación.
Ante la falta de respuestas, rompí el silencio:
-¿Tenés miedo a irte de acá? ¿Miedo al cambio? ¿Al futuro? ¿A qué le temés?
-No lo sé exactamente… Pero hay algo de eso. Siento miedo a la incertidumbre. A no saber qué será de mí cuando me vaya…
-Tampoco sabés qué será de vos si te quedás…
-Pero si me quedo acá, ¿vos te quedarías conmigo, verdad?
-Lo digo una vez más por las dudas de que no haya sido claro: después de rendir la última materia, dentro de quince días, me voy a mi casa. Si vos no querés salir de acá, te deseo toda la suerte del mundo. Te repito: yo me voy. Nos veremos al regreso de mis vacaciones.
-No seas cruel, nene…
-¿Cruel? ¿Cuánto hace que estoy dando vueltas, tocando puertas, caminando sin sentido, hablando con gente indeseable, con el único de fin de encontrar una solución a tu propia vida? Todo para lograr nada. Ahora surgió esta posibilidad y vos estuviste de acuerdo.  Quedan pocos días para decidir. Y esa decisión será tuya y de nadie más. Yo no puedo obligarte a aceptarlo. Por lo pronto, mi decisión inmediata está tomada: después de rendir la última materia, me voy a mi casa… Vuelvo el año que viene.
-Te entiendo… No es que esté inseguro de irme a tu pueblo. Es más, sé que es lo mejor que encontramos. Me agrada. Pero vos después te volvés acá, y yo me voy a quedar solo, no te voy a ver más. Me vas a abandonar…
-Tratá de no ser tan pelotudo, ¡hombre grande! ¿Quién te abandonará? No vas a estar solo. Mi familia estará a disposición, la gente del hogar estará a disposición. Habrá médicos para que te atiendan, otras personas con quienes compartir, tendrás más y mejor comida que ahora. Y yo estaré siempre; puedo viajar seguido para verte. Estamos a trescientos kilómetros de distancia, no te vas a Rusia. Nadie te va a abandonar, viejo…
-¿Me lo prometés? ¿Prometés que siempre vas a estar conmigo?
-Hasta el último puto minuto de tu vida, Lolei, te lo prometo.
-Andá a estudiar, nene. Gracias por todo…
-Más tarde bajo, a la hora de la cena. Y andá preparándote que mañana te toca el duchazo…



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(LI)

Para: Hugo Cavalcanti Palacios
Jujuy 1261
7600 Mar del Plata
Argentina

De: Alan Rogerson
2 Rue du Pimpin
33100 Lormont
France

28 Juillet 1989
Querido Hugo:
Acabo de recibir tu carta, después de tanto tiempo, y te contestaré enseguida para no aplazar el envío. Me alegra mucho que vayas bien o bastante bien. Yo también voy bien.
Las clases se han acabado y estoy buscando trabajo para pasar dos meses difíciles; sabes cómo es ser profesor en verano. Mi prima se casa dentro de una semana pero no iré a Inglaterra ya que, como siempre, estoy a dos velas.
Me preguntas si tengo intención de quedarme aquí. Pues sí, hasta que vuelvas a Madrid. De momento me quedaré aquí. Estoy pintando y empapelando mi piso porque me aburro bastante, supongo que por eso bebo mucho los fines de semana. Durante la semana leo libros, periódicos españoles, franceses, portugueses o veo televisión cuando hallo una buena película.
No he escrito a Danny; debería hacerlo. Llevo bastante tiempo sin escribirle. Su hermana me llamó por teléfono hace dos días, pienso que tiene un bajón en este momento.
En cuanto a Anne, la vi hace un mes y le dije que ya no le quería ver. Me engañó varias veces y me harté de sus mentiras y mis perdones. Ya veremos.
Sabes Hugo que me acuerdo mucho en ti, y mientras pensaba en Madrid se me cruzó por la cabeza Rob y Jan, y luego recibí tu carta y tú hablabas de ellos. Coincidencia, ¿no?
Me dijiste que no hace calor en Argentina, pues aquí hace uno que ni veas, tío. 30, 35 grados, no se puede dormir. Veo la televisión hasta cualquier hora porque no puedo pegar un ojo. Ahora llevo gafas que me van muy lindo, como las que llevan las estrellas de la gran pantalla.
No salgo con nadie y no me apetece. Sirven muy bien las manos.
Pásame tu número de teléfono. No te prometo nada, pero, quién sabe, podría sorprenderte. Tal vez te llame si es que están buscando al peor profe de todos los tiempos. ¿Te acuerdas, Hugo, estábamos en la Academia, yo te esperaba, tú saliste de la clase, casi llorando, y dijiste a Mme. Chardy “¡estoy harto de que los alumnos bostecen y duerman!”, y cuando tú te fuiste cabreado, Mme. C me dijo “ahora comprendo por qué lo llaman Bombachitas Palacios”?
Procura escribir más a menudo. Tus noticias me hacen falta. Te doy un fuerte abrazo

Alan

jueves, 1 de diciembre de 2016

Lolei. Memorias de lo inconfesable (50)

CAPITULO
50

Una mañana me sorprendió, a través del portero eléctrico, la voz de Mario Browne. Hacía varias semanas le había dado las señas de mi departamento para cuando deseara ir a visitar a Lolei.
Cuando bajé a abrirle la puerta principal, también me recordó que le había dejado mi número de teléfono. Había llamado, sin obtener respuestas. Comprobé que tenía datos equivocados. Mientras subíamos las escaleras se lamentó no haber ido antes, “demasiado trabajo”, se excusó.
-Tenés visita –anuncié al entrar al departamento del viejo, que estaba leyendo la Gran Enciclopedia Argentina, de Diego de Santillán, un tomo pesado y ajado, una de sus lecturas predilectas por aquellos días por la brevedad de sus artículos.
Lolei asomó la cabeza por encima del libro. Su amigo aún permanecía en el vano de la puerta, entre temeroso y expectante. Lo invité a ingresar. Al viejo se le dibujó una sonrisa enorme. Parecía un niño con juguete nuevo.
-¡Viniste!-, exclamó. Era una frase muy familiar para mí.
Marito Browne entró con andar lento. Lo observé mirar toda la casa, absorto, desilusionado. Se le evidenciaba una mueca de incredulidad. Me miró a los ojos. Le devolví un mohín de alegría. “Le agradezco que haya venido”, lo anticipé.
Venciendo las dudas, se acercó a su antiguo amigo y le tendió la mano. Lolei le ofreció asiento. Se afanaba por hablar, casi con desesperación. Yo me sumé a ellos. “Los dejo solos”, anuncié. Y pedí a Browne que pasara por mi departamento cuando lo creyera oportuno.  “Suba por esa escalera”, le indiqué señalando el imaginario recorrido.
Al cabo de media hora lo oí llegar. Limpié la mesa cargada de apuntes y libros y lo invité a sentarse. Ofrecí un mate. Aceptó tímidamente. “Sólo uno, llevo prisa”, sentenció con desgano. Y se apuró a preguntarme, mientras yo cambiaba la yerba: “¿Por qué no me llamaste antes?”.
Me di vuelta y lo miré con el gesto de no haber escuchado. “¿Que por qué no te comunicaste antes? ¿Cuánto hace que está en ese estado?”. La explicación fue breve; en apenas unos minutos sinteticé los últimos meses junto a Lolei, es decir, desde que yo lo había conocido. Una explicación bastante similar a la expuesta en nuestro primer encuentro, cuando lo había visitado en su oficina.
-Hay muchísimas cuestiones sobre él que aún desconozco. Sólo sé lo que me cuenta. Sin ir más lejos, de usted me habló por primera vez el día anterior de haberlo llamado. Si me lo hubiese dicho antes… 
Browne se tomaba unos segundos antes de cada respuesta, como si tuviera que acomodar muchas ideas antes de hablar. Comentó que llevaba más de un año sin noticias de su amigo, y por lo menos dos sin verlo. Los últimos contactos habían sido telefónicos. Lolei solía llamarlo para conocer el estado de la jubilación, pero ya hacía bastante que no se comunicaban. Aproveché para preguntarle sobre el trámite. Me respondió algo similar a lo hablado antes con el otro abogado.
-Es difícil que se la otorguen-, volví a escuchar, con idéntica modulación, con mayor desesperanza. A esa altura era imposible de disimular el estado de confusión en que se hallaba.
-No puede seguir viviendo así-, remató.
-Ya lo sé, ya lo sabemos –repliqué- Yo ayudo en todo lo posible, comprenda que no tengo muchos medios para hacer más que esto. Desde el primer día, dejó en claro que todas sus esperanzas están depositadas en su jubilación. Él ya no tiene dinero. Yo aporto con lo indispensable: le pago la luz y le doy comida. Él todavía está confiado que su retiro saldrá de un momento a otro. Usted sabe la verdad.
Le relaté las peripecias por trasladarlo a otro sitio. Añadí la alternativa propuesta por Lolei de usar el departamento como garantía de pago. Incluso comenté, como al pasar, que hasta había ofrecido que yo me quedase con la vivienda, a cambio de asegurarle su bienestar. Mario Browne escuchaba atónito. De manera solapada, estaba pidiéndole ayuda.
Al no obtener ninguna contestación, le pedí, ahora sin vueltas, que pasara a visitarlo más seguido.
-Le haría muy bien, yo soy su único contacto con el mundo, nadie se acerca a verlo-, justifiqué.
-Por algo será-, cuestionó subrepticiamente.
Lo corté en seco:
-Tal vez tenga razón. Pero a mí no me importa su pasado, ahora estoy más preocupado por su futuro.
Me devolvió el mate y se levantó de la silla. Mientras bajábamos aseguró que volvería a visitarlo. “Como un viejo amigo”, aclaró. Y con esa aclaración despejó una duda que yo no había sabido pedir abiertamente por simple timidez: ya no movería un dedo por la jubilación. Ni siquiera “como un viejo amigo de nuestras mejores épocas de la juventud”.
Desde la puerta saludó a Lolei y reiteró su promesa de volver. Cuando lo despedí, ya en la calle, me asaltó la seguridad de que no regresaría.
Fue la última vez que lo vi.


Después de mi entrevista con el abogado que me había entregado su legajo, me comuniqué con el otro, ese ad honorem que le había prometido al futuro ministro. Hasta ese momento no lo había tenido en cuenta, pero en el medio de la desesperación creciente acudí a sus servicios. Ese abogado era mi tío. No recuerdo si ya estaba al conocimiento de las complejidades del asunto, pero cuando le detallé lo sucedido en los últimos meses y las dificultades presentes, inmediatamente se puso a disposición. A los pocos días viajó desde Buenos Aires, dónde vivía, hasta La Plata.
Tuvo su primer contacto con Lolei, quien lo recibió aparatosamente. El viejo acostumbraba a aceptar a todo tipo de huésped –sobre todo si era nuevo y venía conmigo- con una amabilidad edulcorada y ampulosa. Le gustaba caer en gracia y sabía cómo hacerlo. No se ahorró ningún elogio al hablar de mí.
En ese tren de proclamaciones volvió a decretar frente a los dos su deseo de obsequiarme todo lo que tenía, en agradecimiento por mis esfuerzos. Y fue más directo: “este departamento lo ofrecí en varios asilos para ancianos y nadie lo aceptó. Entonces le dije que será para él. Mi intención es que todo sea para él, la casa y, sobre todo, mis libros”.
Esta voluntad me la había manifestado en infinidad de ocasiones, pero nunca le di crédito. Estaba en sus genes ese carácter desprendido, su falta de apego por ciertas cosas. En parte se demostraba por qué tenía tan pocos bienes materiales. Y los pocos que tenía, los atesoraba en un estado total de negligencia.
Alguna vez hasta me propuso vendérmelo, como había procurado en vano en algunas instituciones que recorrí. A veces le costaba entender que el dinero no se producía esforzando el vientre.
“De pedo puedo pagarte la luz, mirá si voy a comprar un departamento, viejo demente”, le respondía certeramente.
Pero como él insistía, y una mente avezada suele pensar más que dos enclenques y desanimadas, con la visita de mi tío nació una posibilidad hasta entonces impensada. Era una alternativa viable: yo podría “comprar” su departamento a través de una sesión de los derechos hereditarios, pero yo no tomaría posesión del inmueble mientras el viejo estuviera vivo. A cambio, debía  hacerme cargo de su internación y de su salud. La idea surgió como una opción terminante, pues a esa altura, el trámite jubilatorio había tenido un rechazo concluyente.
De esta resolución nos enteramos tras la visita que hicimos con mi tío al propio riñón del Instituto de Previsión Social. Dimos con la jefa del área a cargo de las tramitaciones, tras una vana gestión realizada por mí meses antes y la insistencia profesional de mi tío, muy experimentado en recorrer pasillos y oficinas de la más efectiva burocracia estatal.
El dato de la jefa lo había conseguido a través de un coterráneo, poseedor de cierto cargo dentro del instituto, cuando hubo dejado su banca en la legislatura provincial. Recuerdo que lo visité junto a mi madre en su oficina de La Plata, con el fin de obtener alguna intermediación en el caso. La reunión se produjo a poco de hacerme con el expediente y la novedad sobre el casi seguro rechazo. El ex diputado nos recibió respetuosamente, pero no encontró soluciones a nuestros requerimientos. Sin embargo, nos ofreció el nombre de la encargada de esa jurisdicción, a quien debíamos consultar para conocer las incidencias del asunto. Ante la dificultad de llegar a la empleada por nuestros propios medios –para un ciudadano común, con nulo recorrido en recovecos administrativos, llegar a entrevistar a un jefe de área suponía horas de espera- desistimos de intentarlo. En ese momento, nos desentendimos. Pero luego, con el expediente en nuestro poder y la ayuda del nuevo abogado, el panorama resultó más favorecedor. Y aunque la espera no fue exigua, fuimos recibidos por la encargada.
Su respuesta no varió respecto de lo anunciado los dos abogados, pero surgida de boca de la funcionaria, resultaba más contundente. La jubilación no sería aprobada y había que reiniciar las tramitaciones. La diligencia demoraría años.
Con esta certeza irrevocable, resurgió aquella idea. No quedaba demasiado tiempo y las dificultades eran cada vez mayores. Quedaba una más: en caso de hacerme cargo de Lolei, lo más conveniente era trasladarlo hasta mi ciudad, de modo tal que mi familia quedaría a su cuidado, al tiempo que yo podría continuar con mis estudios en La Plata.
Una nueva incertidumbre estaba planteada: ¿Lolei aceptaría ir a vivir a una pequeña ciudad del interior, de cuya existencia ni siquiera sospechaba hasta mi llegada, y donde seguramente pasaría los últimos días de su vida?


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(L)

Para: Hugo Cavalcanti Palacios
Calle 3 N° 492 1°E
1900 La Plata
Argentina

De: Alan Rogerson
Chez M. Vergerio
10 Rue Général Marguerite
33400 Talence
France

14 décembre 1988
Querido Hugo:
Mucho tiempo sin que nos escribamos, ¿verdad? La culpa la tenemos los dos. No obstante, no dejo de pensar en ti y sobre todo en nuestra amistad. Muchas cosas han ocurrido desde la última vez que tuve noticias de ti.
Como verás, ahora estoy en Burdeos. Vine por dos razones: primero, quería estar cerca de Anne y segundo porque había encontrado trabajo en una escuela. La ciudad de Burdeos no me gusta, nunca me gustó ni me gustará, aunque sea más grande que Bayona. Estuve un año en Bayona. Viajaba a ver a Anne todos los fines de semana. Si no hubiera salido con ella, nunca habría vuelto, pero… Después Anne se fue a París a buscar trabajo y yo me quedé aquí.

Anne encontró trabajo en casa de una gran actriz, Anouk Aimeé. Esa mujer es una tirana. Anne debía cuidar sus gatos (tenía 24), se portó muy mal, siempre le gritaba y maltrataba, a ella y a su personal. Hacía escenas de teatro permanentemente. Es una cuestión que no sabemos de las grandes estrellas: son muy simpáticas en el escenario, pero en la vida real… Alguien debería decirles que todos cagamos igual.


Anouk Aimeé.
"Alguien debería decirles que todos cagamos igual"

Yo sigo trabajando en la escuela. Tengo unas pocas clases pero voy ganando mi vida. Me pagan 2.500 pesetas por hora. Además en marzo tengo que ir a Inglaterra con mis alumnos, donde pasaremos juntos una semana. En unos días viajo a mi país para la Navidad; pasaré una semana, más o menos. El trabajo se reanuda el 9 de enero.
Me extrañaría que me quedara en Burdeos. No estoy a gusto aquí, es una ciudad burguesa y la gente se las echa de rey, son tíos que se creen muy repipi. No he vuelto a España, tal vez lo haga el año que viene. Debía organizar un cursillo en Madrid para los alumnos que estudian español en la escuela. Eran casi 60. Escribí a Mme. Chardy para proponerle que les acogiera, pero nunca me contestó. Se perdió una oportunidad de ganar mucho dinero.
¿Sabes? Mi amigo Danny se está muriendo. Salimos juntos cuando estuvimos en Londres hace cuatro meses y la pasamos de maravilla. Pero él no se encuentra bien. Creo que estará muerto de aquí dos años.
Amigo, escríbeme pronto. Hugo el escritor ha cambiado, se ha puesto tan holgazán como yo. Me gustaría tener noticias. Tu amigo te da un abrazo muy fuerte

Alan