miércoles, 30 de marzo de 2016

Libros amigables (2)



Operación Medibacha. Una misión imposible del agente secreto Denzel Washington Ferreira

(José Eduardo Moreno)


Milton Andrada, jardinero de Julian Assange –creador de Wikileaks–, encuentra enterrada, en plena tarea de parquización, una enigmática caja que atrapa su curiosidad. Al abrirla, ve en su interior unas carpetas que esconden información sobre increíbles historias de espionaje de las que nunca nadie tuvo conocimiento. La primera de ellas lleva un sugestivo título: Operación Medibacha.
Su protagonista excluyente es el agente secreto más bravo y seductor de Latinoamérica, el uruguayo Ferreira. Denzel Washington Ferreira, un mito del espionaje, formado en Cuba en los años 70, un “espía de las Américas para salvaguardar el honor latinoamericano ante los imperialismos que lo acechan”.
En Operación Medibacha, los presidentes de Brasil, Uruguay y la Argentina lo eligen para llevar adelante la misión más importante de su vida: desestabilizar el gobierno de los Estados Unidos, golpear al presidente de la gran potencia en su punto débil, volverlo “vulnerable” hasta hacerle perder la cabeza. Se trata, sin más, de la historia del agente uruguayo que puso en jaque al imperio. Acompañado por su compañero brasileño Zé Tapinha (el Machonhero), un dealer con llegada a los más encumbrados círculos de la farándula y la política norteamericana, Ferreira se embarca en una aventura lisérgica y adictiva para cumplir con su misión.
La historia es muy hollywoodense, con más influencias cinematográficas que literarias, aunque se descubren claras reminiscencias de esa épica bizarra, mezcla de realidad y absurdo que leemos en Osvaldo Soriano (en Triste, solitario y final y, sobre todo, A sus plantas rendido un león) y en Roberto Fontanarrosa (y su Best Hamas Seller de Best Seller o Área 18). Una novela adictiva, muy divertida, donde el humor no es un límite sino un saludable ejercicio para plasmar un concepto ideológico llevado al extremo de la desfachatez.

Fragmento de la obra

“-Creo que es un buen momento para conocer sus nombres- soltó la rubia alta, Erika de aquí en adelante.
-Mi nombre es Denzel, soy uruguayo y mi compañero Ronaldinho, brasileño –bromeó Ferreira-. ¿Y ustedes?
-Yo soy Pamela –respondió la petisa-, ella es Erika, ella Uma y ella Tera.
-¿Qué quieren tomar?-, preguntó Tera.
-¿Fernet con cola tienen?- consultó Ferreira.
-No, no sé qué es eso.
-¿Gancia?
-Tampoco.
-¿Cinzano?
-¿Existen esas cosas?
-Son aperitivos, muy consumidos en aquella parte del globo. Para hacerla más fácil, ¿qué es lo que pueden ofrecer?
-Whisky y cerveza.
-Hubiésemos empezado por ahí. Yo me tomaría un whiskysito. ¿Vos, Ronaldinho?
Zé Tapinha tardó en contestar. Entre la marihuana, el nombre cambiado y las cuatro bestias que tenía ante sus ojos, su nivel de concentración era el de una cría de hámster con dislexia.
-También, un whisky- dijo medio minuto después.
Tera volteó y enfiló para la cocina en busca de las bebidas. Sus glúteos perfectos envueltos en calzas brillosas saludaron a los invitados que secretaban saliva como los perros de Pavlov. No había pasado más de una hora y el clima ya era ideal. Las chicas muy dadas, simpáticas y desprejuiciadas, parecían muy a gusto con la compañía de los “exóticos” latinos. Las luces habían bajado su intensidad y la música acompañaba la situación. Los amigos estaban en una buena noche, locuaces y ocurrentes. Bailaban todos con todos, lo que trajo alguna situación incómoda cuando el Maconhero, siempre excitado y abierto de criterios, quedó emparejado con el uruguayo.
Luego de algunos movidos de Bee Gees y ABBA, empezaron a sonar en la consola algunos clásicos más románticos, principalmente de los ’80. Desfilaron Michael Bolton, George Michael, Rod Stewart y hasta el efímero paso de Don Johnson por el generoso mundo de la música comercial.
-¡Éste que canta sos vos! -gritó Tapinha desde el otro extremo de la sala cuando se empezó a escuchar el ex Miami Vice.
Luego de los primeros 5 o 6 temas, la camisa de Denzel pendía sólo de uno de sus botones. Las chicas bebían, bailaban y reían. El trencito fue una de las estrellas de la noche que brilló con clásicos como Oh L’Amour de Erasure y Me sube el colesterol del inconmensurable Fito Olivares, que especialmente había llevado Denzel en su compilado “Enganchados Movidos”. Si bien en el trencito se escapó alguna que otra mano, todo transcurrió con llamativa tranquilidad para las condiciones que brindaba la noche.
No eran ni las once y media cuando ninguna de las cuatro chicas tenía puesto en el torso más que el corpiño. Los latinos transpiraban, jadeaban y se rehidrataban con whisky. A la medianoche, dos de las generosas anfitrionas , Pamela y Tera, dieron a lucir sus prolijamente operados pechos mientras bailaban entre ellas cuerpo a cuerpo, frotando sus siliconas hemisféricas en un espectáculo estremecedor. Para esa altura los rostros de los sudamericanos lucían completamente deformes y salvajes, retrocediendo en la línea evolutiva a algún punto intermedio entre el Australopitecus y el hombre de Cromañon.
Denzel, profesional como era, había notado que su agudeza y lucidez estaban un tanto disminuidas, pero era fácilmente atribuible al frenesí de la noche y al whisky ingerido. El deterioro del Maconhero no era novedad, por tanto no hubo alarma al respecto. Cuando después de la medianoche Denzel se sacó los pantalones y exhibió su desprolija erección, la vista se nubló por completo, alcanzando a ver, borroso, cuando las mujeres empezaban a vestirse.

-Nos cagaron-, se le escuchó decir.

martes, 22 de marzo de 2016

Lolei. Memorias de lo inconfesable (31)


CAPITULO
31

Al viejo el porro le pegó para la mierda la primera vez.
Fumamos un domingo, tras haber pasado yo una noche de sábado con amigos. Esa fue una jornada larga, trasnochada, divertida, y recién reaparecí al día siguiente. Como ya le había anticipado que seguramente no dormiría en mi casa, no molestó.
Me costó convencerlo de que no lo abandonaría ni me escaparía para siempre. Ya me calentaba la cabeza con ese tema: sus miedos y su excesiva desconfianza para todo lo llevaban a pensar que yo algún día huiría del departamento, me rajaría de sopetón, como si nada, y él quedaría otra vez a la deriva.
Por esos días nuestra convivencia ya había conocido los primeros signos de turbulencias. Cada vez que pasaba frente a su puerta tenía que avisarle adónde iba. Debía rendir cuentas a cada momento: “voy a comprar cigarrillos”, “voy a la facultad”, “voy al almacén”, “voy a mear”, “voy a la esquina a ver si llueve”, “voy a estudiar”, “voy a garchar”, “voy a dormir”. Debía informar todas y cada una de mis actividades y dejar constancia de que volvería.
Una vez lo reprendí: “¿querés que te firme un pagaré para que te quedes tranquilo de que no me voy a escapar?”, pregunté enojado.
El tipo, encima, se hizo el ofendido y acusó maltrato. Pero la realidad era esa, y las presiones tocaban límites de intolerancia. Varios episodios de esta índole culminaron en escenas dramáticas.
-Tengo derecho a salir con mis amigos o con quien sea y volver a la hora que se me plazca. Jamás di explicaciones a nadie de lo que hacía o adónde iba. Y si no me querés creer, jodete. Peor para vos.
Aquella noche batallé un buen rato para que comprendiera. Costó, pero lo logré. El logro en realidad era un trato. Consistía en que se convenciera de una puta vez que volvería a mi hogar, a la hora que se me diera la gana, y que cuando volviera, como siempre lo hacía, pasaría por su casa para mostrar mi buena cara de “acá estoy, quedate tranquilo que llegué”. A cambio de eso, él prometía no gritar durante mi ausencia.
Gritar, a esa altura, era el equivalente a un trueno, a una hinchada de fútbol coreando mi nombre pero no para alentar, sino para intimidar, obligar, exhortar desde la desesperación. El grito era su señal de advertencia. Y por lo general no cesaba hasta que yo hiciera mi aparición en su casa. Imagínense la cantidad de aullidos que pudo haber dado entre las dos de la mañana y las tres de la tarde. Me prometió que no lo haría. Y a mi regreso aseguró que durante mi ausencia no me había llamado. “Muy bien, aprendiste la lección”, festejé en silencio.
Luego me enteré que sí gritó, exactamente en ese horario: “alrededor de cien, ciento diez veces, entre las dos de la mañana y las tres de la tarde”, contabilizó en el colmo de la impaciencia mi vecina Dora. Tuve que soportar, tras cartón, ese enojo.
Lo cierto es que bajo esa promesa finalmente incumplida, aquella noche de sábado, tras varios meses de encierro forzoso, me fui de parranda. Fue casi una exigencia de mis amigos.
“Si entiende o no entiende el trato es su problema”, me retaron. Y me convencieron. Suelo tener el “sí” fácil para ciertas decisiones.
Fue una caravana que arrancó por bares, siguió en casas particulares de amigos de amigos de alguien, pasó por algún boliche y terminó en donde tenía que terminar. Nos levantamos bastante tarde el domingo, cansados pero repuestos. Yo, con una inusual percepción de felicidad. Recién cuando caminaba de regreso a casa me acordé de Lolei. Había tenido una velada ajena a su presencia después de varios meses. Era un alivio no haberle dedicado un solo pensamiento. Confiado en su buen comportamiento, volví con tranquilidad. Él me recibió con su estado de sorpresa habitual:
-¡Viniste! Pensé que…
-Ya sé lo que pensaste, ni me lo digas –interrumpí- ¿Comiste todo lo que dejé?
-Sí, lo terminé esta mañana. Tengo hambre… Podrías…
-Sí, puedo. Aguantá un poco que recién llego. ¿Dormiste bien? ¿No me llamaste?-, pregunté temeroso.
-Noooo, para nada… ¿Cómo la pasaste? ¿Adónde fuiste? ¿Con quién saliste? ¿Dormiste? ¿Adónde dormiste?-, indagó, desviando a su gusto mi pregunta.
-Después te cuento. Ahora paso sólo para saber cómo estás. Me fijo si tengo algo para comer. También tengo hambre. Vuelvo más tarde…
-Esperá, no te vayas… -me frenó-. Evaluó sus palabras antes de hablar: “Anoche soñé con vos…”
-Cagamos. No me digas nada. Empezaste a los gritos… Cada vez que soñás, gritás…
-Nooo, te lo juro –dijo haciendo una cruz con los dedos en los labios. Me sostuvo una mirada de perrito abandonado. No podía simular su propia mentira, pero yo le creí su juramento-. Soñé –me contó mientras se miraba las manos- que los dos juntos salíamos de juerga. Íbamos de picos pardos, los dos solos. Recorríamos bares, con mucha gente, mujeres, borrachines, pendencieros. Me acuerdo perfectamente de uno, en Madrid, uno que frecuenté en mis años allá. El de Joselito, no recuerdo el nombre del bar. Yo cogía un pedo que ni veas y vos me tenías que sacar a rastras. Estaba borracho perdido, pero veía todo, escuchaba todo, como en un sueño. Un sueño dentro del sueño. Vos me cargabas sobre tus hombros y te cagabas de risa. Después no me acuerdo más…
-Un sueño bastante mediocre, pobrecito en imágenes, demasiado simplón-, dije desganado.
-Me parece que habíamos pitado unos porros. Bueno, eras vos quien había pitado porros, no sé si yo...
-¿Estuviste siguiéndome anoche?-, inquirí alarmado. Me aplicó una mirada confusa-. No dije nada, dejalo así. Voy por comida y vuelvo, no te vayas a ningún lado-, ironicé.
-Volvé-, chilló, una vez más.
No tenía una dotación de víveres suficiente para ambos. Pan viejo, unas fetas de queso y mortadela, un tomate. Armé un  generoso sánguche para él y otro para mí. Tosté el pan en el horno para que fuera comestible. Lo adobé con mayonesa. Preparé café con leche para ambos.
Antes de bajar me cambié la ropa. Hacía calor y busqué algo más cómodo y ligero. Al vaciar los bolsillos del pantalón encontré la bolsita. Marihuana picada como para armar cuatro o cinco cigarritos. Recordé que tenía más dentro de la billetera. Ahí estaban, dos porritos aplastaditos pero enteros. Los guardé en la caja de Marlboro, junto con el encendedor. Me metí el atado en el bolsillo. Busqué la comida y bajé.
Lo ayudé a sentarse en la cama para comer.
-¿Qué me trajiste?-, preguntó
No le gustó la idea del café. Me dijo que hacía años no tomaba café porque le daba acidez y le quitaba el sueño. Y encima tenía leche. El café con leche es para maricas, sentenció.
-Pues entonces deberé ser un tremendo come pollas y todavía no me enteré-, respondí.
Sin cambiar el tono ofrecí agua fría, “es lo único que tengo”.
-¿Puede ser un té bien calentito?-, pidió. Le dije que no tenía té. “Podrías pedirle a algún vecino, es sólo un saquito, nada más”. Lo miré con frialdad.
-¿Leche sola?-, ofrecí
-Puede ser un vaso de leche, pero calentita-, propuso.
-Eso no es de maricas, para nada-, dije.
Me insultó.
Subí, calenté la leche y la serví en un tazón. Cuando regresé ya se había embuchado el sánguche y con los ojos saboreaba el mío. Qué más da, me dije, y se lo dí.
-Me entró una duda acerca de tu sueño. Me dijiste que estábamos en Madrid, ¿verdad? Me llamó la atención que ‘te cogieras un pedo’, que íbamos de ‘picos pardos’, o ‘pitábamos porros’… ¿Tus sueños incluyen modismos? Si la joda hubiese sido en Argentina seguramente nos agarrábamos una mamúa tremenda, o nos fumábamos unos fasitos… ¿Hablás con expresiones vernáculas cuando te soñás? ¿Qué hubiésemos hecho en caso de haber estado en Islandia, o en Azerbaiyán, o en Borneo?
No respondió a mi curiosidad, sospecho que porque adivinó un ligero tono de sarcasmo. Y además, porque Lolei tenía la buena costumbre de no hablar mientras comía. Y estaba muy ocupado con su comidilla como para sacar dudas en temas tan socarrones. Lo dejé finalizar con su tarea. Después de tragar la leche me pidió un cigarrillo.
-Tengo un cigarrito de marihuana, ¿querés compartir uno? Estuviste soñando con eso, algo debe significar…
-¿Marihuana? –dijo entre sorprendido y asqueado-. No sabías que andabas en eso…
-No ando en nada, viejo, no seas tilingo –lo corté en seco-. Tengo un porrito y te convido, eso es todo. Si tu religión o tus buenas costumbres te impiden aceptar basta con decir “no” y listo. Ni se te ocurra meterme un sermón porque me voy…
-Es que no me imaginaba que vos anduvieses pitando esas cosas, nene…
-Bueno, en realidad conocés poco y nada sobre mí, fuera de mis escasas respuestas a tus cuestionarios. No pongas los ojos en blanco ni me mires como un criminal, viejo choto, careta… Lo único que falta es que llames a Fleco, Male y el doctor Miroli…
-Es que marihuana… a esta altura, no sé, le tengo un poco de desconfianza…
-Es simple, con decir “no”, alcanza. No es necesario hacer tanto espamento. Tomá un cigarrillo…
Prendí dos y le alcancé uno. Fumamos en silencio. Lolei me contemplaba con un dejo de asombro y recelo, como si le hubiese convidado comida podrida. Adiviné que estaba evaluando la invitación, sopesando las contradicciones que le provocaban. Al cabo de un rato rompí el silencio y pregunté si estaba satisfecho con la comida. Respondió que “siiiiiií”, enfatizando la respuesta. Me agradeció.
Me preguntó nuevamente “cómo te fue anoche, adónde fuiste, con quién estuviste”. Le conté lo que tuve ganas de contar, de forma somera. Al viejo le gustaba conocer detalles, siempre trataba de indagar a fondo. A cada final de frase de mi relato se sucedía una pregunta, que yo respondía con frases cortas. Rara vez agregaba muchos datos a la información. Consciente de mi reticencia a extenderme en detalles, optó por cesar en sus pesquisas. Se alegró por mi experiencia.
Me lo dijo en un tono de simpatía, como si fuera un descubrimiento. Desde su punto de vista, esa había sido la primera vez en mi vida que salía. Entendí su modo de interpretar la realidad: yo no tenía pasado, sólo el que se ceñía a nuestra convivencia. Era comprensible el análisis fragmentario al que sometía mi existencia. Máxime cuando en nuestras charlas abundaban las narraciones acerca de su vida, no de la mía. En ese punto nos diferenciábamos mucho: a él le agradaba relatar su propia vida, relamerse con su pasado; a mí, en cambio, no me interesaba hablar de mi presente ni de mi pasado más que lo necesario.
Le anuncié que me iba. “Tengo cosas que hacer”, dije.
-Bajaré más tarde, pero no muy tarde porque mañana tengo que madrugar-, dije.
-¿Vas a cocinar algo rico?-, se previno.
-Voy a tratar de cocinar y punto-, aclaré.
Tuve que ir hasta el almacén para abastecerme de mínimas provisiones. Las cenas de emergencia por lo general no superaban de una guarnición modesta y de rápida elaboración. Caí antes de las nueve con un sustancioso plato de fideos blancos y salchichas.
-Me gustan los fideos-, celebró.
Lo dejé comiendo solo y me volví a mi casa, “tengo que terminar de leer un artículo”, aclaré.
-Vuelvo más tarde-, avisé, y con esa sentencia dejaba en claro un pedido: “no me llames, vuelvo en rato”.
Entendió y cumplió.
Bajé al cabo de una hora. Lolei estaba acostado boca arriba, con los ojos cerrados pero no dormido, escuchando la radio. Recogí los trastes del suelo. Cuando me escuchó se sentó en la cama. Me hizo algunas preguntas, como si estuviera buscando la oportunidad de pedir algo en especial. Al final lo largó, temerosamente:
-Podríamos probar de ese cigarrito que trajiste esta tarde-, dijo con la mandíbula temblequeando.
-¿Querés clavarte un porrito?-, pregunté innecesariamente. Raptos de pelotudez que a uno le sobran-. ¿Estás seguro? No hace falta…
-Quiero probar –interrumpió-. Bueno, probar… Hace mucho que no fumo de eso, desde mis días allá en España, veinte años por lo menos.
Con gesto pensativo, con hablar lento, narró un par de anécdotas europeas que contenían episodios con drogas. Siempre había amigos y alcohol en sus historias y ahora aparecían nuevos condimentos. Insinuó que hubo más que marihuana, pero no la nombró con todas las letras, como si tuviera vergüenza. Aclaró que Europa fue una experiencia grata pero muy dura.
-No es fácil el exilio, sabés nene-, dijo.
Fue la primera vez que hacía una mención más concreta sobre esa etapa de su vida. “Otro día te cuento”, dijo. “Ahora traé el cigarrito ese”, dijo.
Volví con un porro chiquito. La verdad es que yo no tenía ganas de fumar, pero accedí sólo para acompañarlo. Mientras lo encendía lo miraba a él. Estaba con la vista fija en el movimiento de mis manos, con un mohín de suspenso.
-No tenés obligación…- dije. Dí una calada fuerte y esperé su respuesta.
-Dame eso, nene-, exhortó estirando la mano, casi hasta sacármelo de la boca. Adiviné un tonillo de desesperación en su forma de pedir. Le zampó una chupada hasta el límite de la aspiración. Mantuvo el humo en la boca un par de segundos antes de expulsarlo, por la nariz, en una expiración violenta.
-Extrañaba ese olor, el aroma dulce de la madera-, dijo, nervioso, sereno.
Lo mantuvo agarrado con dedos expertos. No lo devolvió. Le dio una nueva calada y el porro quedó por la mitad. Se lo pedí y me lo alcanzó después de un tercer saboreo.
Había desesperación en su proceder. Todo lo hacía como si fuese la última oportunidad de su vida, qué hijo de puta. Poco a poco su semblante fue variando. Se le achicaron los ojos, con guiños de placer y de confusión. Pregunté si se sentía bien. Afirmó con la cabeza. “Perfecto, sublime”, respondió después. “Estoy un poco mareado”, agregó más tarde. Y me lo pidió por cuarta vez.
-Cuidado con los dedos, te podés quemar-, advertí. Improvisé una tuquita con el papel metálico del paquete de cigarrillos. Pitaba y miraba el porro, volvía a pitar y volvía a mirar, examinando el tamaño y sus dedos, alternadamente. Supe que ya no me lo devolvería, que se lo terminaría solo. Lo dejé hacer, porque parecía satisfecho, feliz y relajado. Se movió con destreza el escaso tiempo que duró la experiencia. Se notaba que lo extrañaba mucho.
Cuando ya no había más para consumir me lo alcanzó. Volví a preguntarle cómo se sentía y me respondió con un ladeo de cabeza, con signos evidentes de mareo, pero de alivio.
Se recostó, apoyando la cabeza sobre la almohada. Empezó a balbucear, se esforzaba por hablar pero la voz surgía apagada, leve. Le toqué la frente y sudaba apenas. Pregunté si quería dormir y dijo que sí. Me dijo “gracias, nene, me gustó”.
Simulé calma pero intuía que no tendría una buena noche, porque el faso era fuerte y el viejo mostraba huellas de haberlo sentido. Pero no me importó. También yo evidenciaba síntomas de cansancio.
En una suerte de epifanía vislumbré la posibilidad de que Lolei se despertara a la madrugada con un apetito voraz, muy común en él, y fui a mi casa a buscar algo para saciarlo. Subí como flotando, bajé con un paquete de galletitas, que le dejé a mano, sobre la mesa de luz, al lado de la radio.
Él ya estaba casi en un sueño. Alcancé a comunicarle que le dejaba comida, por si acaso. Después le acerqué el tarro para mear.
El tarro para mear era el método que habíamos implementado para evitar los llamados a cualquier hora cuando le entraban ganas de ir al baño. Era un pote de plástico, de esos que se usan para los residuos domésticos, que hacía las veces de inodoro, pero sólo para orinar. Lo dejaba al costado de su cama y yo lo vaciaba cada mañana.
Emulando su conducta inquisidora e irracional, interrogué una vez más si se sentía bien. Al no obtener respuesta, supuse que el viejo ya estaría dormido y me retiré plácidamente. También yo experimentaba una deliciosa sensación de somnolencia.
Recién a la mañana siguiente me dijo que la marihuana le había pegado para el orto. Que había tenido sueños alborotados. Que se había despertado a mitad de la madrugada “con un hambre que ni veas”.
-Es la última vez que lo hago-, me mintió descaradamente.
Todos repetimos lo mismo cuando nos pega una mala, pero en el fondo sabemos que nos engañamos sin piedad.
Se mantuvo cabizbajo por algunos minutos. Lentamente fue largando frases sueltas, como si cada palabra le estuviese buscando el sentido preciso. De esa retahíla de vocablos en apariencia inconexos, rescatamos una actitud positiva: por primera vez desde que nos conocíamos, Lolei comenzaba a replantearse su futuro. Me puso cara a cara con un dilema que requería de una pronta solución.
Aunque se trataba de un tema que ocupaba muchos de mis pensamientos diarios, nunca antes lo había mencionado. Tampoco él hablaba sobre eso. Ahora la sugerencia parecía tener un cariz de seriedad y verdadera preocupación.
Las cosas empezaron a cambiar a partir de ese día.



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(XXXI)
Para: Hugo Cavalcanti Palacios
Academia de Idiomas Gref
Calle Santa Engracia 62 4°
Madrid – España

De: Alan Rogerson
Chez Pazinette
Cidex 307/1
33950 – Lège-Cap Ferret
France

23 Novembre 1984
Querido amigo:
Gracias por tu carta, la recibí esta mañana. Te lo digo en serio que me entristeció mucho, porque te escribí hace tres semanas y te mandé una tarjeta para tu cumpleaños. Te dije que lo siento pero no recuerdo de la fecha, pues me lo confundo con el de Danny. Te dije también que en cuanto reciba la indemnización te mandaré dinero si hace falta.
Me duele que puedas pensar semejantes cosas. Eres mi mejor amigo y te quiero como si fueras el padre que nunca tuve. Siempre te escribiré, siempre. Y confío en que nos veremos un día y nos cogeremos un pedo juntos.
Te dije antes que no te había escrito porque estaba cansado. Te digo más: no escribí siquiera a mi madre, ni a nadie. Y te pedí perdón por no haberlo hecho.
Recibí dinero de la Compañía de Seguros. No es mucho, pero con esa pasta volveré a Inglaterra en Navidad. Pasaré unos diez días en Manchester y unos cinco en Londres. Después me marcharé a Lisboa. No quiero ir a Madrid si tú no estás. Espero que puedas encontrar trabajo, si no en España, al menos en Portugal. Ojalá pudiera encontrarme a no más de doce horas tuyo, así podríamos vernos. Mi jefe ha llamado a su colega portugués y este intentará encontrarme enchufe en Lisboa. No soy muy optimista.
Recibí una carta de Kate. Hemos quedado en vernos en Manchester. Le preguntaré si puedo besarla, aunque sea dando traspiés. Recuerdos a Pepé, a Julito. Siempre tu amigo

Alan

domingo, 20 de marzo de 2016

Libros amigables (1)


Selfie

(Ulises Cremonte)



Selfie, de Ulises Cremonte, es uno de esos libros breves que consumís de un solo aliento, sin levantarte de la cama ni para ir a prender un cigarrillo. El relato tiene la virtud de encerrarte rápidamente en sus palabras. Te obliga a permanecer ahí, porque se despliega con un lenguaje llano y ameno, sin contorsiones ni rimbombancias. El autor parece jugar con el placer de entretejer historias pequeñas de otros y llevarlas a una dimensión donde el autorretrato termina definiendo los enigmas del narrador. En el prólogo de la obra, Juan José Becerra lo define mucho mejor:
“Un profesor describe los perfiles de las personas que frecuenta en las redes sociales. El grado de distancia y cercanía con cada una de ellas es inestimable porque son, al mismo tiempo, un enigma individual y una proclama.
“Desvío actual de la vieja tradición de mirarse a sí mismo, la selfie es un modo de hacerse ver en el teatro cada vez más público de la intimidad. Pero a diferencia del autorretrato clasicista, no es una composición sino una toma. ¿Dónde está el interior de la imagen, y que hay en él?
“La diferencia entre el punto de partida de Selfie y su punto de llegada es la del abismo que separa el acto de ver del acto de confesar. En ese transcurso, la escritura de Cremonte, sólida y vaporosa como la realidad de un sueño, nos ofrece un libro y nos da otro”.
Selfie forma parte de la colección narrativa “Sinfonía Emergente” de la editorial platense Club Hem, que este año está presentando además una serie de poesía “Ojo de Tormenta”.


Facebook: Club Hem Editores



Fragmento de la obra

“Conviví con dos mujeres. La primera fue hace tanto que solo recuerdo lo mal que cogíamos y que cocinaba muy bien. La segunda fue la madre de mi hija. Estuvimos cinco años juntos y me dejó por un DJ que tenía un video club que quedaba frente a la cervecería más conocida de La Plata. Por esa época fui a almorzar ahí con mi hija. Nos sentamos en las mesas de afuera y ella me dijo que en el negocio de enfrente atendía el novio de su mamá.
La mayoría de las mujeres con las que después estuve fueron ex alumnas. Parte de mi éxito lo debo a que la materia de la cual soy adjunto pasó de ser anual a ser cuatrimestral. Es el tiempo justo para que el encantamiento docente haga mella. La extensión de dos cuatrimestres muchas veces terminaba por aburrirlas. Y a mí también.
La última vez que me enamoré lo pasé bastante mal. Siempre mi mayor temor es que me dejen de querer. Así no se puede estar, aunque durante un tiempo la cosa funciona. Yo trato de hacer todo lo que ellas me piden, pero mientras tanto germina dentro de mí un, cada vez más inocultable, resentimiento. “Encima que hago todo esto me vas a dejar de querer”. Cuando quiero ser, al menos, un poco más auténtico ya es tarde. Ahora pienso que es muy difícil que pueda volver a convivir con alguien y mucho menos que me vuelva a enamorar. Típico del duelo, ¿no? Los días que no viene mi hija  a casa me dedico a comer y a tomar Fernet Branca con agua tónica. De postre, un cuarto de helado de Kukú. No es que me deprima, aunque paso esas horas como si fueran un feriado. Hay algo que entendí: ya está, no creo que haya mucho más que esto. De acá, al final de mis días las cosas van a ser así. ¿Por qué habría que esperar algo más? Pero no me quejo. Mi único temor es que no quiero terminar como mi mamá.”


(Selfie. Ulises Cremonte, Club Hem Editores, La Plata, 2015. p.68-70)