martes, 9 de mayo de 2017

Impecable concierto ofrecieron destacados charanguistas en Rojas

Con la Noche de los Charanguistas, Keko Carballo, Patricio Sullivan y el Coya Ruiz deleitaron con su música a los rojenses que colmaron el viernes el Centro Cultural local



En un concierto que se extendió por más de dos horas, y a la sala llena, La Noche de los Charanguistas regaló el pasado viernes 29 de abril al público de Rojas un espectáculo de alto nivel artístico, que tuvo su cierre estelar con la actuación Rodolfo "Coya" Ruiz, uno de los principales exponentes del charango en la Argentina, con una extensa trayectoria y reconocimiento mundial.
La Noche de los Charanguistas es un festival itinerante que recorre el país difundiendo las bondades del charango, un instrumento que se traslada desde sus orígenes del altiplano y de sus ritmos autóctonos para mostrar variantes enriquecidas que recorren la música argentina, el folclore latinoamericano, fusión y world music. Una música única, conocedora y revalorizadora de la riqueza cultural de los pueblos de Latinoamérica, sus instrumentos (charangos de distintas afinaciones y guitarras) y ritmos.
El evento tuvo entrada libre y gratuita y contó con la organización de la dirección de Cultura de la Municipalidad de Rojas.
Keko Carballo, rojense por adopción y promotor de la velada en nuestra ciudad, abrió el espectáculo con su trío La Manga Mota, que integra junto a Aldo Bicocca en guitarra y Ezequiel Evangelista en percusión. Con temas propios y "pequeños" homenajes a autores latinoamericanos y especialistas del charango, el conjunto local, que con apenas un puñado de presentaciones a cuestas comienza a desandar un camino prometedor, mostró un repertorio que cosechó el merecido reconocimiento de su público, a quienes permitió acercar distintos abordajes estilísticos de este instrumento.
Luego fue Patricio Sullivan quien subió al escenario y junto a su trío, integrado por Juan Grau en guitarra y Julián De Santis en percusión y voz, presentó una magistral sesión de composiciones que transitó desde Víctor Jara y Lito Vitale a Astor Piazzolla, pasando por The Beatles con su ukelele, mostrando con maestría una variedad de estilos y maneras de interpretar el charango.
Sullivan es el creador de este proyecto cultural que nació en el año 2011 y produce ciclos de conciertos, talleres, clínicas y actividades en torno al charango. Este multicuerdista, especialista en cuerdas latinoamericanas y compositor de amplia formación académica, ha realizado conciertos y conferencias en Argentina, Latinoamérica y Europa, y difunde con su proyecto de cuerdas itinerantes las diversas facetas y expresiones del instrumento.
El cierre de la velada estuvo en las exquisitas manos -nunca mejor aplicada esta comparación- del músico jujeño Rodolfo "Coya" Ruiz, quien deslumbró no sólo con sus brillantes interpretaciones de raíz folclórica latinoamericana sino con su impronta "rockera" sobre el escenario. Acompañado por su hijo Lautaro Ruiz Piombo en piano, el "Coya" logró subyugar con su talento y su "profundo respeto y amor al charango" a un auditorio que celebró cada una de sus intervenciones, con un repertorio de cuecas, chacareras, zambas y hasta algún valsecito.
Ruiz es uno de los charanguistas más prestigiosos del momento, que ha acompañado a Ariel Ramirez (a quien no deja de reconocer a cada momento como "su maestro") y a José Carreras en presentaciones de la Misa Criolla. En su extensa trayectoria musical fue integrante de los grupos Tawantisuyu y Cuarteto de Los Andes junto a Raúl Olarte, Tukuta Gordillo y Norberto Pereyra. En 2014 interpretó la Misa Criolla, de Ariel Ramírez, a 50 años de su creación, en el recordado concierto realizado en el Vaticano, frente al Papa Francisco.
La Noche de los Charanguistas se llevó de Rojas un merecido reconocimiento a la excelencia musical, a la pasión de sus intérpretes por difundir las bondades del instrumento, a la calidez de sus organizadores y de los músicos. Un concierto impecable de principio a fin. 
El viernes a la noche, el deleite tuvo forma de charango.


Click en la foto para escuchar 


Nota publicada en El Nuevo Diario Rojense el miércoles 3 de mayo de 2017

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Adiós a Lolei




Se va yendo este ciclotímico 2016 y nos vamos desprendiendo de lo poco bueno que nos dejó. Como no soy amigo de los balances anuales, les ahorraré, queridos amigos, el trabajo de enterarse de mis conquistas y sinsabores cosechados durante este lapso. A veces soy bueno y misericordioso... 

Pero igual haré unas sencillas apreciaciones a modo de despedida.

Abrí este modestísimo espacio allá a finales de 2015 cuando estaba por ver la luz mi primera novela. Decisión nada fácil esa de emprender una aventura a la cual debía poner de mí mucho más de lo que estaba dispuesto a arriesgar. En sí mismo la decisión de editar mi propia obra acarreaba numerosos desafíos. 
Lolei no fue mi primer libro; existe un relegado volumen de relatos aparecido en 2006, de los cuales quedan unos pocos ejemplares. Fue una experiencia editorial tan olvidable como el propio librito. Lolei fue, sí, un trabajo artesanal de punta a punta, con un largo recorrido y muchas horas de trabajo dedicadas. Quienes conocen las peripecias de la autopublicación sabrán comprender todas las dificultades que deben atravesarse para alcanzar un producto aceptable. Ya no se trata solamente de escribir una obra -una novela, en este caso-, sino además de releerla mil veces, corregirla, editarla, maquetarla y diagramarla desde la portada hasta el último punto de la sinopsis, realizar los trámites legales, pagar tasas e inscripciones, viajar, contactar imprentas, diseñar desde la más ínfima etiqueta decorativa hasta los señaladores, hacerse cargo de la distribución, la cobranza, la promoción. Parece una enumeración de meras acciones, pero créanme que el camino es mucho menos generoso de lo que aparenta. No sólo hay un gran esfuerzo invisible depositado en esta tarea, sino grandes expectativas, excepcionales optimismo y fe en esperar que ese esfuerzo sea rentable, no ya en términos económicos sino en volumen de aceptación.

Este espacio nació y creció en torno a esa obra, y muy lentamente fue sumando lectores y seguidores que desde su distancia virtual acompañaron cada uno de los cincuenta y cinco capítulos de la historia y otras yerbas publicadas al azar. Desconozco si juzgaron aceptable o condenable las alternativas de las publicaciones, pero las más de cinco mil visitas registradas pueden servir de muestra de que, en principio, resultaron más de las esperadas en el inicio de esta aventura.

Puedo elaborar un largo listado de recriminaciones sobre mi accionar en torno a este libro. Sé que pude haber tomado otra clase de decisiones para llegar a más gente, pude haber aceptado amables recomendaciones de gente que me aconsejó en el camino, pude haber intentado construir un aparato de difusión más sólido y efectivo. He fallado en esas y muchas otras cuestiones. Pero no es el motivo de este libelo conjugar excusas para justificar mis penurias. Digo, sí, que de algunas cosas esperaba mucho más; de otras, mucho menos. No es una queja. Es lo que es. Punto.

El optimismo es poderoso pero no imbatible. Con cierta lógica, desde aquel comienzo eufórico fue menguando con el transcurrir de los meses hasta terminar tirado en la honda zanja del más palmario pesimismo, de la cual es muy difícil rescatar. Llega un momento en que se tiene a la certeza de que no hay mucho más por hacer. De que, como casi todo en la vida misma, los ciclos se cierran, indefectibles. 

Hoy le toca el turno a las memorias inconfesables de Lolei. Me queda el grato recuerdo de un trabajo arduo, solitario, hecho a conciencia, con muchas pérdidas a cuestas, con un agradable puñado de apoyos y felicitaciones inesperados y un fructífero aprendizaje para repensarme sobre lo que viene. Me quedo con lo bueno y con los buenos, esos a quienes quisiera tener la entereza moral de agradecerles uno a uno las atenciones y ánimos brindados. De lo malo tomaré aquello que me sirva para no seguir cometiendo tantos errores, y el resto lo arrojaré a la basura, al bote de los recuerdos perecederos.


¿Qué es exactamente lo que viene ahora? 
Enseguida nomás, aquí abajo, un regalito de fin de año. El libro completo en PDF, con más páginas, imágenes y fotografías, para descargar (por tiempo limitado).




También en formato EPUB, por tiempo limitado, Lolei estará disponible para su descarga gratuita a través del programa KDP Select en Amazon.com, solamente del 12 al 16 de diciembre. Luego de esa fecha, el libro sigue en venta en el sitio al precio de U$s 5,99. 
Para descargarlo gratis haz click en el enlace siguiente






Ahora nos espera un descanso. Despedir este 2016 como más me gusta: un viajecito por ahí, para conocer, para relajar, para tratar de reencontrarme, para ir pensando cómo proyectar de manera más efectiva nuestro próximo proyecto editorial.
Algo ya les adelanté hace unos meses. Espero encontrar las fuerzas necesarias para llevar adelante este plan. 
Nos vemos pronto.

Gracias y hasta la próxima.


martes, 13 de diciembre de 2016

Lolei. Memorias de lo inconfesable (Apuntes finales)



APUNTES FINALES

En los casi tres años que permaneció en el Hogar de Ancianos, Lolei se ganó el afecto de todos. Pasaba sus largas horas entre la lectura y las charlas con los internos del lugar. No tardó en desplegar su arsenal de anécdotas y de inmediato recibió el tratamiento de “doctor”.
A menudo recibía visitas de familiares y amigos míos. Durante cada una de mis visitas, sólo me pedía renovar sus libros y algunos paquetes de cigarrillos, que repartía entre sus nuevos compañeros. Y nunca olvidaba hacerme dos preguntas puntuales: si había llevado los cuadros a Lolita y si había recibido alguna carta de su viejo amigo Alan. Me dijo más de una vez, no sabía por qué, estaba echando de menos a ese chaval.
Su salud siguió en franca declinación, como venía ocurriendo desde hacía varios años. Su debilidad se hizo cada día más visible. Los escasos tratamientos a los que pudo ser sometido fueron infructuosos. El destino estaba sellado desde hacía rato. Y él lo sabía.
A mediados de junio de 2003, estando yo en La Plata, mi familia me comunicó que Lolei había sido internado, debido a una recaída provocada por su irreversible enfermedad. No dudé en viajar de inmediato. Debí sortear no pocos obstáculos: aquel domingo 15 se celebraba el día del padre y la demanda de pasajes dificultó el traslado directo a Rojas. Conseguí un boleto hasta Junín y tras un extenso viaje de madrugada, llegué al mediodía de ese mismo domingo.
Cuando lo visité en el hospital, Lolei dormía. Tenía conectado suero y un respirador artificial. Me informaron que hacía días que estaba en ese estado, sin conocimiento, sin responder a ningún estímulo. Sudaba copiosamente. Sus rodillas atrofiadas lo habían achicado casi hasta la mitad de su tamaño y su cuerpo abarcaba sólo un pedazo de la cama. Su pecho se inflaba como si tuviera un globo en lugar de pulmones. Me acerqué y le hablé al oído, despacio, mientras le secaba la transpiración de su frente. No respondió.
Debía regresar a La Plata ese lunes, pero decidí postergar el viaje. Antes del mediodía volví hospital. Todo seguía igual. A la noche, ya sobre el límite del horario de visitas, fui a verlo una vez más. Le hablé al oído, modulando las palabras. Lo tomé de la mano. Con la otra le secaba la frente.

De pronto sentí que su mano apretó la mía con fuerza y por un rato no me soltó. Le pregunté si me reconocía, si sabía quién era yo. Apenas movió la cabeza, con un claro gesto de aprobación. Dije que todo saldría bien, que debía seguir luchando. Él seguía sosteniéndome la mano. Hasta que en esa turba de sensaciones inconexas y confusas de quien se sabe frente lo inalterable, en esa andanada de palabras que se dicen sin sentido, sin pensar en consecuencias, pero con el único motivo de levantar el ánimo, largué una mentira categórica, tal vez la peor que he dicho en toda mi vida:
-Estuve con Lolita, le di los cuadros. Y Alan escribió. Tengo acá su carta. Te mandan muchos saludos-, susurré.
Abrió los ojos y me buscó hasta encontrarse con los míos. Y una amplia sonrisa se dibujó en su rostro empapado y lívido. Esos tres segundos que duró esa mueca fueron, tal vez, los más felices de su vida. No lo sé. Solamente lo considero un deseo que haya sido así. Lentamente me soltó la mano y se fue apagando, hasta quedar en la misma posición de antes.

En la madrugada del martes 17 de junio de 2003, Lolei murió. Tenía 69 años.
“Te estaba esperando a vos”, me dijo uno de los médicos.
Se fue sin saber la verdad: Lola Monteagudo Tejedor había muerto hacía casi tres meses, el 23 de marzo, en La Plata, a los 68 años. Tampoco ella se enteró jamás del destino de su ex esposo.
Y nunca llegó ninguna carta a nombre de Alan Rogerson
Desde su partida de La Plata, ningún familiar o amigo se interesó en el porvenir de Lolei.
Pasados diez años desde su muerte, casi nadie visita su tumba.
Si existe alguna otra persona que haya dedicado al menos un pensamiento en su memoria, sigue siendo un misterio.


FIN

Rojas, octubre-diciembre de 2013