miércoles, 14 de diciembre de 2016

Adiós a Lolei




Se va yendo este ciclotímico 2016 y nos vamos desprendiendo de lo poco bueno que nos dejó. Como no soy amigo de los balances anuales, les ahorraré, queridos amigos, el trabajo de enterarse de mis conquistas y sinsabores cosechados durante este lapso. A veces soy bueno y misericordioso... 

Pero igual haré unas sencillas apreciaciones a modo de despedida.

Abrí este modestísimo espacio allá a finales de 2015 cuando estaba por ver la luz mi primera novela. Decisión nada fácil esa de emprender una aventura a la cual debía poner de mí mucho más de lo que estaba dispuesto a arriesgar. En sí mismo la decisión de editar mi propia obra acarreaba numerosos desafíos. 
Lolei no fue mi primer libro; existe un relegado volumen de relatos aparecido en 2006, de los cuales quedan unos pocos ejemplares. Fue una experiencia editorial tan olvidable como el propio librito. Lolei fue, sí, un trabajo artesanal de punta a punta, con un largo recorrido y muchas horas de trabajo dedicadas. Quienes conocen las peripecias de la autopublicación sabrán comprender todas las dificultades que deben atravesarse para alcanzar un producto aceptable. Ya no se trata solamente de escribir una obra -una novela, en este caso-, sino además de releerla mil veces, corregirla, editarla, maquetarla y diagramarla desde la portada hasta el último punto de la sinopsis, realizar los trámites legales, pagar tasas e inscripciones, viajar, contactar imprentas, diseñar desde la más ínfima etiqueta decorativa hasta los señaladores, hacerse cargo de la distribución, la cobranza, la promoción. Parece una enumeración de meras acciones, pero créanme que el camino es mucho menos generoso de lo que aparenta. No sólo hay un gran esfuerzo invisible depositado en esta tarea, sino grandes expectativas, excepcionales optimismo y fe en esperar que ese esfuerzo sea rentable, no ya en términos económicos sino en volumen de aceptación.

Este espacio nació y creció en torno a esa obra, y muy lentamente fue sumando lectores y seguidores que desde su distancia virtual acompañaron cada uno de los cincuenta y cinco capítulos de la historia y otras yerbas publicadas al azar. Desconozco si juzgaron aceptable o condenable las alternativas de las publicaciones, pero las más de cinco mil visitas registradas pueden servir de muestra de que, en principio, resultaron más de las esperadas en el inicio de esta aventura.

Puedo elaborar un largo listado de recriminaciones sobre mi accionar en torno a este libro. Sé que pude haber tomado otra clase de decisiones para llegar a más gente, pude haber aceptado amables recomendaciones de gente que me aconsejó en el camino, pude haber intentado construir un aparato de difusión más sólido y efectivo. He fallado en esas y muchas otras cuestiones. Pero no es el motivo de este libelo conjugar excusas para justificar mis penurias. Digo, sí, que de algunas cosas esperaba mucho más; de otras, mucho menos. No es una queja. Es lo que es. Punto.

El optimismo es poderoso pero no imbatible. Con cierta lógica, desde aquel comienzo eufórico fue menguando con el transcurrir de los meses hasta terminar tirado en la honda zanja del más palmario pesimismo, de la cual es muy difícil rescatar. Llega un momento en que se tiene a la certeza de que no hay mucho más por hacer. De que, como casi todo en la vida misma, los ciclos se cierran, indefectibles. 

Hoy le toca el turno a las memorias inconfesables de Lolei. Me queda el grato recuerdo de un trabajo arduo, solitario, hecho a conciencia, con muchas pérdidas a cuestas, con un agradable puñado de apoyos y felicitaciones inesperados y un fructífero aprendizaje para repensarme sobre lo que viene. Me quedo con lo bueno y con los buenos, esos a quienes quisiera tener la entereza moral de agradecerles uno a uno las atenciones y ánimos brindados. De lo malo tomaré aquello que me sirva para no seguir cometiendo tantos errores, y el resto lo arrojaré a la basura, al bote de los recuerdos perecederos.


¿Qué es exactamente lo que viene ahora? 
Enseguida nomás, aquí abajo, un regalito de fin de año. El libro completo en PDF, con más páginas, imágenes y fotografías, para descargar (por tiempo limitado).




También en formato EPUB, por tiempo limitado, Lolei estará disponible para su descarga gratuita a través del programa KDP Select en Amazon.com, solamente del 12 al 16 de diciembre. Luego de esa fecha, el libro sigue en venta en el sitio al precio de U$s 5,99. 
Para descargarlo gratis haz click en el enlace siguiente






Ahora nos espera un descanso. Despedir este 2016 como más me gusta: un viajecito por ahí, para conocer, para relajar, para tratar de reencontrarme, para ir pensando cómo proyectar de manera más efectiva nuestro próximo proyecto editorial.
Algo ya les adelanté hace unos meses. Espero encontrar las fuerzas necesarias para llevar adelante este plan. 
Nos vemos pronto.

Gracias y hasta la próxima.


martes, 13 de diciembre de 2016

Lolei. Memorias de lo inconfesable (Apuntes finales)



APUNTES FINALES

En los casi tres años que permaneció en el Hogar de Ancianos, Lolei se ganó el afecto de todos. Pasaba sus largas horas entre la lectura y las charlas con los internos del lugar. No tardó en desplegar su arsenal de anécdotas y de inmediato recibió el tratamiento de “doctor”.
A menudo recibía visitas de familiares y amigos míos. Durante cada una de mis visitas, sólo me pedía renovar sus libros y algunos paquetes de cigarrillos, que repartía entre sus nuevos compañeros. Y nunca olvidaba hacerme dos preguntas puntuales: si había llevado los cuadros a Lolita y si había recibido alguna carta de su viejo amigo Alan. Me dijo más de una vez, no sabía por qué, estaba echando de menos a ese chaval.
Su salud siguió en franca declinación, como venía ocurriendo desde hacía varios años. Su debilidad se hizo cada día más visible. Los escasos tratamientos a los que pudo ser sometido fueron infructuosos. El destino estaba sellado desde hacía rato. Y él lo sabía.
A mediados de junio de 2003, estando yo en La Plata, mi familia me comunicó que Lolei había sido internado, debido a una recaída provocada por su irreversible enfermedad. No dudé en viajar de inmediato. Debí sortear no pocos obstáculos: aquel domingo 15 se celebraba el día del padre y la demanda de pasajes dificultó el traslado directo a Rojas. Conseguí un boleto hasta Junín y tras un extenso viaje de madrugada, llegué al mediodía de ese mismo domingo.
Cuando lo visité en el hospital, Lolei dormía. Tenía conectado suero y un respirador artificial. Me informaron que hacía días que estaba en ese estado, sin conocimiento, sin responder a ningún estímulo. Sudaba copiosamente. Sus rodillas atrofiadas lo habían achicado casi hasta la mitad de su tamaño y su cuerpo abarcaba sólo un pedazo de la cama. Su pecho se inflaba como si tuviera un globo en lugar de pulmones. Me acerqué y le hablé al oído, despacio, mientras le secaba la transpiración de su frente. No respondió.
Debía regresar a La Plata ese lunes, pero decidí postergar el viaje. Antes del mediodía volví hospital. Todo seguía igual. A la noche, ya sobre el límite del horario de visitas, fui a verlo una vez más. Le hablé al oído, modulando las palabras. Lo tomé de la mano. Con la otra le secaba la frente.

De pronto sentí que su mano apretó la mía con fuerza y por un rato no me soltó. Le pregunté si me reconocía, si sabía quién era yo. Apenas movió la cabeza, con un claro gesto de aprobación. Dije que todo saldría bien, que debía seguir luchando. Él seguía sosteniéndome la mano. Hasta que en esa turba de sensaciones inconexas y confusas de quien se sabe frente lo inalterable, en esa andanada de palabras que se dicen sin sentido, sin pensar en consecuencias, pero con el único motivo de levantar el ánimo, largué una mentira categórica, tal vez la peor que he dicho en toda mi vida:
-Estuve con Lolita, le di los cuadros. Y Alan escribió. Tengo acá su carta. Te mandan muchos saludos-, susurré.
Abrió los ojos y me buscó hasta encontrarse con los míos. Y una amplia sonrisa se dibujó en su rostro empapado y lívido. Esos tres segundos que duró esa mueca fueron, tal vez, los más felices de su vida. No lo sé. Solamente lo considero un deseo que haya sido así. Lentamente me soltó la mano y se fue apagando, hasta quedar en la misma posición de antes.

En la madrugada del martes 17 de junio de 2003, Lolei murió. Tenía 69 años.
“Te estaba esperando a vos”, me dijo uno de los médicos.
Se fue sin saber la verdad: Lola Monteagudo Tejedor había muerto hacía casi tres meses, el 23 de marzo, en La Plata, a los 68 años. Tampoco ella se enteró jamás del destino de su ex esposo.
Y nunca llegó ninguna carta a nombre de Alan Rogerson
Desde su partida de La Plata, ningún familiar o amigo se interesó en el porvenir de Lolei.
Pasados diez años desde su muerte, casi nadie visita su tumba.
Si existe alguna otra persona que haya dedicado al menos un pensamiento en su memoria, sigue siendo un misterio.


FIN

Rojas, octubre-diciembre de 2013

lunes, 12 de diciembre de 2016

Lolei. Memorias de lo inconfesable (Epílogo)





EPILOGO


La mañana de mi cumpleaños número veintitrés, visité al escribano en su oficina de calle 48 y, tras abonar el último de los cánones administrativos del trámite de sucesión notarial iniciado semanas antes, quedamos en encontrarnos en el departamento de Lolei aquella misma tarde para proceder a la rúbrica del documento.
Recuerdo haber acudido a esa cita minutos después de rendir el último de los finales preparados para esa instancia de exámenes. Había aprobado sin demasiada holgura pero igual me sentía aliviado. Mientras esperaba la entrevista, me regocijé por última vez con la despampanante figura de su secretaria, una morocha voluptuosa con rostro felino y culo de vedette. No estaba nada mal para ir desandando la jornada. Quedamos en encontrarnos a las cinco de la tarde.
Con la sensación de haberme sacado una mochila del peso de un transatlántico, volví a mi casa para comunicar la novedad al viejo. Una vez más me recibió ansioso, sabedor de que el final de la odisea se acercaba. Pero prefirió no tocar el tema. Sólo me felicitó por mi éxito en la facultad y pidió algo para comer.
Cociné milanesas y almorzamos juntos. Hablamos de menudencias. Me preguntó sobre el examen y le conté sobre los temas desarrollados, sobre mis nervios, mis titubeos y la buena predisposición del profesor que me salvó de un fracaso horrible. Trató de reanimarme recordando sus propias experiencias en las pruebas orales y de varias frustraciones cosechadas a causa del nerviosismo.
-Ya verás que con el tiempo irás superando esos estados angustiantes-, auguró.
Se equivocó y mucho.
Quiso dormir la siesta y me pidió que me fuera. Le dije que yo haría lo mismo; estaba exhausto luego de una larga noche de estudio a contrarreloj. Llegué con el cansancio de meses a cuestas y sentía que a partir de ese momento comenzaban las vacaciones. “Estoy para apoliyar dos días seguidos”, sugerí.
Pero le recordé que a las cinco vendría el escribano para firmar los papeles de la sucesión y sería conveniente para ambos estar presentables y despabilados. Le pedí que me llamara en caso de no bajar un rato antes de esa hora.
Por primera vez después de un duro batallar de meses, no me iba molestar despertarme con sus trituradores gritos destemplados.
No hubo manera de que conciliara el sueño y minutos después de las cuatro ya estaba nuevamente sentado al lado de su cama. Él estaba tan dormido que no escuchó cuando entré. Lo observé descansar un buen rato, como quien contempla a un moribundo en la sala de un hospital.
Mientras lo miraba me asaltaron innumerables imágenes y voces de los días vividos bajo aquel techo. No recuerdo exactamente qué reviví, sé que fue una película carente de pensamientos. Sólo percepciones fluctuantes, vagas, como de otras vidas. Como ese famoso túnel que, dicen, lograron recorren quienes tuvieron una pata más allá.
Nos sacó del sopor el sonido del timbre.
Eran mi papá y mi tío, que llegaban puntuales a la cita. Ambos eran parte esenciales del proceso a cumplir frente al escribano y habían viajado exclusivamente desde la capital, sacrificando preciadas horas de sus respectivos trabajos. Lolei los recibió con el júbilo de siempre.
Sugerí una ronda de mates mientras aguardábamos al escribano. Pero cuando me estaba yendo a prepararlo, el viejo pidió ir al baño. Eso significaba que los visitantes debían retirarse. A mi amigo le daba pudor que personas desconocidas participaran de un rito que nos pertenecía  sólo a nosotros. Aún en su visible decadencia, trataba de ser escrupuloso con su compostura.
Mientras los otros se retiraban hasta mi casa, Lolei y yo enfilamos para el baño a paso lento y decidido. Propuse un somero aseo a su desaliñada figura, para no quedar como un zaparrastroso delante de los visitantes. Accedió sin quejarse y luego de una furibunda defección     -que debí simular con abundante desodorante de ambiente- le lavé celosamente la cara y las manos. Lo peiné con una ridícula raya al costado. Al regresar al camastro, le acomodé la camisa y el pantalón. No quedó como un dandy pero ya no se parecía tanto a un pordiosero.
Nos demoramos un par de horas en una encendida charla dirigida por Lolei. Nos cargó de preguntas a los tres y emprendió repetidas anécdotas de su pasado glorioso y linajudo. En su afán de mostrar conocimientos, citó títulos de libros y de películas sin demasiado criterio.
No tardó, en medio de su vorágine discursiva, en hallarnos parecidos a gente famosa o estrellas de cine. Buscar similitudes entre las personas era uno de sus pasatiempos favoritos. Así, mi tío pasó a llamarse Julio Iglesias, mi papá William Holden y yo, Martín Hewitt. Tiempo después, en tren de corroborar sus apreciaciones, descubrí que las similitudes ensayadas por el viejo eran prácticamente inexistentes, o cuanto menos descabelladas.
Nos salvó la llegada del escribano, pasadas las siete de la tarde.
El trámite fue rápido. Se leyeron las actas del acuerdo y sus puntos relevantes. Se rubricaron las copias. Lolei garabateó su firma con la mano temblorosa. Poco y nada quedaban de su esmerado estilo de caligráfico de mujercita adolescente que había descubierto en sus interminables manuscritos. Pidió perdón por su desprolijidad y atribuyó al avance desproporcionado de su enfermedad, que entorpecía hasta el más simple de sus movimientos. Pero con el consentimiento público bastaba para suscribir el documento y el percance aludido quedó en un segundo plano.
La charla se extendió brevemente, pese a la insistencia del viejo. Cumplido el oficio, todos los presentes se apuraron a retirarse. Le expliqué que sus tiempos eran muy distintos al suyo, y lo entendió. Saludó efusivamente a los tres, con reiteradas palabras de agradecimiento.
En la puerta del edificio, convinimos con mi padre el día del traslado del viejo. Sería el veinticuatro, víspera de la navidad. Lolei encontró en esa fecha una señal de renacimiento y lo celebró.
Ya solos, cenamos sin grandes pompas y me retiré a descansar.
Había finalizado un día –y un año- extenuante. También lo fue para él. Con la sensación de que todo estaba resuelto, sólo nos quedaba un día para liquidar los últimos aprestos antes de la partida.
-Hoy sí nos merecemos un descanso sin interrupciones-, le dije mientras acomodaba todas las vituallas en torno a su camastro.
Prometió dejarme dormir a destajo. Y cumplió.

El día siguiente se esfumó en preparativos para el viaje. Una valija desvencijada bastó para acomodar lo aprovechable que quedaba de su ropa. Apenas algunas remeras gastadas, camisas harapientas, pantalones decolorados por los años y un par de camperas y sacos antiguos pero decentes poblaron de inmediato la maleta. Descartamos cargar sábanas, toallas y frazadas, que él insistía en trasladar. Pero logré convencerlo de su inutilidad aduciendo, con razón, que recibiría unas en mejor estado.
De hecho, se trataban de trapos y fue lo primero en tirar a la basura cuando regresé a la casa un mes más tarde. Para completar el equipaje guardamos una docena de libros, cuadernos sin usar, lápices y una gruesa carpeta con sus remotos escritos, casi a manera de amuleto. El resto de todo lo que quedaba en el departamento era su legado hacia mí.
Sólo hizo una excepción, que solicitó encarecidamente como si fuera un último deseo: llevarle personalmente algo a Lolita. Se trataba de una cantidad de vetustos retratos pertenecientes a la familia de su ex esposa, que formaban parte del conjunto de materiales conseguidos en sus años de investigaciones genealógicas. Me pidió -y me lo recordaría varias veces en los meses siguientes- que no me olvidara del encargo.
Nunca cumplí.

La mañana del veinticuatro de diciembre, un sábado caluroso y prístino, amanecimos más temprano de lo habitual. El viejo me esperó despierto y con una serena impaciencia. Como cada día, escuchaba su audición radial a un volumen elevado, que retumbaba impiadoso en el hondo silencio del edificio. Nos aguardaba el último lavado.
Ventilé la casa mientras él desayunaba. Subí en busca del armamento sanitario y al regresar lo encontré semidormido. Me aclaró que tenía los ojos cerrados porque le molestaba el excesivo fulgor de la resolana que se colaba por las diminutas ventanas de la casa. Se había desacostumbrado a semejante brillo.
Enfilamos para el baño. El viaje se nos hizo más costoso que de costumbre. Le dolían demasiado las piernas y se frenaba ante cada paso avanzado. Después noté que lanzaba tibios quejidos a medida que lo desvestía, ante cada movimiento de sus extremidades. Sin hacer caso a sus lamentos, lo fregué con ahínco y lo enjuagué en exceso. Se dejó afeitar sentado en el mismo banquito, envuelto en su toallón para moderar el frío. Luego le recorté los pelos de la nariz y de las orejas, y le esquilé una maraña de canas de su cabeza. Tiritando, me pidió volver a la cama.
Comencé a vestirlo. Se sorprendió hasta el agradecimiento cuando me vio sacar de la caja un calzoncillo nuevo que le había comprado especialmente para la ocasión.
“Hacía años que no estrenaba un slip”, acotó.
Lo elogió como si se tratase de un smoking. Aunque se ajustaba bien en su ancha cintura, noté que le quedaba un tanto holgado. Para justificar mi pésimo ojo a la hora de calcular los talles, le dije que le estaba faltando culo y pelotas para rellenarlo. Se rió.
Le puse su jean preferido, recién lavado, con un nuevo regalo: un cinturón blanco, de cuero, ahora amarillento, al que debí improvisar un agujero para que se ajustara correctamente. La tercera sorpresa, que recibió ya sin tanto asombro, fue una chomba azul que alguna vez me había ponderado. Esa sí le calzaba a la perfección.
Antes de regresar al comedor, lo desvié un metro hacia el otro lado de la habitación, donde se hallaba un gran espejo empotrado en la pared.
-Mirate, parecés Rodolfo Valentino-, le dije.
Lolei se observaba a sí mismo de arriba abajo, con cierta extrañeza.
-No estoy tan mal-, atinó a presumir, con su ancha sonrisa desdentada, sosteniéndose con firmeza sobre mi hombro. Invitó a desandar el camino hasta su camastro.
Al llegar, envalentonado por tanto acicalamiento, pidió cortarse las uñas. Entonces acometí con denuedo sobre sus pies. Y continué con sus manos. Lo bañé en desodorante y colonia para el cuerpo. Cansado por tanto zarandeo, quiso dormir al menos hasta el mediodía.
Mi padre llegó antes de las dos de la tarde. Yo también lo esperaba durmiendo. Mi pequeña mudanza vacacional estaba lista desde la noche anterior. Ultimamos detalles. Él, cansado por tantos viajes, prefirió descansar un par de horas. Cedí mi cama y me fui a pasear por la ciudad.
Me demoré en una librería sin comprar nada y fumé varios cigarrillos en un banco de plaza Italia, mirando a la gente pasar. Con la mente en blanco y una rara sensación de tristeza.
Tal como habíamos convenido con papá, a las cuatro de la tarde me volví. El viejo estaba despierto. Le comuniqué que partiríamos en cuestión de minutos. Llamé a mi padre y le ofrecí mate. Decidimos tomarlos en el camino. Comenzamos a bajar mis trastos. Luego volvimos por Lolei.
Llevé sus valijas hasta el vehículo mientras papá armaba la silla de ruedas que había llevado especialmente para trasladar al viejo escaleras abajo. Fue una sabia solución. Lo cargamos entre ambos y nos costó poco trabajo bajarlo. Lo acomodamos en el asiento trasero de la camioneta, donde el viejo se sintió muy a gusto.
Regresé a cerrar con llave las puertas de ambos departamentos. Contemplé durante algunos segundos el camastro de Lolei y no pude evitar que la garganta se me hiciera un nudo y mis ojos se llenaran de lágrimas. Sabía que ese lugar vacío jamás sería llenado.
Me interrumpió el ruido de la puerta del departamento de Dora. Me llamó para saludarme. Me dijo “gracias por todo” y me dio un beso ruidoso. Sin poder responderle, di media vuelta y me fui.

Llegamos a Rojas cerca de las ocho de la noche. El hogar estaba colmado de gente. Nos recibieron con efusividad.
“Los estábamos esperando”, nos dijeron.
Como cada víspera de navidad, el coro de la ciudad ofrecía un concierto para los internos y sus familiares. Los rostros animados de los abuelos contagiaban esperanza.
Colocamos a Lolei en medio de la multitud y disfrutamos del espectáculo. Sonriente y feliz, el viejo no me dejó despegarme de él. Repartieron pan dulce y siguieron los villancicos. Al rato comenzó el desbande.
Junto a un par de enfermeras, lo acompañamos a su nueva habitación. Llegó el momento de despedirnos.
En silencio, me dio un fuerte abrazo, como nunca antes lo había hecho.

Ambos sabíamos que no había nada más para decir.