jueves, 1 de diciembre de 2016

Lolei. Memorias de lo inconfesable (50)

CAPITULO
50

Una mañana me sorprendió, a través del portero eléctrico, la voz de Mario Browne. Hacía varias semanas le había dado las señas de mi departamento para cuando deseara ir a visitar a Lolei.
Cuando bajé a abrirle la puerta principal, también me recordó que le había dejado mi número de teléfono. Había llamado, sin obtener respuestas. Comprobé que tenía datos equivocados. Mientras subíamos las escaleras se lamentó no haber ido antes, “demasiado trabajo”, se excusó.
-Tenés visita –anuncié al entrar al departamento del viejo, que estaba leyendo la Gran Enciclopedia Argentina, de Diego de Santillán, un tomo pesado y ajado, una de sus lecturas predilectas por aquellos días por la brevedad de sus artículos.
Lolei asomó la cabeza por encima del libro. Su amigo aún permanecía en el vano de la puerta, entre temeroso y expectante. Lo invité a ingresar. Al viejo se le dibujó una sonrisa enorme. Parecía un niño con juguete nuevo.
-¡Viniste!-, exclamó. Era una frase muy familiar para mí.
Marito Browne entró con andar lento. Lo observé mirar toda la casa, absorto, desilusionado. Se le evidenciaba una mueca de incredulidad. Me miró a los ojos. Le devolví un mohín de alegría. “Le agradezco que haya venido”, lo anticipé.
Venciendo las dudas, se acercó a su antiguo amigo y le tendió la mano. Lolei le ofreció asiento. Se afanaba por hablar, casi con desesperación. Yo me sumé a ellos. “Los dejo solos”, anuncié. Y pedí a Browne que pasara por mi departamento cuando lo creyera oportuno.  “Suba por esa escalera”, le indiqué señalando el imaginario recorrido.
Al cabo de media hora lo oí llegar. Limpié la mesa cargada de apuntes y libros y lo invité a sentarse. Ofrecí un mate. Aceptó tímidamente. “Sólo uno, llevo prisa”, sentenció con desgano. Y se apuró a preguntarme, mientras yo cambiaba la yerba: “¿Por qué no me llamaste antes?”.
Me di vuelta y lo miré con el gesto de no haber escuchado. “¿Que por qué no te comunicaste antes? ¿Cuánto hace que está en ese estado?”. La explicación fue breve; en apenas unos minutos sinteticé los últimos meses junto a Lolei, es decir, desde que yo lo había conocido. Una explicación bastante similar a la expuesta en nuestro primer encuentro, cuando lo había visitado en su oficina.
-Hay muchísimas cuestiones sobre él que aún desconozco. Sólo sé lo que me cuenta. Sin ir más lejos, de usted me habló por primera vez el día anterior de haberlo llamado. Si me lo hubiese dicho antes… 
Browne se tomaba unos segundos antes de cada respuesta, como si tuviera que acomodar muchas ideas antes de hablar. Comentó que llevaba más de un año sin noticias de su amigo, y por lo menos dos sin verlo. Los últimos contactos habían sido telefónicos. Lolei solía llamarlo para conocer el estado de la jubilación, pero ya hacía bastante que no se comunicaban. Aproveché para preguntarle sobre el trámite. Me respondió algo similar a lo hablado antes con el otro abogado.
-Es difícil que se la otorguen-, volví a escuchar, con idéntica modulación, con mayor desesperanza. A esa altura era imposible de disimular el estado de confusión en que se hallaba.
-No puede seguir viviendo así-, remató.
-Ya lo sé, ya lo sabemos –repliqué- Yo ayudo en todo lo posible, comprenda que no tengo muchos medios para hacer más que esto. Desde el primer día, dejó en claro que todas sus esperanzas están depositadas en su jubilación. Él ya no tiene dinero. Yo aporto con lo indispensable: le pago la luz y le doy comida. Él todavía está confiado que su retiro saldrá de un momento a otro. Usted sabe la verdad.
Le relaté las peripecias por trasladarlo a otro sitio. Añadí la alternativa propuesta por Lolei de usar el departamento como garantía de pago. Incluso comenté, como al pasar, que hasta había ofrecido que yo me quedase con la vivienda, a cambio de asegurarle su bienestar. Mario Browne escuchaba atónito. De manera solapada, estaba pidiéndole ayuda.
Al no obtener ninguna contestación, le pedí, ahora sin vueltas, que pasara a visitarlo más seguido.
-Le haría muy bien, yo soy su único contacto con el mundo, nadie se acerca a verlo-, justifiqué.
-Por algo será-, cuestionó subrepticiamente.
Lo corté en seco:
-Tal vez tenga razón. Pero a mí no me importa su pasado, ahora estoy más preocupado por su futuro.
Me devolvió el mate y se levantó de la silla. Mientras bajábamos aseguró que volvería a visitarlo. “Como un viejo amigo”, aclaró. Y con esa aclaración despejó una duda que yo no había sabido pedir abiertamente por simple timidez: ya no movería un dedo por la jubilación. Ni siquiera “como un viejo amigo de nuestras mejores épocas de la juventud”.
Desde la puerta saludó a Lolei y reiteró su promesa de volver. Cuando lo despedí, ya en la calle, me asaltó la seguridad de que no regresaría.
Fue la última vez que lo vi.


Después de mi entrevista con el abogado que me había entregado su legajo, me comuniqué con el otro, ese ad honorem que le había prometido al futuro ministro. Hasta ese momento no lo había tenido en cuenta, pero en el medio de la desesperación creciente acudí a sus servicios. Ese abogado era mi tío. No recuerdo si ya estaba al conocimiento de las complejidades del asunto, pero cuando le detallé lo sucedido en los últimos meses y las dificultades presentes, inmediatamente se puso a disposición. A los pocos días viajó desde Buenos Aires, dónde vivía, hasta La Plata.
Tuvo su primer contacto con Lolei, quien lo recibió aparatosamente. El viejo acostumbraba a aceptar a todo tipo de huésped –sobre todo si era nuevo y venía conmigo- con una amabilidad edulcorada y ampulosa. Le gustaba caer en gracia y sabía cómo hacerlo. No se ahorró ningún elogio al hablar de mí.
En ese tren de proclamaciones volvió a decretar frente a los dos su deseo de obsequiarme todo lo que tenía, en agradecimiento por mis esfuerzos. Y fue más directo: “este departamento lo ofrecí en varios asilos para ancianos y nadie lo aceptó. Entonces le dije que será para él. Mi intención es que todo sea para él, la casa y, sobre todo, mis libros”.
Esta voluntad me la había manifestado en infinidad de ocasiones, pero nunca le di crédito. Estaba en sus genes ese carácter desprendido, su falta de apego por ciertas cosas. En parte se demostraba por qué tenía tan pocos bienes materiales. Y los pocos que tenía, los atesoraba en un estado total de negligencia.
Alguna vez hasta me propuso vendérmelo, como había procurado en vano en algunas instituciones que recorrí. A veces le costaba entender que el dinero no se producía esforzando el vientre.
“De pedo puedo pagarte la luz, mirá si voy a comprar un departamento, viejo demente”, le respondía certeramente.
Pero como él insistía, y una mente avezada suele pensar más que dos enclenques y desanimadas, con la visita de mi tío nació una posibilidad hasta entonces impensada. Era una alternativa viable: yo podría “comprar” su departamento a través de una sesión de los derechos hereditarios, pero yo no tomaría posesión del inmueble mientras el viejo estuviera vivo. A cambio, debía  hacerme cargo de su internación y de su salud. La idea surgió como una opción terminante, pues a esa altura, el trámite jubilatorio había tenido un rechazo concluyente.
De esta resolución nos enteramos tras la visita que hicimos con mi tío al propio riñón del Instituto de Previsión Social. Dimos con la jefa del área a cargo de las tramitaciones, tras una vana gestión realizada por mí meses antes y la insistencia profesional de mi tío, muy experimentado en recorrer pasillos y oficinas de la más efectiva burocracia estatal.
El dato de la jefa lo había conseguido a través de un coterráneo, poseedor de cierto cargo dentro del instituto, cuando hubo dejado su banca en la legislatura provincial. Recuerdo que lo visité junto a mi madre en su oficina de La Plata, con el fin de obtener alguna intermediación en el caso. La reunión se produjo a poco de hacerme con el expediente y la novedad sobre el casi seguro rechazo. El ex diputado nos recibió respetuosamente, pero no encontró soluciones a nuestros requerimientos. Sin embargo, nos ofreció el nombre de la encargada de esa jurisdicción, a quien debíamos consultar para conocer las incidencias del asunto. Ante la dificultad de llegar a la empleada por nuestros propios medios –para un ciudadano común, con nulo recorrido en recovecos administrativos, llegar a entrevistar a un jefe de área suponía horas de espera- desistimos de intentarlo. En ese momento, nos desentendimos. Pero luego, con el expediente en nuestro poder y la ayuda del nuevo abogado, el panorama resultó más favorecedor. Y aunque la espera no fue exigua, fuimos recibidos por la encargada.
Su respuesta no varió respecto de lo anunciado los dos abogados, pero surgida de boca de la funcionaria, resultaba más contundente. La jubilación no sería aprobada y había que reiniciar las tramitaciones. La diligencia demoraría años.
Con esta certeza irrevocable, resurgió aquella idea. No quedaba demasiado tiempo y las dificultades eran cada vez mayores. Quedaba una más: en caso de hacerme cargo de Lolei, lo más conveniente era trasladarlo hasta mi ciudad, de modo tal que mi familia quedaría a su cuidado, al tiempo que yo podría continuar con mis estudios en La Plata.
Una nueva incertidumbre estaba planteada: ¿Lolei aceptaría ir a vivir a una pequeña ciudad del interior, de cuya existencia ni siquiera sospechaba hasta mi llegada, y donde seguramente pasaría los últimos días de su vida?


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(L)

Para: Hugo Cavalcanti Palacios
Calle 3 N° 492 1°E
1900 La Plata
Argentina

De: Alan Rogerson
Chez M. Vergerio
10 Rue Général Marguerite
33400 Talence
France

14 décembre 1988
Querido Hugo:
Mucho tiempo sin que nos escribamos, ¿verdad? La culpa la tenemos los dos. No obstante, no dejo de pensar en ti y sobre todo en nuestra amistad. Muchas cosas han ocurrido desde la última vez que tuve noticias de ti.
Como verás, ahora estoy en Burdeos. Vine por dos razones: primero, quería estar cerca de Anne y segundo porque había encontrado trabajo en una escuela. La ciudad de Burdeos no me gusta, nunca me gustó ni me gustará, aunque sea más grande que Bayona. Estuve un año en Bayona. Viajaba a ver a Anne todos los fines de semana. Si no hubiera salido con ella, nunca habría vuelto, pero… Después Anne se fue a París a buscar trabajo y yo me quedé aquí.

Anne encontró trabajo en casa de una gran actriz, Anouk Aimeé. Esa mujer es una tirana. Anne debía cuidar sus gatos (tenía 24), se portó muy mal, siempre le gritaba y maltrataba, a ella y a su personal. Hacía escenas de teatro permanentemente. Es una cuestión que no sabemos de las grandes estrellas: son muy simpáticas en el escenario, pero en la vida real… Alguien debería decirles que todos cagamos igual.


Anouk Aimeé.
"Alguien debería decirles que todos cagamos igual"

Yo sigo trabajando en la escuela. Tengo unas pocas clases pero voy ganando mi vida. Me pagan 2.500 pesetas por hora. Además en marzo tengo que ir a Inglaterra con mis alumnos, donde pasaremos juntos una semana. En unos días viajo a mi país para la Navidad; pasaré una semana, más o menos. El trabajo se reanuda el 9 de enero.
Me extrañaría que me quedara en Burdeos. No estoy a gusto aquí, es una ciudad burguesa y la gente se las echa de rey, son tíos que se creen muy repipi. No he vuelto a España, tal vez lo haga el año que viene. Debía organizar un cursillo en Madrid para los alumnos que estudian español en la escuela. Eran casi 60. Escribí a Mme. Chardy para proponerle que les acogiera, pero nunca me contestó. Se perdió una oportunidad de ganar mucho dinero.
¿Sabes? Mi amigo Danny se está muriendo. Salimos juntos cuando estuvimos en Londres hace cuatro meses y la pasamos de maravilla. Pero él no se encuentra bien. Creo que estará muerto de aquí dos años.
Amigo, escríbeme pronto. Hugo el escritor ha cambiado, se ha puesto tan holgazán como yo. Me gustaría tener noticias. Tu amigo te da un abrazo muy fuerte

Alan

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